Páginas - Secciones - Anexos - Extras -

domingo, 27 de julio de 2014



Lecturas del festival Azabache 2014
Primera entrega


Lima. Un sábado más.
de Juan Carrá. 

Periodista. Escritor. Especialista en crónica policial. Autor de Criminis Causa, novela que llegó a su segunda edición por Letra Sudaca, y Lima. Un sábado más. Novela que  es parte de la colección Opus Nigrum de la editorial Vestales. Carrá tiene varias habilidades y mucho oficio. Una de sus habilidades que más disfruto, como lector, es presentarme mundos que desconozco. Eso que desde el pequeño mundo burgués confortable apenas se puede intuir. Como un lazarillo en la niebla, Carrá puede mostrarnos a la perfección desparramando las tinieblas y enseñando lo que hay que ver.

En esta novela nos presenta el mundo del boxeo y le suma la prostitución y unas cuantas perversiones. La mezcla no es azarosa, es exacta, porque los marginales tienen dueño, y esos dueños, cuanto más pasado marginal cargan, más duros son con sus iguales que quieren crecer. Como en una entrevista que leí sobre la novela, es interesante pensar que hay más legalidad en el ring que en todo lo que lo rodea.

La novela está dividida en Rounds. El primer round pone a casi todos los protagonistas arriba del cuadrilátero. Lima es protagonista, sí, pero si algo no puede hacer es manejar su destino. El segundo round abre con un crimen. El tercero con el regreso de un amor que estuvo preso. El cuarto, y último round, nos hará besar la lona.

Si me apuraran, diría que esta es la historia de un boxeador, de Adalberto Lima, de su apogeo, que no fue tal y de su caída, que fue la peor: una deuda de dinero que pagar con honor.O podría decir que es la historia de Cristobal Duarte, el dueño una especie de Luna Park clandestino, una especie de Brictop, el personaje que Alan Ford interpreta en Snach, cerdos y diamantes.
Pero también, y sobre todo, es la historia de las mujeres que se cruzan en estos hombres. La historia de la Tota, la que saca literalmente a Lima del barro recién parido y le da crianza, educación y una cara para curtir con golpes. De Cristina, la amiga de la Tota que le envidia todo la suerte de regente del burdel y de tener un hijo caído del cielo. Y de La Negra, que es su amor y su destino, el destino que lo hace boxeador por cariño y por búsqueda, porque como casi todas las historias, al final del último round, esta novela también es una historia de amor.

Batán.
Débora Mundani.

Batán, figura como la primera novela publicada por Débora Mundani. La editorial es Bajo la luna. La edición es cuidadosa, al igual que la trama. Y estas palabras intentan respetar la lectura. Claro que no pueden ser palabras corrientes, porque la normalidad parece una deuda pendiente en esta novela, pero no lo es. La familia de Paula, Ernesta, la hermana, o cómo gustemos llamarla, es una familia normal. Igual a cualquier familia numerosa. Pero la enfermedad que atrapa al padre (cabeza de familia en el patriarcado que estuvimos acostumbrados a conocer hasta la década del menemato) trae ruptura y  fragmentación. 

El padre se hundió el mismo día que el Belgrano, piensa Paula y así comienza la historia que quiere contarnos. Lo que no dice con la misma claridad, porque lo va desglosando a medida que avanza la historia, es que el resto de la familia también naufragó. Como los soldados que debieron soportar el frío y el hambre en las precarias balsas que vimos fotografiadas en las revistas de la época de la guerra por las Malvinas, la familia de Paula se marchita en fotos sepias que no tienen un buen recuerdo. El hermano mayor fue adicto, la madre quedó suspendida en el tiempo, Gabriel ya no encontró un lugar de pertenencia y la protagonista misma no tuvo un deseo claro, así cómo encontró a un hombre que le diera seguridad, siguió buscando el riesgo y desarrolló, entre líneas, el personaje más llamativo: El Negro, el héroe de las mujeres que sueñan con el riesgo y lo prohibido y de los hombres que sueñan representar eso para una mujer. 

La historia está en los detalles contados con una precisión obsesiva y en la certeza de saber que una familia incluye las mismas tragedias que los griegos vienen contando mucho antes del gran compendio de desgracias y tribulaciones que llamamos Biblia.


