Cosa rara pasar las horas entre gente que escribe, edita y lee. No es cosa de todos los días. No es de casi ninguno de los días del año. Ni siquiera pasa en las ferias del libro. En el Azabache de Mar del Plata se escurren las horas demasiado rápido. Muchas presentaciones. Muchas charlas para escuchar. En ese ambiente, algunas veces uno se siente el dios del mundo subterráneo cuando alguien se acerca y te dice que le gusta lo que hacés. Pero también a veces te sentís un pelotudo, como cuando le das su novela a un escritor para que te ponga su firma y él, antes del autógrafo, te dice que ese es el libro que le cambió la vida. Y vos le preguntás ¿por qué? y él te mira, con lástima, con ternura, con irritación y te señala que con ese ganó el Emecé y te sentís tan pelotudo que dan ganas de comprarse un chocolate y encerrarse a mirar películas románticas y escuchar música de minitas. Pero también, para balancear la estupidez de los que escribimos por no ser espontáneos, te podés cruzar en la calle a un gran escritor escondido en algún lugar serrano y remoto y mientras caminás con él rumbo a la presentación de la esperada nueva novela de un amigo, el serrano te puede tirar un "estaba pensando que me gusta como manejás los diálogos" o algo así, y te hace sentir otra vez en la cumbre de la montaña rusa, y entonces te llenas de ganas de volver a casa para escribir, porque eso es lo que más nos gusta hacer, escribir y escribir para terminar esa novelita a cuatro manos que estás escribiendo con una cantante de la capital y que no se parece en nada a lo que escribí antes y entonces se termina el Azabache con fotos, champagne y los berrinches de un hijo que quiere volver a casa y ya lunes, vestido con la ropa de trabajo, recibir un mensaje en el facebook de alguien que compró Riña de gallos y que te dice que le encantó y otra vez esa sensación de montaña rusa, hasta que un amigo que compartió la pensión en La Plata y ahora vive en Praga te manda una foto de tu última novela, Tan lejos que es mentira, sobre la tumba de Kafka y entonces, por una vez, uno no puede sacar conclusiones ni pensar, y sólo se sienta a mirar la foto sin saber bien qué escribir de ahora en más.
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miércoles, 21 de mayo de 2014
Azabache cuarta edición
Cosa rara pasar las horas entre gente que escribe, edita y lee. No es cosa de todos los días. No es de casi ninguno de los días del año. Ni siquiera pasa en las ferias del libro. En el Azabache de Mar del Plata se escurren las horas demasiado rápido. Muchas presentaciones. Muchas charlas para escuchar. En ese ambiente, algunas veces uno se siente el dios del mundo subterráneo cuando alguien se acerca y te dice que le gusta lo que hacés. Pero también a veces te sentís un pelotudo, como cuando le das su novela a un escritor para que te ponga su firma y él, antes del autógrafo, te dice que ese es el libro que le cambió la vida. Y vos le preguntás ¿por qué? y él te mira, con lástima, con ternura, con irritación y te señala que con ese ganó el Emecé y te sentís tan pelotudo que dan ganas de comprarse un chocolate y encerrarse a mirar películas románticas y escuchar música de minitas. Pero también, para balancear la estupidez de los que escribimos por no ser espontáneos, te podés cruzar en la calle a un gran escritor escondido en algún lugar serrano y remoto y mientras caminás con él rumbo a la presentación de la esperada nueva novela de un amigo, el serrano te puede tirar un "estaba pensando que me gusta como manejás los diálogos" o algo así, y te hace sentir otra vez en la cumbre de la montaña rusa, y entonces te llenas de ganas de volver a casa para escribir, porque eso es lo que más nos gusta hacer, escribir y escribir para terminar esa novelita a cuatro manos que estás escribiendo con una cantante de la capital y que no se parece en nada a lo que escribí antes y entonces se termina el Azabache con fotos, champagne y los berrinches de un hijo que quiere volver a casa y ya lunes, vestido con la ropa de trabajo, recibir un mensaje en el facebook de alguien que compró Riña de gallos y que te dice que le encantó y otra vez esa sensación de montaña rusa, hasta que un amigo que compartió la pensión en La Plata y ahora vive en Praga te manda una foto de tu última novela, Tan lejos que es mentira, sobre la tumba de Kafka y entonces, por una vez, uno no puede sacar conclusiones ni pensar, y sólo se sienta a mirar la foto sin saber bien qué escribir de ahora en más.
