Páginas - Secciones - Anexos - Extras -

sábado, 11 de enero de 2020




En Entre Ríos, unos días después de la Noche Vieja y dos semanas pasadas del solsticio, tres caballos entraron en el campo de mi suegra. Eran las doce y poco más de la noche y la reunión que se prolongaba (como todo siempre se enlentece y prolonga en Entre Ríos) se vio interrumpida por la furia de los perros. Cuando nos asomamos del quincho no vimos ningún auto desandando el camino, no vimos luces ni visitas, no había excusas para el ladrido y sin embargo los perros ladraban enloquecidos bajo una luna creciente y la ausencia del viento. Uno de nosotros vio los caballos y los señaló. Yo no vi nada. Otro confesó que se había olvidado de cerrar el portón. Había que salir, sacarlos del campo y cerrar la tranquera. Uno salió así, como estaba, rumbo a donde los perros ladraban, otro se fue a buscar una linterna antes de meterse al monte y yo bajé con las mujeres por el camino de pedregullo, alumbrando a la noche con esa mísera luz que sale de la parte de atrás de los teléfonos modernos y que tiene el descaro de llamarse linterna. Los perros se dispersaron, el que salió sin nada en las manos se perdió en la oscuridad del monte y entonces los vi. Y fue hermoso. Sinceramente pensé que nunca había visto algo tan hermoso y que nunca más volvería a ver algo así. Tres siluetas perfectas recortadas en una loma, con la luna detrás y el horizonte con un tono gris perfecto. Tres sombras cabalgando a un compás antiguo, onduladas en el ritmo hipnótico que nunca tendrá esta narración. Fueron segundos, después los caballos se perdieron en el monte y no los volví a ver, pero la sensación de ver un mundo prohibido persistió. La sangre de ancestros innombrables enloqueció. Si existe el aleph de Borges no es un punto estático, está en esos movimientos repetitivos. En mí vivieron los hombres monos que vieron correr a los caballos libres por el campo. No dije nada cuando volvimos al quincho, sí, comenté, que tenía la sensación de haber presenciado una escena antigua. Me sentía un privilegiado, alguien que se pudo maravillar en tres segundos más que durante todo un año frente a la pantalla de una computadora. Y que sentía que no me volvería a pasar algo así. Me equivoqué. Al día siguiente los caballos no estaban y nuestras vacaciones a contramano terminaban, viajamos de regreso a Mar del Plata un domingo, cuando en general todos se vuelven de la ciudad Feliz. En Mar del Plata, para quienes no somos turistas la rutina del verano nos suele aplastar. Para evitar ese peso inventamos horarios medidos. Tenemos las horas justas para escapar al mar y llevar a nuestros hijos pequeños para que se cansen y, en algún momento de la alta noche, nos dejen leer, escribir, dormir, soñar nuestros propios sueños y no siempre los suyos. La niñez es una tiranía hermosa: tiene el salvoconducto de la inocencia. En una de esas primeras tardes de enero hice un lugar para llevar a mi hijo a la playa, su madre tenía que trabajar de tarde y nosotros decidimos estirar la permanencia en la orilla del mar el tiempo suficiente para pasarla a buscar sin tener que volver a casa. Y estando ahí, sentado en una reposera amarilla a orillas del mar y en medio de una muchedumbre, sucedió la segunda magia del año. Mirando la misma escena que he visto mil veces: un mar lleno de turistas, vigilando los movimientos de mi hijo entre las olas, con el sufrimiento y la anticipación de los padres que respetan demasiado la furia de las olas, tuve una segunda imagen que contradijo la primera. Lo que pensaba hermoso no lo fue tanto, de pronto el recorte perfecto de los caballos en la noche no tenía comparación con la silueta ya difusa de mi hijo saltando las olas y cayendo, a veces en la espuma, a veces detrás. Mientras el atardecer se volvía crepúsculo y los turistas pensaban dónde ir a comer yo pensaba que eso podía ser el Tlalocan, el cielo nahual: ver a mi hijo saltar una y otra vez la próxima ola, ver su felicidad, el horizonte recortado contra su cuerpo inquieto, y al sol escondiéndose de nosotros, asombrado de no poder soportar semejante resplandor.




