Libros ajenos

El amor


Marguerite Duras

 
El argumento engaña por sencillo. El título también. La novela se llama L’amour. Entre sus páginas viven tres personajes que dan vueltas en una historia espiral: una mujer embarazada que no sabe o no quiere saber de quién es el hijo que espera, un hombre que camina, y un viajero que por amable o solitario busca acercarse a ella. El espiral es la necesidad de volver sobre la idea, y darle toda la vuelta del caracol antes de avanzar hacia delante y hacia arriba para en la próxima vuelta volver a mirar la historia, un poco más distante, pero siempre en el mismo momento. Y así.


Todo transcurre en una playa de la que poco sabemos, en algún lado están los hoteles, los salones de baile, un casino incendiado por bombardeos de una guerra lejana, un malecón donde las gaviotas van por la noche a dormir y los perros le ladran a la nada, y está, también, el mar. Del mar se habla de modo constante, como un cuarto protagonista, ya que la autora vuelve al mar con la luna y sus babas titiriteras, y con las ganas de vomitar de la mujer embarazada que se obstina en mirar las olas y sentir como el niño en su vientre se retuerce, se estruja y vomita, él también asustado, aferrándose con sus manos de rana al cordón umbilical mientras nada en el líquido en que su madre lo contiene.


La novela no avanza.

Es una foto que cada vez que se vuelve a mirar está ampliada, permitiendo agregar más detalles, sí, pero sabiendo que en un punto ya no habrá nada que decir.

Ese es el principal elogio para Marguerite Duras, ella sabe en que punto se ha dicho todo lo que se tiene que decir.



En la novela hay un hombre que camina por la arena y busca la muerte, otro hombre que ha venido de viaje y busca la muerte, y una mujer embarazada que en su gesta encierra la vida. También aparecen las gaviotas que mueren por la noche en altamar y el alba trae a la orilla, y también hay un perro que se envejece durmiendo en los escombros del malecón, y están los atardeceres que alargan las sombras de las viajeros sobre la arena, y los días que se hacen cortos y el frío que llega con más fuerza desde el otro lado del mar, y los turistas que se van, y los camareros que se llaman al reposo, y los hoteles que se pueblan de fantasmas, y los gritos de los niños que se ahogan en las últimas olas del verano, perseguidos por sus madres que ya no los quieren dejar bañar, y en el recuerdo, cuando ya no se puede caminar sin zapatos por la arena fría, están los personajes de una novela en espiral, que en cada una de sus vueltas abraza el mundo, la historia de todas las historias de amor.


Como los protagonistas, al hablar, la playa se va despoblando. Y así, inevitablemente, el invierno llega y la estación de las lluvias se anuncia con las primeras borrascas, los guardavidas clausuran sus casetas, los balnearios despiden a sus empleados, las carpas se desarman de tela y maderas, los estacionamientos se vacían, y las personas de la ciudad comienzan a mirar a través de los vidrios el mar, esperando que vuelva el calor, la muerte, o el amor.





Firmin - Adventures of a Metropollitan Lowlife


Sam Savage


El autor y el personaje parecen caminar por los extremos opuestos de una misma cuerda floja tendida a la mitad de altura entre dos estanterías altísimas y repletas de libros. Si uno da un mal paso, una catarata de libros los aplastará a los dos. Firmin nace un día en que su alcohólica madre se refugia en una librería para escapar del hombre. Como el patito feo, Firmin, la rata protagonista de la novela, sabe que no es parte de su familia. Lo sabe cuando desprecia la teta materna, lo sabe cuando mira las caras -y los cuerpos- de sus hermanos y siente una repulsión por el monstruo que también es él. Lo recordará cuando se mire por primera vez al espejo y cada vez que se vea en el reflejo de los autos o en el pis con que los marineros borrachos riegan las veredas nocturnas de su barrio. Firmin aceptará su destino sin lágrimas, sin reproches humanos impostados, matando a la bestia que tiene encima al resistir la tentación de violar a su hermana en un callejón oscuro.

Por momentos el autor tambalea sobre la cuerda floja y parece que todos los libros de su biblioteca van a caer encima de Firmin. Da la sensación que uno por uno va soportar los golpes de cuanto libro el autor a leído desde la infancia, pero Firmin se las ingenia para mantener la cuerda firme y hacer que ninguno de los dos caiga. Y los libros tampoco, claro.

Así, en vez de largas descripciones, el protagonista prefiere decir que Jane Eyre tiene gusto a lechuga, en vez de resumir la novela, alimentando la pereza de los lectores que esquivan a los textos clásicos rezando por que en un futuro toda historia se resuma en un mensaje de texto vía teléfono celular: TQMT (te quiero mucho, tuyo)

Firmes sobre la delgada soga, Firmin y su autor avanza con rapidez, sueltos de pies: como ratas. Hablan del sistema de tubos, de los puntos de observación, de las lecturas durante las noches, y finalmente del amor; amor que engañosamente puede ser más parecido al amor religioso que al físico, más cercano a adoración y al fanatismo, que al goce; pero todo es falso. El amor de Firmin por Jerry, un desafortunado novelista de ciencia ficción, es auténtico, es puro, mientras que afuera, en la calle, los peligros acechan: las ratas mueren atropelladas por los autos, los hombres se matan unos a otros por un pedazo de comida que roer, el barrio se llena de ventanas rotas que nadie arregla, desaparecen las prostitutas, los restos de salchichas tirados en las cunetas, y las salas de cine se llenan de tantos piojos y mendigos que hasta las ratas no se animan a entrar en ellos.

Mientras el mundo agoniza, o se renueva en su indecisión, el escritor y la rata avanzan en la cuerda floja, mientras el joven novelista los aplaude, extasiado de tanta sencilla belleza.


- Gesualdo Bufalino - Las mentiras de la noche



En Le menzogne della notte de Gesualdo Bufalino presenta a cuatro hombres esperando que se cumpla su condena. Ellos han sido juzgados y encontrados culpables de atentar contra el rey, un tirano déspota y caprichoso elegido por el capricho divino y monárquico de Dios.

El lugar del encierro es una fortaleza construida en una isla desierta. De inmediato se aclara que la tierra no debería ser llamada isla, apenas es un escollo de lava crecido sobre sí mismo como una enorme nariz. Por lo inhóspito del paisaje está implícita la imposibilidad de fugas y actos heroicos. Toda acción no pasará más allá de un montón de palabras sin valor; como en la vida real.


El relato transcurre en la vigilia de la última noche. Por la mañana les espera la muerte, la ejecución, el verdugo; la nada para ateos, el verdadero juicio para ilusos. ¿Por qué no morir con el crepúsculo?, se pregunta uno de los personajes. Ellos preferirían morir con la media luz de la tarde, entre nubes bajas, y así evitar toda una noche de desahucio.

Se les ha preparado un banquete digno de nobles. Quien gobierna la isla tiene por costumbre bien alimentar a los que al otro día morirán, pero estos cuatro prefieren dejar el mundo que conocen con el estómago vacío. Los cuatro saben que es la última cena y creen que no hay un Judas entre ellos, aunque la historia y el esfuerzo de los carceleros se centre en buscar al traidor que puede estar dormido en cualquier héroe.


