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domingo, 16 de febrero de 2014

10 sesiones de kinesiología


El cerebro atrofiado, la cabeza quemada, el marulo frito, los sesos revueltos, la sustancia gris descolorida, las neuronas al carbón, la sinapsis con menos luz que un barrio porteño, esa sensación me deja las primeras páginas del Tratado de Ateología del francés Michel Onfray. Pasada la etapa de ateo militante, alcanzada la paz, estas páginas reviven esa vena llena de amor y necesidad de vivir libres. Para ser claros: hay gente que cree que las cervicales son la culpa de todo: de mareos, dolores de cabeza, zumbidos en los oídos, dolores de espalda, brazos adormecidos, ojos que laten, cosquillas en el pecho, cuellos gruesos, jorobas de camello: la cervicalgia es la explicación falsa que los médicos dan a un conjunto de síntomas que oscilan desde la locura hasta el simple cansancio laboral; la cervicalgia es el Dios que todo lo explica, la gente, al igual que los creyentes no pueden aceptar la realidad, no pueden aceptar que los hijos pesan y no pueden alzarlos, que estar 10 horas frente a una computadora no es sano como tampoco es sano hacer 10000 repeticiones de sentadillas, la gente no puede aceptar que está nerviosa, que tiene problemas de pareja, entonces acepta que la causa de los síntomas es la columna cervical, aquello que sostiene la cabeza, y en eso se parece a lo que propone Onfray, a que los humanos no podemos aceptar que nos morimos y listo, que esta es la única vida que hay, sino que hipotecamos todo lo que nos gustaría ser en pos de otra vida, o de un cuello nuevo tras diez mágicas sesiones de kinesiología.

domingo, 26 de enero de 2014

Viralizoo (comentarios por el Dermaglós FPS 70)


