El
contenedor es un evento social. Decir que congrega al barrio es exagerado,
parece un paso en falso para volver al realismo mágico, pero casi es así. No
congrega, pero atrae. Y aunque al principio aparecen unos pocos vecinos y algún
que otro automovilista alerta, el paso de las horas aumentará su atracción.
Contenedor es, también, una palabra horrible. Parece que nombrara a un señor
grande y afectuoso que va a darle un abrazo a quién lo necesite junto con un
paquete de pañuelos descartables y una barra de chocolate con la marca del
difunto zar heredero de la fábrica de chocolate; pero no es eso. El contenedor
es un hermano menor de las grandes moles que trasladan los barcos de puerto en
puerto y que en la ciudad sirve para acumular los cambios de estilo. Las
cicatrices del paisaje de hormigón van a parar a los contenedores. Tendría que escribir
containers, pero ¿no genera rechazo emplear palabras que leerlas deben
pronunciarse de otra manera? Orsai se llamaba la mítica revista, y estaba muy
bien. Tendría que escribir conteiners, pero no. Porque no hay que detenerse en
la palabra, hay que hablar del sentido social del recipiente. El cambio que
inicia su presencia es material sociológico, quimérico y, por supuesto,
económico. En primera instancia se llena de los desechos de la obra de sus
contratistas: cañerías, muebles, etcétera. (El etcétera funciona como pereza
enumerativa, son tantas las cosas que se desechan que perdería el sentido hablar
de armarios, hornos, termotanques, maderas y todo lo demás) En segunda
instancia, la hipótesis: el desecho de unos es oportunidad de otros. No es un
máxima nueva ni original, pero se repite y la repetición la legitima. Los
vecinos buscan. Los cartoneros buscan. Las personas sin ninguna necesidad de
acumular despojos se ven tentadas y buscan. Si este fuera el cielo, no quedarían
estrellas. Pero no es así: no funciona así. El ciclo se completa, de lo
contrario el recipiente se vaciaría en pocas horas: los obreros ni siquiera
deberían tirar ahí los escombros: se formaría un cordón humano que entraría
hasta la casa y se llevaría todo lo que considerara útil, incluso cosas que los
dueños no desechan: la obra se convertiría en un saqueo. La demolición de lo
privado. Pero como está tácitamente establecido, ese no es el ciclo. El
recipiente nunca se vacía. Esos mismos vecinos que buscan, también esperan para
tirar ellos sus sobras. Los desechos del barrio van a ocupar espacio que no
deberían ocupar y lo que debe ser para una sola casa termina siendo el lugar
donde todos los desperdicios confluyen. Como una cloaca, pero a plena vista y
donde todos pueden buscar lo que no necesitan. El nivel de desperdicio sube y
baja. Algunos dejan otros llevan. Y todo pasa por ese espacio que se creó en el
barrio, más eficaz y atrayente que una sociedad de fomento. ¿A qué apunta todo
esto? A la plataforma por la que se van a publicitar estas palabras. Y lo que se
intenta hacer: publicitar. Sin hablar de ventas ni de noticias porque, es
sabido, los medios tradicionales mienten. Operan. Favorecen y perjudican sin
rubor ni remordimiento. Queda claro con la manifestación de esta semana: El canal que pasaba los cacerolazos hace un año no
los pasa hoy y habla de un atentado lejano, el que no los pasaba hace un año
hoy los pasa con pantalla dividida para mostrar distintas partes de la capital.
La
información en los medios tradicionales es probable, parcial, tendenciosa, se
equilibra para el lado del poder. Facebook ocupa, entonces, el lugar donde se
busca la verdad y, prematuramente, se
vuelve el contenedor, container, conteiner, de los que quieren saber qué pasa.
Pero la realidad de Facebook es la realidad del contenedor y tampoco es cierta.
Peor aún, ni siquiera es propia: alguien puso ahí ese contendor/plataforma para
que los dueños de casa la llenen. En Facebook se hace lo mismo que hacen los
vecinos de una casa en reparación, y ya se sabe: nadie miente tanto como el
propietario y sus colindantes. Cada vecino busca en la basura lo que le sirve,
lo que le es útil y le permite magnificar su postura. No importa si es cierto o
no, lo único que importa es que alguien entienda quién tiene razón. Facebook es
el recipiente de verdades y mentiras, de bajezas y pedidos, es el recipiente que
ve el desfile, ve el toma y trae, el lleva y devuelve de los desperdicios
ajenos y propios. Y para peor, el recipiente etiqueta, comparte y hace todo lo
que quiere con la basura: la recicla y la regenera. Cada día es más difícil saber
qué es cierto y qué no. Los vecinos apagan la televisión y no abren el diario
porque ya no creen, aprendieron a desconfiar de los titulares, a leer
entre líneas. ¿Qué hacen, entonces? ¿Leen a los amigos virtuales de Facebook?
