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martes, 31 de marzo de 2015

Pepita La Pistolera



Recta final de la reconstrucción parcial e inverosímil de Pepita La Pistolera. Debo confesar el uso y abuso de las crónicas escritas por Alarcón, Del río y muchos otros. Borré. Corregí. Inventé y traté de ser imparcial. Crecí en el puerto, donde ella vivió. Pasé mil veces frente al bar 444 para ir al Cine Normandie y nunca asocié ese pool con ella (incluso temo que mi memoria falle y haya unificado dos hechos que sucedieron en distinta época) pero ese descubrimiento me llevó a preguntar a los que me rodean si sabían algo sobre ella. Y descubrí que Margarita Di Tulio estuvo en todas partes.
Un colega médico me contó que atendió en el hospital Interzonal a uno de sus hijos (fallecido) y que ella quería pagarle la operación que otro médico iba a realizarle en un sanatorio privado sacando la plata de su ropa interior y en medio de la sala. Una enfermera llamó a su hermana mayor, quién resultó haber sido compañera en la escuela primaria de Pepita. Tiene el mejor de los recuerdos de ella como compañera en la Escuela N°12. Sólo una vez más la volvió a ver, cuando tenían 17 años. El amigo Sebastián Chacón, conductor de radio, me contó que en su época de playero en una estación de servicio, todas las madrugadas llegaba Pepita a desayunar y leer el diario. El jefe de enfermeros del HPC, donde Margarita Di Tulio murió, no recuerda nada de los tres meses que ella estuvo internada. Mi viejo, que tuvo 20 años una zapatería en el corazón del puerto, tampoco, aunque me sirvió para recordar las épocas en que el Circo Rodas sacaba a pasear a su elefante por las calles del puerto para promocionar sus espectáculos y las procesiones desde la Iglesia La Sagrada Familia hasta las banquina de los pescadores. La confesión más interesante me la hizo Juan Carrá. Su libro a escribir es la historia de esta mujer. Se entrevistó con uno de los hijos y desistió de la idea ante la exigencia de una suma considerable de dinero por información y autorización. Pero no solo sabe esto Carrá. También sabe que uno de sus sobrinos estuvo en el Gran Hermano. Ese ojo de Orwell que se hizo producto televisivo y donde Margarita, y sus extensiones, no podían dejar de estar. Acá el link para ver a su sobrino en Gran Hermano


NOTA: Este material de lectura descartado fue parte de la búsqueda para escribir una necrológica de Pepita La Pistolera a leerse en el Festival Filba 2015 en Mar del Plata. El resto del material aquí no publicado se leerá en la presentación el viernes el viernes 10 de abril a las 22:30 en el Residencial Mundo Dios. Aquí el programa de esa noche

jueves, 12 de marzo de 2015


Profanaciones

Giorgio Agamben


Es en la angelología iraní donde Genius encuentra su más límpida, inaudita formulación. Según esta doctrina, el nacimiento de todo hombre es presidido por un ángel llamado Daena, que tiene la forma de una bellísima niña. La Daena es el arquetipo celeste a cuya semejanza el individuo ha sido creado y, al mismo tiempo, el mudo testigo que nos acecha y nos acompaña en cada instante de nuestra vida. No obstante, el rostro del ángel no permanece idéntico a lo largo del tiempo, sino que, como el retrato de Dorian Gray, se transforma imperceptiblemente con cada gesto que hacemos. con cada palabra, con cada pensamiento. Así, en el momento de la muerte el alma ve a su ángel venir a su encuentro transformado según la conducta que haya tenido a lo largo de su vida, en una criatura todavía más bella o en un demonio horrendo, que le susurra: "Yo soy tu Daena, aquella que tus pensamientos, tus palabras y tus actos han formado". Con una inversión vertiginosa, nuestra vida plasma y diseña el arquetipo a cuya imagen hemos sido creados. 

domingo, 22 de febrero de 2015



Hace unos días, junto a Paula Fernández Vega presentamos la novela "Méndez" por segunda vez en Mar del Plata. Para esa noche, ella preparó este texto que le pedí para publicar eternamente agradecido. El evento fue en Bon Vivant, y gracias a la organización de Gonzalo Viñao.