Chinardos
Fernando Del río.

Del río tiene la virtud de contar una buena historia, contarla casi desde la crónica pero con todo lo que requiere una novela oscura, no sé si negra, pero sí oscura y aterradora. El mundo que nos abre está lleno de chinos, y lejos de hacerlos parecer a todos iguales, les da una personalidad que no quisiéramos conocer. Usa distintos escenarios: el tradicional supermercado, pero también un funeral, un barco y el Casino Central.
Fiel a la sana costumbre, su escenario es Mar del Plata. Y la ciudad, fuera de temporada, es el mejor lugar para desarrollar una novela negra. 

Entre sus aciertos hay un personaje que destaca: usa a Lucrecia (la Nana Osaki que tiene, como en una buena historia oriental, la capacidad de calentar hasta el hielo) para demostrar que los seres humanos somos animales expuestos solo a nuestras pulsiones, que logramos contener un poco con la ropa ortodoxa y otro poca con la represión del lenguaje, pero que cuando libramos de las ataduras y quedamos en pelotas y mudos, somos bestias con uno solo mensaje claro: el aparearnos. Pero la historia no trata de Nana, trata del chino Tsun. De su muerte, de los chinos y los gitanos, de las mafias y las idas y vueltas de la criminalidad más primitiva, como si matar, fuera una pulsión humana que también se contiene gracias a la ropa y la represión del lenguaje.

La soledad del mal
Horacio Convertini
La vida de Báez Ayala es todo lo horrible que puede ser. Viene de una infancia cruel, a adolescencia tardía y llega a un presente aséptico. Báez Ayala es el vecino que cualquiera de nosotros puede tener, que podemos cruzar en el ascensor, o en la oscuridad del pasillo cuando sacamos la basura, se apaga la luz, se cierra la puerta del departamento, y pensamos que esa puede ser la muerte. Y claro que puede ser la muerte si nuestro vecino es Báez Ayala.

Contada de forma prolija y tan aséptica como su personaje


No llores, hombre duro
Mariano Quirós

El humor, el calor, la ineficacia de la policía, la crónica de un observador que quisiera no ver pero tampoco puede estar solo, la sequía y el humor, nuevamente el calor, la terrible ineficacia de la policía, y un observador que no puede cerrar los ojos, que no puede evitar enamorarse y a la vez olvidar el objeto de su amor, ahora la sed, el deseo, la necesidad de perder las cosas que no son, de mirar en ombligo y encontrar dinero y recursos para quedarse y morir o no morir, pero sí vivir.

Quería escribir algo inteligente, astuto y rebuscado sobre esta excelente novela, pero es mejor decirle que no le bastó con ganar el premio Azabache, también ganó el premio Memorial Silverio Cañada a la mejor novela negra en la Semana Negra de Gijón 2014



miércoles, 21 de mayo de 2014

Azabache cuarta edición



Cosa rara pasar las horas entre gente que escribe, edita y lee. No es cosa de todos los días. No es de casi ninguno de los días del año. Ni siquiera pasa en las ferias del libro. En el Azabache de Mar del Plata se escurren las horas demasiado rápido. Muchas presentaciones. Muchas charlas para escuchar. En ese ambiente, algunas veces uno se siente el dios del mundo subterráneo cuando alguien se acerca y te dice que le gusta lo que hacés. Pero también a veces te sentís un pelotudo, como cuando le das su novela a un escritor para que te ponga su firma y él, antes del autógrafo, te dice que ese es el libro que le cambió la vida. Y vos le preguntás ¿por qué? y él te mira, con lástima, con ternura, con irritación y te señala que con ese ganó el Emecé y te sentís tan pelotudo que dan ganas de comprarse un chocolate y encerrarse a mirar películas románticas y escuchar música de minitas. Pero también, para balancear la estupidez de los que escribimos por no ser espontáneos, te podés cruzar en la calle a un gran escritor escondido en algún lugar serrano y remoto y mientras caminás con él rumbo a la presentación de la esperada nueva novela de un amigo, el serrano te puede tirar un "estaba pensando que me gusta como manejás los diálogos" o algo así, y te hace sentir otra vez en la cumbre de la montaña rusa, y entonces te llenas de ganas de volver a casa para escribir, porque eso es lo que más nos gusta hacer, escribir y escribir para terminar esa novelita a cuatro manos que estás escribiendo con una cantante de la capital y que no se parece en nada a lo que escribí antes y entonces se termina el Azabache con fotos, champagne y los berrinches de un hijo que quiere volver a casa y ya lunes, vestido con la ropa de trabajo, recibir un mensaje en el facebook de alguien que compró Riña de gallos y que te dice que le encantó y otra vez esa sensación de montaña rusa, hasta que un amigo que compartió la pensión en La Plata y ahora vive en Praga te manda una foto de tu última novela, Tan lejos que es mentira, sobre la tumba de Kafka y entonces, por una vez, uno no puede sacar conclusiones ni pensar, y sólo se sienta a mirar la foto sin saber bien qué escribir de ahora en más.


