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sábado, 20 de junio de 2015


Texto para la presentación de
"Ana, la niña austral" novela de Esteban Prado
19 de Junio 2015. En Bon Vivant

Hay un cuento tradicional italiano “El hombre que sólo salía de noche” reunido en un enorme libro con el cual Ítalo Calvino planeó convertirse en la versión italiana de los hermanos Grimm. El cuento habla de una mujer que se casa con un hombre que sólo aparecía de noche y del que todos desconfiaban, por obvias razones. En la noche de bodas, él le confiesa su secreto: está maldito, de día es una tortuga y de noche un hombre, y el hechizo solo puede romperlo si ella le es fiel mientras él da la vuelta al mundo. El relato se centra en las vicisitudes de la mujer que espera y debe cumplir su parte, pero a mí me quedó en la mente la otra historia: la de la tortuga que recorre el mundo para ser hombre de noche o viceversa.

Cuando me invitaron a esta charla me dijeron que leyera un texto propio para hacer informal la presentación, no me gustó la idea, me quejé pero cómo el tipo que protesta después que lo expulsaron y le cobraron penal en contra, me dejaron hablar y hablar y siguieron en la misma postura. Claro que me quedaba la última palabra, y es esta. Pero no quiero ser irrespetuoso. No voy a hablar de la novela porque eso fue lo pactado. La leí en tiempo récord, porque ese es el tiempo al que te arrastra y cómo me pasó con el cuento popular italiano, esta vez elegí dos personajes transitorios para seguir sus pasos y hablar de la novela a mí modo:

Primera extensión de la novela: El jefe, Javier.

Llevo meses así. Disgregado. Doble, triple, infinito. La realidad está alterada por dónde se la mire. Las cosas más simples no son ciertas. Despierto, hace meses, o años, con alguien en la cama y no sé si apenas dormimos sin tocarnos o cogimos como nunca antes en mi vida. Tampoco me animo a preguntárselo a mis amantes de ocasión. Mejor que se vistan, mejor que se vayan sin hablar dando las cosas por supuestas. Y así con todo. Hace un mes Luis se amputó un dedo operando maquinaria. Faltó dos semanas al trabajo y finalmente, a pesar de la ART y el juicio, le dejé regresar a su puesto. Me impresionó mucho volver a verlo, sobre todo porque veo su mano completa, y no sé si alguna vez dejaré de ver el dedo que le falta. Su mano tiene cinco dedos para mí y eso voy a declarar en el juicio, aunque me crean loco. Ya saben que soy puto, la locura los sorprenderá. Con el asunto de la niña austral fue distinto. Lo creí de inmediato. Acepté la divergencia entre lo real y lo fantástico. No dudé, ni me lo permito. Busqué en Google. Encontré miles de entradas, demasiada información y nada que yo pueda retener. No entiendo al mundo en el que vivo, ya no lo conozco, menos podría entender otro mundo y otras reglas: Dios, Adán, Eva, la teoría creacionista, el big bang, las partículas elementales, la teoría de las cuerdas, el universo en la espalda de una tortuga, la materia negra. No tengo dudas de que venimos del caos: ya desde el primer renglón es imposible ponernos de acuerdo. La niña austral es otra historia en el caos de la historia. Un producto, una consecuencia. La verdad o la leyenda de gusto agridulce. Y no lo puedo entender. No puedo distinguir entre una mujer cualquiera y una niña austral, así como no puedo distinguir si fui a un concierto o creo que fui porque vi el videoclip en la televisión. Soy un imbécil que grita “yo no soy nadie” cuando cree serlo todo. No quiero aparentar ser una cosa, ni quiero ser esa cosa. Por suerte no soy una niña austral. Ni siquiera comparto la dicha del sexo. No puedo ni quiero pensar. Tengo miedo de ser cruel para ser amable. De criar a un perro con tiranía para que salga bueno, o de criarlo con libertad para que no sea malo. Hago click en un vídeo de youtube porque una masa de anónimos hace lo mismo. El título dice “La niña austral” pero no es lo que yo quiero ver. Yo quiero ver que no soy una mentira. Que solo estoy disgregado y perdí la capacidad de distinguir si el mundo es real. Para sentirme humano empecé a usar perfume y tengo una horrible alergia que me pone roja la piel del cuello y me hace arder los dedos de las manos. ¿La niña austral podrá usar perfume para su amante? No soy educado, si entro a un lugar no saludo, si sube un viejo al colectivo cierro los ojos y me hago el dormido. Las mujeres que trabajan conmigo se quejan todos los días que soy una insufrible. Los hombres que duermen conmigo dicen que soy poco cariñoso, que ronco, que tiro de las cobijas y me olvido si ellos tienen frío o no. No hablo mucho y cuando lo hago digo cosas fuera de lugar. Nadie parece entender mi sentido del humor. Algunos dicen que es un humor difícil de entender, yo digo que son unos idiotas. Si me piden en la calle sólo doy cuando tengo miedo. Si me gusta un hombre, prefiero perderlo antes que decírselo. Si como en la cama, me gusta que queden migas entre las sábanas. Me gusta despertarme a la mitad de la noche y sentir que las pequeñas cáscaras filosas de pan se clavan en mi piel, como caricias de la niña austral. Me gustaría saber un poco más de la niña austral, entender si a él lo calentaba el lado fantástico o sólo era amor, si lo excitaba cogerse una leyenda o se sentía un muñeco, el títere de una historia escrita y repetida desde el principio de los siglos. Si lo vuelvo a ver, se lo pregunto. Si lo vuelvo a ver le digo que la niña austral me daba miedo. Sus ojos, su pelo, todo lo que nunca vi de ella me asustaba. Ni siquiera la vi en sueños porque no distingo el sueño de la realidad. Si lo vuelvo a ver le hablo del miedo que sentía por ella y también le digo a él que, a pesar de qué sé que es insoportablemente heterosexual, me gustaba un poco. Un poco bastante.