domingo, 6 de abril de 2014
El día que murió la MTV
Hace años que queremos escribir una novela donde aparezca Kurt Cobain. Pero no lo hacemos porque no queremos escribir sobre Kurt Cobain, y mucho menos escribir sobre nuestra vida en la época que escuchábamos Nirvana todo el tiempo. Por eso todavía es un borrador ilegible. Porque no queremos hablar de cuando volvíamos caminando de la secundaria con Heart Shaped box en los oídos ni de cuando nos sentábamos en la vereda de la pensión en La Plata escuchando desde una de las piezas el Unplugged que marcaba nuestro estado de ánimo los días de humedad. No queremos recordar que en esos días, para volver a escuchar el tema, teníamos que rebobinar el casete o grabar el tema dos veces seguidas para no tener que esperar.
Todavía nos resistimos a
leer biografías, mirar documentales o buscar declaraciones de sus compañeros de
banda sobrevivientes. Dave Grohl parece negar a Nirvana con su guitarra en Foo
Fighters y Krist Novoselic quién sabe por dónde andará. Nada más importa.
Nirvana no volverá por más declaraciones, revelaciones o covers que hagan sus
amigos, enemigos y seguidores.
También sabemos que se ha
escrito mucho sobre Kurt, que las reflexiones de Fabián Casas invitan a no
escribir nada más. Pero algo nuevo tenemos para decir: queremos dejar en claro
que estamos hartos de escuchar a tanto improvisado que siente que descubre el
Nuevo Mundo cuando establece el vínculo de Nirvana con los Pixies, y lo llama
influencia, en el mejor de los casos, o plagio, cuando quiere diferenciarse;
creemos que la mejor reivindicación que recibió Pixies, Nirvana no estuvo ni
cerca de alcanzarla: ser la música de cierre de El club de la Pelea es un honor
que ni la mismísima Smell like a teen spirit alcanzó.
Pero no podemos evitar
escribir. Hace 20 años que Kurt se mató y desde entonces sabemos que nos
debemos esa novela. Queremos escribirla, sí, pero sin hablar de nosotros. Sin
recordar qué nos pasó el día que escuchamos la noticia de su muerte. Sin
recordar la nota en la vieja revista Humor que leímos de su recital en Buenos
Aires titulada algo así como "Tres que suenan como mil". Porque eso
era escuchar a Nirvana. Pensar en tres tipos que hacían música donde nosotros
solo podíamos hacer ruido.
Algo queremos decir, sí,
Bleach, y no lo decimos para diferenciarnos del mundo, es su mejor albúm.
Aunque haya sido Nevermind lo que nos partió la cabeza junto con ese video de
Smell like a teen spirit que la MTV nos tatuó en el hemisferio dominante del
cerebro donde el cantante tenía puesta la remera de Freddy Krueger y una
porrista anónima arqueaba el cuello hacia atrás exponiendo la insinuación de
una teta ¿turgente? tapada con una cruz de cinta roja mientras los adolescentes
movían la cabeza en la tribuna antes de saltar alrededor de la banda. ¿Quién de
nosotros no quiso estar ahí? Era el auge de la MTV. En ese mismo auge todavía
recordamos el comunicado que dieron sobre la muerte (la verdadera, porque antes
se murió en Roma pero resucitó entre los muertos para que Gus Van Sant hiciera
esa película que nos gusta tanto sobre sus últimos días) y recordamos a la
chica que leía el comunicado, aunque no nos viene a la lengua su nombre, y al
escucharla entendimos que no sólo moría Nirvana, moría también la MTV tal cómo
la conocíamos. Moría, como el menemismo, para ser desterrada y bastardeada
salvo cuando queremos irnos de vacaciones y la diferencia de cambio con el
extranjero nos hace añorar esa época del uno a uno. A veces pensamos que fue la
venganza de Kurt Cobain. Su último contrato y el Unplugged (lo adoramos, lo
veneramos como el mejor álbum de la historia) lo llevaron a hacer todo aquello
que él detestaba. Eso creemos o nos hicieron creer. Y como el Unplugged le
quitó algo, él devolvió el golpe y decretó la muerte de la MTV tal cómo la
conocíamos cuando se voló los sesos.