domingo, 6 de abril de 2014

El día que murió la MTV



Hace años que queremos escribir una novela donde aparezca Kurt Cobain. Pero no lo hacemos porque no queremos escribir sobre Kurt Cobain, y mucho menos escribir sobre nuestra vida en la época que escuchábamos Nirvana todo el tiempo. Por eso todavía es un borrador ilegible. Porque no queremos hablar de cuando volvíamos caminando de la secundaria con Heart Shaped box en los oídos ni de cuando nos sentábamos en la vereda de la pensión en La Plata escuchando desde una de las piezas el Unplugged que marcaba nuestro estado de ánimo los días de humedad. No queremos recordar que en esos días, para volver a escuchar el tema, teníamos que rebobinar el casete o grabar el tema dos veces seguidas para no tener que esperar.
Todavía nos resistimos a leer biografías, mirar documentales o buscar declaraciones de sus compañeros de banda sobrevivientes. Dave Grohl parece negar a Nirvana con su guitarra en Foo Fighters y Krist Novoselic quién sabe por dónde andará. Nada más importa. Nirvana no volverá por más declaraciones, revelaciones o covers que hagan sus amigos, enemigos y seguidores. 

También sabemos que se ha escrito mucho sobre Kurt, que las reflexiones de Fabián Casas invitan a no escribir nada más. Pero algo nuevo tenemos para decir: queremos dejar en claro que estamos hartos de escuchar a tanto improvisado que siente que descubre el Nuevo Mundo cuando establece el vínculo de Nirvana con los Pixies, y lo llama influencia, en el mejor de los casos, o plagio, cuando quiere diferenciarse; creemos que la mejor reivindicación que recibió Pixies, Nirvana no estuvo ni cerca de alcanzarla: ser la música de cierre de El club de la Pelea es un honor que ni la mismísima Smell like a teen spirit alcanzó.

Pero no podemos evitar escribir. Hace 20 años que Kurt se mató y desde entonces sabemos que nos debemos esa novela. Queremos escribirla, sí, pero sin hablar de nosotros. Sin recordar qué nos pasó el día que escuchamos la noticia de su muerte. Sin recordar la nota en la vieja revista Humor que leímos de su recital en Buenos Aires titulada algo así como "Tres que suenan como mil". Porque eso era escuchar a Nirvana. Pensar en tres tipos que hacían música donde nosotros solo podíamos hacer ruido.