La hermana de Córdoba

El recuerdo de la última vez que vino mi hermano a casa es difuso. Se mezcla con nuestra infancia. Ahora soy vieja, soy una rama que no aguanta el peso y vuelve al suelo, y todos esos recuerdos no tienen el mismo sentido. Las canciones que bailábamos con mi hermano ya no se escuchan en la radio y caigo en sentimentalismos que antes odiaba. También hago enumeraciones desmemoriadas y pienso que todas las mujeres y todas las piedras son igual de intuitivas. Hoy el día dura lo que duran las noticias repetidas de la televisión. A veces son semanas, a veces una hora. El sol y la luna son recuerdos que viven afuera de esta habitación.

La última vez que nos vimos, nos acordamos de cómo la abuela se enojaba porque yo me comía las uñas. No sé porqué hablamos de ella. Sí sé que ahora, que soy la más vieja de la familia, no tengo dientes para masticar las uñas que sobresalen de mis dedos.

Esa última vez, mi hermano me prohibió las lágrimas, las despedidas, la nostalgia. Dijo que lo aprendió de Ana. También me prohibió que repitiera los juegos de nuestra infancia; es un detalle hermoso que te prohíban cosas que no recordás. Para una mente vieja, fragmentada y caprichosa, cada recuerdo es un tesoro. Cada memoria que regresa, un regalo de la vida. Por ejemplo: tengo ganas de pisar esos bichos pequeños y duros que son las cucarachas engordadas por la humedad y la basura que  se acumula afuera, en el patio al que ya no salgo. Las cucarachas entran por los agujeros que se hacen en el marco de la puerta, en la ventana, en las grietas de la pared y el techo. Son como los recuerdos, se abren camino donde no hay lugar para volver. Las cucarachas hablan, murmuran. Duermen en mis chinelas, en mis vasos de agua, en el baño sin puerta que miro desde la cama. Y yo las odio. Quiero –deseo– pisarlas. Sentirme Dios. Porque el día que muera, pequeña y encorvada, con la piel reseca de mi cáscara, ese día quiero sentir que alguien pone su pie descalzo sobre mí –como quiero hacer ahora con estas cucarachas– y su pie descalzo sobre mí, aplasta mi cuerpo sin sentir asco ni amor ni nada, sólo la necesidad de cumplir con su trabajo odioso e imprescindible.