Tras el frustrado intento de cena se los saca del calabozo y se los hace bañar en un cuarto del que cae agua arrojada por manos desconocidas. Después del baño se los lleva a unos cuidados aposentos, y allí, se les dice, pasaran su última noche. Allí, también, asomarán la cabeza por una ventana y del otro lado el barbero les rasurará la barba. Allí entrará el gobernador de la isla y les propondrá un primer juego. Él colocará una urna y les dará papel y sobre a cada uno, para que revele en el papel el nombre de quien los dirige. Se sabe que el mayor enemigo del Estado y del Clero es uno cínico que se apoda Padreterno, pero no se sabe cual es su verdadera identidad. Si alguno de los presos la revelara en el papel anónimo depositado en la urna no solo será perdonado él, sino también sus nobles compañeros.


La novela gira en torno a saber cuán nobles pueden ser o permanecer los hombres en la hora de la desesperación. Para resolver ese problema Bufalino recurre a cuatro condenados, un estudiante presa del amor, un poeta que solo sabe recitar en plagio, un aristócrata sin nobleza, y un soldado desobediente. Y, para complicar la historia, Bufalino dispone que un quinto prisionero los acompañe esa noche en la espera, y al día siguiente en el infierno. Este quinto personaje es un bandido sanguinario y devoto, llamado fray por burla e imitación de otro asesino. Un criminal que ha sobrevivido cuarenta años en el monte, asaltando y saqueando el país, y que ha sido apresado y condenado a morir junto a ellos, aunque por otra causa. Este personaje es quien, en definitiva, tendrá la participación en la historia que cualquier lector hubiese deseado tener.




Bonus track sobre Bufalino:

Agrego apuntes extraídos de otra novela de Bufalino: Tommaso y el fotógrafo ciego 

Sobre su método de escritura:


“...lo inacabado es mi musa predilecta, toda mi vida ha sido un coito interruptus, una hilera de impulsos amputados, de ineluctables esterilidades...”






Sobre la muerte del padre:

“Mi padre, antes de morir, quiso que le metieran en el ataúd un bastón con la contera de hierro. Para caminar, dijo, si hiciera falta. Para pegar, si es menester. Aludía, presumiblemente, a un ajuste de cuentas con Dios, el único al que se dignaba tener por enemigo”

Sobre la muerte de un ciego:

“¿Qué inscripción fúnebre podría proponer para alguien que de una noche ha pasado a pasado a otra más honda, sin siquiera poder saludar por última vez la luz?”






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- Leonardo Oyola - Kryptonita:



Un lunes como cualquier otro, de madrugada y en algún lugar de Isidro Casanova, un médico que lleva demasiadas horas despierto y de guardia en un hospital público recibe un caso urgente, como todos los casos que caen a esa hora, pero como ningún otro caso que ha tenido o ha escuchado contar a sus colegas. No se trata de un gitano, de un borracho ni un adicto. No es metalero con una hemorragia digestiva. No es una pendeja abortando. No es un remisero infartado por el viagra. No es un gordo con una fisura anal. No es un pibe que por correr una picada se puso el volante de corbata en lugar del esternón. No. Se trata de Nafta Súper, el líder de una banda local.

Nafta Súper es un héroe que no imparte justicia. Un ser humano tan especial como cualquier otro, que merece vivir, también, como cualquier otro. Algo así como un superhéroe al que le dieron de tragar su Kryptonita y por eso agoniza al entrar en la sala de emergencia. Así, con esa furia apremiante, empieza la nueva novela de Leonardo Oyola.


Al principio el lector quizás no decida cómo leer esta novela llamada “Kryptonita”. Si como ficción. Como realidad. O como fantasía. Y la verdad es que no es justo encasillar la novela en sólo una de las tres. Abarca todas estas posibilidades. Y abarca mucho más también. Esta incógnita nace en el primer capítulo donde una palabra tan médica como óbito (obitó cuando se convierte en verbo) impacta desde su argumentación precisa y exacta; quirúrgica, si se permite el término. Todo lo que se cuenta puede ser cierto, real, se puede vivir a diario: el retrato que el autor hace de las enfermeras, de sus realidades sociales, de su entrega y sufrimiento, podría contarse por miles de casos que reflejan la verosimilitud de un narrador implacable y certero que apunta: “las enfermeras viejas tienen hijos delincuentes o drogadictos y las enfermeras jóvenes salen con delincuentes o drogadictos”, y ese autor implacable, no conforme con la realidad de un office de enfermería, ataca sobre un probable teatro donde los médicos nocheros trabajan por el mango, los médicos de planta se rajan y menosprecian a los nocheros que ellos mismos dejan, y la policía de los hospitales decide quien debe vivir o todo lo contrario. Todo podría ser tan real como que un médico, harto de mirar el reloj sólo piensa “faltan 4 horas”, “4 putas horas”, sin que le importe que vida pueda salvar o ayudar. Al lector le toca decidir si esa realidad médica es ficción, exageración, o pura y puta realidad. Quien elija descreer, sepa, al menos, que se engaña.

Si se debe elegir un sentimiento que domina la novela Kryptonita, más allá de la hermandad de la banda, más allá de la violencia, del ruido y la furia, es un sentimiento de nostalgia. La tristeza por el recuerdo de un bien perdido. La pena de verse ausente de un lugar o de una persona amada. Kryptonita es una novela nostálgica, construida con escenas y diálogos acertados y minuciosos:


“En la calle está la verdad. No es que no haya guapos, Tordo. Uno aprende que no hay que ser guapo. No da jetear. No da soguear. Hay que ir a los bifes de una. Yo ya me cansé de ver giles que lo único que hacen es ladrar. Porque cuando la cosa se arma toda esa manga de putos lo único que dice es miau” Le dice un personaje al médico de guardia.

Y así se encadenan aciertos hasta que cerca del final de libro, otro personaje le deja al médico de guardia y a la enfermera una frase que dice como leer y entender la novela:


“Cuéntenla como quieran. Que somos dioses, que somos hombres, que somos buenos, que somos malos... Pero que se entienda que no somos fantasía. Que somos realidad. Y que cuando busquen copiarnos nosotros no andamos en pose porque somos los originales. Somos auténticos, man. Doña: nosotros somos de verdad.”

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Guillermo Orsi - tripulantes de un viejo bolero


Luis Valenti es locutor en una radio perdida. Vive en Cañada Honda, un pueblo perdido en el medio de una provincia, Córdoba, perdida en el medio de un país, Argentina, perdido en el fin de su propio mundo. Luis Valenti tiene una esposa, Marta, con la cual vive. Y tiene una amante, Leonor, con la cual hace su programa de radio. La primera lo escucha en su casa. La segunda también lo escucha, pero junto a él después de grabar parte del programa para poder escaparse a ese otro cielo que es los sábados a la noche una habitación en el decadente hotel Congreso.

Luis Valenti es un hombre incompleto. Por algún motivo, por ningún motivo, por todos los motivos, interrumpió temporalmente el desarrollo de una escena, que tarde o temprano, deberá culminar. Él lo sabe, sus mujeres no.

Este es la realidad en la que vive, donde se mantiene en suspenso. Es la cuerda en la cual Luis Valiente está quieto pero firme, sin avanzar pero listo para hacerlo. Es un equilibrista preso de su propia inercia. Y lo que lo obliga a dar el paso sobre la soga, lo que desarma su vida, no es que su mujer pueda descubrir su infidelidad ni que su amante pueda descubrir su imposibilidad de futuro, lo que lo obliga a dar el salto mortal es una escena policial inesperada en el pueblo: la aparición de dos víctimas desnudas en un auto.
El auto es un Mercedes dorado. Una de las víctimas es un gordo bastante viejo, y está muerto. La otra víctima es una mujer que aún respira cuando la trasladan a la clínica privada, único dispensario de salud del pueblo.