Todo esto viene a que queremos
escribir una novela donde aparezca Kurt Cobain, y no una novela de él o de
nosotros.
A veces pensamos que
podríamos usar alguno de sus videoclips, pero tampoco sabemos si respetaban su
ideología o fueron el invento de una discográfica que quería vender discos. Por
eso cuando miramos el documental "With the lighs out" y lo vemos
tocando de espalda a la cámara, mirando un papel pegado en la pared, pensamos
que esa es la historia que queremos contar. La historia de un hombre flaco, con
una guitarra desafinada y una voz que se pierde en un alarido justo antes de
lanzarse sobre la batería.
domingo, 30 de marzo de 2014
Que nos devuelvan el verano
Un
taxista murió. Fue a la madrugada. De noche. Tarde. Murió donde es de esperar
que sucedan los crímenes. En la periferia. Donde las leyes no se aplican, o se
parecen demasiado a las leyes de las películas de indios y vaqueros con que los
yanquis trataron de educar el mundo hace 60 años. Pero los yanquis aprendieron
y se reciclaron en Stallones y Terminators que a su vez se volvieron a reciclar
en héroes cibernéticos salidos de la Matrix y sus sinónimos. Los que no aprendimos
somos nosotros. La periferia sigue siendo el escenario fuera de la ley que
tanto preocupa a la clase media. No hay remake de Hollywood ni adaptación de
Campanella que pueda hacernos avanzar. Por eso mataron al taxista como a un
perro, a un caballo, o a un ser humano, se puede decir en los tiempos que
corren. Yo salí de trabajar esa misma madrugada. No había taxis en la parada
donde siempre tomo. Crucé la avenida, para alejarme del mar, y del otro lado encontré
uno. Ni el taxista ni yo sabíamos que había muerto un trabajador como él. Ni él
ni yo teníamos un poco más de miedo. Porque miedo nos enseñaron a tener todos
los días. Me habló de lo floja que fue la temporada. De la noche que se
termina. De un boliche que en realidad es tres y tiene un mismo dueño. La
Vinoteca Perrier, es uno. Los otros no me importan. El taxista me dice que
tiene un auto similar al del dueño de la Vinoteca Perrier. O una camioneta. No
entendí. Que la usa para viajar a Buenos Aires, e incluso duerme en la camioneta.
Pero para dormir sale de La Capital. Le pregunté dónde duerme. Y me contestó
que en Brandsen. Porque en Capital no se puede dormir ni en las estaciones de
servicio. Todo esto me contó el taxista mientras sus compañeros empezaban el
paro que paralizaría el resto del día. Cuando me bajé en casa y pagué el
importe que varía en uno o dos pesos según la velocidad y la sincronización de
los semáforos, ya estaba decidido que el resto del día no habría colectivos,
taxis ni remises. Se cortaron las principales intersecciones de la ciudad. Las
avenidas vieron barricadas de gomas, humo y autos. Alguien me dijo que si nos
hubiésemos organizado así durante la huelga de la policía, no hubiese habido ni
un local saqueado. Incomprobable, le contesté, pensando qué hubiese pasado en
la famosa periferia. Todo ese día hubo paro. Parálisis. El tiempo no ayudó. El
tiempo corrió sus agujas y se llevó un poco más de verano. En la costa, por
primera vez, sacaron las lonas verdes o amarillas de las carpas y se guardaron
la mayoría de las sillas blancas para el próximo verano. Los cantores populares
decidieron buscar dónde encerrar sus gargantas para pasar el invierno y los
pungas se resignaron a los colectivos y a los clásicos Quilmes-Peñarol para
encontrar aglomeraciones donde hacer su trabajo. Cuando salí de casa, a la
tarde ya había colectivos, pero sabía que no habría taxis. Así trabajé,
sabiendo que a la madrugada no tendría medio de transporte. Esperar el
colectivo podría llevarme los treinta minutos o más que me toma el camino a
casa. Por eso, cuando salí de trabajar, no me extrañó ver la parada de taxis
vacía. Las calles sí me resultaron ajenas. Ni un auto. Ni un colectivo. Crucé
la calle y empecé a tener miedo. Miedo de los que esperaban en la parada. De
los que hacían cola en el último kiosco abierto. De los que salían del Bingo,
expulsados por la suerte que se había negado a bendecirlos esa noche. Miedo de
todos y, como era de esperarse antes la generalización, el miedo fue creciendo.