Ese día bajará la marea, la playa se llenará de juguetes. Habrá camiones de plástico color rojo con pececitos amarillos y negros atrapados en la cabina del conductor. Habrá muñecos semienterrados que no escapen de la arena. Habrá pelotas. Tanques de guerra. Osos de peluche. Mesas para té. Rompecabezas incompletos entre caracoles rotos. Y alguien dirá que la vieja que murió conoció a una niña austral. Y cuando suba la marea, el día de mi muerte, la ciudad quedará bajo el agua. Las vecinas subirán a sus hijos en los botes amarillos y esperarán. Los hombres cargarán los televisores sobre sus cabezas. Los enfermos nadarán en sus camas de hospital y, mientras algunos huyen al horizonte, otros visitarán a sus parientes sanos. Los presos tomarán sol en los techos que sobrepasen el nivel del agua, los fieles buscarán a un viejo llamado Noé. Todo eso sucederá, pero nadie malinterpretará los signos. No pensarán que fui una niña austral. Sabrán que mi hermano conoció a una. Seré una simple vieja que muere, como las cucarachas. Aunque si mi viviera mi esposo él podría refutarlos: hubo un tiempo que fue hombre y fue tortuga y yo hice de todo para liberarlo de la maldición. Esa es la magia que le dejo al mundo, además de dos hijos y todos mis nietos.


miércoles, 27 de mayo de 2015




Todos éramos hijos
María Rosa Lojo

 
Angustiados, temerosos y olvidados, los personajes de esta novela, casi al final se preguntan: ¿Qué podemos significar nosotros? Somos gente común. La respuesta es categórica: Ninguna sociedad cambiaría sin las personas comunes, del montón.
Esta novela no es del montón. Todos éramos hijos se divide en tres actos y tiene un cuarto acto o cuarta parte o acto final que se transforma en una obra de teatro breve y reveladora, que se titula Casandra-Frik habla con los muertos.

Frik es la protagonista de esta historia, tanto como lo es el país en los años previos a 1976, en la vida que va desde la aparición y asunción del Tío Cámpora hasta el regreso del padre de todos los hijos, Perón. Esta novela es tanto la historia de familias que crecieron en un clima extraño y violento como la historia del porqué de esa época asfixiante donde se gestó todo el mal que después explotaría.

Frik está en el colegio secundario. Colegio Católico. Frik no se llama Frik, se llama Rosa, pero ese apodo puesto por una fugaz estudiante de intercambio norteamericana desplazará su nombre a lo largo de la historia. Frik está parada, formada, escucha el himno y no puede contener las ganas de ir al baño. Frik se moja la ropa, la pierna, las medias y el zapato por permanecer estoica, indiferente y altiva. El resumen de una parte de la sociedad que atravesó esa época. Los otros factores de esa sociedad no están resumidos, están ampliados y explicados en la novela. Frik va a ser Kate Keller en la obra de teatro que se interpretará en la escuela. All my sons es la obra de teatro que Arthur Miller escribió como crítica al Sueño Americano y que será interpretada por un grupo de alumnos de un colegio católico a principio de los 70 en la Argentina y que los acercará a la parroquia y la política, algo que en ese momento no se podía separar. Frik entiende, pero no participa. Quizás el miedo, la inacción o la resistencia se la transmitieron sus padres, Ana y Antonio, dos sobrevivientes y prófugos del régimen Franquista. Régimen que albergó a Perón, el padre de la patria y la libertad que vuelve a traer amor.

La novela habla de la adolescencia, de amores no correspondidos, de la sexualidad, de la homosexualidad, de la política, de la fe, de Dios, de la vida, todo rodeado de un ambiente eufórico para aquellos que creen en el cambio y de infelicidad para los que piensan que nada puede cambiar. Hay una escena en particular que marca a los escépticos: el padre de uno de los compañeros de Frik coquetea con ella, le da para leer el Señor de las Moscas, de Golding, escrito en inglés. Ella nunca se lo devuelve, pero siempre quiere preguntarle por qué se lo dio. ¿Qué esperaba que aprendiera? Cuando él pueda, le contestará: “El mundo humano es cruel. No hay buenos salvajes. Ni siquiera entre los niños que creemos inocentes. Hay lucha de poder y engaño y sumisión. Siempre. Y también a los que se interponen con la voz de la sensatez se los ejecuta.”

