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sábado, 19 de enero de 2013



Eternidad:

Dice wikipedia que la eternidad puede ser también el no-tiempo. Y que NO se necesita ser creyente para establecer la certeza de la palabra eternidad. Al menos no creer en Dios. Sí creer en las matemáticas, porque wikipedia dice que la realidad de los números y su existencia sin necesidad del tiempo son el reflejo exacto de la existencia de la eternidad.

Así wikipedia parece separar a los humanos en dos: los que creen en Dios y los que creen en las matemáticas.

Para saber cuál de las dos ramas elegir podemos llevar todo a una cuestión de poder. Quién ejerce mayor influencia, quién tiene más poder. Hoy en la Ñ un escritor periodista británico y su traductor citan al sociólogo Steven Lukes para marcar que él señaló las tres formas del poder:

1) La capacidad de impedir que las personas hagan lo que quieren hacer.
2) La capacidad de impulsarlas a hacer lo que no quieren hacer.
3) La capacidad de conformar la manera en que piensan.

Primera reflexión: "conformar" es una palabra ambigua para traducir la tercera regla.

Segunda reflexión: si aplicáramos estas tres reglas (las Lukes, no las de Burroughs) a las matemáticas y a la Religión ¿cuál de las dos ejerce una opresión más asfixiante y nefasta? ¿Cuál de las dos no impiden o nos conforman? ¿Realmente se puede distinguir una de otra? ¿Realmente se puede ser creyente y renegar de las matemáticas o renegar de Dios y aceptar los números como dogma? ¿No estamos dando vueltas como el perro persiguiendo una cola que pensamos ajena y siempre ha sido nuestra?


lunes, 14 de enero de 2013


Felpa:

Quisiera meterme en un disfraz de oso, de esos marrones oscuros que en la panza tienen un círculo más claro y exagerado y que la espalda terminan en un culo enorme con un rabo improbable en el medio, además quiero que las patas sean acolchadas y me dé sueño cuando apoyo los pies sobre la felpa mullida y calentita. 

Con el disfraz atendería a la gente detrás de un mostrador municipal. Cualquier y todos los trámites les resolvería. Y mientras esperan les haría chistes y demoraría en contestarle las preguntas a los que me traten mal porque así son los osos, los osos que andan en las cañerías, los osos que actúan en películas como peluches reales, los osos que abrazan a los niños para que se suban a los camiones disfrazados de trenes o barcos que dan vuelta por la ciudad. 

Y después de trabajar llegaría a casa, me tiraría en una reposera (tumbona), leería una historia de conejos que se tiran en las reposeras al costado de las piscinas y me preguntaría cuándo empezó a cambiar tanto el mundo que ya no me queda nada por leer de aquellos autores que devoraba en otros tiempos. 

Y me preguntaría por qué.

O porque ya no escriben, o porque están muertos, o porque sus herederos atacaron con manuscritos que muchas veces dan vergüenza ajena, o porque simple y cruelmente, los libros también pasan de moda y desaparecen, como la colección de zapatos de felpa para oso que tan bien se vendió en la temperada otoño-invierno del 2026.