No sé si tiene sentido esto que voy a contar. No sé si importa. Me importa a mí, igual que la entrada anterior, y de ella voy a hablar. La entrada con el título "Yo no voy a hacer juicio por el Dermaglós" se reprodujo de un modo que no pude predecir. Si lo hubiese querido, no me hubiese salido. A este blog entran 30 o 40 personas por semana y leen las entradas frívolas y banales, algunas sentenciosas y otras cómicas. Eso es todo. La entrada sobre los efectos del Dermaglós en mi hijo, en este momento que escribo, llega a las 14.000 visitas, sí, con todos esos ceros detrás. Y lo que fue una catarsis desde el sufrimiento, y sobre todo la impotencia que genera la soledad del reclamo, se convirtió en algo más. Pasajero, sí, como espero que sean las secuelas en todos nuestros hijos. Agustín, por cierto, hace 10 días que dejó de usar esa porquería y está perfecto, tiene unas manchas blancas donde antes tenía el rojo de la urticaria, pero ya no hay picazón y va a la playa sin brotarse ni rascarse con sus manos que ya son un poco menos torpes que hace una semana.
Ese número impensado de lectores generó una cantidad de comentarios tan variados como incomprensibles. La mayoría, por suerte, fueron con deseos de recuperación y solidaridad ante la desgracia. Otros, los agradezco, escribieron para decir que se sintieron identificados y expresar el alivio de no sentirse solos ante la fría indiferencia de la empresa y los medios tradicionales de comunicación. Porque en la rabia que movió a esa entrada también estaba la rabia ante Andrómaco, ante la falta de información al público, la publicidad breve y solapada, con el claro objetivo de no informar y sí cubrirse diciendo que habían anunciado, también la rabia ante la mecánica respuesta "te lo cambio por otro" como un burdo intento de meter abajo de la alfombra la porquería de todos los monstruos invitados a la fiesta. Tampoco es útil el "¿Vos creés que hicimos esto a propósito?" No, claro que no. Nadie busca perjudicarse. Pero eso no exime de la culpa. Algo falló y no saben qué, eso es lo peor. Por favor, la teoría del sabotaje déjenla para el cine más berreta, y no hablo del cine de bajo presupuesto que entiende de qué se trata esta historia. Ahora cambiaron, nos llaman y ofrecen varios productos, preguntan cómo se llama nuestro hijo y hablan de él con su nombre propio "¿Y cómo está Agustín?" "¡Eso es todo lo que importa, que Agustín esté bien!" Te dicen por teléfono. Entre los mejores comentarios de mi blog, hay un anónimo que dice "Estoy seguro que el laboratorio ya pasó por el banco de este médico" y tengo que decirle que no, que me hizo reír mucho. No me hizo reír el otro comentario que dice que yo, por ser médico, tendría que haber entendido que la causa de la alergia de mi hijo era el Dermaglós, no me hizo gracia porque es el tipo de comentario que genera una estúpida leyenda sobre los médicos (que muchos médicos aumentan), no podemos atender a nuestros familiares, los tienen que atender otros médicos, si no tenemos confianza en otros médicos, no tenemos confianza en la profesión, por tanto, no voy a cambiar de pediatra ni a hacerme cargo de la atención de mi hijo, es una responsabilidad muy grande ser padre, no vamos a agregarle el peso de atender a aquello que uno más ama. 
Otros comentarios me acusaron de no ser quién soy, de estar pago por la empresa para evitar juicios; incluso dos anónimos se pusieron a discutir el rol del ANMAT en este caso. Una médica explicó (lo sé) que la medicina no es matemática, una abogada ofreció sus servicios, y por suerte mucha gente compartió la idea: que esto no vuelva a pasar. 
Mi juicio a la empresa, parece que fue este. Si 14000 personas leyeron esa entrada y esas 14000 no compran más un producto de esta empresa, y esas 14000 se lo comentan a sus familiares y amigos, el perjuicio económico es mucho más grande que el beneficio que puedo obtener en un juicio. Pero, a decir verdad, tantos comentarios me hicieron pensar si lo correcto no sería empezar acciones legales. Mi mayor negativa es esa: buscar la recompensa económica por un sufrimiento invaluable me hace sentir mal. Oportunista. Soy médico, estoy entrenado para esperar el juicio, no para empezarlo. La segunda duda es el proceso de agotamiento, tener que demostrar que mi hijo estuvo enfermo, que la enfermedad fue causada por el producto, involucrar a los colegas que lo atendieron, guardar tickets, constancias, fotos, testimonios de algo que ya pasó. Pero también, ahora, entiendo a la otra parte. Es cierto que es ingenuo creer que con sólo pensar en nuestros hijos, estos empresarios no van a dormir. Más que ingenuo, es un recurso literario para terminar un texto. También es ingenuo (y hermoso) pensar que les podremos untar en sus caras el factor 70, para que sepan lo que sintieron nuestros hijos, como me escribieron en un comentario. Lo único que les puede doler es no tener ganancias. Que la gente deje de comprarles, que la gente deje de pensar que son los mejores y no cuestionarse lo que compran. El juicio económico también ayudará a que les duela, el individual y el colectivo. A este último, me convencieron los comentarios y la familia, finalmente adherimos. Mientras tanto, si quieren leer algo que tiene que ver con mi hijo, los invito a leer la entrada escrita hace seis meses, antes del Dermaglós y todo su veneno: Pestañas 