sábado, 14 de diciembre de 2019




Audio: Boludo, se murió la rubia de Roxette, ¿y sabés qué me pasó? me acordé de la vez que compramos un casete a medias, Look Sharp, de Roxette. ¿Te acordás? Habíamos hecho un pacto: uno lo grababa y el otro se quedaba con el original. El de la copia, que fuiste vos, conservaba los papeles de la tapa, el otro con el casete. Creo que te cagué. Pero lo que te quería contar era otra cosa. Me acuerdo que los títulos de las canciones estaban en castellano y que mi viejo se acercó a mirar lo que escuchábamos. Habíamos comprado el casete en la galería Brodway y fuimos directo para mi casa porque yo tenía grabador con doble casetera y vos no. Como sea, me acuerdo de mi viejo leyendo los títulos de las canciones y diciendo “Ay, miralos a ellos, vestiditos para el éxito”. Que tipo cabrón. Te mando un abrazo, perdón por el audio de dos minutos.

Me acuerdo, cómo no voy a acordarme. Aunque mi recuerdo es otro, complementario, casi un spin off. Recuerdo la compra del casete porque yo había gastado todo en comprar Lies de Guns and Roses y también quería tener el de Roxette. No tenía problemas en conservar la copia, porque había una incompatibilidad entre las dos bandas que me permitía sin problemas ocultar el deseo. Las letras de los Guns no tenían nada que ver con las baladas de los suecos. Quizás, ahora que Marie Fredriksson murió, se pueda decirlo con más calma: era increíble que cantaran todas frases edulcoradas sin sonrojarse, sin sentir el mismo pudor que hoy sentimos con algunas lecturas que venerábamos en la adolescencia. Que cada uno haga su lista. Recuerdo, en particular, un tema posterior Almost unreal, banda sonora de la película de Mario Bross. Habían pasado más de diez años entre el debut y Roxette metía otro hit, esta vez gracias a una banda sonora. Lo curioso (cuándo no para un grupo que no se conformó con llamar a una canción Crash Boom Bang y terminaron llamando así a todo el albúm) estaba en la letra. I love when you do that Hocus Pocus to me, cantaba Marie Fredriksson. Quizás era una mención a la novela de Kurt Vonnegut, o quizás, como dice en los portales de internet, Warner Bross había elegido la canción para la película homónima pero terminó siendo descartada para formar parte de la adaptación del video juego que siempre se renueva. Hocus Pocus fue una película de éxito, la canción de Roxette con un estribillo para esa película fue un éxito pero en otro film. Eso era Roxette, una máquina de hacer éxitos que un día se agotó. Aunque, releyendo lo que escribí, quizás, por increíble que parezca, las letras de Roxette terminaron envejeciendo mejor que las de los Guns: Axl cantaba I used to love her / but I had to kill her. O, para superarse escribió One in a million. Pego la letra de esa canción que estaba en Lies, el casete que compré original: Immigrants and faggots / They make no sense to me / They come to our country / And think they’ll do as they please / Like start some mini Iran / Or spread some fuckin’ disease / They talk so many goddamn ways / It’s all Greek to me”

No le conté nada de esto a mi amigo del audio. Sí le hablé de otro recuerdo: un par de años después salió Joyride. El tema se repetía una y otra vez en la radio lo que me permitió grabarlo seguido de un lado y del otro de un casete virgen. La solución era genial: no era necesario rebobinar y me permitía escucharlo una y otra vez. Por ese entonces mis padres se estaban mudando por enésima vez y a mí me tocaba sacar el empapelado del comedor. Tenía 13 o 14 años, no lo recuerdo, era verano, eso sí es claro, y mi amigo me ayudaba a rasquetear las paredes mientras rasqueteábamos las paredes escuchando el mismo tema en un loop que duraba media hora hasta que había que dar vuelta el casete para escuchar el lado B. Me acuerdo una de esas tardes, que entró mi viejo, fue directo al grabado y apagó la música, puteando. Ese ruido a lata extranjera lo ponía nervioso. Con mi amigo seguimos trabajando sin hablar. Mi viejo agarró una espátula y también se puso a sacar el papel de las paredes dejando escapar, de vez en cuando, una puteada.