Frik termina el secundario y se anota en la carrera de Letras. Es entonces cuando la presencia política toma mayor relevancia. Aunque ella se mantenga al margen. El regreso de Perón no es una fiesta, es una masacre. Todos se autoproclaman responsables de la victoria. Los jóvenes por jóvenes y montoneros, los viejos por sindicalistas y curtidos. Los que resistieron desde el 55 se consideran imprescindibles, igual los que leen a Marx y sueñan en el socialismo. No hay lugar para los dos. Se enfrentarán en Ezeiza. Se tiraran muertos y serán expulsados de la plaza cuando el brazo se tuerza a favor de los mismos de siempre. Hay (quiero leer) en la novela, una sutil comparación con Perón como si fuera Cronos, el Titán que derrotó a su padre Urano para gobernar el mundo y que luego fue derrotado por sus propios hijos (sindicatos y montoneros, enemigos entre sí, enemigos del propio padre dominado por un brujo y el recuerdo de una mujer muerta) en lo que se conoció como al gran guerra, la Titanomaquia.

En ese contexto sigue la vida de Frik. En ese contexto se desvirtúa la vida de sus compañeros de la obra de teatro, de sus padres y de un país que va camino hacia un solo lugar: la infelicidad.

“¿A qué huele la infelicidad? A puertas cerradas y opacas, a persianas bajas, a polvo acumulado sobre los muebles, a zapatos que se tuercen sin que nadie cambie los tacos, a  ropa sin lavar, a todo lo que amarillea y se deteriora sin terminar de desintegrarse dentro de cajones ocultos, a los que solo el desdichado tiene acceso.”



martes, 31 de marzo de 2015

Pepita La Pistolera



Recta final de la reconstrucción parcial e inverosímil de Pepita La Pistolera. Debo confesar el uso y abuso de las crónicas escritas por Alarcón, Del río y muchos otros. Borré. Corregí. Inventé y traté de ser imparcial. Crecí en el puerto, donde ella vivió. Pasé mil veces frente al bar 444 para ir al Cine Normandie y nunca asocié ese pool con ella (incluso temo que mi memoria falle y haya unificado dos hechos que sucedieron en distinta época) pero ese descubrimiento me llevó a preguntar a los que me rodean si sabían algo sobre ella. Y descubrí que Margarita Di Tulio estuvo en todas partes.
Un colega médico me contó que atendió en el hospital Interzonal a uno de sus hijos (fallecido) y que ella quería pagarle la operación que otro médico iba a realizarle en un sanatorio privado sacando la plata de su ropa interior y en medio de la sala. Una enfermera llamó a su hermana mayor, quién resultó haber sido compañera en la escuela primaria de Pepita. Tiene el mejor de los recuerdos de ella como compañera en la Escuela N°12. Sólo una vez más la volvió a ver, cuando tenían 17 años. El amigo Sebastián Chacón, conductor de radio, me contó que en su época de playero en una estación de servicio, todas las madrugadas llegaba Pepita a desayunar y leer el diario. El jefe de enfermeros del HPC, donde Margarita Di Tulio murió, no recuerda nada de los tres meses que ella estuvo internada. Mi viejo, que tuvo 20 años una zapatería en el corazón del puerto, tampoco, aunque me sirvió para recordar las épocas en que el Circo Rodas sacaba a pasear a su elefante por las calles del puerto para promocionar sus espectáculos y las procesiones desde la Iglesia La Sagrada Familia hasta las banquina de los pescadores. La confesión más interesante me la hizo Juan Carrá. Su libro a escribir es la historia de esta mujer. Se entrevistó con uno de los hijos y desistió de la idea ante la exigencia de una suma considerable de dinero por información y autorización. Pero no solo sabe esto Carrá. También sabe que uno de sus sobrinos estuvo en el Gran Hermano. Ese ojo de Orwell que se hizo producto televisivo y donde Margarita, y sus extensiones, no podían dejar de estar. Acá el link para ver a su sobrino en Gran Hermano


