Crónica de la creación del mundo (extracto)
Les regalé el
fuego. Les recomendé precaución. Les dije que no lo usaran de forma indebida. Tuve que explicarles el significado de indebido. Después de mis palabras y de meditar, hicieron
una hoguera que mantuvieron encendida
con todo tipo de árboles, hojas y animales. Sólo miraron y se maravillaron o asquearon con el olor.
Esa noche, uno de ellos, cansado de mirar el fuego, se metió en el
río. Al salir sintió frío y entonces quiso calentarse dentro de esa luz cálida. Cuando lo sacaron del fuego estaba
muerto. El incidente hasta ahí les explicaba el por qué de mi consejo sobre la precaución pero, en vez de abandonar su cuerpo y apagar el fuego, decidieron comerse al muerto. Les pareció delicioso. Rabioso hice llover y apagué la hoguera
amenazando jamás volver a prenderla si se comían a otro de sus
hermanos. Les expliqué que para eso están los animales.
Dos días después volví a darles el fuego. Comieron animales
asados y me lo agradecieron con regalos de flores raras y cantando canciones
que mezclaban risas y llantos. Comieron de una manera tan desaforada que
quedaron inmensamente llenos y doloridos. Les expliqué que la ingesta
desmesurada no es prudente. Tuve que explicarles también qué es ingesta, qué es desmesurada y qué prudente. Quedé agotado.
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