domingo, 3 de noviembre de 2019





Decir que la casualidad me llevó a este libro es falso. Casi todos los libros nos llegan por casualidad. O todos. Aun los que pedimos que nos regalen. Aun los que nos recomiendan con fervor. Es casual que decidan hacernos caso en el regalo, y muchas cosas tienen que suceder para que uno compre efectivamente el libro que le venden como una obra maestra. Ni que hablar para que ese libro sea leído. Los libros en las mesas de saldo están dentro de esa lógica. Todos los libros entran en esa lógica. Por eso es difícil encontrar una respuesta. Por eso existe el lugar común: el libro me encontró. Roberto Herrscher escribió Los viajes del Penélope, donde cuenta su experiencia personal a bordo de un velero, el más antiguo, que participó de la guerra de Malvinas. Hace más de un año que trabajo en un ensayo sobre el mar y tengo un capítulo inconcluso dedicado a otro barco, el Bahía Buen Suceso, que aparece muchas veces mencionado en este libro. La casualidad, entonces, vendría a enmendar las falencias de un torpe investigador (quizás torpe no sea la palabra justa, podría ser perezoso, la pereza se hermana más con la inexperiencia). Estas historias de Malvinas siempre parecen atravesadas por la maldad. Un pueblo que vitorea al Ejército, que se suma a una gesta que denomina Patriota y que llama héroes y cuenta una historia de jóvenes que van a sufrir hambre y frío sin saber por qué. El sin saber por qué parece ser el destino final que busca siempre Argentina. Opinar tanto de tantas cosas nos lleva a un silencio que se hace inaguantable. Mejor opinar antes que pensar. La historia de Roberto Herrscher es en parte la historia de un conscripto de 19 años no puede escapar al destino de las islas por su condición bilingüe: es de los pocos que puede hablar inglés. Mientras leía el libro –la historia de un barco, que es la historia de la Patagonia y la Argentina– pensaba en el silencio de las islas, en el silencio de la narración. ¿Hasta qué punto los autores silencian u omiten? ¿Hasta qué punto el verosímil de la historia es más importante que la inverosímil concatenación de hechos reales? Los otros personajes, los otros tripulantes del Penélope, tienen un pasado breve. ¿Ninguno tuvo que ver con la represión, con los desaparecidos? Quizás no, probablemente no, pero es una pregunta que me resulta inevitable al acercarme a los relatos de la época. Se lee contra los prejuicios, se lee contra el azar. En un momento de la narración Herrscher da voz a un isleño, y ese parece ser su primer contacto con la década y represión de los 70. Herrscher le pregunta qué prefiere, si ser argentino o inglés. El isleño –su apellido es (era) Cockwell– no duda. Prefiere ser británico. La respuesta es obvia, pero lo que inquieta es la explicación. El isleño le habla de las torturas, de los desaparecidos y ensayo un reproche a futuro: si entre ustedes, que son conciudadanos, que dicen amar la misma patria, se tratan así ¿qué nos harán a nosotros?