jueves, 16 de enero de 2014

Yo no voy a hacer juicio por el Dermaglós



Me gusta escribir con rabia. La rabia da un tono distinto. Anula cierta parte del cerebro y potencia otra (no tengo ningún trabajo científico que avale esta hipótesis) y esa inhibición me gusta usarla para escribir. Me gusta escribir, en realidad, de cualquier manera. Cuando empecé a leer se escribía desde la depresión y la soledad, eso vendía. Ahora todo vende y uno no puede predecir qué funciona y qué no. Falta poco para que los libros se publiciten como si fueran un caro protector solar para bebés.
Con rabia no se puede dudar, hay que sentarse y aprovechar el momento porque la inspiración dura poco y en general el pensamiento va mucho más rápido que la mano, mucho más. Por eso hay que ser expeditivo: tengo un hijo de ocho meses. Cuando cumplió 6 meses su piel se enrojeció, en los brazos, el pecho, las mejillas y empezó a picarle. Culparon a mi carga genética, mis antecedentes de alergia me pusieron en el ojo de la tormenta y yo asumí mis fallas de ADN como un vínculo más sagrado e indisoluble que cualquier apellido. Acorralado por la familia y los amigos, me declaré culpable. El pediatra intentó salvarme, dijo que podía ser otra cosa: alergia a la proteína de la leche. Y nos ató a un cambio de vida. Un ritual violento por lo abrupto. Mi mujer dejó el queso en cualquiera de sus formas para no interrumpir la lactancia y al bebé tuvimos que sacarle su leche y su yogurth para comprarle la leche con el peor olor del mundo, a 200 mangos la lata para 3 días (equivalente a 20 dólares locales, o 18 Big Mac internacionales). Al mes, el bebé seguía igual. Exactamente igual. Nosotros no. Cumplimos un mes sin comer pizza, tostados ni yogurt; pero la abstinencia es poco importante, lo peor fue seguir insomnes y escuchando como nuestro hijo se rascaba y lloraba en el ritual previo al sueño. La derivación con una dermatóloga especialista en niños siguió alejando el rol genético, y desestimó la influencia lactea. Nada de alergia a la proteína de la leche. El problema era su piel. Agregó un arsenal de cremas protectoras tres veces al día, más un cuidado especial con el sol: más y más protector del que ya le poníamos sobre la piel sensible. Podía tener altibajos, recidivas, reincidencias y remisiones, nos advirtió; y así fue. Y cada vez peor. Lo asociamos con el calor al aire libre. Cuanto más calor y más viento, peor. Las fiestas de fin de años en Entre Ríos se las pasó rojo y rascándose. Un jarabe antialérgico, que como efecto adverso da sedación, lo ayudó a dormir. Y siempre la picazón como su compañera inefable. Porque es chico, porque sus manos son pequeñas y torpes y vaya a saber alguien porqué más, el pequeño adquirió la costumbre de rascarse con toda la mano, como si agarra la piel en vez de rasparla.
Hace poco vimos que sacaron de la venta el Dermaglós protector solar 70: el que usamos desde siempre en él. En internet buscamos las partidas defectuosas. Las publicaron, sí, y coinciden con la que aplicamos en su piel. En internet también encontramos una liga de padres de la justicia que reclaman para hacer juicio al laboratorio. Nos unimos a un grupo de facebook, la rabia colectiva se potencia mucho más. Dan ganas de romper todo. Con calma esperé cruzarme con el visitador médico del laboratorio. Le dije "tengo que hablar con vos" y le conté "mi hijo tuvo problemas con el factor 70" "Llamás al 0800 y te lo cambian por otro", fue su respuesta inmediata y automatizada. Más que un ser humano, me parecíó estar frente a un expendedor de frases de ocasión, pensé en apretarle los huevos para escuchar otra frase, como si tirara del hilo de woody, el sheriff de toy story. Por desgracia no es una máquina automatizada, ni un juguete, el “valija” es un ser humano. Cómo él mismo me preguntaría en la discusión que siguió a partir de ese momento, no sé qué esperaba que me contestara. Sí sé que no eso. No que me ofreciera cambiar el protector por otro no defectuoso, como si fuera una zapatilla a la que se olvidaron de incluir los cordones en la caja. Pero me equivoco. La medicina es así. La medicina es una máquina que pretende manipular cuerpos de autómatas sin preocuparse por su historia. Cuando los autómatas se quejan, la máquina les pone un sello "paciente odioso" "paciente problema" "desagradecido". El ANMAT, ente que a todos nos cuida actuó como ángel de la guarda de la industria farmacéutica y demoró en dar el comunicado, acaso esperando que el laboratorio retirara "por propia voluntad" el producto y que así conste en actas antes los ojos de la ley y el cómplice Dios.
Ahora ya no tapan la noticia como el sol con las manos. Aunque siguen sin dar respuestas desde el famoso 0-800, por la televisión escucho representantes de la empresa, desfilan dermatólogos que traen paz y amor, que dicen que no han tenido comentarios, que son solo rumores, que es apenas el 0.04 %, que no trae complicaciones a futuro, que no hay que dejar de creer en la industria farmacéutica. Pero, llego a casa y miro cualquier pastilla ranurada todopoderosa, endiosada y mortal en su fecha de vencimiento y pienso, “viene siendo la hora de tu crucifixión”. 

