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miércoles, 12 de octubre de 2011


Médico

Según Ambrose Bierce, en su Diccionario del Diablo, médico es alguien a quien lanzamos nuestras súplicas cuando estamos enfermos, y nuestros perros cuando nos hemos curado.

Se puede agregar que médico clínico es todo aquel que, aún habiendo rendido una especialidad, es considerado por sus pares, la sociedad, y por sí mismo, como el médico recién salido de la universidad que nada cura y todo lo resuelve administrando pastillas indicadas por las grandes corporaciones de laboratorios extranjeras y por algoritmos escritos al norte de la frontera de México por expertos contables detrás de sus escritorios y con la vista fija en sus planillas variables de computadoras.

Así mismo se puede considerar médico cirujano a todo aquel que mediante el uso de cuchillo, sierra y separadores, puede poner en una bandeja el problema o enfermedad de su paciente, lo mismo que un carnicero puede poner en el plato de la balanza un kilo de nalga para que admiremos el buen estado del producto involucrado en la transacción comercial.

jueves, 6 de octubre de 2011

José María Marcos escribió en su blog un comentario sobre las novelas "Furca. La cola del lagarto" publicada en 2010 y su continuación "El geriátrico" publicada en 2011. Les dejo el enlace: "Nosotros en el futuro" Y la semana pasada Leticia Martin en sus Reseñas del blog "cada día falta menos" declaró sin más que el querido Furca es un hijo de puta, entre otras cosas.

martes, 4 de octubre de 2011

Lógica:

La inquisición sostenía que a toda persona sospechada de estar poseída por el Diablo se la debía atar de pies y manos y arrojar a un lago o estanque cercano. Si la persona en cuestión salía del agua se demostraba de forma irrefutable su complicidad demoníaca y se la condenaba a morir en la hoguera. Si la persona en cuestión no lograba salir del agua, su alma inocente subía a los cielos donde era recibida con beneplácito por Dios. Alguien o todos en algún momento debieron entender que el resultado final era el mismo: la muerte. Por lógica, nadie se animó a decirlo.

domingo, 2 de octubre de 2011

Hoy en el diario La Capital de Mar del Plata. La columna que sale en el suplemento de cultura, entre otras definiciones 

Ludópata:

Mientras almorzábamos, un gato trajo en la boca una paloma que cazó en le patio. Se puso a mordisquearla frente a nosotros. Las mujeres gritaron y el gato ni se inmutó. No se comía la paloma. La mostraba, como una ofrenda. Tomé nota: el 5 es el gato, el 29 la paloma, el 18 la sangre, y el 47 el muerto. Terminé de almorzar y crucé a la quiniela. Jugué los cuatro números para reducir el margen de error. Le pregunté al agenciero si el cazador era algún número. Lo buscó y encontró que era un número de tres cifras. No lo jugué, tampoco soy un adicto al juego. En el trabajo me puse los auriculares y con disimulo escuché el sorteo. Casi puteo cuando escuché el primer premio de la Nacional. Y no me pude contener cuando en Provincia salió el mismo número. El 35, el pájaro. Me insulté a mí mismo. A mi estupidez. ¿Cómo no lo jugué? Cualquier idiota se hubiese dado cuenta. Uno no acierta porque no quiere.

martes, 27 de septiembre de 2011

Kermesse:



El que más me gustaba era el juego del conejo. Lo soltaban en medio de un círculo de casitas numeradas y ganaba el premio el que tenía el número de la casa donde entraba. Los premios eran banales. Una bolsa de caramelos. Una juego de temperas. Un mazo de cartas. Pero al final de la noche estaba el premio mayor: el conejo. Era la apuesta más cara y la que más tarde se hacía. Generalmente costaba convencer a los padres que se quedaran hasta el final. Sólo se quedaban los que habían armado puestos. Había otros juegos. Y es una época en la que recuerdo estar leyendo un cuento de Cortázar publicado en el libro “Final del juego”. El cuento se llama “Los venenos”, creo. Me niego a minimizar está hoja y buscarlo en google. Cuando visite a mis padres buscaré el libro en papel que ellos guardan en su biblioteca, un libro de tapa amarilla, si mal no recuerdo, imperfecto, como deben ser los recuerdos. No con la perfección de la Internet y el desperdicio de la inmediatez. Nadie recuerda una búsqueda de información en la computadora, pero todos nos recordamos hojeando un libro de piel y nervios. Como el conejo que me gané en la última kermese que se hizo en el colegio. El mismo conejo que mi padre mató cuando lo encontró royendo uno de sus libros de carne y hueso. Un libro de Borges, creo, de tapa muy sobria y con un título que me alejaba en el principio de mi adolescencia, y que después, con tiempo y contundencia reemplazó a cualquier lectura de Cortázar, salvo cuando me invade cierta nostalgia, como ahora, antes del crepúsculo.