NOTA: Este material de lectura descartado fue parte de la búsqueda para escribir una necrológica de Pepita La Pistolera a leerse en el Festival Filba 2015 en Mar del Plata. El resto del material aquí no publicado se leerá en la presentación el viernes el viernes 10 de abril a las 22:30 en el Residencial Mundo Dios. Aquí el programa de esa noche

jueves, 12 de marzo de 2015


Profanaciones

Giorgio Agamben


Es en la angelología iraní donde Genius encuentra su más límpida, inaudita formulación. Según esta doctrina, el nacimiento de todo hombre es presidido por un ángel llamado Daena, que tiene la forma de una bellísima niña. La Daena es el arquetipo celeste a cuya semejanza el individuo ha sido creado y, al mismo tiempo, el mudo testigo que nos acecha y nos acompaña en cada instante de nuestra vida. No obstante, el rostro del ángel no permanece idéntico a lo largo del tiempo, sino que, como el retrato de Dorian Gray, se transforma imperceptiblemente con cada gesto que hacemos. con cada palabra, con cada pensamiento. Así, en el momento de la muerte el alma ve a su ángel venir a su encuentro transformado según la conducta que haya tenido a lo largo de su vida, en una criatura todavía más bella o en un demonio horrendo, que le susurra: "Yo soy tu Daena, aquella que tus pensamientos, tus palabras y tus actos han formado". Con una inversión vertiginosa, nuestra vida plasma y diseña el arquetipo a cuya imagen hemos sido creados. 

domingo, 22 de febrero de 2015



Hace unos días, junto a Paula Fernández Vega presentamos la novela "Méndez" por segunda vez en Mar del Plata. Para esa noche, ella preparó este texto que le pedí para publicar eternamente agradecido. El evento fue en Bon Vivant, y gracias a la organización de Gonzalo Viñao.

Dice Paula de Méndez:

No es un libro local. No es un libro de autor. Ni siquiera es un libro policial. No importa si es Méndez, Fernández o Stravinski. Si es contador, abogado, cirujano, barrendero. Si matan o no matan a alguien. Si hay escenas eróticas, mafiosas, graciosas o filosóficas. Si es en Mar del Plata o en Esquel. Méndez es un libro sobre los hombres. No estos ni aquellos, ni sobre el hombre que lo escribe o un amigo que le contó una historia. Es un libro que retrata al mundo. A la dinámica del mundo, al funcionamiento actual. A las consecuencias nefastas que pagamos por vivir en él. Y al indiscutible destino que nos espera a todos si aceptamos que tener un título y una familia es la única vida que merecemos. Un destino que ya está escrito en el contrato que nos dan cuando todavía no sabemos leer. A propósito: todo está hecho a propósito. La estructura del mundo está hecha para el encaje, el sometimiento y la sumisión. Hasta que algo estalla.

Ahora está pasando. Quizás no antes. O de otras maneras. Hubo revoluciones, tomas de bastillas, grandes guerras civiles, marchas y cortes de rutas. Ahora, quizás, el método es el estallido de la neurosis. Aunque parece lógico que a través de los anos la gente aprenda, es aquí donde se produce la contradicción: la gente desaprende. Nadie incendia iglesias, ni bancos, ni mata reyes. La gente se resiente. Se pone roja, cada vez más roja, cada vez más harta. Hasta que llega a un estado de queja permanente que lo redime de las culpas. Porque la única forma de sobrevivir es sentir que la culpa es de otro. Algunos no pueden. Algunos saben que la culpa es suya. Que si no sabían leer cuando firmaron el contrato, pudieron simplemente no firmarlo. Pero lo hicieron. Y soñaron todas las noches y se dejaron decir: eso es absurdo. Y de entre todas las chicas, eligieron la más idiota. Y de entre ponerse forro o no, eligieron no ponérselo. Y de entre seguir contador o profesor de cerámica, eligieron contador. Pero no querían. Nunca quisieron. Y de eso fueron ardientemente conscientes toda su vida. Hasta que alguien les dijo: si tanto te molesta ser lo que sos, mejor que te moleste que los demás sean lo que sean. El efecto de trasmisión es el más efectivo. Científicamente comprobado. El resentimiento a lo sumo te consume, te vuelve un hijo de puta, te vuelve más solitario. Pero no te mata. Y hay pastillas, sueros, hospitales, geriátricos, programas de televisión, para que tu corazoncito siga latiendo mientras toda tu familia te tiene la vela resintiéndose también, en secreto, pero siempre echándote la culpa porque 'vos sos el que se muere'.