El miedo de las calles vacías, de la soledad de una avenida (avenida Colon) sin
autos ni policías me hizo recordar el tiempo en que podía caminar por las
calles de Mar del Plata, con amigos, y sentirlas como mías. Las calles ya no
son mías, porque, como el verano, mi tiempo puede que esté pasado. Pero la pregunta
que me hice en ese viaje fue de dónde venía el miedo. ¿A qué le tenía tanto
pánico? El miedo esencial a la oscuridad estaba descartado. Tampoco el miedo a
los depredadores gigantes. Pero, la verdad, sentía algo más que el miedo al
robo, algo más relacionado con los depredadores, aunque no sean gigantes, algo
tan propio y enraizado como el miedo a morir. Por un teléfono. Por dos mangos
en el bolsillo. Por una mochila con dos libros. Por la droga, por la
impotencia, por lo que fuera. ¿De dónde viene ese temor? ¿Es racional? Cuando
uno es niño tiene miedo que los padres se mueran. Cuando uno es padre es mejor
ni mencionar el temor que se siente. Entonces, este temor, el de caminar de
noche por las calles desiertas de mi ciudad, ¿es un miedo impuesto? Y Si lo es,
¿Impuesto por quién? ¿Por un gobierno? ¿Por una oposición? ¿Por un noticiero?
¿Por una irrealidad? Todo el tiempo nos atacan, sobre todo desde la televisión,
y nos obligan a repasar una propiedad asociativa del colegio: crimen es igual a
muerte. Parece que en este país no hubiera otra forma de delito que el robo
seguido de muerte. Pero no es así. La mayoría de los que roba, no mata. Por
suerte. Por azar. Esos no son noticia. A no ser que hagan un túnel de 1000
kilómetros que entre a la tesorería del banco central. La noticia, hoy, va seguida
de muerte o no es noticia. Eso sentimos todos los días. Que las calles no son
nuestras, que la seguridad tampoco, y como no les alcanza, también nos hacen
creer que tampoco somos dueños de nuestra muerte. Porque al caminar, de
madrugada, por esas calles que hace unos años eran mías, sentí que ya no me
pertenecen. El miedo me las arrebató, el miedo a monstruos que pueden ser
reales, sí, pero que más que nada son imaginarios e impuestos por las noticias
y la sociedad que las absorbe. Como la arena absorbe los palos que hoy
terminaron de esas carpas mal concesionadas que se alquilan en las playas. Algunas
carpas quedan, y merecen ser comparadas con los robos y la muerte. Están allí,
como clara señal de que algo malo existe. Por eso hay que reconocer que de nada
sirven las generalidades ante el doloroso presente de la individualidad. Si la
experiencia es propia, es inútil el análisis frío y estadístico de la realidad.
