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sábado, 13 de julio de 2013

Obsesiones



Hace meses que hago el mismo camino para ir a trabajar. Y cruzo sólo por una de las cuatro esquinas. No importa que una variación de los semáforos me permita ganar tiempo. Prefiero perder esos valiosos segundos antes que desafiar al destino. Cruzar por cualquiera de las otras tres esquinas puede desatar una catástrofe. Una variación de la rutina me puede destruir. Puede destruir todo mi mundo. Tiemblo de sólo pensarlo. Como  temblaba cada vez que encontraba un libro usado en las mesas de saldos de las librerías, del mercado de pulgas o de los parques donde se venden novelas entre música y textos escolares. El libro elegido no podía tener palabras ajenas a la expresión, no podía tener dedicatorias, ni el nombre del dueño que decidió deshacerse de él. Mucho menos podía estar subrayado. Cualquier presencia del paso de otro lector por el libro lo inhabilitaba, lo hacía irreparablemente ajeno. Y sucio. Más sucio que si estuviera cubierto de polvo o amarillo por la humedad que debió soportar durante su inexorable envejecimiento. Esa obsesión maldita me hizo perder libros preciosos. Ediciones raras, novelas que no han vuelto –y temo nunca lo hagan– a pasar por las imprentas. Pero el sufrimiento se terminó cuando encontré una solución parcial aceptada por la maquinaria infernal del pensamiento obsesivo: ya no pierdo esas oportunidades, ya no dejo pasar esas joyas para que otros las atesoren; ahora puedo comprar esos libros, sí, pero no puedo volverlos a abrir. Los amontono en casa, en las estanterías donde quedan vedados a la lectura. Están ahí, quietos, muertos, pero son míos. Y dónde están, qué lugar ocupan en la biblioteca también es parte de una decisión a conciencia, una resolución que me costó encontrar. ¿Dónde ponerlos? ¿Dónde poner esos y los otros libros? ¿Cómo acomodarlos? Lo pude resolver, pero, al igual que la necesidad de cruzar la calle por el mismo lugar, no puedo contar cómo descubrí el sistema perfecto para ordenarlos. Si lo cuento dejará de ser perfecto, y ese lujo, un obsesivo, no puede permitírselo.


Este escrito se podó por cuestión de espacio y caracteres y se publicó en la revista Casquivana 6, en este link los invito a ver la revista y las obsesiones de otros escritores: http://www.casquivana.com.ar/

miércoles, 10 de julio de 2013



Las pestañas de mi hijo son únicas. Dejando de lado el ego de cualquier padre, en verdad son únicas. Son arañas. Arañas que nacieron con él. Arañas que lo protegen de cosas que yo no lo puedo proteger, porque son mágicas y yo no tengo la magia suficiente para ser como ellas. De qué lo protegen muchas veces no lo sé. A veces del mundo, de las enfermedades; y a veces de mí mismo. De mi injusticia como padre. Sé que por las noches deben salir a caminar, pero como no molestan y siempre vuelven, dejo que caminen por toda la casa. Con el primer quejido de mi hijo ellas vuelven, obedientes, a su lugar.
Pero las arañas no son perfectas. Desearía que lo fueran, pero nada en la infancia puede ser perfecto. El primer problema es que, como buenas arañas que son, crecieron muy rápido y por eso sus pestañas son muy largas. Se estiran y mueven, algunas para arriba, otras para abajo, desesperadas por tocar la piel de mi hijo o los dedos de su madre cuando lo acarician. En su afán de cariño y de tacto, las pestañas crecen y se estiran para no estar solas en su arduo trabajo diario.
El segundo problema es el más importante. Por eso es el segundo. El primero siempre llama la atención y es gracioso. El segundo ya no es tan gracioso y es tan profundo como preocupante. El segundo problema es, para decirlo de una vez por todas, que en algún momento dejarán de ser arañas. Mi hijo crecerá lo suficiente como para que las arañas se vuelvan de un tamaño normal y se conviertan en simples pestañas. Entonces ya no serán mágicas ni podrán protegerlo. Entonces ya no saldrán a pasear de sus ojos ni se desesperarán por nuestras caricias. Ese día estaremos un poco más solos, y unidos, en el mundo de los adultos que han olvidado su magia.