En esta novela, la conciencia, como ya no impulsa, ya no lucha, ya no se mantiene viva para cambiar el mundo que es capaz de ver, cae. Violenta, sangrienta, torpe, rebota, vuelve a rebotar, deja huellas, evidencias, ridiculiza, desespera. Es fea y monstruosa, tiene mil patas, y cuando muere, todavía tiene espasmos. Y uno la mira, esperando que desaparezca. Todos saben que cuando viene, no puede irse. Quizás por eso nadie la llama. Por eso viene sola. Un libro no debe ser más que eso, y este libro lo logra: un empujón a cada conciencia para que acabe por caer en el abismo en que baila hace años y años, jugando al vértigo pero siempre volviendo al refugio del automatismo. Este libro nos dice: no, un día no se puede bailar más. Un día se prenden las luces y uno ve que esta ahí, ya sobrio, todavía solo, que el celular le vibra insistentemente y que nadie decide irse del mundo a menos que lo haga de un modo desesperado. Y a través de los intentos, uno se cansa. Intenta vacaciones y amantes, películas y nuevas posiciones en la cama, intenta amigos drogadictos con historias curiosas y cursos de yoga y mantras. Pero la conciencia sigue colgando su piecito. Un libro lo tiene que empujar. Méndez lo empuja.

miércoles, 17 de diciembre de 2014


Dos
Novela de Giselle Aronson

En dos frases: 

1) La novela se lee rápido. Rapidísimo. Caracteristica generacional, tendendia, estilo, se llame cómo se llame es una virtud de la novela: diálogos directos, palabras medidas, nada de andar buscando miles de sinónimos para adornar la sencillez de una historia compleja. Los humillaciones, los desprecios, los desplazamientos de la mujer para adornar y agigantar la imagen del hombre, y otros para soportar la espera de la reconstrucción, la resurreción de un Lázaro que al salir de la tumba no vuelva a ser un borracho, se entrelazan en las historias (dos) que cuenta esta novela.

2) Los personajes están perfectamente construidos. Silvia y Carmen son mujeres (dos) de distinto estrato social, una que admira a la otra, la otra que por momentos añora la tranquilidad que podría haberle ofrecido la vida si no se hubiese casado con un político. Esquivando los estereotipos, y hasta a veces jugando con ellos para darles otra mirada, la historia de los dos personajes femeninos lleva a un desenlace que resignifica la lectura.

PD: La tapa es el resumen del libro. El blanco inmaculado vejado por la cucaracha surge de un extremo (donde el papel se separa en las hojas del libro) y estira sus patas y antenas en una posible intención de dominar el mundo y transformar lo puro en mugre, lo limpio en vergüenza.


lunes, 8 de diciembre de 2014



Los casquivanos
Novela de Nicolás Hochman


Nicolás Hochman me invitó a presentar su novela en la feria del libro de Mar del Plata. Acepté, y la lectura no me defraudó. Desde el primer capítulo, Karl abre la historia cuando encuentra un bolso lleno de guita abandonado en la calle y siente (tiene y gana) más miedo que felicidad. El personaje siempre deseó encontrar dinero y hacerse rico de un momento a otro y sin esfuerzo. El deseo de toda clase media. Y ante la posibilidad de su sueño, sufre. Paranoico, quizás por el vecino que lo vigila, quizás por la mina que tiene y no tiene, por los amigos que no son tan amigos, ese bolso de dinero es su perdición. Así arranca esa novela, pero no trata del bolso ni de qué hacer con la guita. La historia central gira alrededor del choque de los trenes de la alegría que recorren Mar del Plata durante el verano y el invierno, y de sus pasajeros y sus animadores disfrazados de Hombre Araña y Bob Esponja, entre otros.

La novela cuenta una de esas historias en la cuales el lector quiere (debe) estar a la altura del escritor, del hacedor que maneja la telaraña. Uno quiere ser tan inteligente como el escritor sin ser tan desgraciado como sus personajes. Hochman es el Dios absoluto de sus personajes, un Dios con mayúscula del que descreeríamos, del que renegaríamos pero no podríamos escapar. Si los hermanos Wachowski hubiesen leído esta novela se hubiesen ahorrado filmar Cloud Atlas y recorrer 2000 años de historia para explicar las consecuencias de nuestros actos sobre otros.