Luis Valenti por tedio, por inercia, para despabilarse, para completar la historia de su destino, va a cubrir el evento.


Habla con el director médico. Descubre, casi con aburrimiento, que el director pronto estará más preocupado por los gastos que generará esa mujer desconocida de los cuales nadie se hará cargo que en curar a la enferma y develar el misterio. Y entonces llega frente a la víctima y todo cambia. Todo cambia porque todo vuelve a ser. Luis Valenti conoce a esa mujer. O cree conocerla.


La mujer es parte de su pasado. Un pasado que ni Marta su esposa y su Leonor su amante conocen. Un pasado que lo llevará a viajar a Buenos Aires desde lo físico, y a París y Saigón, desde el recuerdo. Un pasado que será más difícil de descubrir que ese futuro que sucederá si la mujer despierta. La angustia es parte de todos. De Luis Valenti, de Marta, de Leonor y del lector. Por eso cuando Leonor pregunta por la mujer, no sólo pregunta ella, sino también pregunta el lector:


“-¿Quién es esa mujer, Luis? La mujer de la clínica, ¿quién es?"


"La pregunta es casi una orden para que Luis se ponga la camisa y empiece a buscar los pantalones bajo el revoltijo de sábanas; Leonor lo ayuda compulsivamente, revuelven juntos, en silencio, hasta que los pantalones aparecen hechos un trapo bajo la cama, ella los levanta, los arroja contra la ventana y se aferra a Luis, lo toma del brazo, clavándole las uñas para que no se deslice, y la otra mano baja y se cierra sobre el miembro de Luis, le envuelve y lo gira como si fuera a desenroscarlo, Luis sacude la cabeza y dice que no sabe…”


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Poesía ajena (y cercana)
No tengo buena relación con la poesía, debo reconocerlo. Requiere una capacidad de síntesis que no logro encontrar, sobre todo porque no se trata sólo de "capacidad de síntesis" hay más cosas que se me escapan. Por eso, que mejor que usar palabras de otros, de escritores cercanos, que transitan por estas calles, que están trabajando en algún lugar de la ciudad mientras subo al blog una muestra de lo que hacen:

La primera se llama "Cajas chinas" y pertenece al libro "Fuga" de Evangelina Aguilera


Cajas chinas

Los del tercero hablan / ríen / tosen.

De fondo, una película doblada al español.

Un piso más arriba

una mujer

encierra el ruido que explota en su cabeza:

escribe

doblada al español
 

La segunda poesía se llama "Dos perros" y pertenece a "Los libritos" de Jorge Chiesa



Dos perros

Me padre me compró un perro nuevo

en reemplazo del perro muerto.

Eso fue hace unos diez años y desde entonces

pasaron muchas cosas en el medio:

Mi padre tuvo un accidente y casi se muere.

Ahora el que está por morirse es el perro nuevo

en el patio interno:

un lugar donde los brotes del pánico

han empezado a cubrir las paredes.

Para combatirlo repetimos la historia

de tener hijos

de comprar perros

cuando no deberíamos hacerlo

cuando debería ser suficiente

con dos perros muertos.



 La tercera pertenece al libro "Guarida de huir del mundo" de Fabián Iriarte:



¿cuál era ese cuento

en que la mujer prestaba su voz y su tiempo

para tratar de convencerlos por teléfono

de que distrajeran golpeando

la cucharita contra la botella

(y así/ te das cuenta / prolongar el desenlace)


pero que llegaba a su cada del trabajo

y en la oscuridad era incapaz de buscar una cucharita

pegarle a la botella / detener la fuerza de otra noche

en que podía asaltarla finalmente

la misma idea que a ellos

(y así / te das cuenta / prolongar el desenlace)?





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Lo que se pierde
Alejandra Zina

Fernando Del río me prestó y recomendó con insistencia un libro de cuentos y en la misma semana él hizo una reseña en el diario. Dos hechos que me hicieron leerlo. Y el resultado de ese acercamiento al libro “Lo que se pierde” de Alejandra Zina me lleva a escribir sobre sus cuentos.


El primero de la serie se llama “Vieja puta” y empieza: “Gritábamos: vieja, vieja, vieja; puta, puta, puta. Repitiendo cada palabra tres veces, a modo de cantito futbolero” El cuento trata sobre un grupo de chicos que sin nada mejor que hacer se dedica a insultar a una mujer. La mujer a la que los chicos insultan es la vieja Flora, una vieja que se para en el portal de la Iglesia San Jorge, sobre la avenida Canning, casi esquina Cabrera. La referencia geográfica no significa nada para mí. Quizás tampoco para muchos otros lectores. El resto de las referencias sí evocan puntos en común, casi inevitables: una Iglesia, un barrio, y, por sobre todas las cosas, una vieja jorobada y fea que pide limosna a la entrada y salida de misa, con un vestido cada vez más gris y unas cuantas varices cada vez más azules y grandes debajo del vestido, varices imaginarias para la mayoría, reales para los chicos del cuento que quieren ver a la vieja “en bolas”. El cuento se pliega sobre si mismo y encuentra un final tan abierto como necesario, tanto que en el último cuento del libro, el que se titula “Picazón”, se volverá a hablar de la vieja Flora, un poco más vieja y bastante menos generosa, y la historia le hará decir a Sebastián, el protagonista de la historia, la frase: “Soñamos como vivimos, solos”

Entre los paréntesis de la historia de Flora Rondó se cuelan otros cuentos: “Carioca” donde se cuenta una fiesta desde puntos de vista distintos que confluyen en el obligado carnaval de las 4 de la mañana. “Baldío” que es una obra exacta de humillación y deseo, donde el protagonista avanza con la premisa, implícita en su inocencia, de no mirar atrás. “Waldemar” que presenta a un hombre con una enfermedad en la oreja que no quiere curar; “Con cama adentro” donde una mujer irremediablemente postrada a pesar de su dinero reniega contra una mujer que aún camina y se debe postrar ante la necesidad de dinero. Y “El hijo” donde el protagonista habla de su padre diciendo cosas como por ejemplo: “De entrecasa, papá usaba un jogging de franela marrón, muy feo, que le había regalado mamá para un cumpleaños. Andaba en chinelas, también marrones y de franela. Ahora que lo pienso parecía un oso: alto, ovalado, marrón y de franela”.


Todavía no devolví el libro (no pienso hacerlo) y lo que más sorprendió, después de leer a tantos y tantos escritores esforzados en traducir a letras el pensamiento femenino, es la facilidad y claridad con que Alejandra Zina pudo hacer lo contrario: dejar bien en claro como piensan los hombres.



La casa del silencio
Orhan Pamuk


Se debe leer de Pamuk -¿o de sus traductores?- una escena fantástica, una alegoría de la violencia más implícita y más profunda del hombre, una revelación (con b larga también) de la bestia subyacente, del animal errante y peregrino que nos carcome el alma (ese minúsculo adminículo de bordes imprecisos, de localización incierta, y de cercanía lejana) y se sabrá que Pamuk calza, a la perfección, el traje del oprimido, y escribe como si fuera una mujer vejada. Pero no elije la violación física, sino la mental, la más cruel por persistente.