domingo, 25 de septiembre de 2011

Publicado hoy en el diario La Capital de Mar del Plata se agrega al diccionario de Alegorías o todo lo contrario:

Karma: El dios Yama maldijo a los humanos. Su sistema de encarnaciones, tan exacto como equitativo, por primera vez se veía alterado porque los seres humanos habían ideado un sistema que permitía usar a las moscas como energía para mantener encendidas sus lámparas. ¿A quién carajo se le puede ocurrir usar moscas como fuente de energía? fue la primera pregunta que se hizo el dios Yama. Pero lo que en realidad quería deducir era qué hacer con todas esas almas reencarnadas que tenían destinado morir en la basura y no alimentar las marquesinas y lámparas eléctricas. Sus ayudantes, incapaces de responder, huyeron, asustados, y el dios Yama los condenó a morir atraídos por el sol. Como sus pobres moscas.

viernes, 23 de septiembre de 2011

Leonardo Oyola - Kryptonita:



Un lunes como cualquier otro, de madrugada y en algún lugar de Isidro Casanova, un médico que lleva demasiadas horas despierto y de guardia en un hospital público recibe un caso urgente, como todos los casos que caen a esa hora, pero como ningún otro caso que ha tenido o ha escuchado contar a sus colegas. No se trata de un gitano, de un borracho ni un adicto. No es metalero con una hemorragia digestiva. No es una pendeja abortando. No es un remisero infartado por el viagra. No es un gordo con una fisura anal. No es un pibe que por correr una picada se puso el volante de corbata en lugar del esternón. No. Se trata de Nafta Súper, el líder de una banda local.

Nafta Súper es un héroe que no imparte justicia. Un ser humano tan especial como cualquier otro, que merece vivir, también, como cualquier otro. Algo así como un superhéroe al que le dieron de tragar su Kryptonita y por eso agoniza al entrar en la sala de emergencia. Así, con esa furia apremiante, empieza la nueva novela de Leonardo Oyola.


Al principio el lector quizás no decida cómo leer esta novela llamada “Kryptonita”. Si como ficción. Como realidad. O como fantasía. Y la verdad es que no es justo encasillar la novela en sólo una de las tres. Abarca todas estas posibilidades. Y abarca mucho más también. Esta incógnita nace en el primer capítulo donde una palabra tan médica como óbito (obitó cuando se convierte en verbo) impacta desde su argumentación precisa y exacta; quirúrgica, si se permite el término. Todo lo que se cuenta puede ser cierto, real, se puede vivir a diario: el retrato que el autor hace de las enfermeras, de sus realidades sociales, de su entrega y sufrimiento, podría contarse por miles de casos que reflejan la verosimilitud de un narrador implacable y certero que apunta: “las enfermeras viejas tienen hijos delincuentes o drogadictos y las enfermeras jóvenes salen con delincuentes o drogadictos”, y ese autor implacable, no conforme con la realidad de un office de enfermería, ataca sobre un probable teatro donde los médicos nocheros trabajan por el mango, los médicos de planta se rajan y menosprecian a los nocheros que ellos mismos dejan, y la policía de los hospitales decide quien debe vivir o todo lo contrario. Todo podría ser tan real como que un médico, harto de mirar el reloj sólo piensa “faltan 4 horas”, “4 putas horas”, sin que le importe que vida pueda salvar o ayudar. Al lector le toca decidir si esa realidad médica es ficción, exageración, o pura y puta realidad. Quien elija descreer, sepa, al menos, que se engaña.

Si se debe elegir un sentimiento que domina la novela Kryptonita, más allá de la hermandad de la banda, más allá de la violencia, del ruido y la furia, es un sentimiento de nostalgia. La tristeza por el recuerdo de un bien perdido. La pena de verse ausente de un lugar o de una persona amada. Kryptonita es una novela nostálgica, construida con escenas y diálogos acertados y minuciosos:

“En la calle está la verdad. No es que no haya guapos, Tordo. Uno aprende que no hay que ser guapo. No da jetear. No da soguear. Hay que ir a los bifes de una. Yo ya me cansé de ver giles que lo único que hacen es ladrar. Porque cuando la cosa se arma toda esa manga de putos lo único que dice es miau” Le dice un personaje al médico de guardia.

Y así se encadenan aciertos hasta que cerca del final de libro, otro personaje le deja al médico de guardia y a la enfermera una frase que dice como leer y entender la novela:

“Cuéntenla como quieran. Que somos dioses, que somos hombres, que somos buenos, que somos malos... Pero que se entienda que no somos fantasía. Que somos realidad. Y que cuando busquen copiarnos nosotros no andamos en pose porque somos los originales. Somos auténticos, man. Doña: nosotros somos de verdad.”