Al taxista muerto no le importa que de cada 100 asaltos a taxistas, sólo uno
muera. Ese porcentaje, cuando toca en carne propia, es tan grande como el
universo de la probabilidad para el jugador que lleva apostada diez veces
seguida a rojo y sigue saliendo negro. La próxima será. El capitalismo
encuentra una aliado necesario en la estadística; el cinismo, también. De nada
sirve seguir saliendo a la calle de pantalón corto y ojotas cuando el verano ya
se fue. De nada no, sirve para enfermarse y que los médicos lucren de nuestras
enfermedades como los mecánicos lucran de los taxis que se arruinan de tanto
usarlos en las calles rotas de esta ciudad, sobre todo cuando el pasajero
indica el fin del viaje en alguna dirección lejana en la periferia de la ciudad.
jueves, 6 de marzo de 2014
Policial negro y argentino
¿De qué hablan cuando hablan de policial argentino? No lo sé, no soy entendido en la materia, toco de oído, como la guitarra y quisiera el violín, por eso, por instinto, y por haber leído tres novelas seguidas de
Guillermo Orsi, me gustaría que hablaran de Orsi cuando hablan de policial negro argentino.
Hace un tiempo reseñé Tripulantes de un viejo bolero (perezosos hagan click y busquen en el "libros ajenos" más arriba) Terminada la lectura de "Sueños de perro", demasiado cercana por estar en parte ambientada en
Mar del Plata, con los tangos que se canta Gloria la Pecosa para después vender su amor por dos mangos, entré al mundo de "Ciudad Santa", una novela policial con personajes creíbles
y bien delineados y una gran historia detrás. Hay una abogada que
transa con la mafia, la gran feria de la salada, las mujeres y la policía decadente; una Miss Bolivia que escapó de su pasado sin escapar, dando un
salto hacia adelante, viviendo de su belleza y los hombres, dejando un rastro
de cadáveres decapitados como el camino de Hansel y Gretel; un proxeneta-diler
apodado el Pacogoya, paraguayo, que podría ser cualquier cosa que la vida le
pusiera adelante, desde actor hasta el mítico Che Guevara, pero en un diminutivo cheguevarita; Dos policías, Carroza, y el Oso, que participan en su propio destino con la
libertad que da el titiritero a sus criaturas cuando las guarda en un cajón. Estos personajes, todos juntos, sí, dan vida a la Ciudad Santa, y nos ahogan hasta el final. Terminada la
lectura arranqué con “Buscadores de Oro”, genial novela de menor a
mayor (diría "in crescendo" pero lo remarqué antes, toco de oido), en fin, creciendo, como lo merece el género, de menor porque de un pequeño acto se refleja todo el mundo, a mayor porque la resolución está más allá de lo que podamos anticipar. El protagonista tiene una simple tarea ir a un pueblo a buscar el cadáver
de un amigo, el Cabezón, que en vida fue el tipo que usó todo, menos su cabeza,
porque meterse con la amante del dueño
de ese pueblo chico no es de pensantes, y lo mismo se puede decir del amigo que
se empecina en rescatar un cadáver que ya ni la muerte misma puede salvar. En
el medio aparece un prostíbulo/güisquería de pueblo, dos payasos, el enano
Chichón y su compañero normo/talla Palazo, el patrón del pueblo, su súbdito y
sus matones, un Silo lleno de gente extraña, y un personaje de cincuenta y dos
años que habla en primera persona como el actor/aleph: representa todos los personajes en un mismo momento de su vida.
A Guillermo Orsi lo vi una sola vez, o dos, pero el mismo día. Lo escuché en su charla durante el primer Festival Azabache, habló de la muerte de sus gallinas y sus perros en Córdoba y eso me animó a acercarle una novela mía. Irreverente, no había leído nada de Orsi y ya pretendía que él me leyera. Al menos me dio algo de vergüenza y habló más mi mujer que yo. Irreverente, me sentí en deuda. Estas palabras son una forma de saldar esa deuda, aún mayor después de haber leído y disfrutado estas cuatro novelas.