sábado, 13 de julio de 2019






Al terminar de leer la colección –despareja– de cuentos, ideas y relatos que se publicó con el título de Los casos del comisario Croce, el lector encuentra una nota del autor. Piglia aclara que compuso el libro usando un hardware que le permitía escribir con la mirada. Esa nota se puede emparentar con una declaración de Sabato hecha en los finales de la década del 80. Alguien le preguntó por su escritura y Sabato dijo que ya no escribía tanto como quería por culpa de sus problemas en la vista. Enseguida, Sabato aclaró que le habían traído una computadora especial que podía escribir mediante la voz y que esperaba con eso concretar una novela que tenía pensada. Piglia –en la nota– cuenta sus cambios de hábitos: la escritura a mano, el uso de una Olivetti 22, una computadora Macintosh y finalmente el uso del hardware Tobii. Al final del breve párrafo Piglia deja una inquietud para sus lectores: “Siempre me interesó saber si los instrumentos técnicos dejaban su marca en la literatura. ¿Qué cambia y cómo? Dejo abierta la cuestión”. La pregunta que Piglia nos deja para la lectura de los cuentos de su comisario es, en realidad, una pregunta que se aplicará siempre a la obra de Borges. Los cambios en la escritura del Borges lector y del Borges no vidente los trató más de una vez el mismo Borges. Y por supuesto lo estudiaron sus discípulos y parricidas. “Demócrito de Abdera se arrancó los ojos para pensar; el tiempo ha sido mi Demócrito” escribe Borges en Elogio de la sombra. Borges es uno y otro, pero ¿quién es? Se convierte, sin quererlo, o con toda su fuerza, en un personaje. Sábato tiene que esforzarse más para convertirse en un personaje: por eso declara que ante la presencia de un ciego siente “como si estuviera ante un abismo en medio de la oscuridad”, por eso se llena de contradicciones y apela, finalmente, a ser recordado por ser el hombre de las renuncias: renuncia al laboratorio Curie (renuncia a la ciencia) quema sus obras por imperfectas (renuncia a escribir). En El escritor y sus fantasmas Sabato afirma que ante la presencia de un ciego siente algo en la misma piel que no puede precisar ni explicar. Su respuesta emula las descripciones imprecisas que usaba Lovecraft para desdibujar el horror y magnificarlo en una representación imposible. Si alguien adjetiva una cosa solo como “monstruosa” ya no necesita explicar nada más, pero tampoco explica nada. Con el paso de los años, Sabato logrará alcanzar la ceguera de Borges pero no la intemporalidad de su obra. Piglia no tuve ceguera. Su cuerpo se paralizó por culpa de una enfermedad que afecta al sistema nervioso central. ELA son las siglas de la Esclerosis Lateral Amiotrófica, enfermedad neurodegenerativa de las neuronas motoras. Paralizante, en una palabra. La ELA los músculos, incluido el diafragma, es cuestión de tiempo. Tiempo que Piglia ya no disponía, pero que antes había usufructuado. El tiempo lo será toda para cualquier escritor. Para el mejor, para el farsante. Por cuestión de tiempo hay, quizás, una trampa en la pregunta que deja Piglia en su libro póstumo de relatos policiales. El lector no puede saber cuándo el autor escribió los relatos. Lo intuye, lo imagina, escribiendo desesperado por la quietud que avanza en la cama de un hospital, en una silla mullida, en las horas de la noche que tiene que robarle al sueño para concretar todo lo que quiere escribir antes de la parálisis final. Pero quizás no fue así. Quizás algunos relatos estuvieron años guardados en un cajón, en un archivo de computadora, en una copia mecanografiada en la Olivetti. Quizás la pregunta es una trampa –una hermosa trampa– que lleve a un incauto lector a contestar la pregunta por sí o por no, cuando lo que importa es que la pregunta siga existiendo.



sábado, 8 de junio de 2019





Siempre vuelvo a Amelie Nothomb. La novela se llama Frappe-toi le couer. Golpéate el corazón. Me la recomendaron porque habla de una médica, del camino por el cuál una persona hija de padres comunes termina estudiando medicina. La novela es hermosa, casi no uso otra palabra cuando quiero decir que un texto me gusta. La belleza es lo que más valoro en la literatura. La originalidad ya no existe, no hay que perder tiempo buscándola. Y si existe, existe en estado bruto, casi analfabeto. Toda formación, toda lectura, nos instruye y a la vez nos normatiza. La originalidad la buscamos leyendo cuando precisamente la empezamos a perder con el primer cuento del que disfrutamos la lectura. Volvamos –poco– a la novela de Nothomb. Si bien podría ser la historia de “Cómo me hice médica” poco tiene de medicina. Sí tiene mucho de psicología y posiblemente de conductivismo, mucho de reflexión y soledad. Por momentos tiene continuidad con Metafísica de los tubos, por momentos es como si el misógino Houellebecq se hubiera puesto optimista, por momentos logra la intimidad que me gusta encontrar en las novelas de Nothomb. Creo –con la misma fe que ella proclama para sus personajes– que no es posible salir de sus novelas sin llevarse algo, un pensamiento, una reflexión, una cierta incomodidad, un sensación de que el mundo no cambió de manera significativa pero que, sin embargo, el laurel perdió una rama que no debería haber perdido. Me explico: el mundo al que volvemos después de la lectura es y no es el mismo, es como en esos dibujos duplicados donde el entretenimiento obliga a encontrar las siete diferencias: algo es distinto al cerrar el libro, solo que no es fácil encontrar la diferencia. No es necesario aclararlo, pero lo hago una vez más: mi lectura es lúdica, no soy crítico y siempre me vuelvo autoreferencial, cuando Nothomb escribe creo que escribe para mí: soy su único lector en el mundo, todos los años ella publica para mí. Y para nadie más. Creo en lo que ella dice: Todos los niños rezan sin que sepan forzosamente a quién se dirigen. Poseen un vago instinto no ya de lo sagrado, pero sí de lo trascendente. Creo en sus sentencias universales: El infierno está empedrado de buenas intenciones; de igual manera, las intenciones más mezquinas pueden ser el origen de sinceras alegrías. Creo que cuando habla, habla para mí, un lector común y a la vez su único lector: Tenía ese rasgo de la gente ordinaria que consiste en proclamar auténticas barbaridades “Ya me conocen, trato de ser justa” o “Antepongo el amor por mis hijos ante todo lo demás” creyendo realmente que lo que dice es cierto.