Dice Paula de Méndez:

No es un libro local. No es un libro de autor. Ni siquiera es un libro policial. No importa si es Méndez, Fernández o Stravinski. Si es contador, abogado, cirujano, barrendero. Si matan o no matan a alguien. Si hay escenas eróticas, mafiosas, graciosas o filosóficas. Si es en Mar del Plata o en Esquel. Méndez es un libro sobre los hombres. No estos ni aquellos, ni sobre el hombre que lo escribe o un amigo que le contó una historia. Es un libro que retrata al mundo. A la dinámica del mundo, al funcionamiento actual. A las consecuencias nefastas que pagamos por vivir en él. Y al indiscutible destino que nos espera a todos si aceptamos que tener un título y una familia es la única vida que merecemos. Un destino que ya está escrito en el contrato que nos dan cuando todavía no sabemos leer. A propósito: todo está hecho a propósito. La estructura del mundo está hecha para el encaje, el sometimiento y la sumisión. Hasta que algo estalla.

Ahora está pasando. Quizás no antes. O de otras maneras. Hubo revoluciones, tomas de bastillas, grandes guerras civiles, marchas y cortes de rutas. Ahora, quizás, el método es el estallido de la neurosis. Aunque parece lógico que a través de los anos la gente aprenda, es aquí donde se produce la contradicción: la gente desaprende. Nadie incendia iglesias, ni bancos, ni mata reyes. La gente se resiente. Se pone roja, cada vez más roja, cada vez más harta. Hasta que llega a un estado de queja permanente que lo redime de las culpas. Porque la única forma de sobrevivir es sentir que la culpa es de otro. Algunos no pueden. Algunos saben que la culpa es suya. Que si no sabían leer cuando firmaron el contrato, pudieron simplemente no firmarlo. Pero lo hicieron. Y soñaron todas las noches y se dejaron decir: eso es absurdo. Y de entre todas las chicas, eligieron la más idiota. Y de entre ponerse forro o no, eligieron no ponérselo. Y de entre seguir contador o profesor de cerámica, eligieron contador. Pero no querían. Nunca quisieron. Y de eso fueron ardientemente conscientes toda su vida. Hasta que alguien les dijo: si tanto te molesta ser lo que sos, mejor que te moleste que los demás sean lo que sean. El efecto de trasmisión es el más efectivo. Científicamente comprobado. El resentimiento a lo sumo te consume, te vuelve un hijo de puta, te vuelve más solitario. Pero no te mata. Y hay pastillas, sueros, hospitales, geriátricos, programas de televisión, para que tu corazoncito siga latiendo mientras toda tu familia te tiene la vela resintiéndose también, en secreto, pero siempre echándote la culpa porque 'vos sos el que se muere'.


En esta novela, la conciencia, como ya no impulsa, ya no lucha, ya no se mantiene viva para cambiar el mundo que es capaz de ver, cae. Violenta, sangrienta, torpe, rebota, vuelve a rebotar, deja huellas, evidencias, ridiculiza, desespera. Es fea y monstruosa, tiene mil patas, y cuando muere, todavía tiene espasmos. Y uno la mira, esperando que desaparezca. Todos saben que cuando viene, no puede irse. Quizás por eso nadie la llama. Por eso viene sola. Un libro no debe ser más que eso, y este libro lo logra: un empujón a cada conciencia para que acabe por caer en el abismo en que baila hace años y años, jugando al vértigo pero siempre volviendo al refugio del automatismo. Este libro nos dice: no, un día no se puede bailar más. Un día se prenden las luces y uno ve que esta ahí, ya sobrio, todavía solo, que el celular le vibra insistentemente y que nadie decide irse del mundo a menos que lo haga de un modo desesperado. Y a través de los intentos, uno se cansa. Intenta vacaciones y amantes, películas y nuevas posiciones en la cama, intenta amigos drogadictos con historias curiosas y cursos de yoga y mantras. Pero la conciencia sigue colgando su piecito. Un libro lo tiene que empujar. Méndez lo empuja.

miércoles, 17 de diciembre de 2014


Dos
Novela de Giselle Aronson

En dos frases: 

1) La novela se lee rápido. Rapidísimo. Caracteristica generacional, tendendia, estilo, se llame cómo se llame es una virtud de la novela: diálogos directos, palabras medidas, nada de andar buscando miles de sinónimos para adornar la sencillez de una historia compleja. Los humillaciones, los desprecios, los desplazamientos de la mujer para adornar y agigantar la imagen del hombre, y otros para soportar la espera de la reconstrucción, la resurreción de un Lázaro que al salir de la tumba no vuelva a ser un borracho, se entrelazan en las historias (dos) que cuenta esta novela.