Al visitador médico me lo volví a cruzar. Fue a mi consultorio para hacerme leer un comunicado de la empresa. Me pidió perdón. Le dije que ya sabía qué esperaba que me dijera él. Esperaba que me preguntara por mi hijo. Que me preguntara si está bien, si necesito algo, si en algo me puede ayudar. Le hubiese dicho que no, pero gracias por escucharme. Yo no quiero plata, no pretendo que el laboratorio me pague el viaje a la Polinesia que por mis propios medios no me puedo pagar. Tampoco pido que me devuelvan los dos meses enfermo que pasó mi hijo. Soy parte del 0.04 % de probabilidades de que algo malo pase. Quizás mañana dirán que no fue el medicamento, que fueron mis genes. Mientras tanto me gustaría que me escuchen, que me lean y que un poquito les cueste dormir escuchando como se rascan los hijos ajenos que tienen alergia.

sábado, 11 de enero de 2014


Las vaquitas de San Antonio están sobreestimadas. Creo que en otro país se llaman mariquitas, pero esa no es la razón de su valor tan alto como el dólar blue. Estos bichos, si se posan en alguna parte del cuerpo, dice la sabiduría popular, no hay que ahuyentarlas ni matarlas, hay que pedir tres deseos y ayudarlas a que sigan su camino. Si fueran moscas, las alejaríamos con asco o las aplastaríamos contra la pared. Pero no son moscas, no caminan entre la mierda (si lo hacen nadie lo publicita) y parecen simpáticas, al menos no hacen ruido. Pero, hay que decirlo, moscas y vaquitas son bichos desagradables, que uno esté pintado de rojo con lunares no lo hace más bello, al contrario, el maquillaje empeora su fisonomía. Con el calor y la playa -para el escritor- pasa lo mismo. Se sobreestima la inspiración que puede darle al escritor un lugar de veraneo paradisíaco. Se piensa que la tranquilidad, el ruido del mar y el calor serán influyentes en sus musas. Nada más alejado. El escritor necesita gente. Necesita ver, escuchar, entender. En la playa todo es igual. Es una pantalla gris. Salvo que no es gris, es color piel, con una variante que va del pálido al moreno pasando por la gama de los rojos. Los cueros, los cuerpos, en la playa sólo son interesantes en pocos aspectos: el tamaño, la proporción, las formas. Los seres humanos, arrojados al calor y la arena, sólo se miden por el tamaño de sus culos y los pelos en las piernas. Nada puede surgir de ese estéril desierto de cuerpos casi desnudos. La ropa, por una vez, da misterio a las personas. Y nadie va a hablar de moda o de trabajo esclavo. Es simplemente notar todo lo que uno puede saber por la ropa que las personas visten. Por sus adornos, por sus peinados, olores, zapatos, accesorios. En la playa se despojan de eso, se desnudan en más de un sentido y apenas podemos arriesgarnos a tratar de adivinar cómo son por los libros que leen. Por eso, si usted es escritor/escritora o aspira a serlo, cuando una vaquita de San Antonio se pare en su hombro, no dude en espantarla sin pedirle ningún deseo, pero si lo hace, por favor no le pida vacaciones en la playa creyendo que así podrá escribir más y mejor. Vayan estas palabras como ejemplo.


viernes, 20 de diciembre de 2013


Ya se acerca nochebuena, ya se acerca navidad, y viene la hora de los resúmenes, las postales, las recomendaciones, las mejores películas, las mejores novelas, los mejores temas, todas las mejores cosas que les pasaron al 2013, pero que probablemente no le pasaron a ninguno de nosotros.

Para colmo, el facebook te hace un resumen de lo que supone fue tu vida, el blog te recomienda que marques tus post más leídos, intramed te sugiere que busques y leas las 10 enfermedades más raras que hayas tratado, la televisión te muestra los mejores resúmenes de los mejores resúmenes de los mejores goles de todas las ligas de fútbol del país, el mundo, la galaxia y afines. El teléfono celular se inunda (sí, porque chorrea) de promociones, descuentos del 10 30 40 50 y 108 %, la televisión muestra papas noeles abrigados o, en el peor de los casos, en calzones o musculosas con lo cual quieren ganarse nuestra confianza y nuestra complicidad.

Lo mismo hacen los diarios, los televisores y los basureros que tocan el timbre para vendernos las bolsas oficiales de basuras. Lo cierto es que hace calor, mucho, y no voy a hacer ningún resumen de nada, no voy a decirles los títulos de los muy (muchos) buenos libros que leí este año, sufran, lean docenas de porquerías hasta encontrar sus joyas; no les voy a decir qué bandas nuevas descubrí, sufran, sangren por las orejas escuchando tantos indies que ya no se diferencian entre sí; sufran, no voy a comentar los pilots de series de porquería que miré hasta encontrar dos (o tres) que valieran la pena. Pero no voy a hacerlo porque ya lo hice, porque no tengo ganas de ser un resumen. Quienes te acompañan a lo largo del año saben algo de nosotros mismos que no necesitamos decir.