miércoles, 22 de mayo de 2019



Las nieves de antaño. L occupation américaine.

Esta novela es la historia de dos jóvenes desamparados que se necesitan el uno al otro desde chicos. La historia de él y ella se cuenta, pero no es solo una historia que se cuenta, es una historia que se enumera, se enumera desde los afectos de los padres, de mayor a menor se dice qué es lo que los padres quieren. El padre de él amaba, primero, a su mujer, segundo a su profesión de veterinario, tercero a su hijo. La madre de ella amaba primero a su libertad, después a todo lo que sirviera para defender esa libertad y por último a su hija, por eso la abandona. Patrick y Marie-José son huérfanos desde chicos, desamparados por y para toda la vida.

En la ciudad que transcurre la novela (Meung-sur-Loire) hay un ciclo de inundación anual. Como el Nilo, el Loira se apresuraba hacia Nantes antes de llegar al mar. Y en ese ciclo de inundación repetida, Quignard elige recordar la escena bíblica del diluvio: "aquella mortaja de las formas, aquel anhelo de la extensión, aquel anegamiento de las cosas familiares regresaba, año tras año: la destrucción acarrea una belleza impredecible".

La historia se enumera por un principio alrededor de la ocupación norteamericana. Los alemanes ya estuvieron, pero poco tiempo, en cambio los norteamericanos, con su cultura, su música, sus militares, su gueto propio, se mantienen pegados a la Francia, adheridos, en una simbiosis absurda. 

Son los principios de la década del 50, la libertad tras el nazismo se está transformando en otra forma de dominación: la ocupación no es territorial, la ocupación se hace de otra manera, quizás eso nos quiso decir el traductor que tituló la novela como “Las nieves de antaño” cuando su título original es más sencillo “La ocupación americana”.

La novela es una historia de amor y desamor. El destiempo de los grandes dramas, de los grandes sueños. El destiempo de creer en la igualdad y descreer de las religiones tradicionales, de repudiar a los gobiernos y de soñar que un occidental puede entender plenamente el budismo. “El nirvana es el sueño que sabe que nadie lo está soñando”. Quignard lo resume y resuelve todo: "La meta de los esfuerzos que hacemos no es llegar a ser felices, envejecer a cubierto, morir sin dolor. La meta de los esfuerzos que hacemos es llegar vivos a la noche".

Cuando muere ella, Quignard escribe: “Recordó su voz desaparecida. Se estremeció de dicha cuando la volvió a oír hablar dentro de él, repetir sus sueños dentro de él, dar órdenes dentro de él. Ella era su conciencia. Ella era la energía de sus aspiraciones, la fogosidad y la susceptibilidad de sus sentimientos. Ella era quien lo construía y lo dirigía, quien, dentro de él, seguía eligiéndole la ropa, quien desechaba las camisas de manga corta. Tenía los dientes pequeños. Tenía un sexo estrecho y suave. Ella lo agarraba del brazo. Los labios de ella quemaban. Aun le llegaba el olor. Hacía calor. Era verano, pero no era ya el mismo verano. No volvería a haber verano. No volvería a haber estaciones porque ya no las compartirían, porque ya no las descubrirían juntos, porque ya no se asustarían de las avispas en la fruta recalentada, porque ya no se desbordarían las crecidas, ya no se anegarían los campos, ya no se perdería la vista, porque ya no protestarían, sentados juntos en el banco, del agua que los privaba de sus mediocres abrazos cuando crecía y los cubría. Tenía unos huesos tan delgados, tan frágiles. Tenía la piel blanca y aterciopelada, extraordinariamente lisa. Se le desprendía de la piel un olor que para él emanaba. Tenía los pechos pequeños y duros. Había en ella una costumbre de estar sola tan tranquilizadora, tan afincada”.