Algo queremos decir, sí, Bleach, y no lo decimos para diferenciarnos del mundo, es su mejor albúm. Aunque haya sido Nevermind lo que nos partió la cabeza junto con ese video de Smell like a teen spirit que la MTV nos tatuó en el hemisferio dominante del cerebro donde el cantante tenía puesta la remera de Freddy Krueger y una porrista anónima arqueaba el cuello hacia atrás exponiendo la insinuación de una teta ¿turgente? tapada con una cruz de cinta roja mientras los adolescentes movían la cabeza en la tribuna antes de saltar alrededor de la banda. ¿Quién de nosotros no quiso estar ahí? Era el auge de la MTV. En ese mismo auge todavía recordamos el comunicado que dieron sobre la muerte (la verdadera, porque antes se murió en Roma pero resucitó entre los muertos para que Gus Van Sant hiciera esa película que nos gusta tanto sobre sus últimos días) y recordamos a la chica que leía el comunicado, aunque no nos viene a la lengua su nombre, y al escucharla entendimos que no sólo moría Nirvana, moría también la MTV tal cómo la conocíamos. Moría, como el menemismo, para ser desterrada y bastardeada salvo cuando queremos irnos de vacaciones y la diferencia de cambio con el extranjero nos hace añorar esa época del uno a uno. A veces pensamos que fue la venganza de Kurt Cobain. Su último contrato y el Unplugged (lo adoramos, lo veneramos como el mejor álbum de la historia) lo llevaron a hacer todo aquello que él detestaba. Eso creemos o nos hicieron creer. Y como el Unplugged le quitó algo, él devolvió el golpe y decretó la muerte de la MTV tal cómo la conocíamos cuando se voló los sesos.
Todo esto viene a que queremos escribir una novela donde aparezca Kurt Cobain, y no una novela de él o de nosotros.
A veces pensamos que podríamos usar alguno de sus videoclips, pero tampoco sabemos si respetaban su ideología o fueron el invento de una discográfica que quería vender discos. Por eso cuando miramos el documental "With the lighs out" y lo vemos tocando de espalda a la cámara, mirando un papel pegado en la pared, pensamos que esa es la historia que queremos contar. La historia de un hombre flaco, con una guitarra desafinada y una voz que se pierde en un alarido justo antes de lanzarse sobre la batería.