No soy periodista ni presentador, pero cuando terminé de leer me dieron ganas de hacerle preguntas al autor. Las escribí y se las envíe. Acá están las respuestas, que son una invitación para leer Los casquivanos

Pregunta: Lo primero que hice fue buscar la palabra casquivanos en el diccionario. Siguiendo tu recorrido, desde una revista, hasta esta novela es una palabra recurrente: ¿fetiche, cábala o identificación?

Nicolás Hochman: Es una palabra que me gusta mucho. Primero apareció en la novela, después en mi blog, después en la revista. Cuando abrí Casquivana dudé mucho acerca del nombre y terminé poniéndoselo porque pensé que la novela no se iba a publicar jamás. Cuando me ofrecieron publicarla, la duda otra vez. Estuve meses tratando de buscarle un nombre diferente, pero era más fuerte que yo. Si la hubiera llamado “El trencito de la alegría” la hubiera pensado como “Los Casquivanos”. Dejarlo así fue un ejercicio de resignación, de aceptar que había tomado una decisión y tenía que hacerme cargo de la repetición que aparecía una y otra vez.

Pregunta: Es una novela que me dio está sensación: me gustaría que en esta charla todos hubiesen leído la novela (a lo mejor es así) porque dan muchas ganas de discutir, comentar y analizar la estructura, los personajes y el desarrollo del tiempo en la novela. Siempre es difícil discutir sobre algo perfecto que otros desconocen (no es difícil, supongo, lo hacemos a diario) Lo que puedo revelar y preguntar es por qué elegiste a Mar del Plata cómo escenario de la novela. Y también puedo decirte que te diste el gusto que muchos escritores locales quieren darse: una escena memorable con los barcos de paseo de la plaza colón, el tren de la alegría, el olitas, un símbolo hermoso y decadente que identifica a esa parte de la ciudad tanto como el casino o los devaluados lobos marinos.

Nicolás Hochman: Lo que me resulta muy curioso de esto, y es algo que pensé hace poco, con el texto ya cerrado, es que no aparecen ni una sola vez la costa, el mar, la playa. Yo le tuve mucha bronca a Mar del Plata durante muchos años, y me parece que el momento en que empecé a quererla un poco más fue cuando ya sabía que me volvía a vivir a Capital, que me estaba perdiendo el paisaje del mar. Creo que ese duelo aparece en la novela como una omisión. Es un paisaje tan importante, tan característico de la ciudad, que no nombrarlo es más fuerte que hacerlo. Pero no fue consciente.

Pregunta: La novela es una sucesión de escenas y personajes que cruzan sus vidas en un momento en particular. Pero, a diferencia de la tentación en que caen muchos autores, esos cruces no cambian el significado de la escena principal, la complementan explicando de donde viene cada personaje, cada historia del por qué, que explica lo que somos y cómo llegamos a serlo. Si tenés ganas de hablar de la “cocina” del escritor, ¿pensaste en esta estructura desde el principio?

Nicolás Hochman: Empecé a escribir la novela empapado de “El cuarto de Alejandría”, de Lawrence Durrell. La había leído un par de años antes y no me podía sacar de la cabeza que era eso lo que quería hacer: contar una historia en perspectiva. Me parece que ahí hay una ética de la literatura, un código con el lector donde uno dice “Bueno, ok, mirá, esto es así: yo puedo contarte la historia de una manera y que vos compres, me creas, y cierres el libro conforme por haber enfrentado una historia que cierra en sí misma. O no. Te puedo contar una historia varias veces, desde diferentes lugares, para que, como en la vida misma, nada cierre”. Yo creo que ahí hay algo interesante, o por lo menos algo en lo que a mí me interesa seguir profundizando. Las cosas significan lo que significan, hasta que alguien se apropia de eso, o aparece un efecto de “teléfono descompuesto”. La intención nunca fue dar un giro intempestivo al asunto, hacerle creer al lector que las cosas iban por un lado cuando al final aparece un personaje que te cambia todo eso. No. Más bien es ir aportando miradas y acciones que se condicionan mutuatente, retrospectivamente. Si hay algo que no hace “Los Casquivanos” es cerrar la historia. Algunos lectores me putean por eso, así como yo puteo cuando agarro un libro que es perfecto, en el que no hay puntos de fuga.