Sí, claro. ¿Y qué buscan? Alguien que piense como ellos. Alguien que tenga la
misma vergüenza en su casa y la saque para exponerla. Los vecinos hacen uso de la
mugrosa palabra y la reciclan en sobras, con la esperanza de convencer a otros
vecinos. Pero los vecinos de los vecinos, aunque dóciles, son vanidosos, espían
detrás de las ventanas, se felicitan en el reflejo de cualquier pantalla de
computadora o teléfono celular cuando tiran la basura en un contenedor ajeno pero
se enojan si ven nos ven caminar hacia sus cómodas casas llenas de verdades con
bolsas de basuras ajenas.
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domingo, 17 de julio de 2016
domingo, 26 de junio de 2016
De los múltiples ensayos ingeniosos que pueden surgir del tema composición: “Comprar
un libro usado” vamos a detenernos por un segundo en aquellos libros que tienen
dedicatoria. Si evitamos hablar del espanto de los renglones subrayados por
otros o las notas marginales en letra ajena, salvémonos también de repetir la
anécdota de Borges y el hallazgo de un libro que él había dedicado y regalado
exhibido en un anaquel de canje. Seamos precavidos principalmente porque no sabemos si
es cierta y con el boom de sus frases apócrifas y solemnes en el subterráneo, lo mejor es resguardar
la poca solemnidad que le queda. En este caso la anécdota es breve. Ni siquiera
califica como tal. No vamos a entrar en el debate si hay que arrancar la página con la dedicatoria, borrarla o dejarla tal y cómo llegó a nosotros. Vamos a contar una historia: En el Mercado de Pulgas de Plaza Rocha, en Mar del Plata, encontré un libro de crónicas. Tapa negra, editorial española, sangre joven y un precio
irrisorio a comparación de su gemelo sin uso en el mercado. Al revisar su interior certifiqué su calidad, salvo por un detalle:
la impronta de un extraño que estampó una dedicatoria. Pero, al leerla por
primera vez, esa letra manuscrita pasó a ser parte inseparable del libro. Para
no dar más vueltas la transcribo a continuación:
Querido Juan: Acá te mando un recuerdo de Federico, él hubiera querido que
lo tengas.
Tío Jorge
domingo, 29 de mayo de 2016
Cómo vender un libro
Busque
lo que se busque con la escritura, fama, excelencia, una forma de vida, una
purga, una vía de escape, prosperidad, erudición, pertenencia, para lograr
cualquiera de estos objetivos hay que aceptar la premisa que dará sustento a la
idea: la venta. No importa la concepción
comercial o altruista del autor, los libros, una vez vencido el proceso de
edición, hay que venderlos.
Sí,
los libros también se pueden regalar. Un autor puede financiar de su bolsillo la edición y regalar
todos los ejemplares, pero daría la sensación que saltea un paso necesario en
la lectura: el deseo. Un libro regalado no siempre es un libro que se desea
leer. Muchas veces no lo es ni siquiera uno comprado con todas las reglas del
capitalismo. Por eso, para obtener lo que todo escritor busca, primera debe
vender. Y para vender necesita la publicidad.
Siguiendo
a John Berger podemos decir que la imagen publicitaria es una cosa del momento:
mensajes que duran un instante y que estimulan la imaginación por a) el
recuerdo o b) la expectativa.
La
publicidad nos bombardea, está tan presente en nuestras vidas como el nitrógeno
en el aire: ahí está, no lo necesitamos, no lo usamos, pero la naturaleza nos
hace creer que no podríamos vivir sin ese componente.
La
publicidad es competencia que parece noble: está destinada a mejorar nuestra
vida. Pero, aunque fuera cierto, ¿en qué
le puede mejorar la vida un libro a una persona? En nada. A no ser que
mienta desde la publicidad y que esa mentira sea tan hermosa que sea preferible
creerla. ¿Será ese uno de los principios básicos de los libros de autoayuda?