domingo, 30 de marzo de 2014

Que nos devuelvan el verano



Un taxista murió. Fue a la madrugada. De noche. Tarde. Murió donde es de esperar que sucedan los crímenes. En la periferia. Donde las leyes no se aplican, o se parecen demasiado a las leyes de las películas de indios y vaqueros con que los yanquis trataron de educar el mundo hace 60 años. Pero los yanquis aprendieron y se reciclaron en Stallones y Terminators que a su vez se volvieron a reciclar en héroes cibernéticos salidos de la Matrix y sus sinónimos. Los que no aprendimos somos nosotros. La periferia sigue siendo el escenario fuera de la ley que tanto preocupa a la clase media. No hay remake de Hollywood ni adaptación de Campanella que pueda hacernos avanzar. Por eso mataron al taxista como a un perro, a un caballo, o a un ser humano, se puede decir en los tiempos que corren. Yo salí de trabajar esa misma madrugada. No había taxis en la parada donde siempre tomo. Crucé la avenida, para alejarme del mar, y del otro lado encontré uno. Ni el taxista ni yo sabíamos que había muerto un trabajador como él. Ni él ni yo teníamos un poco más de miedo. Porque miedo nos enseñaron a tener todos los días. Me habló de lo floja que fue la temporada. De la noche que se termina. De un boliche que en realidad es tres y tiene un mismo dueño. La Vinoteca Perrier, es uno. Los otros no me importan. El taxista me dice que tiene un auto similar al del dueño de la Vinoteca Perrier. O una camioneta. No entendí. Que la usa para viajar a Buenos Aires, e incluso duerme en la camioneta. Pero para dormir sale de La Capital. Le pregunté dónde duerme. Y me contestó que en Brandsen. Porque en Capital no se puede dormir ni en las estaciones de servicio. Todo esto me contó el taxista mientras sus compañeros empezaban el paro que paralizaría el resto del día. Cuando me bajé en casa y pagué el importe que varía en uno o dos pesos según la velocidad y la sincronización de los semáforos, ya estaba decidido que el resto del día no habría colectivos, taxis ni remises. Se cortaron las principales intersecciones de la ciudad. Las avenidas vieron barricadas de gomas, humo y autos. Alguien me dijo que si nos hubiésemos organizado así durante la huelga de la policía, no hubiese habido ni un local saqueado. Incomprobable, le contesté, pensando qué hubiese pasado en la famosa periferia. Todo ese día hubo paro. Parálisis. El tiempo no ayudó. El tiempo corrió sus agujas y se llevó un poco más de verano. En la costa, por primera vez, sacaron las lonas verdes o amarillas de las carpas y se guardaron la mayoría de las sillas blancas para el próximo verano. Los cantores populares decidieron buscar dónde encerrar sus gargantas para pasar el invierno y los pungas se resignaron a los colectivos y a los clásicos Quilmes-Peñarol para encontrar aglomeraciones donde hacer su trabajo. Cuando salí de casa, a la tarde ya había colectivos, pero sabía que no habría taxis. Así trabajé, sabiendo que a la madrugada no tendría medio de transporte. Esperar el colectivo podría llevarme los treinta minutos o más que me toma el camino a casa. Por eso, cuando salí de trabajar, no me extrañó ver la parada de taxis vacía. Las calles sí me resultaron ajenas. Ni un auto. Ni un colectivo. Crucé la calle y empecé a tener miedo. Miedo de los que esperaban en la parada. De los que hacían cola en el último kiosco abierto. De los que salían del Bingo, expulsados por la suerte que se había negado a bendecirlos esa noche. Miedo de todos y, como era de esperarse antes la generalización, el miedo fue creciendo. El miedo de las calles vacías, de la soledad de una avenida (avenida Colon) sin autos ni policías me hizo recordar el tiempo en que podía caminar por las calles de Mar del Plata, con amigos, y sentirlas como mías. Las calles ya no son mías, porque, como el verano, mi tiempo puede que esté pasado. Pero la pregunta que me hice en ese viaje fue de dónde venía el miedo. ¿A qué le tenía tanto pánico? El miedo esencial a la oscuridad estaba descartado. Tampoco el miedo a los depredadores gigantes. Pero, la verdad, sentía algo más que el miedo al robo, algo más relacionado con los depredadores, aunque no sean gigantes, algo tan propio y enraizado como el miedo a morir. Por un teléfono. Por dos mangos en el bolsillo. Por una mochila con dos libros. Por la droga, por la impotencia, por lo que fuera. ¿De dónde viene ese temor? ¿Es racional? Cuando uno es niño tiene miedo que los padres se mueran. Cuando uno es padre es mejor ni mencionar el temor que se siente. Entonces, este temor, el de caminar de noche por las calles desiertas de mi ciudad, ¿es un miedo impuesto? Y Si lo es, ¿Impuesto por quién? ¿Por un gobierno? ¿Por una oposición? ¿Por un noticiero? ¿Por una irrealidad? Todo el tiempo nos atacan, sobre todo desde la televisión, y nos obligan a repasar una propiedad asociativa del colegio: crimen es igual a muerte. Parece que en este país no hubiera otra forma de delito que el robo seguido de muerte. Pero no es así. La mayoría de los que roba, no mata. Por suerte. Por azar. Esos no son noticia. A no ser que hagan un túnel de 1000 kilómetros que entre a la tesorería del banco central. La noticia, hoy, va seguida de muerte o no es noticia. Eso sentimos todos los días. Que las calles no son nuestras, que la seguridad tampoco, y como no les alcanza, también nos hacen creer que tampoco somos dueños de nuestra muerte. Porque al caminar, de madrugada, por esas calles que hace unos años eran mías, sentí que ya no me pertenecen. El miedo me las arrebató, el miedo a monstruos que pueden ser reales, sí, pero que más que nada son imaginarios e impuestos por las noticias y la sociedad que las absorbe. Como la arena absorbe los palos que hoy terminaron de esas carpas mal concesionadas que se alquilan en las playas. Algunas carpas quedan, y merecen ser comparadas con los robos y la muerte. Están allí, como clara señal de que algo malo existe. Por eso hay que reconocer que de nada sirven las generalidades ante el doloroso presente de la individualidad. Si la experiencia es propia, es inútil el análisis frío y estadístico de la realidad. Al taxista muerto no le importa que de cada 100 asaltos a taxistas, sólo uno muera. Ese porcentaje, cuando toca en carne propia, es tan grande como el universo de la probabilidad para el jugador que lleva apostada diez veces seguida a rojo y sigue saliendo negro. La próxima será. El capitalismo encuentra una aliado necesario en la estadística; el cinismo, también. De nada sirve seguir saliendo a la calle de pantalón corto y ojotas cuando el verano ya se fue. De nada no, sirve para enfermarse y que los médicos lucren de nuestras enfermedades como los mecánicos lucran de los taxis que se arruinan de tanto usarlos en las calles rotas de esta ciudad, sobre todo cuando el pasajero indica el fin del viaje en alguna dirección lejana en la periferia de la ciudad.

jueves, 6 de marzo de 2014

Policial negro y argentino



¿De qué hablan cuando hablan de policial argentino? No lo sé, no soy entendido en la materia, toco de oído, como la guitarra y quisiera el violín, por eso, por instinto, y por haber leído tres novelas seguidas de Guillermo Orsi, me gustaría que hablaran de Orsi cuando hablan de policial negro argentino. 