2) Los personajes están perfectamente construidos. Silvia y Carmen son mujeres (dos) de distinto estrato social, una que admira a la otra, la otra que por momentos añora la tranquilidad que podría haberle ofrecido la vida si no se hubiese casado con un político. Esquivando los estereotipos, y hasta a veces jugando con ellos para darles otra mirada, la historia de los dos personajes femeninos lleva a un desenlace que resignifica la lectura.

PD: La tapa es el resumen del libro. El blanco inmaculado vejado por la cucaracha surge de un extremo (donde el papel se separa en las hojas del libro) y estira sus patas y antenas en una posible intención de dominar el mundo y transformar lo puro en mugre, lo limpio en vergüenza.


lunes, 8 de diciembre de 2014



Los casquivanos
Novela de Nicolás Hochman


Nicolás Hochman me invitó a presentar su novela en la feria del libro de Mar del Plata. Acepté, y la lectura no me defraudó. Desde el primer capítulo, Karl abre la historia cuando encuentra un bolso lleno de guita abandonado en la calle y siente (tiene y gana) más miedo que felicidad. El personaje siempre deseó encontrar dinero y hacerse rico de un momento a otro y sin esfuerzo. El deseo de toda clase media. Y ante la posibilidad de su sueño, sufre. Paranoico, quizás por el vecino que lo vigila, quizás por la mina que tiene y no tiene, por los amigos que no son tan amigos, ese bolso de dinero es su perdición. Así arranca esa novela, pero no trata del bolso ni de qué hacer con la guita. La historia central gira alrededor del choque de los trenes de la alegría que recorren Mar del Plata durante el verano y el invierno, y de sus pasajeros y sus animadores disfrazados de Hombre Araña y Bob Esponja, entre otros.

La novela cuenta una de esas historias en la cuales el lector quiere (debe) estar a la altura del escritor, del hacedor que maneja la telaraña. Uno quiere ser tan inteligente como el escritor sin ser tan desgraciado como sus personajes. Hochman es el Dios absoluto de sus personajes, un Dios con mayúscula del que descreeríamos, del que renegaríamos pero no podríamos escapar. Si los hermanos Wachowski hubiesen leído esta novela se hubiesen ahorrado filmar Cloud Atlas y recorrer 2000 años de historia para explicar las consecuencias de nuestros actos sobre otros.

No soy periodista ni presentador, pero cuando terminé de leer me dieron ganas de hacerle preguntas al autor. Las escribí y se las envíe. Acá están las respuestas, que son una invitación para leer Los casquivanos

Pregunta: Lo primero que hice fue buscar la palabra casquivanos en el diccionario. Siguiendo tu recorrido, desde una revista, hasta esta novela es una palabra recurrente: ¿fetiche, cábala o identificación?

Nicolás Hochman: Es una palabra que me gusta mucho. Primero apareció en la novela, después en mi blog, después en la revista. Cuando abrí Casquivana dudé mucho acerca del nombre y terminé poniéndoselo porque pensé que la novela no se iba a publicar jamás. Cuando me ofrecieron publicarla, la duda otra vez. Estuve meses tratando de buscarle un nombre diferente, pero era más fuerte que yo. Si la hubiera llamado “El trencito de la alegría” la hubiera pensado como “Los Casquivanos”. Dejarlo así fue un ejercicio de resignación, de aceptar que había tomado una decisión y tenía que hacerme cargo de la repetición que aparecía una y otra vez.

Pregunta: Es una novela que me dio está sensación: me gustaría que en esta charla todos hubiesen leído la novela (a lo mejor es así) porque dan muchas ganas de discutir, comentar y analizar la estructura, los personajes y el desarrollo del tiempo en la novela. Siempre es difícil discutir sobre algo perfecto que otros desconocen (no es difícil, supongo, lo hacemos a diario) Lo que puedo revelar y preguntar es por qué elegiste a Mar del Plata cómo escenario de la novela. Y también puedo decirte que te diste el gusto que muchos escritores locales quieren darse: una escena memorable con los barcos de paseo de la plaza colón, el tren de la alegría, el olitas, un símbolo hermoso y decadente que identifica a esa parte de la ciudad tanto como el casino o los devaluados lobos marinos.