Pero, ¿cómo hacer que una mentira parezca hermosa? Un recurso es la
identificación. Funciona a la inversa en los libros donde se enumeran las
patologías. Una enfermedad cualquiera cuenta con una definición, una
epidemiología y un conjunto de síntomas que permiten el diagnóstico. Si la
definición es vaga, lo son aún más los primeros síntomas: “decaimiento, ansiedad,
pérdida de apetito, malestar abdominal”, cualquier lector se identifica de
inmediato con uno o todos esos síntomas y es la semilla que crea la posibilidad
de padecer esa enfermedad que está leyendo. Los buscadores de internet aumentan
esa posibilidad de enfermedad universal, la publicidad aumenta nuestra
necesidad de cosas que no necesitamos. Entre esas cosas, los libros.
Y
aunque cuando compramos un libro parezca que en realidad optamos entre varias
opciones, no la hay. La única opción verdadera somos nosotros: el lector se va
a modificar con el libro, no el objeto. Entonces, podríamos inferir que lo
primero que debemos ofrecer es que el libro a leer nos va a mejorar. Y lo
segundo, es que esa transformación sea real, y no una mentira. Pero esto es
prácticamente imposible, ¿cuántos libros pueden entrar en ese catálogo? Se
pueden contar diez, o veinte. Y no más. Y esa cantidad es un número
despreciable si pensamos en la industria del libro. Entonces, sin salirnos de
este camino, podemos decir que la transformación debe existir y debe ser real, pero
que el libro no nos dará el cambio desde su contenido, sino desde su fama. Es
decir, haber comprado (y leído) el libro objeto, nos hará envidiables. “La
fascinación radica en ser envidiado. Y la publicidad es el proceso de fabricar
fascinación”, escribe John Berger. ¿Cuántos libros que deberíamos haber
consumido, o tener en la biblioteca? ¿Cuántas veces sentimos envidia cuando un
amigo, colega, enemigo, dice que leyó tal libro que ni siquiera sacamos de su
envoltorio?
Otro
problema que nos enfrentamos es que la publicidad vende cosas “necesarias”. Nos
parece lógico cuidarnos la piel, comprar un auto para desplazarnos o ropa que
nos abrigue: el sol nos quemará, necesitamos viajar y no sentir frío.
Necesitamos comer, está muy bien que nos vendan comida. Necesitamos ser
aceptados, para eso existen las bebidas y las vacaciones en la playa.
Necesitamos reafirmar nuestra solvencia económica, ahí están las tarjetas de
crédito, y los bancos. La publicidad nace de una necesidad básica. Leer un
libro no lo es. Ese es otro problema a resolver. Cómo le hacemos creer a un
lector que necesita leer este libro. Cómo se convierte en una necesidad
equiparable a cambiar el auto o comprar una cafetera extranjera. Convenciendo
al lector de lo que llegará a ser si compra y lee este libro.
“La
publicidad es la cultura de la sociedad de consumo”, dice Berger. El libro debe
entonces ocupar su lugar en esa sociedad. La publicidad se aprovecha de lo que el
espectador sabe, lo que aprendió en la escuela, lo que le enseñaron los medios
de comunicación sobre la realidad en la que vive. La publicidad es el brazo
ejecutor del capitalismo, parece que acaricia a quien la ve, que hace sombras
chinas para provocar la risa, pero en la realidad nos oprime desde la nostalgia
y la imposibilidad de un futuro por fuera de la publicidad: si no compro esa
comida para gato, mi gato no será feliz, ni lindo, ni podrá reproducirse en el
techo.
Roland
Barthes habla de una publicidad que se funda en el prestigio, en la evidencia
de un resultado. Si se estimula la vanidad y la apariencia social mediante la
comparación de dos objetos, aquí podríamos decir que el libro a vender es mejor
que otro. O que otros. Esto se puede potenciar con la faja que refiere a los
libros ganadores de concursos literarios, esa faja nos da la sensación de
triunfo sobre un número inmenso de hojas, un número incalculable de horas de
trabajo y sobre todo, sobre otros humanos: esta es la historia que prevaleció,
al fuerte, la dominante: hágase el favor y cómprela. Distinta es la faja que
hace referencia a la cantidad de ejemplares vendidos y las reediciones:
vigésima edición, millones de ejemplares vendidos; nos da la posibilidad de
pertenencia, y la pertenencia a una mayoría, como se considera en la
democracia, no da lugar a los equívocos.