Hace un tiempo reseñé Tripulantes de un viejo bolero (perezosos hagan click y busquen en el "libros ajenos" más arriba) Terminada la lectura de "Sueños de perro", demasiado cercana por estar en parte ambientada en Mar del Plata, con los tangos que se canta Gloria la Pecosa para después vender su amor por dos mangos, entré al mundo de "Ciudad Santa", una novela policial con personajes creíbles y bien delineados y una gran historia detrás. Hay una abogada que transa con la mafia, la gran feria de la salada, las mujeres y la policía decadente; una Miss Bolivia que escapó de su pasado sin escapar, dando un salto hacia adelante, viviendo de su belleza y los hombres, dejando un rastro de cadáveres decapitados como el camino de Hansel y Gretel; un proxeneta-diler apodado el Pacogoya, paraguayo, que podría ser cualquier cosa que la vida le pusiera adelante, desde actor hasta el mítico Che Guevara, pero en un diminutivo cheguevarita; Dos policías, Carroza, y el Oso, que participan en su propio destino con la libertad que da el titiritero a sus criaturas cuando las guarda en un cajón. Estos personajes, todos juntos, sí, dan vida a la Ciudad Santa, y nos ahogan hasta el final. Terminada la lectura arranqué con “Buscadores de Oro”, genial novela de menor a mayor (diría "in crescendo" pero lo remarqué antes, toco de oido), en fin, creciendo, como lo merece el género, de menor porque de un pequeño acto se refleja todo el mundo, a mayor porque la resolución está más allá de lo que podamos anticipar. El protagonista tiene una simple tarea ir a un pueblo a buscar el cadáver de un amigo, el Cabezón, que en vida fue el tipo que usó todo, menos su cabeza, porque meterse con la amante del dueño de ese pueblo chico no es de pensantes, y lo mismo se puede decir del amigo que se empecina en rescatar un cadáver que ya ni la muerte misma puede salvar. En el medio aparece un prostíbulo/güisquería de pueblo, dos payasos, el enano Chichón y su compañero normo/talla Palazo, el patrón del pueblo, su súbdito y sus matones, un Silo lleno de gente extraña, y un personaje de cincuenta y dos años que habla en primera persona como el actor/aleph: representa todos los personajes en un mismo momento de su vida.

A Guillermo Orsi lo vi una sola vez, o dos, pero el mismo día. Lo escuché en su charla durante el primer Festival Azabache, habló de la muerte de sus gallinas y sus perros en Córdoba y eso me animó a acercarle una novela mía. Irreverente, no había leído nada de Orsi y ya pretendía que él me leyera. Al menos me dio algo de vergüenza y habló más mi mujer que yo. Irreverente, me sentí en deuda. Estas palabras son una forma de saldar esa deuda, aún mayor después de haber leído y disfrutado estas cuatro novelas.

sábado, 1 de marzo de 2014


La bestia


La madre primeriza dio a luz una bestia de cabeza de lobo y cola de serpiente. El párroco ordenó que se le cortara la cabeza con una espada cuyo filo hubiese estado en Tierra Santa. El mismo párroco bendijo el metal con agua bendita. Dicen que tres veces trataron de cortarle la cabeza a la bestia y tres veces la espada se doblegó ante la dureza del cuello de la bestia. Dicen que la madre confesó ser amante del Diablo. Dicen que el párroco se ahorcó esa noche y el caballero que prestó su espada se ahogó en su propio vómito alcohólico una semana después. Dicen que regresaron la criatura con su madre y que los marginaron del mundo, para que vivieran por su cuenta. Dicen que con el tiempo sus deformidades mejoraron: su cola de serpiente se secó y su cara de lobo se hizo tan humana como atractiva. No necesito que nadie me diga nada más. Sé con qué esmero mi madre me enseñó lo poco que ella sabía. Y sé lo difícil que fue para ella dejarme volver al mundo. De mi padre aprendí más cosas, en secreto, sin que mi madre lo supiera, porque todo el mundo, también ella lo odia.