Antonio Tabucchi no lo recordó de
inmediato. La memoria es caprichosa, justifica. Más adelante lo recuperará,
pero antes Tabucchi elige otra palabra para hablar del sueño: lo convierte en
su evocación, su ex vocare, algo que
viene desde afuera, algo que él mismo traduce del latín como un llamar a la
memoria. Y cuando la memoria acude, distorsiona: nos hace entender que lo que
creíamos perfecto y completo está lleno de vacíos, de intervalos perdidos,
irrecuperables.
Esto es para los recuerdos, no para
los sueños. Los sueños, construidos de un material mezclado de vigilia y
perturbaciones, nunca son completos. ¿De qué está formado ese sueño, esa
alucinación, de Tabucchi? Del material que usará para su libro Réquiem.
En Réquiem, el protagonista deambula por una Lisboa (que se parece a la
Lisboa que recorremos en libros los que nunca conocimos sus calles: la ciudad
de Pessoa, pero también a la que Ruffato nos lleva en uno de sus libros) y busca
a alguien. Es una certeza, para el lector y el escritor, aunque no tanto para
el protagonista: su busca es una elusión, una suma de episodios y personajes
que solo pueden desviarlo de ese hallazgo revelador. Eso es lo que quiere el
escritor: evitar, evadir un lenguaje común. Desde la prosa y desde la
construcción de la obra: Réquiem fue
pensado y escrito por Tabucchi en portugués, algo poco usual pero que hemos
visto otras veces: así lo hicieron Wilcock y Gombrowicz en nuestras tierras,
así lo hizo Pessoa con sus sonetos ingleses, por dar algunos ejemplos.
En el prólogo de Réquiem Tabucchi lo aclara: este libro debí haberlo escrito en
latín, dice. El latín es la lengua muerta, y muerta debería ser la lengua de
todos los libros: todos los libros –excepto los clásicos– mueren al cerrar las
páginas, apagan su idioma y se convierten en algo que no existe. La función del
libro se termina ahí, cuando se desprende de las manos de quién ya no lo lee.
En Autobiografías ajenas, Tabucchi, finalmente, cuenta el sueño. Y en
el sueño está el origen de su novela Réquiem. Desde el poema de Gilgamesh a la Biblia,
desde Calderón a Shakespeare o a Kafka, el derecho a soñar –según la definición
de Bachelard– acompaña a la escritura, dice Tabucchi. Ese derecho, que él mismo
cita, también lo camufla.
El sueño no es el comienzo de la
historia. Aparece en la segunda mitad del capítulo 4. Réquiem se escribirá hacia adelante y hacia atrás, anclado en ese
sueño que es central pero que no tiene desarrollo en sí. Es un comienzo, pero
es como la primera hora del día: nos muestra en un cielo que poco tendrá que
ver con nosotros cuando el sol se ponga.
La clave está en el sueño. Tabucchi
sueña con su padre, inesperadamente joven. Los roles podrían estar invertidos:
él podría ser padre de su padre; y el padre, su hijo. Su padre le hace una
pregunta, y a partir de la pregunta nace el mundo. Su padre –el real– había
muerto de cáncer de laringe. La enfermedad y sus tratamientos –dejaremos que
Tabucchi cuente esa historia en detalle– dejaron a su padre mudo durante sus últimos
dos años de vida. Se comunicaban por una tabla que los chicos usan para
escribir y borrar. La voz se apagó, la del hijo también. Por eso, Tabucchi hijo
encuentra llamativo que, en el sueño, lo primero que haga su padre es hablarle.
Por medio del sueño recupera algo perdido. Y, aunque la segunda extrañeza es la
pregunta absurda que le hace su padre, la tercera rareza es la fundamental: su
padre le habla en portugués. Idioma que en vida no conoció más que en una
palabra.
Es decir, Tabucchi, en un sueño,
recupera a su padre, recupera la voz de su padre, se enfrenta a una pregunta
absurda y lo hace en un idioma –para su padre– totalmente desconocido.
Tabucchi al final del texto escribe:
A mi padre siempre lo llamé mi’pa’, o
simplemente pa’, apócope de padre, como es costumbre en mi tierra ( ) Cuando en
la universidad empecé a estudiar portugués, le dije un día a mi padre que la
palabra portuguesa pá, con acento agudo, ( ) es contracción de la palabra
rapaz. Era la única palabra portuguesa que sabía mi padre. Y cuando yo lo
llamaba pa’, él me llamaba pá. Era un juego secreto ( ) que usábamos con
malicia infantil, cuando nos llamábamos recíprocamente con esta palabra, yo
sabía que mi padre, al pronunciar la suya, le ponía mentalmente un acento
agudo; y él sabía que yo, en la mía, ponía el apócope. Era el uso diferenciado
de dos palabras homófonas: yo lo llamaba padre, él me llamaba rapaz.