Pregunta: Algo que siempre intriga a los lectores: los nombres de los personajes. ¿Por qué? Cómo elegiste (si son un homenaje) cuáles descartaste. Y otra curiosidad, varios personajes menores se llaman Roberto (El Roberto de Berenice es tan patético que escribe sin puntos acentos y errores de ortografía; hay un Roberto secretario de Dariusz; Hay un Roberto que fue el primer amor de Karin y un Bobby que fue el segundo. Hay dos Robertos Casquivanos, el hombre araña y Shrek) Hay una Roberta gitana que le lee la mano a Orlando.

Nicolás Hochman: En mi novela anterior, los personajes eran anagramas que simbolizaban otras cosas. O sea: el anagrama era en parte la clave para descubrir cosas que ese personaje hace pero no se explicita. Es un recurso muy lindo, pero si no viene con una guía de lectura o uno se llama James Joyce, nadie se pone a bucear ahí y entonces el único piola es el autor. La búsqueda de nombres extranjeros en “Los Casquivanos” busca como efecto cierto desconcierto, cierta molestia, cierto querer hacer que el lector se extranjerice ahí adentro, entre tanta acción cotidiana. Por el contrario están los Robertos, que son todos los personajes secundarios sin los cuales la novela (la vida) se desarrollaría exactamente igual, sean quienes sean, se llamen como se llamen.

Pregunta: En la lectura de tu obra, como un remedio que hay que administrar cada tantas horas, se van filtrando nombres de escritores. Imagino que muchos de los que mencionas fueron tus influencias (Norma Mailer, Gombrowicz, etc.) y otros no: ¿Querés contarnos qué lecturas te formaron como escritor?

Nicolás Hochman: Gombrowicz sí, claramente. Arrancó como algo estrictamente académico y se fue extendiendo como una gangrena por el resto de mi vida. Y estoy contento y agradecido. Kundera y Durrell son indudablemente mis referencias principales. Otros de afuera que marcaron mi escritura los últimos años fueron Schlink, Márai, Claudel, Víctor Hugo, Fabio Morábito, Binet, Chandler, Nicole Krauss, Barnes, Roth. De por acá, Cortázar, Soriano, Coler, Olguín, Kohan, Llinás y Marcelo Figueras. “La batalla del calentamiento” fue el otro texto que influyó absolutamente la escritura de este libro. Además hay algo del panorama de la literatura en Buenos Aires que me forma y deforma todo el tiempo. Entre Alejandría, Casquivana, Lamujerdemivida, el Premio Itaú y otros ciclos, termino teniendo un panorama bastante amplio (y siempre incompleto) de qué está pasando con las letras por acá, lo que quieras o no te marca.


Pregunta. El personaje siempre deseó encontrar dinero, ganarlo. Hacerse rico de un momento a otro y sin esfuerzo. El deseo de toda clase media. Y ante la posibilidad de su sueño, sufre.  El sexo, la maternidad, la trampa de los hijos (como a veces reniega la clase media) y  la maravilla de ser padres (como siempre claudica la clase media) y también el comentario sobre las vacaciones. ¿Coincidís que es una crítica y justa observación de la clase media actual?

Nicolás Hochman: La novela es absolutamente crítica. Más que de la clase media la pensé como algo más general, de la condición humana. Quería hablar de la decadencia de nosotros, la gente, de nuestra neurosis, de la soledad, del amor, de la paternidad, del deseo, de la muerte, todos temas importantísimos, pero que se atraviesan por lo banal del día a día. Gombrowicz decía que toda la filosofía y los grandes pensamientos del mundo se ven condicionados por un dolor de muelas, y un poco eso es lo que quería contar. Toda esa gente que aparece ahí está sola y le pasan cosas graves, hermosas, trascendentales, y a la vez no pueden salirse de la locura cotidiana que les deforma la mirada, la percepción, el hacer. Podría pensarse que es un mal de época en Argentina, pero sospecho que es algo mucho más estructural que va más allá de la coyuntura, del tiempo-espacio.