Añadir leyenda

Así inventa a la mujer y la somete, no por ultraje, sino por desprecio, así la mujer se deja hacer y deshacer por un marido loco, borracho, infiel, brillante, ofensivo (hombre con minúscula, para resumir) hasta que Pamuk escribe que la mujer se cobra la opresión y la culpa todo en una sola noche de furia, y no de un solo golpe, sino de muchos, cuando apalea a su sirvienta, que es la amante del hombre minúsculo, y también a los dos hijos de ésta, que son los hijos de su marido (reducido él y sus vástagos a la nimia expresión de la infamia) que, por si fuera poco, viven bajo el mismo techo que ellos, y no de un cielo de estrellas sino de un techo material, del que sea que construyan las casas en Bagdad, o en Estambul, que mapa en mano, o recuerdo de juegos de TEG comprado en la ya extinta juguetería Floripondio de Acha y El Cano, deben ser lo mismo, con beduinos, camellos, pozos de petróleo y mil y una mujeres de velo y todo eso que vive y prolifera en el desierto, o ya no tanto.






Y es así que la mujer ultrajada de Pamuk, anciana al momento del relato, recuerda el día en que cobró su venganza, golpeando a la sirvienta y a los hijos, y les pegó a las criaturas de tal modo y con tal crueldad que le quebró la pierna a uno y a otro lo deformó, o lo reformó, o lo molió, o le dio forma, o lo moldeó, o lo creó como un ser nuevo, como el enano (también sirviente) que la atenderá hasta que ella muera en la nueva ciudad sin sus hijos (muertos) sin sus nietos (muertos o borrachos, lo mismo da) donde ella, ya harta de tantos muertos y encerrada en la pieza del primer piso de la casa vacía, se condena a recordar eternamente las palabras y acciones de su marido, y sólo la voz de su sirviente la vuelve a la vida real, voz que pertenece al enano producto de aquella noche de furia, que en el tiempo presente de la narración ha pasado hace mucho tiempo y ha dejado a un sirviente esclavo y diminuto, que sube fruta a la habitación de una vieja, fruta que la vieja no come, que tira a la basura mientras grita, una y otra vez, que no cuente, que no diga, que sea, simplemente que sea, como si la paliza que le dio al bebé hubiese servido, no para salvarla, no para darle alivio, sino para atarla a una condena perpetua, al menos mientras viva el enano a su eterno servicio en la casa del silencio, Sessiv Ev, en su original.




Crónica del pájaro que da cuerda al mundo

Haruki Murakami



Es extraño comprobar, y sobre todo creer, que a un hombre criado -no tanto educado- al oeste de estas fronteras y al norte del sol le pasen cosas tan similares a las nuestras. Es difícil no sentirse identificado con un personaje que queda preso de la inacción. Su mujer lo abandona, sí, y no es el comienzo de una búsqueda frenética, ni llamadas desesperadas a noticieros y radios, ni marchas en silencio, es el comienzo de una quietud introspectiva, que hace descender al personaje en un pozo oscuro donde acalambrarse. En el descenso a ese pozo aparecerá una pequeña astuta vecina que no podrá escapar al estereotipo de polleras tableadas, ojos rasgados como soles negros sin arrugas a su alrededor, lamiendo desde un chupetín hasta un refrescante helado de agua. Aparecerá un pasado con escenas de guerras, con la desolación de los muertos y la increíble (increíble no en el sentido de verosimilitud o de grandeza, sino increíble en el patetismo, en la sorpresa que pueden generar las conductas humanas) escena donde a un grupo de soldados se les asigna la tarea de matar a todos los animales encerrados en las jaulas de un zoológico. Durante el relato, en la quietud del protagonista aparecerán los rastros confusos de su mujer, los recuerdos de pasados perdidos, y, sobre todas las cosas, se escuchará el canto del pájaro, canto que no es tal, sino más bien el quejido por una tarea que cumplir eternamente: hacer girar al mundo y a la rueda eterna celosamente custodiada en algún lugar del infierno.



Intento de compensación para sugerir la lectura:

escribir poco sobre este libro que,

como su título, es

necesariamente extensa.

 
 
 



El loro de Flaubert
Julian Barnes


Después de la dedicatoria y antes del primer capítulo hay una cita: “Al escribir la biografía de un amigo, hay que hacerlo como si estuvieras vengándole”. A continuación dice que pertenece a una carta de Gustave Flaubert a Ernest Feydeau, en algún momento incierto del año 1872. Barnes no venga a Flaubert, ni siquiera lo reconstruye, y menos quiere inventarlo. En el primer capítulo Barnes habla de la estatua de Flaubert en Rouen que fuera robada por los alemanes, habla del Hotel-Dieu donde el padre de Flaubert fue cirujano, y habla del loro que Flaubert colocara sobre su mesa mientras escribía Un coeur simple para terminar trasmitiendole al lector una duda sin aparente importancia, que se plantea ante el hallazgo de un segundo loro también con bríos de autenticidad. ¿Cuál es el verdadero loro? ¿Cuál de los dos mal inspiró al escritor desde su silenciosa brutal disección? Y por último: ¿cómo se puede distinguir cuál de los dos estuvo allí? La respuesta no es sencilla, o lo es, pero se dará tantas vueltas al tema que se terminará por restarle importancia.


El capítulo segundo será una cronología de la vida de Flaubert dividida en tres partes. La primer parte será una cronología con todas las letras, y los años en un extremo. Que sirva de ejemplo. 1821: nacimiento. 1836: conoce a Elisa Schlesinger. c1836: Inicio sexual con una de las doncellas de su madre. La segunda parte es una nueva cronología: 1936 comienza su pasión desesperada y obsesiva por Elisa. Y la tercera parte de la cronología se remite a palabras del propio Flaubert: 1846: Tuve, de muy joven, un presentimiento completo de la vida. Era como un el nauseabundo hedor que se escapa de una cocina por el tragaluz. No hace falta haber probado la comida pasa saber que te daría ganas de vomitar.


En el tercer capítulo el protagonista conoce a Ed Winterton, con quien se disputa un ejemplar de Recuerdos literarios de Turgenev por distintas razones: Winterton por Gosse, el protagonista por una mujer inconclusa dentro de la vida de Flaubert. El protagonista cede el libro, para obtener las respuestas más tarde.


Luego vendrá un capítulo con las bestias de Flaubert: el cordero, el oso, los perros, y sí: el loro. Y después otros capítulos tan impredecibles como sus predecesores. Así se disertará sobre la imposibilidad-certeza de saber de qué color tenía los ojos Emma Bovary, habrá una declaración sobre un amor perdido por el protagonista, se oirá la dolorosa voz de una amante despreciada por Flaubert, se presentará un diccionario de tópicos, un examen, etcétera, etcétera, etcétera y tantos etcéteras que el último capítulo se abrirá con la siguiente pregunta: "¿Y el loro?" Seguida de la siguiente respuesta:
"Tardé casi dos años en resolver el caso del loro disecado"



Qué así sea
Fernando del Río


“La moralidad es otro de esos condicionantes pasajeros que, en el futuro, se verá como arcaísmo y límite de la evolución” con esa frase de Enicco Passuti, un oscuro pensador italiano radicado en Paraguay al mismo tiempo que Rafael Barret, Fernando del Río no solo inaugura uno de los capítulos de su reciente novela, sino que define la razón de su obra. La moral hace que adolescentes perdidos quieran pertenecer a la hermandad de “Los Garros” donde la mutilación es un gesto de pertenencia y la iniciación un rito, necesario para ellos, e inexplicable para la sociedad que no sabe ni quiere contenerlos. La moral hace que una vidente con nombre de puta francesa venida a menos anuncie en su tarjeta de presentación que “la tarifa es a convenir”. La moral hace que una jubilada critique a la gente a la vez que pide perdón a Dios por su desidia y odio hacia el prójimo. La moral hace que un médico sin título, sin orgullo, infle el pecho cada vez que alguien, por una concesión instintiva le diga “doctor”.