Nicolás Hochman: Lo que me resulta muy curioso de esto, y es algo que pensé hace poco, con el texto ya cerrado, es que no aparecen ni una sola vez la costa, el mar, la playa. Yo le tuve mucha bronca a Mar del Plata durante muchos años, y me parece que el momento en que empecé a quererla un poco más fue cuando ya sabía que me volvía a vivir a Capital, que me estaba perdiendo el paisaje del mar. Creo que ese duelo aparece en la novela como una omisión. Es un paisaje tan importante, tan característico de la ciudad, que no nombrarlo es más fuerte que hacerlo. Pero no fue consciente.

Pregunta: La novela es una sucesión de escenas y personajes que cruzan sus vidas en un momento en particular. Pero, a diferencia de la tentación en que caen muchos autores, esos cruces no cambian el significado de la escena principal, la complementan explicando de donde viene cada personaje, cada historia del por qué, que explica lo que somos y cómo llegamos a serlo. Si tenés ganas de hablar de la “cocina” del escritor, ¿pensaste en esta estructura desde el principio?

Nicolás Hochman: Empecé a escribir la novela empapado de “El cuarto de Alejandría”, de Lawrence Durrell. La había leído un par de años antes y no me podía sacar de la cabeza que era eso lo que quería hacer: contar una historia en perspectiva. Me parece que ahí hay una ética de la literatura, un código con el lector donde uno dice “Bueno, ok, mirá, esto es así: yo puedo contarte la historia de una manera y que vos compres, me creas, y cierres el libro conforme por haber enfrentado una historia que cierra en sí misma. O no. Te puedo contar una historia varias veces, desde diferentes lugares, para que, como en la vida misma, nada cierre”. Yo creo que ahí hay algo interesante, o por lo menos algo en lo que a mí me interesa seguir profundizando. Las cosas significan lo que significan, hasta que alguien se apropia de eso, o aparece un efecto de “teléfono descompuesto”. La intención nunca fue dar un giro intempestivo al asunto, hacerle creer al lector que las cosas iban por un lado cuando al final aparece un personaje que te cambia todo eso. No. Más bien es ir aportando miradas y acciones que se condicionan mutuatente, retrospectivamente. Si hay algo que no hace “Los Casquivanos” es cerrar la historia. Algunos lectores me putean por eso, así como yo puteo cuando agarro un libro que es perfecto, en el que no hay puntos de fuga.

Pregunta: Algo que siempre intriga a los lectores: los nombres de los personajes. ¿Por qué? Cómo elegiste (si son un homenaje) cuáles descartaste. Y otra curiosidad, varios personajes menores se llaman Roberto (El Roberto de Berenice es tan patético que escribe sin puntos acentos y errores de ortografía; hay un Roberto secretario de Dariusz; Hay un Roberto que fue el primer amor de Karin y un Bobby que fue el segundo. Hay dos Robertos Casquivanos, el hombre araña y Shrek) Hay una Roberta gitana que le lee la mano a Orlando.

Nicolás Hochman: En mi novela anterior, los personajes eran anagramas que simbolizaban otras cosas. O sea: el anagrama era en parte la clave para descubrir cosas que ese personaje hace pero no se explicita. Es un recurso muy lindo, pero si no viene con una guía de lectura o uno se llama James Joyce, nadie se pone a bucear ahí y entonces el único piola es el autor. La búsqueda de nombres extranjeros en “Los Casquivanos” busca como efecto cierto desconcierto, cierta molestia, cierto querer hacer que el lector se extranjerice ahí adentro, entre tanta acción cotidiana. Por el contrario están los Robertos, que son todos los personajes secundarios sin los cuales la novela (la vida) se desarrollaría exactamente igual, sean quienes sean, se llamen como se llamen.

Pregunta: En la lectura de tu obra, como un remedio que hay que administrar cada tantas horas, se van filtrando nombres de escritores. Imagino que muchos de los que mencionas fueron tus influencias (Norma Mailer, Gombrowicz, etc.) y otros no: ¿Querés contarnos qué lecturas te formaron como escritor?