Otra
opción que se plantea es que quizás sea beneficioso reducir el nombre del libro
o del autor que se pretende vender. Esa reducción, sumada a unas pocas
palabras, dará sensación de epopeya, aún cuando el libro no pertenezca a una
saga (esa promesa de compañía extensa, de familiaridad que tan bien se
desarrolla en las series que consumimos como publicidad de las historias que
debemos consumir en estos tiempos) hablar con familiaridad del libro o su autor
puede acercar a los futuros compradores.
En
resumen, por lo expuesto hasta ahora queda en claro que en esta nota no se
tiene la menor idea de cómo vender un libro. Intento, sí, promocionar esta nota
a partir de la lectura azarosa de dos libros, Mitologías, de Barthes y Modos de
ver, de Berger. Y falló. Al menos, y para resarcirse, les voy a dejar esta
cita:
“La
publicidad es la vida del capitalismo –en la medida que sin publicidad el
capitalismo no podría sobrevivir– y es al mismo tiempo su sueño. El capitalismo
sobrevive obligando a la mayoría –a los que explota– a definir sus propios
intereses con la mayor mezquindad posible, mediante la imposición de lo que es
deseable y lo que no”
domingo, 7 de febrero de 2016
Muchos escritores sueñan con un
ideal: dejar de trabajar en los laburos que los mantienen y dedicarse a
escribir, si es posible en una casa en el campo, con perro, calor, mosquitos y
un arroyo cerca: ¿sobre qué escribirían entonces? Sobre perros, calor, y mosquitos. Para que
escapar de eso tendrían que ser unos genios porque la soledad engendra soledad,
y nada más. Cada viaje esporádico a la Capital me renueva esta sensación: si no
tengo nada que escribir salgo a la calle, bajo al subte, con los ojos bien
abiertos y la oreja pegada al suelo, y la historia vendrá. Pero Capital también
tiene una trampa: demasiada estimulación, tanta luz te ciega, tantas historias
te pueden inhibir. Mar del Plata es más esporádica, te regala historias en
cuentagotas, pero te las da: Hoy salí a recorrer librerías (particularmente en
una de usados donde reservé un libro demasiado caro que decidí no comprar) y al
entrar, pensando con cuál excusa no decepcionar a la librera, me detuve como
siempre a mirar las novedades. Y la historia llegó: Había un hombre enorme,
grande, bonachón, que hablaba histriónicamente con la librera. Ella angustiada al punto de no disimularlo en favor de la discreción comercial, le cebaba mate.
No presté atención a la charla, a pesar del tono elevado que me incluía como
una tormenta en el descampado, hasta que al buen hombre le sonó el teléfono
celular. Se alejó apenas de la librera, mate en mano, y para mi asombro puso en
altavoz a su interlocutora del otro lado: una mujer desesperada amontonaba
palabra tras palabra, insulto sobre insulto, acerca de un hombre llamado Jorge.
El bonachón escuchó (nosotros también), paciente, un largo minuto hasta que la
interrumpió: Tenés que decir la oración para destrabar, ¿la tenés? Tres veces.
Si no la tenés te la paso por mensaje. Tres veces, sí, una vez a la mañana y
otra a la tarde. Sí, tres veces a la mañana y tres veces a la tarde. Y ahora te
dejo porque me vine a la librería, sí, ella también está mal, sí, no sabés,
entraron y le pidieron un vaso de agua, y en un segundo le robaron el i-phone.
Terrible, sí. Así que me vine de urgencia para ayudarla, pero no te preocupes,
vos, mientras tanto, repetí la oración para destrabar, como te dije.
viernes, 29 de enero de 2016
Diario Argentino – Witold Gombrowicz
El triunfo Polaco
Camino en la calle, salgo de trabajar
cansado. Tengo casi 40 años (¿la mitad de la vida?) Apurado, pensando en
cualquier cosa. Adelante va una pareja: deben tener unos años más que yo, no
muchos, pero lo suficiente para parecer irremediablemente viejos pero sobre
todo por intentar mantenerse indecorosamente jóvenes: él usa pantalón corto (de
jugador de fútbol) y musculosa (de jugador de básquet) está inflado, por
musculatura o anabólicos, las piernas son de correr los últimos 10 K, 0 20 los
brazos de proteínas, creatina, estano; su mujer es igual pero con otros
ayudantes, el mismo producto que cantaba Radiohead en Fake Plastic Tree, cirugía:
combo 3: nariz pequeña y dos tetas medianas ajenas a la gravedad, no sé cuánta
guita tiene en el pelo: se ven caras las calzas grises y las zapatillas al
tono. Van de la mano al gimnasio, doblan delante de mí y yo pienso en
Gombrowicz: en su triunfo. Un fervoroso defensor de la juventud, a ultranza,
aún cuando la juventud no lo entendiera, él la defendía, la anhelaba. La
juventud era todo, el resto la nada en la que se pierde la fuerza, el coraje,
la sexualidad. La juventud nos exime de equivocarnos, cantaba un viejo
grupo español en el que a veces me aburro de tanto citarlo. Este es el triunfo
de Gombrowicz, la lucha inútil, desesperada por no envejecer, por entender que
el impulso y la libertad de la juventud es algo único, que no en entiende
cuando se lo tiene.