sábado, 6 de julio de 2013

Entrar por la puerta 4



Entrar por las otras tres puertas me resulta insulso. La puerta principal (llamémosla 1) es demasiado ostentosa; y además está llena de fantasmas, de otro modo no se explica cómo tanta gente se cae al entrar. Los fantasmas mantienen en perpetuo movimiento, como si de una ley de la física vejada se tratara, las puertas giratorias de la entrada principal. No es el viento arremolinado de la costa marítima, como algunos ateos afirman, que mantienen el giro del mundo: doy fe de haber visto las persianas metálicas bajas y las puertas girando cuando sólo queda la gente de limpieza y las cíclopes cámaras de seguridad. Las otras entradas no las distingo. Uno está lleno de empleados que salen a fumar. La puerta del humo (llamémosla 2) es la peor de todas. Los nervios se consumen a la par que los cigarrillos se queman y nadie que no huela a nicotina entra por ahí. Después está la entrada del garage, que, creo es la puerta 3. Pero no estoy seguro. Puede que todavía no haya descubierto cuál es la puerta 3. Lo que sí estoy seguro de conocer es la 4. La que no tiene razón. La que da al depósito. La que primero baja y después sube para bajar y volver a subir hasta una ascensor. La llamaría la entrada a la joroba del camello sino tuviera su nombre ya. Puerta 4. Por fuera parece herméticamente cerrada y no tiene picaporte. Hay que apoyar todo el cuerpo y hacer fuerza con el hombro, la cintura y la rodilla para que ceda. Entonces se abre y lo primero que uno ve es un pequeño cuarto donde entra una mesa de 1x1 en la cual hay un monitor y una notebook. A veces hay un policía sentado frente al monitor y la notebook. A veces hay dos, e incluso vi a tres, teniendo que estar el tercero parado, por cuestión de dimensiones. Y a veces, también, el cuarto está vacío. Después de esto el camino desciende y gira a la derecha. Hay un espejo en la esquina que permite ver si alguien viene. Y cuando uno termina de girar el camino empieza a ascender hasta una garita nueva de vigilancia, de igual dimensiones que la primera, pero con los vidrios polarizados. En esta siempre hay alguien detrás. No se puede ver quién está, pero la silueta siempre mueve la mano. Y es siempre una sola mano. No más. Después de saludar, se baja y se asciende de nuevo hasta llegar a un ascensor y su consecuente alternativa: una escalera. El trayecto no dura más de dos minutos. Lo sé porque lo filmé con el teléfono celular. Pero la filmación no es buena, no lo podía ser porque todo el tiempo tuve que disimular. Me dio miedo que alguien supiera mi afán por grabar lo que no se puede. Como también me da miedo lo más notorio de la puerta 4 y su posterior pasillo: que está lleno de otras puertas. Puertas sin razón, puertas en desnivel. Algunas con escaleras que llevan a ellas. Otras que debieron romper el piso para que se pueda entrar por la parte inferior. Las cuento cada vez que paso. Pero el conteo nunca coincide. O coincide en discordancia. Ayer fueron 26 (es la tercera vez en 3 meses que la cuenta me da 26) y hoy fueron 29 (es la décima vez que llegó a ese número) Qué hay detrás de cada una, no lo sé. No puedo saberlo si ni siquiera sé cuántas son en realidad. Supongo que hay depósitos. De comida. Bebidas. Máquinas. Repuestos. Sillas. Que hay un lavadero. Cocinas. Talleres. Pero no puedo confirmarlo. Nunca me cruzo con nadie cuando camino por el pasillo de la puerta 4. Nunca escucho un sonido detrás de las puertas, en parte porque no me animo a detenerme. A veces, muy pocas, cuando una de las puertas está abierta, siento la tentación de acercarme y entrar. Pero no lo hago. Nunca hay luz detrás de las puertas abiertas (en cambio cuando están cerradas, por debajo sí se ve luz) nunca hay nadie detrás de las puertas abiertas por descuido. La puerta 4 da lugar a todas las otras puertas. Una entrada para otras entradas. Una oportunidad para cometer muchos errores. Cuando me decida a entrar en una, debo estar seguro. O nunca entrar y seguir caminando por el pasillo detrás de la puerta 4


miércoles, 3 de julio de 2013

cuentos reunidos


Me declaro uno de esos seres oscuros que viviría en los subterráneos si hubiera de esos túneles en Mar del plata, pero no los  hay, por suerte, porque se inundarían con cada pleamar anegando las estaciones costeras. Entonces vivo en la superficie, y no en una cueva; vivo en una casa clara, y vivo caminando buscando libros en oferta donde sea que alguien venda libros. Y siempre que veo un libro de César Aira, me convierto en ese ser oscuro que juró no comprar más, no ensartarse más con novelas de finales abruptos ni maravillarse más con tramas perfectas, y entonces, entonces me convierto en un ser oscuro, pertenezco a una secta, a una logia, a un grupo de adolescentes pálidos jugando a ser vampiros y entonces, entonces me compro el preciado libro nuevo. Eso me pasó por vigésima vez hace unos días. El libro es de una editorial de esas grandes, de esas que comen de nosotros, y no es una novela, ni larga ni breve, es un conjunto ordenado de relatos reunidos. Ese es el título. Y vuelvo a ser el animal nocturno que viviría en el subterráneo, en la estación Asilo Unzué, porque, por primera vez me asombra encontrar la huella de alguien en la prosa de Aira. Juego a ser uno de esos personajes de Cortázar que anulan el conteo de personas que bajan a los subterráneos de París y después desaparecen. Leer a Aira escribiendo sobre gotas, gotas de una pintura, me hizo volver a Cortázar. Me pareció encontrar la punta del ovillo para entender algo, algo que nunca voy a entender, no creo poder acceder nunca a la madeja y mucho menos desenredarla, pero la punta del ovillo por ahora basta. Basta.