miércoles, 9 de enero de 2013

Otra de zombis




¿Te acordás que ese verano no se podía respirar? ¿Te acordás o no? Un calor como nunca antes. La humedad, dijeron. Y los mosquitos fueron culpa de la humedad. Y los mosquitos fueron culpables de... Pero antes habían llegado esos bichos que algunos llaman alguaciles y otros helicópteros. ¿A vos cómo te gustaba llamarlos? O mejor dicho, ¿cómo pensás que se llamaban? Yo les digo alguaciles, y cuando era chico me tragaba la “l” "aguaciles". ¿Te acordás? Vos no podías decir pulpo. Decías “culpo”. Y no había forma de que aprendieras. Y yo decía "pupo", para no ser menos. Para mí era capricho. Para llamar la atención. Como los alguaciles, que daban vueltas por toda la ciudad sin hacer nada, para llamar la atención. Pero después vinieron los mosquitos y ahí sí que se armó. Al principio todos pensamos que la culpa había sido de ellos. Que ellos habían traído la peste. El armagedón zombi, como lo llamaron en los diarios. Pero vos sabés lo que yo sé. Que no fue así. Y aunque los zombis andan por todos lados y todavía algunos rezan para que esto sea sólo un capítulo malo y largo de la serie walking dead, vos sabés cómo empezó todo porque estuviste ahí. Y yo estuve ahí. Los dos lo vimos al tío Omar bajarse la milanesa con un cuarto de vino tinto y seguir tomando el resto de la botella hasta que llegó la sandía de postre. La sacaron de la heladera en la conservadora y la pusieron sobre la mesa de plástico en el pasillo del balneario. Todos pensamos que el tío no se iba a animar. Vos también lo pensaste, no digas que no. Por eso abriste la boca como hacen los dibujitos animados cuando dejan caer la carretilla hasta el piso, pero vos no decís carretilla sino maxilar inferior y no se cayó hasta el piso porque eso es imposible. Como también eran imposibles los zombis, no te olvides de eso. La cosa es que el tío se comió la sandía mezclada con el tinto caliente. Y no pasó nada. Hasta que alguien lo cargó. Creo que fuiste vos. O yo. No importa. La cosa es que alguien le dijo que no se iba a animar a meterse en el mar, y el tío, cabezón como vos y como yo, salió corriendo para el agua helada del Atlántico... Ya de verlo venir, caminando como si la arena fuera un campo con madrigueras de mulitas uno se daba cuenta de que algo no andaba bien. Ni cuando se prendió al cuello de la tía, ni cuando le mordió la pata al carpero amagamos a hacer algo, pero cuando la tía se tiró encima de una vecina y el carpero atacó a los nenes de los Carrizo entonces sí que nos dimos cuenta que tantas horas mirando películas de zombis no habían sido en vano y salimos corriendo hasta esta cloaca donde estamos encerrados hoy, conocedores vos y yo, de que la plaga no empezó con los mosquitos, sino con el viejo mito de mezclar ciertos elementos en la naturaleza que no deben ser mezclados y después meterse al mar, como si nada. Lástima que nadie nos creería si contamos nuestra historia, como hace unos días nadie creía en los muertos vivos.


sábado, 29 de diciembre de 2012




El espejo




Él sabe que es suma de vacíos la soledad, y sabe que por usar su santo nombre en vano sufre las afonías, los abandonos y la postración que la soledad le trae en su eterno (loop 2.0) retorno.



Él no sabe que no hace falta decirlo, pero sí sabe que hace falta ser redundante: no es cruel el espejo por la imagen que devuelve, es cruel por su silencio estático. 


Él sabe que mirar su imagen en el espejo es suficiente para invitar a las viejas sombras a comer los desperdicios de la cena de fin de año. Y también sabe que las sombras querrán bailar la cumbia de los amores despreciados mientras los familiares se suben a sus autos entre las doce y media de la noche del nuevo año y los últimos cohetes que espantan las estrellas.

Pero, por no ser el primero en verse, Él sabe que tiene más miedo y en su certeza de sombras recorta medias de lana, arma títeres, compra flores en la noche, se detiene hipnotizado en los semáforos, junta perros y botellas vacías, lleva a casa los que salen de la guardia y, cuando se sabe ahogado por la inminencia del amanecer, deja todo y corre a su casa, abre la puerta, tropieza con los muebles y camina hacia el baño y enciende la luz esperando, entre fantasmas que se empujan, el turno de mirar y encontrarse en el espejo.





viernes, 21 de diciembre de 2012



En El Ópera. Callao esquina Corrientes. El bebé Félix está dormido en su canasta-huevo, ajeno al mundo que lo rodea. Su madre me regala un libro ladrillo que Jonathan Franzen llamó Libertad y que sólo mi orgullo me hará terminar de leerlo. El bebé Agustín, a diferencia de Félix, no sé si duerme, pero sí sé crece en la panza de su madre. El obstetra dice que pesa 360 gramos, algo así como un pote de Mendicrim. Desde que el médico dijo el peso, tengo miedo (o ganas) de llegar a casa, abrir la heladera y levantar el queso untable para ver qué se siente. Ya habrá tiempo, por ahora sobra ansiedad. 