Bueno, los dejo, me voy a sumar a los miles de saqueos pronosticados para esta última jornada en el país del fin del mundo.

martes, 17 de diciembre de 2013



Osario común. Summa de fantasía y horror (Muerde Muertos, 2013). Selección de Patricio Chaija. 220 páginas. Precio: $140.- Arte y diseño de tapa: Mica Hernández - ISBN 978-987-26054-9-0

PRECIO PROMOCIONAL VERANO
VENTA DIRECTA: $ 100 (Envíos a Capital sin cargo)
Contactarse al email: malpascal@yahoo.com.ar
ÍNDICE
  • Introducción, por Patricio Chaija
  • En el patio, con Mortimer, conmigo, por Fabio Ferreras
  • Fin de curso, por Mariana Enríquez
  • La habitación de mamá, por Pablo Schuff
  • El que habita en las arenas, por Pablo Tolosa
  • Enterrado, por Jorge Baradit
  • Ojos verdes, por José María Marcos
  • Metano, por Walter Iannelli
  • El centinela, por Alejandra Zina
  • Abrirse paso, por Claudia Cortalezzi
  • La mecánica del infierno, por Ignacio Román González
  • El comienzo, por Gerardo Quiroga
  • Quemar a madre, por Ricardo Giorno
  • Gringos de tierra y río, por Sebastián Chilano
  • En la ruta, por Gustavo Nielsen
  • Solución de continuidad, por César Cruz Ortega
  • La estatuilla y la muerte, por Alberto Ramponelli

  • Afuera sigue cayendo ceniza, por Emiliano Vuela
  • Epílogo, por Carlos y José María Marcos

lunes, 9 de diciembre de 2013

La pelusa en Mar del Plata



Es imposible procesar tanta información, y mucho menos entenderla si sucede ahora, justo ahora, hace un rato, anoche, afuera de casa. Lo intenté cuando el campo y el gobierno se enfrentaron por la soja en la 125, lo escribí, y cuando leí la crónica casera unos años después tuve que convertir lo escrito en una historia con final de zombis para no sentirme tan estúpido. Tan. Tantas mentiras confunden (no voy a escribir la palabra “verdad” a continuación de mentira porque las frases con pretensiones sabinescas se murieron con la adolescencia y sólo pueden contribuir al malestar y la tristeza hoy acá en la ciudad) 

No sé cómo hace uno para dejar de ser el ombligo del mundo, cómo hicimos para despertarnos con miedo, cómo lograron que me sienta culpable de promocionar mi última novela porque el clima social es, como mínimo raro, y cómo máximo inconcebible: ¿Qué carajo pasa, viejo? La gente está loca. Muy loca. Es cierto, falta un servicio que no puede faltar (¿no?) pero de ahí a reducirnos al salvajismo me quedo con la escena de Zoolander cuando los modelos quieren encontrar la información secreta en la computadora y… no hace falta más, el que la vio la entiende. Por eso, no puedo entender lo que está pasando. O sí, y no quiero. La cercanía con los 30 años de democracia no puede ser casual. Por eso no lo dimensiono y por tanto quiero pensar que es una boludez, una exageración de personas que no quieren trabajar, que buscan cualquier excusa para ir a sus casas y mirar la televisión, televisión que justo ayer se le ocurrió abandonarnos y no informar nada de nada, como si ellos también hubiesen tomado el ejemplo de la 125 y dejaran pasar unas cuantas horas antes de dar algo por cierto. Lo único que hizo ayer la televisión fue, por medio de los esporádicos locutores locales que alternaban con programas de Capitol City, decirnos que nos quedemos todos en casa, hasta que esto pase. ¿Qué es lo que tiene que pasar? ¿La nieve del Eternauta? ¿Una horda de gurcas sobrevivientes a Malvinas que tras 30 años a la deriva desembarcan entre los lobos marinos listos para destruir la ciudad y después, sólo después, proclamarla descubierta por La Corona o La Reina?

