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sábado, 2 de abril de 2022



Qué reseña será más apreciada por el autor, cuál más válida. La académica o la informal. Qué puede decir alguien sin formación en letras sobre una novela. Qué puede sumarle, restarle, aportar. De qué sirve una opinión, o mejor dicho ¿en qué se basa la opinión? Se opina desde la ignorancia pero no desde la ingenuidad. Se opina desde la propia experiencia. Pero la propia experiencia, en medicina, se llama opinión de expertos. Y en los grados de recomendación para indicar un fármaco, estudio o tratamiento la opinión de expertos es lo que tiene menos valor: Evidencia IV, recomendación D. Opinión de expertos. Ojo clínico. Intuición. Por debajo solo está la opinión informal. La vox populi, la vox Dei. Todo esto viene a ser parte de la lectura de Falsa familia, la última novela de Carlos Ríos. ¿Y por qué esta introducción? Porque hay varias cosas externas al libro que atravesaron mi experiencia de lectura y que me exigen una relectura a futuro, más calma, menos cercana, que no empujen tanto esta reseña hasta nublarla. La historia en Falsa Familia es así: un coordinador de talleres literarios en las cárceles de Olmos y Romero escribe un libro de esa experiencia. El libro se divide en partes. La primera parte cuenta el inicio de la relación del profesor y una mujer a la que le confiesa su mayor temor: la cárcel se mete en su vida, la fagocita, la replica; las rejas que adentro son de metal afuera son más sólidas y todo el tiempo lo rodean. Tanto lo rodean que dan origen a la segunda parte de la novela: los alumnos escriben a cambio de mandados que el profesor cumple en el mundo exterior. La tercera parte es un diario, un diario de escritura y de viaje, un diario escrito a bordo de la línea de colectivos Oeste de la ciudad de La Plata, un diario que se escribe rumbo a Olmos, rumbo a Romero, desde Olmos a Romero, pero también es un diario estático: se escribe en las paradas de colectivo, en una estación de Servicio de Nafta de marca Shell, en la cama, en todas partes donde un escritor puede escribir. La cuarta parte es conclusiva: el amor, la libertad, el trabajo, el encierro. ¿Dónde está la dificultad de la reseña, entonces? En la propia experiencia. En haber vivido en La Plata como estudiante de medicina, en haber visitado la cárcel para dar charlas literarias, y comprender años después -en una conversación sobre Falsa Familia- la transformación: haber entrado a la cárcel de Batán como el escritor que da una charla y haber salido como el médico que no tiene más respuestas que la curación por medio de la palabra. Todas esas sensaciones volvieron durante la lectura de la novela de Carlos Ríos. Si la memoria es inmanejable, benditas sean las cosas que llegan desde el recuerdo: encaré Falsa Familia de una manera y al poco de la lectura -no más de un tercio- la autobiografía, mi propio desorden, invadió la narración. Tanto es así que me contacté con Roque, un viejo amigo de la facultad de medicina que todavía vive en La Plata. Él tenía una novia en Olmos -no en la cárcel- y ella vivía en uno de los últimos chalets antes del cruce de Etcheverry, al lado de un cabaret que hoy es un aserradero. Con Roque hablamos de aquella vieja época. Recuerdo viajar en colectivo para ese lado a comer un asado en la casa de su novia cuando los colectivos Oeste recién empezaban a llamarse así. Antes las líneas de colectivos tenían número, era la época de la intendencia de Julio Alak, si mal no recuerdo, cuando las paredes tenían grafitis que decían Bruera es agosto. Era ¿1997? ¿1998? y empezaba a entender que la política se vive en la calle, algo que al menos yo ignoraba de mi adolescente vida marplatense. Recuerdo que una comida gratis, en mi caso, y el amor, en caso de Roque, bien valía ese viaje de casi una hora por la eterna calle 44 hasta Olmos. Claro que ese recorrido también lo hacía como salida obligada hacia la ruta 2. Y ahí veía siempre a la cárcel a un costado, gris, enorme, lejana, imposible. En cambio a Melchor Romero -Romero la llama Carlos Ríos- íbamos a cursar psicología, Introducción a la psicología o Salud Mental. Debería buscar mi libreta de estudiante en alguna caja para poner el nombre exacto de las materias, pero ¿quién resiste un viaje así al pasado? Supongo que solo un escritor como Carlos Ríos que al corregir su propio diario corrige una novela, la inventa, la recrea. Escenario: el profesor y una presa en el patio, al sol. El taller literario a veces se puede dar al sol. Hablan. Ella fuma. No sabremos nunca como se llama, el escritor nombra a sus personajes con la primera letra inicial en minúscula y un punto. La página es la 99. Apenas hemos pasado la mitad del libro:

 

A v. le vienen ganas de recitar poemas de amor. Le encantan los poemas de m., dice. Son todos de amor. Leemos algunos, al cuarto poema se aburre. Pide permiso para ir al baño y vuelve con un cigarrilllo. Hace calor, ella se saca la campera deportiva.

Al sol sus veinte cicatrices horizontales en el brazo izquierdo.


Este es un fragmento del diario. El único que citaré. Uno de los tantos que son breves, directos, desestabilizadores. Poemas de amor, cortes en un brazo. Más adelante sabremos que la madre la reta: nadie va a quererte con esas marcas en los brazos.


Hay una sensación como lector que sentí hace un año o dos con En el estanque (diario de un nadador) de Al Alvarez y que encuentro en este libro: hay un paralelismo a trazar entre aquel relato del viejo escritor que se mete en el agua para aliviar los dolores de su cuerpo y entre el personaje de Falsa Familia que llega a la cárcel en busca de esa droga, la que define el taxista que lo lleva una vez y le confiesa que él también trabajó en la cárcel. Que pudo dejarla atrás, que nada se acuerda, como un nadador que se mete en el agua y se olvida de los dolores de su cuerpo. Así hay que hacer con las rejas, dejarlas en la cárcel.

 

Hay recuerdos que encontré en Falsa Familia. Míos. Que había perdido. Encontré la humedad de La Plata. La niebla a la mañana. La humedad que se levanta en la calle, en el asfalto y el cielo iluminado aún de madrugada, hacia Ensenada y la Petroquímica. Recordé las ambulancias a toda velocidad en la noche y los caballos por la 44, cerca del cruce de Etcheverry donde íbamos a hacer dedo para volver a Mar del Plata por la ruta 2. Recordé los pastizales quemados, las calles de tierra, las cucarachas que siempre temíamos se nos metieran en el pelo, en las orejas. Hay recuerdos que son míos de esa vida, otros que son prestados de mi vida posterior, cuando como escritor visité la cárcel. No hay nostalgia, la nostalgia es un lujo, una comodidad que se permite la clase media, nos explica el personaje de la novela Falsa Familia. No hay nostalgia cuando le ofrecen al escritor si quiere quedarse encerrado en una celda “para ver que se siente”. No hay nostalgia, hay un juego de dominio, de límites, de poder y sometimiento. ¿Te animás o tenés miedo? De eso se trata todo. En una de las primeras escenas el profesor le cuenta a la mujer con la que comparte la noche que vio un mural de Maradona pintado en la cárcel y que concluyó que lo había pintado de espaldas porque no les debía salir bien la cara. La mujer lo corrige: Maradona está de espalda porque se está yendo. Es libre. La mujer le dirá también que escriba un libro, para sacarse la cárcel de adentro.

 



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