sábado, 1 de marzo de 2014
La bestia
La madre primeriza dio a luz una bestia de cabeza de lobo
y cola de serpiente. El párroco ordenó que se le cortara la cabeza con una
espada cuyo filo hubiese estado en Tierra Santa. El mismo párroco bendijo el
metal con agua bendita. Dicen que tres veces trataron de cortarle la cabeza a
la bestia y tres veces la espada se doblegó ante la dureza del cuello de la
bestia. Dicen que la madre confesó ser amante del Diablo. Dicen que el párroco
se ahorcó esa noche y el caballero que prestó su espada se ahogó en su propio
vómito alcohólico una semana después. Dicen que regresaron la criatura con su
madre y que los marginaron del mundo, para que vivieran por su cuenta. Dicen
que con el tiempo sus deformidades mejoraron: su cola de serpiente se secó y su
cara de lobo se hizo tan humana como atractiva. No necesito que nadie me diga
nada más. Sé con qué esmero mi madre me enseñó lo poco que ella sabía. Y sé lo
difícil que fue para ella dejarme volver al mundo. De mi padre aprendí más
cosas, en secreto, sin que mi madre lo supiera, porque todo el mundo, también ella lo odia.
domingo, 16 de febrero de 2014
10 sesiones de kinesiología
El cerebro atrofiado, la cabeza quemada, el marulo frito, los sesos revueltos, la sustancia gris descolorida, las neuronas al carbón, la sinapsis con menos luz que un barrio porteño, esa sensación me deja las primeras páginas del Tratado de Ateología del francés Michel Onfray. Pasada la etapa de ateo militante, alcanzada la paz, estas páginas reviven esa vena llena de amor y necesidad de vivir libres. Para ser claros: hay gente que cree que las cervicales son la culpa de todo: de mareos, dolores de cabeza, zumbidos en los oídos, dolores de espalda, brazos adormecidos, ojos que laten, cosquillas en el pecho, cuellos gruesos, jorobas de camello: la cervicalgia es la explicación falsa que los médicos dan a un conjunto de síntomas que oscilan desde la locura hasta el simple cansancio laboral; la cervicalgia es el Dios que todo lo explica, la gente, al igual que los creyentes no pueden aceptar la realidad, no pueden aceptar que los hijos pesan y no pueden alzarlos, que estar 10 horas frente a una computadora no es sano como tampoco es sano hacer 10000 repeticiones de sentadillas, la gente no puede aceptar que está nerviosa, que tiene problemas de pareja, entonces acepta que la causa de los síntomas es la columna cervical, aquello que sostiene la cabeza, y en eso se parece a lo que propone Onfray, a que los humanos no podemos aceptar que nos morimos y listo, que esta es la única vida que hay, sino que hipotecamos todo lo que nos gustaría ser en pos de otra vida, o de un cuello nuevo tras diez mágicas sesiones de kinesiología.
domingo, 26 de enero de 2014
Viralizoo (comentarios por el Dermaglós FPS 70)
No sé si tiene sentido esto que voy a contar. No sé si importa. Me importa a mí, igual que la entrada anterior, y de ella voy a hablar. La entrada con el título "Yo no voy a hacer juicio por el Dermaglós" se reprodujo de un modo que no pude predecir. Si lo hubiese querido, no me hubiese salido. A este blog entran 30 o 40 personas por semana y leen las entradas frívolas y banales, algunas sentenciosas y otras cómicas. Eso es todo. La entrada sobre los efectos del Dermaglós en mi hijo, en este momento que escribo, llega a las 14.000 visitas, sí, con todos esos ceros detrás. Y lo que fue una catarsis desde el sufrimiento, y sobre todo la impotencia que genera la soledad del reclamo, se convirtió en algo más. Pasajero, sí, como espero que sean las secuelas en todos nuestros hijos. Agustín, por cierto, hace 10 días que dejó de usar esa porquería y está perfecto, tiene unas manchas blancas donde antes tenía el rojo de la urticaria, pero ya no hay picazón y va a la playa sin brotarse ni rascarse con sus manos que ya son un poco menos torpes que hace una semana.