“Qué así sea” es el título de la novela. Y esa frase, con reminiscencias bíblicas, con implicancias fatalistas, marca que algunos de los protagonistas ven como irremediables los actos de su vida. El destino los mueve, ellos transitan por la vida siguiendo un camino estrecho donde la moral es una de las pocas variables que no pueden controlar. Y por eso deciden olvidarla. El desconocimiento es la felicidad, el fin del suplicio de saberse irremediablemente humano.

En un relato fragmentado con precisión, Fernando Del Río muestra vidas que en distintos momentos se enlazan de modo poco usual. El autor escapa de lugares comunes, contradice formalidades y otorga las libertades que cada personaje se merece. Así “Los Garros” pueden deformar no solo sus cuerpos sino también el lenguaje, así se puede ajustar la fe a conveniencia, así se puede justificar la existencia por el destino. Pero, cuando los personajes se sienten libres, cuando creen llegar a un punto que les pertenece, el autor mueve los hilos y los lleva a un final que es, también, un punto de encuentro.


E
El camino del tabaco
Erskine Caldwell


Erskine Caldwell no inventó a un personaje llamado Jeeter, ni le imaginó una familia completa, con un hijo lejano que renegaría de conocerlo, con una mujer obtusa llamada Ada, con una abuela muerta de hambre, condenada a ser la última en comer y no quejarse de hambre, porque sabía que no lograría nada, con una hija, Pearl, aún no desarrollada pero vendida en casamiento a un hombre que no puede poseerla porque ella duerme en el piso, como un animal salvaje, y que se debe conformar con encamarse con su hermana mayor, y más fea, Ellie May, a quien Dios hizo nacer con el labio partido, para salvar su cuerpo puro de los hombres malvados, en palabras de la viuda predicadora Bessie, quien decía que Dios sabe lo que hace simplemente porque es Dios, y así como Dios la hizo viuda para librarla de su marido, así le dijo que debía casarse con el menor de los hijos varones de los Lester, Dude, en todo hijo de su padre, y Dios le dijo que debía gastar todos sus ahorros, y los del difunto predicador, en un coche último modelo, aunque omitió (Dios) decirle que el auto no servirá más que para acarrear problemas y leña.

Erskine Caldwell no escribió una novela llamada “Tobacco Road” donde la familia Lester vivía rodeada de todas las tierras que le habían pertenecido al abuelo de Jeeter, abuelo que había despejado la mayor parte de la plantación para cultivar tabaco, y había abierto un camino entre las dunas, camino donde estaba la casa, próspera en tiempos del abuelo, misérrima en manos de Lester, que había sido construida para contener de momento los numerosos barriles de tabaco que las cuadrillas de negros, o las yuntas de mulas, llevaban hasta los vapores fluviales.


La historia no transcurre de lo particular a lo global. Erskine Caldwell no inventó a un hombre llamado Jeeter que casi todos los días pensaba ir a alguna parte, a algún pueblo fuera del camino del tabaco, pero que cambiaba tantas veces de idea que terminaba por no alejarse de su casa, y si alguien lo retaba a marcharse entonces se alejaba de su familia, lentamente, hasta llegar al antiguo algodonal, para detenerse allí a mirar los juncales y tirarse a dormir la siesta obligada de los desocupados. Caldwell tampoco escribió esta escena: una mujer es llevada a un hotel y cambiada de habitación durante toda la noche, poseída por hombres a quienes confunde con amables huéspedes de paso que quieren brindarle calor a su deshabitado espíritu.



En definitiva, la novela no está ambientada en un asfixiante periodo de crisis, sino que puede ser extrapolada a cualquier momento de la historia reciente, a la historia de un pobre diablo que vino a salvarse en Mar del Plata, en las cada vez más escuálidas temporadas de verano, y que no solo no se salvó sino que nunca pudo irse, como si la autovía 2 fuera la ruta del tabaco, y la vida de un hombre fuera la historia de todos los que no dejan de ser lo que los demás no esperan que sean.



Los pichiciegos
Fogwill


Días después de su muerte compré “Los pichiciegos” en una reedición de Mayo de 2010 por Editorial El Ateneo. En el prólogo advierte: “En razón de mi edad, la presente edición debe considerarse la versión definitiva de la obra. Ante ella repetiré que no he escrito un libro sobre la guerra, sino sobre mí y la lengua de uno que jamás escribirá contra la guerra, contra la lluvia, los sismos, ni las tormentas, y siempre contra las maneras equivocadas de nombrar y de convivir con nuestro destino”

El año pasado leí “Vivir afuera” y “Muchacha punk” y ninguno logró explicarme quién es Fogwill. Quizás “Los pichiciegos” lo hace mejor, aunque no del todo. Pero la pregunta que sí responde este libro es: ¿por qué hay tan poco escrito o conocido o divulgado sobre la guerra de Malvinas? ¿Por una culpa colectiva que mi generación no logra entender? ¿Por una imposición de la modo o mercado o estética?, como más gusten llamarlo. Me arriesgo a otra respuesta, después de esta lectura. Una respuesta más romántica, si se quiere, o más trillada, para ser justos. No hay nada que contar porque Fogwill lo escribió todo en un libro. ¿Usted leyó sobre el frío que pasaron en las islas? Fogwill lo escribió. ¿Leyó sobre el hambre? ¿La inexperiencia? ¿La promiscuidad? ¿La injusticia?¿La muerte? Está todo en el libro. Un grupo de conscriptos deserta. Como aquel personaje de “El rojo emblema del valor” los héroes son los renuentes. Los que tienen un ingeniero que les dice donde excavar y construir su refugio, “La pichicera”, los héroes son aquellos que miran pasar aviones sin entender la magnitud del bombardeo, los que comercian de noche con los ingleses y los isleños, los que cuentan día a día cuánto queda de comida, cuánto de cigarrillos, cuanto de salud mental. Son los que tienen que salir a cagar de noche, en el frío. Son los que cuentan chistes. Los que obedecen a Los Reyes Magos. Los que analizan en qué momento rendirse, en que momento matar. Los que tienen miedo de francotiradores aburridos, de lejanas explosiones de ovejas que pisan campos minados, de fantasmas de monjas muertas.

Los héroes de la brillante novela de Fogwill son niños-hombres cercanos a cualquiera de nosotros, de nuestros hermanos, de nuestros primos, que en tiempos de guerra soñaron lo mismo que hubiésemos soñado nosotros: volver vivos a casa, sin importar que pasara con la guerra.



Los adioses.
Juan Carlos Onetti

Un personaje se enfrenta a un recuerdo que quiere cambiar, pero no en su totalidad, sino limitándose a una parte del recuerdo: a las manos de un hombre que conoció hace tiempo. Así el personaje borraría todo recuerdo de ese hombre, menos el de sus manos. La explicación es sencilla, pero ambigua. El recuerdo, gracias a su selectividad, sería menos problemático.