Nicolás Hochman: Gombrowicz sí, claramente. Arrancó como algo estrictamente académico y se fue extendiendo como una gangrena por el resto de mi vida. Y estoy contento y agradecido. Kundera y Durrell son indudablemente mis referencias principales. Otros de afuera que marcaron mi escritura los últimos años fueron Schlink, Márai, Claudel, Víctor Hugo, Fabio Morábito, Binet, Chandler, Nicole Krauss, Barnes, Roth. De por acá, Cortázar, Soriano, Coler, Olguín, Kohan, Llinás y Marcelo Figueras. “La batalla del calentamiento” fue el otro texto que influyó absolutamente la escritura de este libro. Además hay algo del panorama de la literatura en Buenos Aires que me forma y deforma todo el tiempo. Entre Alejandría, Casquivana, Lamujerdemivida, el Premio Itaú y otros ciclos, termino teniendo un panorama bastante amplio (y siempre incompleto) de qué está pasando con las letras por acá, lo que quieras o no te marca.


Pregunta. El personaje siempre deseó encontrar dinero, ganarlo. Hacerse rico de un momento a otro y sin esfuerzo. El deseo de toda clase media. Y ante la posibilidad de su sueño, sufre.  El sexo, la maternidad, la trampa de los hijos (como a veces reniega la clase media) y  la maravilla de ser padres (como siempre claudica la clase media) y también el comentario sobre las vacaciones. ¿Coincidís que es una crítica y justa observación de la clase media actual?

Nicolás Hochman: La novela es absolutamente crítica. Más que de la clase media la pensé como algo más general, de la condición humana. Quería hablar de la decadencia de nosotros, la gente, de nuestra neurosis, de la soledad, del amor, de la paternidad, del deseo, de la muerte, todos temas importantísimos, pero que se atraviesan por lo banal del día a día. Gombrowicz decía que toda la filosofía y los grandes pensamientos del mundo se ven condicionados por un dolor de muelas, y un poco eso es lo que quería contar. Toda esa gente que aparece ahí está sola y le pasan cosas graves, hermosas, trascendentales, y a la vez no pueden salirse de la locura cotidiana que les deforma la mirada, la percepción, el hacer. Podría pensarse que es un mal de época en Argentina, pero sospecho que es algo mucho más estructural que va más allá de la coyuntura, del tiempo-espacio.


lunes, 1 de diciembre de 2014


Ferdydurke
Witold Gombrowicz


Si hicieron un congreso en Buenos Aires sobre este autor y su obra, si vinieron polacos que no hablaban ni una palabra de castellano y se quedaron a todas las charlas sin dormir ni pestañar, si la mitad de las palabras que lees te hacen maravillar-horrorizar y refugiarte en la autosuficiencia del que todo lo entiende pero nada entiende y sigue adelante todo lo que puede hasta el final de una novela tan extraña como admirable y con un estilo imposible, si el tipo es un genio, ¿qué ganás con poner un comentario en el blog? ¿Ser ingenioso y enrostrarle a la humanidad "yo leí Ferdydurke"?

Hay saturación de palabras como Enteco, Podermiento, Cuculeiterina, facha, y una estructura (forma) caótica pero no tanto. Hay una primera parte que transcurre en la escuela (hay un duelo de muecas y un discurso de profesor) hay una segunda parte que transcurre en el encierro de un amor (hay el deseo de un mirón y una trampa para dos amantes) hay una tercera parte con una fuga al campo y una segunda fuga de dos amantes que no que no que no. Entre la primera y segunda parte aparecen los "Prefacios a filifor forrado de niño" y "Filifor forrado de niño" y entre la segunda y tercera los "Prefacios a filimor forrado de niño" y "Filimor forrado de niño" quizás los puntos que encontraste más altos en la novela.