Ese número impensado de lectores generó una cantidad de comentarios tan variados como incomprensibles. La mayoría, por suerte, fueron con deseos de recuperación y solidaridad ante la desgracia. Otros, los agradezco, escribieron para decir que se sintieron identificados y expresar el alivio de no sentirse solos ante la fría indiferencia de la empresa y los medios tradicionales de comunicación. Porque en la rabia que movió a esa entrada también estaba la rabia ante Andrómaco, ante la falta de información al público, la publicidad breve y solapada, con el claro objetivo de no informar y sí cubrirse diciendo que habían anunciado, también la rabia ante la mecánica respuesta "te lo cambio por otro" como un burdo intento de meter abajo de la alfombra la porquería de todos los monstruos invitados a la fiesta. Tampoco es útil el "¿Vos creés que hicimos esto a propósito?" No, claro que no. Nadie busca perjudicarse. Pero eso no exime de la culpa. Algo falló y no saben qué, eso es lo peor. Por favor, la teoría del sabotaje déjenla para el cine más berreta, y no hablo del cine de bajo presupuesto que entiende de qué se trata esta historia. Ahora cambiaron, nos llaman y ofrecen varios productos, preguntan cómo se llama nuestro hijo y hablan de él con su nombre propio "¿Y cómo está Agustín?" "¡Eso es todo lo que importa, que Agustín esté bien!" Te dicen por teléfono. Entre los mejores comentarios de mi blog, hay un anónimo que dice "Estoy seguro que el laboratorio ya pasó por el banco de este médico" y tengo que decirle que no, que me hizo reír mucho. No me hizo reír el otro comentario que dice que yo, por ser médico, tendría que haber entendido que la causa de la alergia de mi hijo era el Dermaglós, no me hizo gracia porque es el tipo de comentario que genera una estúpida leyenda sobre los médicos (que muchos médicos aumentan), no podemos atender a nuestros familiares, los tienen que atender otros médicos, si no tenemos confianza en otros médicos, no tenemos confianza en la profesión, por tanto, no voy a cambiar de pediatra ni a hacerme cargo de la atención de mi hijo, es una responsabilidad muy grande ser padre, no vamos a agregarle el peso de atender a aquello que uno más ama.
Otros comentarios me acusaron de no ser quién soy, de estar pago por la empresa para evitar juicios; incluso dos anónimos se pusieron a discutir el rol del ANMAT en este caso. Una médica explicó (lo sé) que la medicina no es matemática, una abogada ofreció sus servicios, y por suerte mucha gente compartió la idea: que esto no vuelva a pasar.
Mi juicio a la empresa, parece que fue este. Si 14000 personas leyeron esa entrada y esas 14000 no compran más un producto de esta empresa, y esas 14000 se lo comentan a sus familiares y amigos, el perjuicio económico es mucho más grande que el beneficio que puedo obtener en un juicio. Pero, a decir verdad, tantos comentarios me hicieron pensar si lo correcto no sería empezar acciones legales. Mi mayor negativa es esa: buscar la recompensa económica por un sufrimiento invaluable me hace sentir mal. Oportunista. Soy médico, estoy entrenado para esperar el juicio, no para empezarlo. La segunda duda es el proceso de agotamiento, tener que demostrar que mi hijo estuvo enfermo, que la enfermedad fue causada por el producto, involucrar a los colegas que lo atendieron, guardar tickets, constancias, fotos, testimonios de algo que ya pasó. Pero también, ahora, entiendo a la otra parte. Es cierto que es ingenuo creer que con sólo pensar en nuestros hijos, estos empresarios no van a dormir. Más que ingenuo, es un recurso literario para terminar un texto. También es ingenuo (y hermoso) pensar que les podremos untar en sus caras el factor 70, para que sepan lo que sintieron nuestros hijos, como me escribieron en un comentario. Lo único que les puede doler es no tener ganancias. Que la gente deje de comprarles, que la gente deje de pensar que son los mejores y no cuestionarse lo que compran. El juicio económico también ayudará a que les duela, el individual y el colectivo. A este último, me convencieron los comentarios y la familia, finalmente adherimos. Mientras tanto, si quieren leer algo que tiene que ver con mi hijo, los invito a leer la entrada escrita hace seis meses, antes del Dermaglós y todo su veneno: Pestañas
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