El Ópera revienta de gente, el grupo Alejandría se mezcla con los ganadores del concurso de premios Itaú y Ricardo de Gárgola se va a una presentación acá nomás. Mucha gente habla. Hay poco mozos. Lili pide un agua sin gas, Soledad una Coca Cola, Lalo una Coca Light y yo una Coca Zero. Somos gente rara. Hacemos un pedido raro. El mozo vuelve con todo, salvo mi Zero. Trajo dos Light.  Lo detengo antes de verlo destapar la mía. Le digo que pedí Zero. Me mira, ruega y exige que no lo haga caminar de más por una gaseosa que tiene el mismo sabor o no, ni siquiera eso importa, ni el sabor ni las obsesivas calorías que enferman este mundo gordo y frívolo. Lo hago caminar de más. El cliente tiene razón. Lalo traduce el odio en la mirada del mozo. La Zero es la Coca Light del hétero, dice.



martes, 18 de diciembre de 2012



Una noche en las librerías: De las reglas de Burroughs a Piazzolla


Estación de subte Ángel Gallardo. Bajo. Un calor insoportable. Un pánico escénico tan insoportable como irritante. La presentación de la novela es a las 20. El teléfono marca 19:30. Viene el subte. El asiento del vagón tiene olor a mil cosas. Un nene muy chiquito hace  malabares en el medio del vagón. Una nena muy chiquita estira la mano y cuando alguien se la toca le da un beso en la mejilla. Los primeros caen, los siguientes no quieren veces. Después viene el pedido, por los malabares o por el beso. El nene se va con unas monedas. La nena tiene mejor suerte. Un hombre de mi edad le dio un bollo de billetes de 2 pesos. La nena se sorprendió. Yo me sorprendí. No sé si la nena pensó lo mismo que yo. Ella los contó, miró al hombre de mi edad y le dijo gracias un gracias muy sincero. No sé si la nena tuvo el mismo miedo que tuve yo de la respuesta del hombre de mi edad. Por suerte dijo de nada y nada más. 

Estación Uruguay. Línea B. Al volver a la superficie un calor insoportable. Otra vez el miedo escénico que aburre de tanto repetirse. Mucha gente camina hacia todos lados. Sillones en calle Corrientes cortada. Actos públicos. ¿Todo el mundo está esperando que toque Julieta Venegas? ¿Todo el mundo vino a comprar libros? Y sin embargo la sala donde presento todavía está llena de gente que presta atención a un locutor de televisión que presenta un libro de autoayuda. 

La presentación. Por suerte hay caras conocidas y caras amigas. Pero el miedo no da tregua ni un segundo. Dicen que muevo la pierna todo el tiempo. Yo sé que tomo agua todo el tiempo. Gracias a todos los amigos que fueron. Gracias a los presentadores, gracias a... Se abren las preguntas al público. Un hombre más grande que yo, más flaco y más cansado se para para retarme. Dice que no tengo que justificar que gané el premio. Que no me tengo que preocupar si la gente va a recibir bien la novela. Es lo que yo hago, me dice, y que le guste a quien le guste. Lo tratan de callar con otras preguntas. Breve discusión si Mar del Plata es una ciudad de provincia o es un baño de servicio de Capital. Todo termina. Se acerca el mismo hombre más grande y me abraza. Yo soy músico, dice, y una vez estaba tocando la viola y entra Piazzolla, ¿y sabés qué hice?, me lo imaginé cagando, y no sabés cómo toqué.

martes, 11 de diciembre de 2012




La primer regla de Burroughs es que no se habla de.... No mentira. Va por otro camino. Eso ya está escrito y filmado. Estas reglas tienen otra tonalidad:

Primer regla: Nunca des por nada

Segunda regla: Nunca des más de lo que tienes que dar

Tercera regla: Recuperar todo lo posible


"Las reglas de Burroughs" novela ganadora del concurso Laura Palmer 2012 se presenta en la librería del Centro de la Cooperación este sábado  15 de diciembre a las 20 hs en el marco de las actividades de La noche de las librerías por el autor junto al jurado que la eligió: Selva Almada, Daniel Kruppa, Federico Levin y Ricardo Romero.