Hay citas: "Las pequeñas realidades os matan. Sois como quien desafía al monstruo a pelear; pero un perrito os pondrá la piel de gallina"

...¿Y por qué una autora que pone su dedo heroico en las más sangrientas heridas sociales, describiendo sin temor la muerte por hambre de una familia obrera, compuesta por seis o diez personas, por qué, pregunto, ella nunca se atrevería a hurgarse el oído en público con el mismo dedo? Porque esto sería mucho más terrible. La muerte por hambre o, durante la guerra, la muerte de un millón de hombres, es algo que se puede tragar y aún con gusto, pero existen siempre en el mundo combinaciones incomibles, vomitables, malas, inarmónicas, repugnantes y repulsivas, ¡ay, diabólicas!, que no aguanta la sensibilidad humana. Y sin embargo nuestro primer deber es gustar a los demás, debemos gustar, gustar, ¡que muera el esposo, la esposa e hijos, que el corazón se haga pedazos, pero con gusto!...

lunes, 24 de noviembre de 2014

Apuntes de un casamiento en Ayacucho




El camino que va de la ruta 2 a la ciudad es el mismo de True detective. Con más pozos. Se respira el increíble aire de asesinato en una ciudad de provincia. De cuerpos mutilados en los sembradios al costado de la ruta. La iglesia de Ayacucho es imponente. El hotel no. Tiene pileta, pero queda a dos cuadras y sólo se puede usar de 20 a 22 hs, cuando la pileta cierra. El casamiento es en la Sociedad Rural. Alguien fantasea que el cantor contratado sorpresa está en el hotel, en alguna de las habitaciones. O en la pileta. No hay otro diario que no sea Clarín. Lo hay, pero no conozco como se llama. Ni siquiera me acerco. Busco la revista Ñ. No llega a la ciudad.

Los autores que se quejan que la gente no lee. ¿Cuántos libros compran y leen por mes? ¿Y por año? Los escritores que reniegan de Tinelli: ¿Qué harían si aparece en Showmach con su libro y lo promociona? ¿Sería como Pedro negando a Jesús? ¿Llorarían amargamente cuando cante el gallo y se agota la primera edición que creyeron inagotable?

Canta Pocho La Pantera en el casamiento. En el primer tema se encarga de demostrar el play back. Euforia. Adrenalina. Descontrol. Pocho pide que la gente se baje del escenario, promete que las fotos serán al final. 7 minutos sin ningún tema propio. Impecable. Cuello duro. Una toalla que le rodea los hombros. Los novios querían contratar a Vilma Palma. Pocho anuncia que se tiene que ir porque toca en Alvear. 13 minutos y hace más ruido el coro que el play back de Pocho. Saltos. Alegría. Diversión. Vilma Palma cobraba 100 más hotel y comida. Pocho repite que lo esperan en Alvear. 18 minutos y ningún tema propio. Anuncia los dos últimos. Todos quieren su foto con él. Nombra por tercera vez al novio, la última confunde el nombre y se olvida el nombre de la novia. 20 minutos. Canta “El hijo de Cuca”. Exxxtasis. Avalanchas. Sofocones. El manager-seguridad-chofer se sube al escenario y cubre con su mano y espalda la retirada intempestiva del artista.  Nadie pide un bis. Es como si se hubieran llevado al jefe de la ONU por temor a un atentado. Pocho se olvidó de las fotos. Queda el recuerdo del hijo de Cuca.

Pregunto en el hotel cómo ir a un librería. Me indican, y además me aclaran que es grande y voy a encontrar de todo. Error mío, emocionarme como ante Pocho. La librería es escolar. Doble error, preguntar si hay otra que venda libros "de leer" digo y hago un gesto que remarca mi insalvable condición de forastero, que no disimularé ni dejando de usar el cinturón de seguridad. Tengo biblioteca personal de emergencia en la valija. Termino de leer “Además, el tiempo” una muy buena novela de Salvador Biedma. Empiezo con “Dos” de Giselle Aronson y releo los apuntes para presentar la excelente “Los Casquivanos” de Nicolás Hochman.

Agustín cae de nariz corriendo entre la tierra y el pasto. Se marca la nariz y un poco la trompa. Está grande. Ya estamos acostumbrados a sus golpes. Se va con otros nenes y nenas. Una lo agarra del cuello, como muestra de afecto y lo ahorca. Agustín llora. No entiende todavía que eso también es amor.

Las sobras del casamiento las comemos en Luz y Fuerza, previa mateada en el Club Independiente de Ayacucho. Novia contenta y ya esposa. Esposo de voz ronca y generoso para la bebida y el morfi. Al costado del predio, autos, camiones, chatarra de la que secuestra la policía y abandona. Otra vez True detective primera temporada. Aunque no con el final redentor. Hay que volver a Mar del Plata y escribir. La única manera de ganarle dos minutos al olvido.