 




Al personaje le gustaría recordar los dedos del hombre
verlos agarrar la botella de cerveza, conmoviéndose, de un modo tan imperceptible como irremediable, por el frío del vidrio que despegó un extremo de la etiqueta.





Le gustaría revivir el golpe de la botella vacía sobre la mesa del bar
mesa de madera que ha perdido su uniformidad dando lugar a rayones de cuchillos,
astillas, nudos, y hendiduras llenas de grasa y cáscaras de maní,
y así, al personaje, dueño del bar, le gustaría recordar dónde los dedos,
luego de soltar la botella se posaron, cansados, o recordar
 -apenas-
 la mano al hacer el gesto de pedir la cuenta, y luego buscar, en los bolsillos,
uno por uno, hasta encontrar un billete de cien pesos con el que pagar,
y luego, como una película mal conservada, ver los dedos,
esperando, extendidos en el aire, recibir el vuelto,
y una vez cargada de papeles no decidirse a como ordenarlos,
para al fin hacerlo un bollo, pero no un pelota, sino un bollo arrugado
y volver a poner el dinero,
los varios billetes inferiores en que se convirtió el único de cien,
dentro del bolsillo, demorándose en encontrar la moneda que fue la propina,
escasa, que las manos le tributaron a su atención.


Al dueño del bar, empecinado en reformular su cerebro y crear un recuerdo selectivo le gustaría saber más de manos para entender las manos del hombre. Le gustaría ser un quiromántico, para poder analizar el todo de las manos: el perfil, el tamaño, la coloración, la consistencia, la humedad, la temperatura, el desarrollo anárquico de los escasos pelos, la sinuosidad de las venas, más turgentes conforme pasan los años, y luego pasar a los detalles más interesantes: los pliegues, y las desviaciones.




Hay manos de boxeadores con pulgar quebrado, dedos de pianistas con forma de martillo, reuma lunar de lavanderas, cáncer que toca el tambor con sus dedos de palillos, tofos que crecen por la gota, nódulos que los anatomistas estudiaron horas y horas para eternizar sus nombres en ellos, Heberden, Osler, Meynet, Garrod y Charcot, anatomistas homenajeados por las estrellas de nuestro país, quienes, cuando vienen a Mar del Plata, dejan estampadas sus manos para la posteridad en la vereda del hotel Hermitage, cumpliendo allí, cerca del Casino y de la postal trillada con lobos marinos de piedra, homenaje criollo al lejano Olimpo de estrellas llamado Hollywood.






Heródoto
Los 9 libros de la Historia

http://es.wikipedia.org/wiki/Historia_(Her%C3%B3doto)

De las muchas diferencias entre los historiadores modernos y Heródoto hoy se rescatan dos: que fue un viajero empedernido, a caso porque la mayoría de las historias estaban por hacerse, y que nunca se preocupó por certificar la veracidad de las palabras de sus informantes, sino que escribió todo cuanto le relataron, llegando, incluso, a modificar a su antojo principios y finales, linajes y guerras.

Tanto inventó, que hoy pocos lo consideran el padre de la Historia, y si lo tuvieran enfrente no le brindarían más respeto que a un viejo charlatán que tuvo la suerte de viajar por el mundo y no contraer dengue ni sufrir el problema del jet lag.

Vivió en un mundo lleno de fiebre, donde se moría de viejo a los veinte años, a no ser que se hicieran dos agujeros en el cráneo: trepanaciones para resolver hematomas subdurales en ancianos menos fabuladores que Heródoto exiliados en sus geriátricos.




Pero volviendo a Heródoto, el historiador anduvo por el entonces próspero Egipto, interesado por cuestiones hídricas. Y nadie lo hubiese convencido de que un barco podrido se puede soltar del muelle una noche de tormenta marplatense y encallar frente a la rotonda de Constitución, para dar una nueva vista.


No, Heródoto hubiese necesitado una explicación lógica y por eso anduvo preguntándole a cuanto egipcio se le cruzó por el camino “por qué el Nilo crece y se desborda durante 100 días a partir del solsticio del verano, para luego retirarse y bajar su corriente durante todo el invierno”.

Los genios que consultó no pudieron ayudarlo, y entonces recurrió a la sabiduría griega, pero también se desilusionó. Le dijeron que los fuertes vientos de la costa –los etesias– eran la causa de la crecida del río, pues de tan bravos le impedían desaguar en el mar.

Heródoto refutó tal teoría diciendo que había días que veía a los etesias y el río no desbordaba y que había días que no veía a los etesias y veía al río desbordar.

Le dijeron, entonces, que el Nilo procedía de un río llamado Océano que le daba la vuelta al mundo. No lo creyó.

Le dijeron, entonces, que el problema era el deshielo, pues el origen del Nilo sin duda estaba en la tierra de Libia, pero el se burló diciendo que esa tierra era aún más caliente que el Egipto, y dio como prueba que sus habitantes eran hombres como ellos, pero que habían sido quemados por el ardiente sol de Libia.

Heródoto buscó su propia explicación. Y la encontró:

El sol, en cualquier otro lugar del mundo, atraía el agua hacia sí y luego la esparcía usando al viento, esto era así en todo el mundo, menos en el Nilo. Pues allí el sol se acercaba tanto a la tierra durante el invierno que la secaba y con ella al río, y el efecto de desborde que producía en el verano era falso, pues no era que aumentaba su caudal, sino que éste volvía al estado natural que debía tener en el invierno, si el sol no estuviera tan cerca.




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Libro: La novela luminosa
Autor: Mario Levrero

Es difícil saber a dónde va el libro. A dónde lleva. Y lo más difícil es aceptar que en realidad no importa. Como siempre, no importa el final, importa el viaje. La primera impresión ante tamaña novela póstuma puede distraer, confundir, creer -con torpeza de lector- que el todo es una biografía y que cada una de las partes narra la tortura del día a día a la que se enfrenta un biógrafo sin nada que contar. La excusa para escribir es clara: una beca, la beca Guggenheim. La finalidad no lo es tanto, hay una difusa novela escrita más de 15 años atrás, y el autor no quiere retroceder en la maraña de esa enorme cantidad de años para retomar una historia que ya no le pertenece, sino que quiere mejorar su presente para escribir lo que falta de aquella novela luminosa.




Para mejorar su presente debe concentrarse en cambiar hábitos que ya no puede cumplir, y que debe cumplir, porque debe hacerlo, no sólo para volver a sentirse parte de la especie humana (lo que sería poético) sino para realizar actos tan triviales como ir al mercado a la hora que el mercado está abierto (lo que no es poético, y sí real)


En esa búsqueda aparece la adicción por la computadora, la compra de novelas policiales, la resignación e imposición de practicar la escritura a mano, el arrepentimiento de haber abjurado de la pornografía para redimirse mirando adolescentes japonesas hasta las seis de la mañana, la complicidad con una paloma muerta y con otras tantas no tan vivas, la comida que ya no importa, unas cuantas muertes inasibles que se diluyen en pesares a destiempo, el insomnio, la espera de nuevos-viejos-usados ejemplares de la colección de libros Rastros, la explicación de sueños propios y ajenos, el amor de una mujer que fuera amante y que en el presente solo puede ofrecerse como amiga, la violencia de la calle, los gatos que se pierden en los balcones, las confidencias al generoso señor Guggenheim, la necesidad de comprar un aire acondicionado para soportar el calor del verano, las novelas de Rosa Chacel, los recuerdos de una etapa llamada Bonaerense, el odio por quienes (no todos) mal prologaron sus novelas.