Gombrowicz llegó a este país en un
barco, en agosto de 1939 con una novela publicada, Ferdydurke, y la guerra lo
dejó acá, en un país al que no pensaba conocer, y del que se hizo dolorosamente
ciudadano y se retiró en marzo de 1963, 24 años más tarde. De esa vida en nuestro país nos deja
un diario, su diario argentino, extracto de un diario mucho más grande, y por
tanto siniestro: El diario es cualquier cosa menos un
diario: apostillas, apuntes, comentarios, notas marginales, anécdotas, todo eso
menos una descripción diaria de una adolescente y sus amoríos, porque si hay
algo que se oculta en el diario es el amor: ¿para quién escribo? Se pregunta el
Witold. Escribo este diario sin ganas. Si lo hago para mí, ¿para qué lo
imprimo? Si lo es para el lector, ¿para qué finjo conversar conmigo mismo?
Dice Cesár Aira en un artículo del
2001 que publicó en el diario El País:
En Argentina, Gombrowicz escribió
lo mejor de su obra, cosa que tampoco es sorprendente pues pasó en el
país toda su madurez, entre los 35 y los 59 años: Pornografía,
Transatlántico, Cosmos, el teatro, el Diario; este
último en realidad no es un diario, sino artículos en formato de diario:
cuando Kultura, la revista de los emigrados polacos en París,
le ofreció una sección fija, Gombrowicz estuvo vacilando un tiempo sobre la
forma a emplear, artículos unitarios, cartas, crónicas... Se decidió por
el diario, que le daba la libertad para escribir sobre lo que
quisiera, y cambiar de tema donde quisiera, con el simple expediente de poner
punto aparte y encabezar el nuevo párrafo con la palabra 'miércoles' o 'sábado'.
El falso diario recorre algunas
ciudades. Necochea, Tandil (la aburrida Tandil) Santiago del Estero y
en casi todas repite una operación: primera pregunta por eminentes escritores
locales y lo acercan a algún hombre mayor (como él) consagrado o no, pero
respetado por la buena sociedad del lugar; inmediatamente Gombrowicz trata de huir
de esa gente (aunque en ocasiones se esfuerza por agradar) y terminar
conociendo lo que le interesa: los escritores jóvenes, arrogantes, capaces de
faltarle el respeto a él y a la palabra. El diario también recorre la música
(ante un concierto en el teatro colon en el que recuerda que antes de ir a ver
la función su alma fue traspasada de un extremo al otro por una melodía mal
tarareada en la calle y que ahora, en el colón, su alma rechaza la música
servida en bandeja de dorada con albondiguitas: “No siempre la comida se come
con más placer en los restaurantes de primera categoría” afirma.
El diario también recorre la
literatura argentina (Brevemente narra una cena (con desprecio o distancia,
como quieran) en casa de Ocampo con Borges, Bioy y todo el mundo dando vueltas
alrededor del dinero y las ansías de escribir como en Europa)
Pero Bioy se la devuelve. En el otro
famoso diario Borges, escrito por Bioy Casares escribe:
Domingo, 22 de julio. Borges: “En una
reunión el conde pederasta y escritorzuelo Witold Gombrowicz declara: Yo voy a
decir un poema. Si en cinco minutos nadie propone otro tendrán que reconocer
que soy el más gran poeta de Buenos Aires”. Recita:
Chip Chip llamo a la chiva
(Scherzo, no desprovisto de ironía, porque chip chip se usa
para llamar a las gallinas)
mientras copiaba yo al viejo rico
(parte descriptiva. No significa -aclara Borges- “remedaba yo
al viejo rico” sino “copiaba a máquina lo que el viejo rico dictaba”).
Oh rey de Inglaterra ¡viva!
(Castañeteos. Exaltación patriótica)
El nombre de tu esposo es Federico.
Córdova Iturburu trató de leer algo, pero no encontró las
papeletas. Gombrowicz se declaró rey de los poetas.