domingo, 30 de junio de 2013


Una forma de vida  

Novela de Amélie Nothomb



Si alguien me pidiera que hiciera una síntesis escribiría así:

Un soldado norteamericano en Bagdad lleva al extremo su adicción a la comida para dejar en su cuerpo la evidencia de su sufrimiento, pero la grasa que acumula lo seduce y enamora, al punto de llamarla como la heroína de las mil y una noche; la grasa de los ricos que Chuck Palanhiuk en su Club de la pelea usó para financiar los proyectos de sus protagonistas, en Una forma de vida Nothomb la usa para que su personaje sienta que tiene acostada, debajo de la piel, a la mismísima Sherezade y se niege a adelgazar para no matarla.

Si alguien, además, me pidiera que marque una párrafo, una oración o un silencio de la novela, marcaría este:

Detrás de toda obra se esconde una pretensión enorme, la de exponer tu visión del mundo. Si semejante arrogancia no se compensa con la angustia de la duda, el resultado es un monstruo que es al arte lo que el fanático es a la fe.




viernes, 28 de junio de 2013


No sabe bien cómo sobrellevar la muerte. Tampoco hay razón para que lo sepa. Sería más fácil creer en un dios. Cualquiera de ellos. Una reencarnación, un resurrección, un día del juicio final, cualquiera de las variantes de la vida eterna extraterrena le daría una esperanza que no tiene. Que no le importa tener. También sería fácil creer en la ciencia. En una ciencia aislada o en conjunto de ellas. Pero tampoco puede creer. Está seguro que el ser humano que escribió sobre la entropía y sentenció “que la energía no se pierde, se transforma” nunca vio morir a nadie. Nunca vio apagarse un cuerpo, nunca vio como esa energía que fluía se detiene y desaparece. Y aunque se pueda medir o cuantificar, prefiere no creer.
¿En qué cree entonces? Cree que se muere cuando se muere el envase que contiene la vida. Como una estufa eléctrica barata recién desenchufada, el cuerpo humano se enfría enseguida y cuando uno pone la mano sobre la piel muerta, o la chapa de la estufa, tiene la sensación de que nunca hubo vida o calor en esos recipientes.
Lo dijo antes, y ahora lo recuerda, le gustaría poder hablar de Tanatos, de la vida eterna, la inmortalidad o la transformación de la materia, pero no puede hacerlo. Alguien que conocía hace poco y con su muerte se apagó toda una parte de su vida. De su infancia. Y esa parte no está en ningún lugar, y está en él, o al menos lo estará hasta que él y todos los suyos mueran. 
Lo dijo antes, y ahora lo sostiene, todavía no sabe bien cómo sobrellevar la muerte.

domingo, 23 de junio de 2013



Los domingos de invierno con sol y cielo despejado aumentan el deseo de suicidio, no así la tasa de mortalidad en su estadística.

Entró al casino sin saber qué hacer. No quería jugar. No le gustaba. Había salido a caminar y la empujó al interior del casino el frío de la costa. Antes, la presión de las cuatro paredes de su casa la habían empujado a caminar. Caminar antes que seguir atrapada esperando que las paredes se le vinieran encima, pero eso nunca sucedería y ella sabía que la muerte inmediata no se produciría hasta dos semanas después, por hambre o por deseo.


Adentro del casino también tuvo ganas de escapar. Ahora no la presionaban sólo las paredes, también la atormentaban los jugadores y las maquinas tragamonedas se le tiraban encima. Ella sabían que estos nuevos tormentos tampoco le darían muerte, a lo sumo le quebrarían una pierna: los jugadores para cortar la mala suerte, las máquinas para dejar de alimentar esperanzas.

Quiso correr, y caminó hasta la terraza. Buscaba aire para respirar. El mismo aire que la hizo refugiar en el casino. De cara al mar tenía la estúpida esperanza de estar protegida del viento. Al salir, la recibió el humo. El humo de todos los que fumaban en la terraza del casino. Miró sus caras. Sus gestos. Casi ninguno estaba en ese lugar por el juego. Todos habían corrido a la terraza después de saberse atrapados en el casino igual que lo habían estado en sus casas. Encendió un cigarrillo y se acercó a ellos. Se sintió bien por primera vez en mucho tiempo. Había encontrado el refugio antes del suicidio masivo.