Levrero prescinde de las palabras lujosas y de los golpes de efectos. En cambio se presenta tan desvalido y lineal, tan humilde y tan superlativo que el lector puede alejarse durante meses de la novela luminosa y volver a ella en cualquier momento para encontrarse con el mismo entrañable personaje que sigue alternando entre sus sillones, pensando que debe regular sus horas de sueño y escritura, que debe mejorar sus programas de Windows, y que no debe atender el teléfono para dejar que los mensajes se acumulen en el contestador, único modo que encuentra para desentenderse de la muerte de amigos y, al mismo tiempo, para no hacerse cargo de su propio destino.


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Libro: A través del Gran Chaco
Autor: Emile-Arthur Thoaur

Ya el prólogo anuncia el drama.

“El 25 de abril de 1882, en un ignoto lugar del Chaco boliviano, sucedió un trágico acontecimiento que alcanzó dolorosa repercusión; el explorador francés Jules Crevaux, fue brutalmente asesinado por un grupo de tobas” escribe Eduardo Trigo O’Connor d’Arlach, mostrando, además, el crisol de razas y dialectos que pueden resumirse en el nombre de una persona si sus padres se lo proponen.

(Ilustración por d’Emmanuel Lézy) http://echogeo.revues.org/index9983.html


A partir de esta muerte nace la historia. Se busca a otro explorador francés, Arthur Thoaur, quien es contratado por el gobierno de Bolivia y parte en julio de 1883 para terminar la misión de su antecesor. Lo acompañan un sacerdote franciscano, de origen italiano, llamado Doroteo Giannecchini, y el coronel Miguel Estenssoro, dos hombres de quienes poco se sabe, y que califican, holgadamente, gracias a sus nombres, para cualquier intento de novela histórica, ya que se podría decir que el primero tenía espíritu anarquista, y el segundo un sentimiento patriótico y revolucionario.

Los tres, Thoaur, Giannecchini y Estenssoro marchan, junto a un batallón dispuesto a despellejar cualquier rebelión toba, buscando los restos de la primera expedición, la de Jules Crevaux, y luego remontan el Río Pilcomayo, ya que aún se pretendía crear una red fluvial que le permitiera a Bolivia o a Paraguay o Argentina, dominar un comercio nada despreciable.

Gracias al viaje, Thoaur fue condecorado en 1884 con la Gran Medalla de Oro de la Sociedad Geográfica de París. Y el diario del viaje se publica en París en 1891, bajo el título de Exploraciones en la América del Sur.

En 1997 el diario de Thoaur es publicado en Bolivia por la embajada francesa, con ilustraciones de Riou y Dosso, y en esta edición se recupera la detallada descripción del Gran Chaco que hiciera el explorador. Thoaur habla de las costumbres indígenas, del hambre, las enfermedades, la camaradería, las deserciones, la desconfianza, el sufrimiento, y detalla las tribulaciones que los expedicionarios debieron enfrentar para llevar adelante su emprendimiento.

Pero lo que verdaderamente merece ser destacado no es la narración de Thoaur, ni siquiera sus conclusiones, sino advertir las equivocaciones en las que incurría. No solo extraviaba a menudo a sus expediciones y daba vueltas en círculos llevando a sus compañeros por senderos repetidos o ciénagas infranqueables, sino que equivocaba gran parte de sus levantamientos topográficos. Por ejemplo, en 1886 se le pidió que uniera un paso entre Sucre y Puerto Pacheco, pero el francés, obstinado en seguir las medidas erróneas que él mismo había levantado se perdió y tuvo que ser rescatado. Así, tras varias expediciones llevadas al fracaso, pérdidas económicas y humanas, Thoaur ya no fue contratado por Bolivia ni por ningún otro país.

Fue uno de tantos antihéroes perdidos en la historia. Demás está decir que no se sabe cómo ni dónde murió, pero sí se sabe que para 1912 vivía en Buenos Aires, y que planeaba visitar la Costa Atlántica, buscando algo que explorar. Se cree que murió en su ley, en el camino, y aunque no con la gloría de Crevaux, asesinado por los tobas, al menos murió solo y perdido, recordando sus días de explorador en algún bar de Maipú, o de Las Armas.



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Libro: La perla (the pearl)

Autor: John Steinbeck


La ciudad, real o inventada, ocupaba un ancho estuario, alineando sus edificios de fachadas amarillas a lo largo de la playa. Así empieza el segundo capitulo. Si el agua de esa playa fuera más fría y las sombras de los edificios se alargaran muy temprano produciendo un falso atardecer de concreto que deja en tinieblas a los turistas a las cinco de la tarde en pleno verano, se podría decir que la ciudad de la historia es esta, pero no lo es.

La ciudad se parece a un animal. Tiene un sistema nervioso, una cabeza, unos hombros y unos pies. Está separada de las otras ciudades, de tal modo que no existen dos iguales. Y es además un todo emocional. Como viajan las noticias a su través es un misterio. Así empieza el tercer capítulo.

El cuarto capítulo se maravilla de cómo la ciudad mantiene el dominio de sí misma y de todas sus unidades constitutivas. El quinto habla de una luna que se eleva tarde sobre la ciudad, con el primer canto de un gallo. Y el sexto y último cuenta de un viento furioso que sopla, arrojando a dos habitantes de la ciudad ramitas, arena y grava.


John Steinbeck no se preocupó por hablarnos de esa ciudad, que en alguna parte adquiere nombre propio y se llama La Paz. Steinbeck contó otra historia. La primera palabra del libro nos acerca a la verdadera historia. Kino es la palabra. Kino es el nativo, el hijo de los hijos que descienden del primer hombre que se abrió paso entre el barro original para poder respirar fuera del agua y de la tierra. Kino se despierta casi a oscuras, un día como todos los días, sin saber que será participe de una tragedia. Su hijo, Coyotito, será picado en el brazo por un escorpión. Kino y Juana, su mujer, en un momento de la mañana mirarán hacia la cuna y verán al escorpión. El minimo intento de salvarlo precipitará la picadura.



No será consuelo para Kino matar con su mano al animal. El animal envenenó a su hijo. No será útil que Juana lleve sus labios al brazo flacucho del bebé para succionar un veneno que ya no saldrá. El veneno del animal ya circula.


Saldrán de su precaria vivienda rodeada de animales ponzoñosos e irán a la ciudad, a esa ciudad que poco a poco Steinbeck dará a conocer. Cruzarán la plaza arrastrando tras de ellos a una multitud de hombres y mujeres que se irán contando la novedad y siguiéndoles, por curiosos, amables o morbosos, para saber.

Kino y la multitud llegarán a la casa de un doctor, un viejo despreciable, autor de mil abortos, cientos de funerales y unos cuantos hijos, y que nunca saldrá a recibirlo, sino que mandará a su sirviente dos veces a hablar con Kino. La primera para preguntar si tiene Kino dinero. Y la segunda para devolver el único billete de Kino, diciendo que como no es suficiente para pagar sus servicios él no está en la casa. Así un personaje ruin como el médico obligará a Kino a buscar su ayuda en el mar, a buscar la perla gigante y fabulosa que yace en las profundidades, para salvar a su hijo Coyotito y dar título a la novela de Steinbeck.