Pero estoy intentando ser gracioso, irónico o cruel y por una vez más debería no serlo. Los hechos (los no hechos) hasta ahora transcurrieron así desde el sábado hasta ahora: 

Fiesta de médicos, sábado a la noche: si el techo del subsuelo del Hotel Costa Galana se hubiese caído sobre todos hoy si que esta ciudad estaría destruida: sin médicos ni policías. Ah, perdón, no había médicos residentes en esa fiesta, entonces nada le hubiese pasado al sistema de salud de la ciudad. El domingo amaneció con un calor insoportable. Vi imágenes viejas en un diario viejo de los saqueos en Córdoba. Qué lejos queda Córdoba. Si fuera Rosario, todavía, pero Córdoba es apenas el recuerdo de unos buenos novelistas que viven ahí. El piso del tanque de agua (de casa, no del hotel que aglutinó médicos) se rompió. Tiene una fisura que pierde el agua potable que no pueden consumir en otro lado y tengo miedo que los vecinos me denuncien a Greenpeace, por suerte al municipio ni se le ocurre poner un medidor de agua en las casas, así que más que a una efímera condena social que nunca llegará no hay nada a qué temerle. Domingo a la tarde: salí a bajar ciruelas del árbol de la vereda, como si viviera en un pueblo, y después, bebé incluido, nos cruzamos a la plaza donde unos tristes artesanos de rarezas no vendían nada y un grupo de vecinos de vaya a saber dónde son hacían que sus musculosos perros buldogs saltaran hasta tres metros de altura para morder neumáticos de bicicletas, y cuando no lo lograban, los perros enardecidos quedaban en sus cuatro patas odiando al mundo y al ridículo del fracaso al que los exponen sus dueños. También había un guitarrista de folclore que después del tercer tema confesó que se le había terminado el repertorio e invitó a cualquiera del público que se animara a continuar; a lo mejor estaba improvisando un contrapunto, no me quedé a averiguarlo. A la noche, después de otro empate somnífero de Boca Juniors y otro insulso de River, empezó el problema. Lo leí en un diario digital: 0223: La policía se había acuartelado en la Comisaría Primera. Cómo en Córdoba, la provincia más lejana, pedían aumento de un sueldo básico paupérrimo a otro sueldo básico magnífico. Los adjetivos, lo reconozco, no son afortunados. Al momento, en la radio dijeron que habían cerrado el Casino y lamenté tener franco y no trabajar esa noche, es decir, lamenté no tener el derecho de no trabajar gracias a otros. Es el gen vago, creo, que todos tenemos; creo.  Del diario digital pasé a los canales locales. Nada. Al diario local más conocido que ahora se comió al otro diario que ya no será conocido. Nada de nada. En las radios on-line. Nada. Zapping rabioso por canales de Buenos aires. Me iluminé: facebook me daría las respuestas. Confusas. Muy confusas. Leí a gente que escribió sobre un saqueo en un supermercado inexistente, o nombró calles paralelas, todos burlándose de los que ávidos que buscábamos información cual Conde Vladimir buscando sangre después de siglos bajo tierra. Leí a un marplatense preguntarle a un periodista en Buenos Aires por lo que pasaba en Mar del Plata y el periodista se excusó, diciendo que si alguien en Mar del Plata no sabía, cómo un habitante de Holy Capitol City podía saberlo. En ese momento alguien ofreció un número de teléfono donde llamar y denunciar si alguien nos invitaba a participar de un saqueo y al mismo tiempo alguien subió un link para que pudiéramos escuchar la radio de la policía. Sí, la radio policial. Show del fútbol mediante, tanque de agua goteando, hijo llorando, me dormí (poco) con la sensación de encontrar la ciudad devastada. Algo pasó, sí. Hoy lunes lo vi por televisión. Los saqueos de siempre. Entré al diccionario de la RAE, esperando hacerme el inteligente y decir que no se pueden definir por saqueos, sino como robos. No soy inteligente, son saqueos por definición. Pero no fueron muchos, a los espontáneos me refiero. Hoy a la mañana fui hasta la periferia a rendir el examen de manejo. Ahí me enteré que no había bancos. En el camino mi viejo me llamó para decirme que no saliera de casa. Los viejos, pensé, pienso, se asustan mucho por la televisión (y eso que esta vez la televisión no informó casi nada, amante traicionera) y tratan de asustar a sus hijos y nietos por inercia, y por la maldad inherente de los viejos. Si a alguien le interesa: no pude rendir el examen porque el auto tiene los vidrios polarizados y eso no lo