El diario sigue, se enreda. Habla de Polonia, de Hitler, los amigos, de Proust, y llega a Mar del Plata,
Playa Grande, Punta Mogotes: todos lugares a los que hace referencia y no nos deja bien parados: los describe ventosos y con un mar de estruendo. Del mar (no necesariamente Mar del Plata) Hay una escena memorable: cangrejos dados vueltas, patas para arriba, vientres asándose al sol.
Y hay una intento de definir Argentina: algo insulso, una masa débil que si llega a endurecerse puede llegar a molestar a Europa. Pasaron muchos años, la conclusión es la misma.
domingo, 13 de diciembre de 2015
Presentación En tres noches la eternidad
Dos
días después, vamos a hablar de la presentación. La sensación es agridulce. Hay
gente que disfruta de ese sabor. Lo que sin duda disfruté fue el
compromiso y la dedicación de Alejandro Gómez y su grupo teatral Alto Impacto. Los
monólogos estuvieron a cargo de Víctor Cutrono, Marina Pérez y Norberto García;
para ellos todo mi agradecimiento, por la dedicación, el esfuerzo, las ganas y
el desinterés. Y vuelvo a mencionar la energía y el compromiso de Alejandro
Gómez. Su generosidad ha sido, como siempre, invaluable. Se enfrentaron a
monólogos extensos y rebuscados y supieron contener y mejorar la historia. El
segundo agradecimiento es para Bernabé Tolosa, agobiado por el trabajo, los
exámenes y el fin de año, tuvo el tiempo para leer la novela, analizarme y
ayudarme en su difusión; además armó una presentación ideal: casi no tuve que
hablar ni justificar la novela. Para eso conté con Bernabé y las palabras a
través de los actores y sus interpretaciones. El tercer agradecimiento es para
los amigos que pudieron asistir, no voy a nombrarlos uno por uno pero sí
agradecerles infinitamente por estar; y a los que no pudieron asistir, querían
y se quedaron con las ganas. Y también mi agradecimiento para Librería Puro cuento y el editor Ezequiel Bajder que se gastó 800 km de su vida para decir presente.
![]() |
| Alejandro Gómez, Marina Pérez, Victor Cutrono, Bernabé Tolosa, Sebastián Chilano y Norberto García |
El sabor agridulce me da ganas de revancha, de hacer otra presentación quitando todas las excusas:
clima, lugar, horario, que el vino estaba moderadamente tibio, que a las
presentaciones de libros hagas lo que hagas no va nadie, que no estamos para hablar de libros y ficción en este tiempo aciago en cuanto a política, etc. Por ahora no
pasa de las ganas, habrá que convencer a los actores, tener la voluntad de
empezar otra vez con la difusión, y levantar un poco el desánimo que da las
pocas respuestas ante las grandes preguntas egocéntricas: ¿Para qué son las presentaciones de libros? ¿Para vender? ¿Para que
los presentadores de ocasión, generalmente otros escritores, homenajeen al
presentado como si fuera un genio incunable? ¿Para que los lectores descubran o
se encuentren con el escritor? ¿Para
quién son, los amigos, parientes, lectores, el escritor? Sin importar las
respuestas, el único mandamiento es claro: hay que seguir haciéndolas; no
importa si van 10, 20, 1000 o ninguna persona. Hay que seguir, sacar la foto
(con plano cerrado si hay poco público) y sonreír para la circulación en redes
sociales. Fuimos felices, y la felicidad está relacionada con el libro que se
ofrece: esa oferta no está al alcance todos los días. Ni la interpretación de los actores que tanto esfuerzo y dedicación pusieron para jugar con la novela y el teatro.
jueves, 10 de diciembre de 2015
La novela se llama "En tres noches la eternidad"
El nombre del blog pasó al papel. Un nombre que durante mucho tiempo me acompañó. Este blog iba a estar dividido en 3 noches, la noche de los libros, la música y el insomnio. Ahora es tiempo de modificar el título. Dejar que el libro siga su camino: los inmortales y sus noches están en las librerías. La publicación de un libro nuevo es tan hermoso como temerario: ¿Para qué? ¿Con qué necesidad? Y sin embargo, la necesidad de contar historias persiste. Y el miedo también. Ganar un lector no es tarea fácil, y se pierde cuando mira cuantas hojas faltan para el aburrimiento. El nuevo nombre del blog no lo tengo claro aún, ojalá se convierta en el título de alguna otra novela que todavía no existe.
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