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Libro: Las ciudades invisibles    (Le città invisibili)

Autor: Italo Calvino


  En un libro de viajes se puede hablar de una ciudad, o de muchas, pero no de todas. A Italo Calvino eso no le importa. Toma prestadas las figuras de Kublai Khan y de Marco Polo y vuelve a uno oyente crédulo y a otro narrador inverosímil, y se propone hablar de tantas ciudades invisibles que la Atlántida, el Limbo, y la isla de de Lost se convierten en lugares más conocidos que la playa Bristol.

Para Italo Calvino existen ciudades continuas, como Leonia, que se reinventa a sí misma, y todos los días sus habitantes sacan a la basura las cosas que usaron, no solo dentífricos, aclara el Marco Polo de Calvino, sino calefones, pianos, enciclopedias, todo, pero todo lo que ha sido utilizado.



Y existen ciudades y memorias, como Muralia, donde los turistas deben visitar la ciudad y al mismo tiempo observar las viejas tarjetas postales, para decidir cual de las dos ciudades será mejor de recordar.

Y hay ciudades y deseos, como Fedora, con un museo de miles de esferas, con una ciudad encerrada dentro de cada esfera; y también hay ciudades y signos, como la ciudad llamada Zoe de márgenes divisorios indistinguibles.

Después aparecen ciudades y trueques, ciudades y ojos, ciudades y muertos, y nombres, y cielos; ciudades escondidas y ciudades continuas, y todas las demás que Calvino puso en boca de su Marco Polo, porque en su cabeza eran demasiadas.


En la nota preliminar, no de la primera edición de 1971, sino de las ediciones posteriores a la conferencia que Italo Calvino dio el 29 de marzo de 1983 en Nueva York, se aclara que en Le città invisibile no se encuentran ciudades reconocibles. Son todas inventadas. Pero lo más interesante es el modo de escribir de Calvino. En la nota preliminar -en la conferencia- el autor confiesa que el libro nació lentamente, siguiendo un método.

–Tengo muchas carpetas (cuenta Calvino), donde meto las páginas escritas, según las ideas que me pasan por la cabeza, o apuntes de cualquier cosa que quisiera escribir. Tengo una carpeta para los objetos, una carpeta para los animales, una para las personas, una carpeta para los personajes históricos y otra para los héroes de la mitología; tengo una carpeta sobre las cuatro estaciones y una sobre los cinco sentidos; en una recojo páginas sobre las ciudades y los paisajes de mi vida y en otra ciudades imaginarias, fuera del espacio y del tiempo. Cuando una carpeta empieza a llenarse de páginas, me pongo a pensar en el libro que puedo sacar de ellas.



Queda por preguntarse qué nombre de mujer le hubiese puesto el Marco Polo de Calvino a esta ciudad que se llena en verano y se vacía en invierno, siguiendo el ciclo solar de las migraciones y el calor. Cómo la hubiese llamado, ciudad hecha para otros, y no para los fantasmas que viven en ella, que trabajan esclavos en verano y se broncean en invierno, cuando los turistas prefieren otras ciudades y no el viento y el frío de una postal muerta.






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Libro: Escupiré sobre vuestra tumba

Autor: Boris Vian



Un hombre blanco, rubio, de veintiséis años, llega a un pequeño pueblo recomendado por una amiga de su hermano para trabajar vendiendo libros. Cobrará noventa dólares semanales y eso le permitirá vivir. Sin demasiadas aspiraciones, le gustan las mujeres, le gusta beber, sabe tocar la guitarra y tiene buena voz para cantar blues, a pesar de ser blanco. Recién llegado se presentará ante el librero que reemplazará, un tal Hansen quien espera en cinco años dejar de trabajar para dedicarse a escribir best-seller. Hansen le enseñará su trabajo en la librería y le indicará las cosas se pueden hacer en el pueblo, además de recomendarle que asista al sermón del cura, cosa que el protagonista interpretará erróneamente como una orden moral y que el mismo Hansen le aclarará como necesidad comercial: no asistir a la iglesia reducirá las ganacias de la librería.



Luego de varias recomendaciones, Hansen le dirá al protagonista las cosas necesarias para que un hombre solitario sobreviva en un pueblo minúsculo; le dirá que puede beber bourbon en pajita en el bar de Ricardo y conseguirse alguna que otra mujer en el drug store, donde las niñas-mujeres le escriben cartas de amor a Frank Sinatra.




Después de dos semanas de trabajar vendiendo y acomodando libros el protagonista empezará a aburrirse y visitará el drug store. Allí conocerá a un grupo de adolescente que primero lo ven como un viejo de veintiséis años y luego como un adolescente maduro con la capacidad de tocar la guitarra y poder comprar alcohol. Allí, la primera tarde en el drug store, entenderá que las niñas-mujeres del pueblo saben bien lo que quieren. Bailará con una y le dará de beber. Eso será todo. A partir de entonces le conseguirán una guitarra y se acostará con toda mujer de quince a veinte años que se cruce por su camino. Ellas lo buscarán desesperadamente, lo irán a ver a la librería para dejarse manosear, y no solo ellas, sino también los varones -tiernos animales sin sexo- se dejarán querer por el nuevo librero.


De orgía en orgía el personaje volverá a aburrirse, hasta que en un cumpleaños conocerá a dos hermanas de buena posición social y a partir de ese encuentro su existencia tendrá un solo objetivo. La mayor de veintiuno y la menor de quince serán participes de un juego incomprensible hasta el desenlace final.

Un detalle no menor: el personaje es negro por dentro. Su hermano era negro, su raza debió ser negra, pero el nació con la piel blanca. Su hermano fue muerto por blancos y él busca vengarse de ellos, y de él mismo.






Vernon Sullivan, un estadounidense negro, publicó en 1946 este libro llamado J’irai cracher sur vos tombes (Escupiré sobre tu tumba) que fue prologado por Boris Vian, un francés blanco, aunque Vernon Sullivan no fue más que el pseudónimo que el verdadero autor, Boris Vian, eligió para emular al protagonista que, aunque cambia de color de piel, no puede ni quiere escapar de su destino.









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Libro: Libro de esbozos
Autor: Jack Kerouac


Es autor de un solo libro. ----Todos sus libros fueron un esbozo.
No se podría recomendar un libro de Kerouac. Quizás On the road.
Pero seríamos injustos con The Subterraneans
Quizás podríamos recomdendar sus poesías dispersas
Su libro de esbozos
y volveríamos inevitablemente a On the road




Vagabundo es una palabra cercana, casi necesaria.

En sus historias sobran amigos, bebidas, drogas, música y paisajes.
En sus relatos verdaderamente hace frío, se tiene hambre, se duerme mal y no se piensa en volver

Es imposible no viajar junto a Kerouac. Es imposible no correr un tren carguero y subirse para cruzar la mitad de su país en noches heladas sin estrellas. Es imposible no hacer dedo a un costado de la autopista, no detenerse a escribir para gastar el dinero en un nuevo viaje. Es imposible no escuchar la música que él escucha, no perder el conocimiento cuando él quiere dormirse.

Su letra muchas veces no tiene letra. Por eso esboza:


                         Eso que no tiene mucha vida por delante, se apura

     Eso que vive por siempre está colmado de paz
                                 no hay hombre alguno que vaya a vivir por siempre






 
 
 
 
No se puede escribir sobre Kerouac, no se puede encasillar a Kerouac. No se debe teorizar sobre sus estructuras, ni siquiera cuando se propuso escribir 3 libros por año:
 
A morning sober book
An afternoon high book
                             (the greatest)
A night drunk book

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