permite la ley. O sea, que en este país se habilitan negocios que polarizan vidrios ilegalmente, o sea que los gobernantes habilitan negocios ilegales y les permiten que trabajen, o sea que ahora tengo que sacarle el polarizado a los vidrios. Y pagar, claro, porque todo es cuestión de guita. Todo. El paro de policías, el trabajo en el Casino, los servicios, el agua que pierde mi tanque, el polarizado. Por guita bailamos, somos monos y por guita no nos molestan ni las pulgas ni el dueño del circo que nos manosee la cría. Así que sin licencia, llamamos para que arreglaran el tanque pero nunca nos contestaron por miedo. Ahí empezó el miedo. No había gente en los consultorios, como en la época de la mortal epidemia de la gripe del 2009. No había supermercados abiertos por recomendación del intendente. Otra vez no abrió el Casino, pero la médica de turno se quedó adentro y me dijo que estaba armada para matar a los saqueadores, lista para dispararles en la cabeza como si fuera un episodio más de The walking dead.  La gente enloqueció y corrió a comprar nafta y cigarrillos. Mientras tanto, más saqueos de cerveza, electrodomésticos y zapatillas. Altas llantas para extraterrestres. Los colegios llamaron a los padres para expulsar a los chicos del colegio a sus casas. Un amigo, asustado, me llamó y calificó de muy grave la situación porque suspendió su partido tradicional de fútbol nocturno. Entre en el maravilloso mundo del facebook: alguien escribió que el pueblo avala con su silencio cómplice. Alguien escribió que sin robos ni saqueos la protesta perdería fuerza. Yo agrego que sería terrible darnos cuenta que somos tan educados y correctos que no necesitamos a la policía, sería terriblemente hermoso. La verdad no es hermosa. Hay quien publicó un recibo de sueldo bajísimo de policía. Hay quien publicó que todos odiamos a los policías, salvo los familiares que saben que son héroes. Il famoso Corvino posteó palabras de guionistas puestas en la boca de Lisa Simpson: La policía es una fuerza que mantiene el status quo de la élite acomodada. Alguien escribió que los chorros organizados no dan abasto para saquear la ciudad y piden refuerzos. Mientras tanto, agrego, el batman decepcionado de Nolan abandona Gotham y paran los colectivos y los taxis. Le pregunté a un amigo que tiene relación con las Ferias Comunitarias y me dijo que se estaban defendiendo a los tiros (y no contra zombis) en las ferias de Garay y 180, 39 y Juramento y la de Peralta Ramos y Hernandarias. Alguien escribió que tiene hambre y está cerrado el supermercado chino: tengo hambre y yo sin chino, escribió textual. Alguien se preguntó por qué no salen ahora los caceroleros a pedir más seguridad. Un comerciante, en la televisión, dijo que lo saquearon anoche, toda la bodega y que esta noche se va a quedar, y enseñó un revólver que sacó de la cintura, enganchado entre el elástico de un pantalón de jogging y una panza gorda y blanca. Un bar anunció que por “motivos que todos conocemos” no abrirá sus puertas hoy. Yo no conozco los motivos, juro que no. ¿Los del bar saben quiénes quieren desestabilizar al gobierno? ¿Son capaces de afirmarlo, porque lo saben, si alguien se los pregunta? Alguien, iluso mío, pidió coherencia: nunca más ver a un milico reprimiendo una protesta social. Alguien anunció que no hay arreglo. Que hay. Que no. Finalmente, ahora que vienen a salvarnos 150 gendarmes desde Bahía Blanca, alguien anuncia que se levantó el acuartelamiento. Siento alivio y bronca. Espero que los recolectores de basura trabajen hoy, porque ¿quién carajo va a querer saquear hoy un camión de basura teniendo todo el Centro a su disposición? Ahora, aunque parezca un chiste, algunos creyeron que decretaría toque de queda desde las 20 horas. ¿Pero quién carajo iba a patrullar durante el toque de queda si la policía estaba de paro? 
Puede parecer ciencia ficción, o una crónica grotesca, pero esto , o algo parecido, pasó hoy en Mar del Plata, y esto me obliga, por un rato, a dejar de mirarme la pelusa del ombligo, a dejar de hacerle a mis amigos escritores la estúpida invitación en joda de ir a saquear una librería, a dejar de promocionar mi última novela y escribir esto para hacerle menos real y bastante ficción. Porque así son las palabras. Puras mentiras. Mañana, si todo está bien, volveremos al autobombo y a felicitarnos entre escritores por las pelusas que guardamos en el ombligo de nuestra inspiración.