La línea final es hermosa, es Quignard, es el amor que se ha perdido, que perdura en el amante que sobrevive solo para dar testimonio de quién ha muerto: “En Ara lo conocí. Allí fue donde me contó esta historia. Por Ara pasa el Ganges. Es la lágrima de Dios”.



miércoles, 15 de mayo de 2019





Le conté que estaba leyendo a Pascal Quignard con ánimo de encontrar un hilo conductor en su obra enorme. Le hablé de Butes (el argonauta que salta cuando escucha a las sirenas), de Rachord (el rey de los frisones que antes de convertirse al cristianismo pregunta a dónde fueron a parar todos sus antepasados muertos) y de Julio César (el que quizás no necesite presentación) paralizado frente al Rubicón y, según Suetonio, consciente en su inmovilidad de que todo habría de cambiar al atravesar ese río. Bernabé Tolosa, a quién considero mi amigo y a la vez mi mayor rival en la búsqueda permanente de libros usados y lecturas nuevas, me recordó una escena del Evangelio según Jesucristo: José Saramago toma el pasaje bíblico de Jesús en la barca y lo pone frente a Dios en un diálogo lleno de retórica y mentiras. El Diablo llega nadando –me contó Bernabé Tolosa– y no me acuerdo si se sube a la barca o no, creo que se queda con los brazos apoyados mientras Jesús le exige a Dios saber qué pasará después de su muerte. El énfasis de su explicación me hizo maldecir las horas por delante hasta llegar a casa para poder buscar el capítulo del libro. En la espera del día, creí encontrar en esa exigencia del Jesús de Saramago un reclamo similar al del rey Rachord que describe Quignard. El rey quiere saber si sus antepasados, los que no conocieron esta religión nueva que viene a ser el cristianismo, están en el infierno. La respuesta es sí. Jesús quiere saber qué pasará después de su muerte. La respuesta es que vendrán más muertes, y todas sin sentido. A la noche, por fin, leí el capítulo. Y esto es lo que quiero contar: lo encontré tedioso, aburrido, muy distinto a la idea desde la oralidad, desde la pasión con que me fue narrado por la mañana. Pienso que muchas veces en la idea está la gracia de una historia, la maravilla, y no en la ejecución. Muchas veces lo que pensamos no se adapta a la escritura, o aquello que recordamos es mejor que lo que vamos a leer, sobre todo si se trata de relecturas de otros tiempos. Cuando los libros eran otros, cuando nosotros éramos otros lectores. No mejores, pero sí no tan inocentes. Pienso que las primeras lecturas se parecen a la infancia: hay un contacto tan simple con las historias que todo lo que tocamos se vuelve oro. Para los primeros libros seremos el rey Midas extasiado por convertirlo todo en oro, para los últimos estaremos hartos, muertos de hambre, encandilados de tanto oro, esperando un libro que sea honesto, real. Le avisé a Bernabé Tolosa que no cometa el error de releer el capítulo, que se quede con la imagen que su mente evocó, con la idea que modificó y convirtió en el recuerdo de algo que no fue. No sé si me hizo caso. No sé si lo hará. Me comentó que la historia le podía servir para actualizar su página El Escribiente y quizás sea mejor que lo hago, quizás no haya que resistirse a la tentación de volver a leer algo que consideramos hermoso. El desengaño es un ejercicio solitario, como la lectura. Lo que se comparte, la idea, no siempre se puede hallar en el texto que nos recomienda. Lo que está, incluso en los libros que leímos, es algo que cambia, como el río, como Rachord, al entender que el pasado es lo único que no nos pertenece.