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domingo, 14 de agosto de 2016


Corredores en la costa


Michael Stipe canta y traduzco lo que quiero. Dice que está cerca de cumplir los cuarenta, y que la época del año es casi Halloween. Él no lo sabe, pero antes esa festividad no se festejaba en esta tierra, pero ahora parece que sí, que en ciertos lugares de la ciudad se asumió el rol consumista como una herencia perfectible, es racional: la impuesta navidad comparte el mismo precepto y nadie se queja. Nadie se queja de las cosas socialmente aceptadas. Por ejemplo: todas esas personas que corren en la costa. Hay plazas, parques como Camet, el parque de deportes, hay pistas de atletismo, hay… (no incluyo los gimnasios porque un amigo que corre dice que se siente como un hámster en una cinta)… alternativas y variantes, pero no. Los corredores se empeñan en ocupar la costanera marplatense. Y eso pone nervioso a cualquiera. Caminar deja de ser algo relajante. Tomar mate también. Todo el tiempo pasa gente agotada, respirando por la boca, empapada en sus secreciones corporales o respirando entre jadeos horrorosos y estertores sin compás. Todo el tiempo alguien enrostra la culpabilidad de comer una factura o poner azúcar al mate: vos, adoratriz o precursor del sedentarismo, parecen decir, vos podés dejar eso y venir a correr con nosotros. Somos más. Seremos lindos, flacos, perfectos. Pero, ¿a dónde van? Como en la canción de Silvio Rodríguez, ¿a dónde va toda esa gente apurada que corre por la costa? ¿Qué sentido tiene? Que lo diga Murakami no quiere decir que sea cierto. Ni siquiera real y sí probablemente comercial. Ni siquiera hace bien al cuerpo, el rebote sobre el cemento destruye rodillas. Corran sobre pasto, por favor. Y la cosa se pone peor cuando se trata de un grupo de corredores. Si alguien se abstrae del mundo tal y cómo lo conoce y ve unas veinte o treinta personas aparecer de la nada, apurados, huyendo hacía un mismo lugar no queda otra que pensar que algo malo sucede de ese otro lugar de donde vienen. El fin del mundo empezará ignorando a los que corren en la costa. Ignorarlos es malo, no sólo por la falacia del fin del mundo sino también porque predispone a que golpeen o miren mal al que se interponga en su camino. Hay que hacerse a un lado: ellos están haciendo algo productivo (correr) y vos no (pasear es perder el tiempo, relajarse en una caminata es una oda al colesterol) Y es peor aún si alguien quiere simplemente caminar con sus hijos por la costa. La imprevisibilidad de los menores expone todo el tiempo la tenebrosa posibilidad del golpe, la caída o la catástrofe. Claro, dirán los corredores costeros, por qué no prohibir que los chicos caminen por la costanera. Como sea, que vayan a formar sus cuerpos a otra parte, donde la exhibición no le dé un exótico placer al sufrimiento. Porque correr sin sentido no tiene relación con el hombre. Si al menos corrieran por comida o para resguardarse de un peligro real. Pero no, la meta es otra. La meta es la nada. Y los espectadores del espacio costero tenemos que enterarnos de esas personas que constantemente persiguen la nada: mejorar una distancia, un tiempo. Como si el tiempo fuera tangible. Claro, seguramente los corredores costeros dirán que mucho peor son los rollers, o los ciclistas, pero, si así lo hacen, aceptan y coinciden con estas palabras sedentarias. Como dijo Michael Stipe, estoy por cumplir cuarenta y tengo en mi casa el suficiente alcohol para iniciar mi propia fiesta sin tener que correr a ninguna parte.

domingo, 17 de julio de 2016

Los vecinos y la basura




El contenedor es un evento social. Decir que congrega al barrio es exagerado, parece un paso en falso para volver al realismo mágico, pero casi es así. No congrega, pero atrae. Y aunque al principio aparecen unos pocos vecinos y algún que otro automovilista alerta, el paso de las horas aumentará su atracción. Contenedor es, también, una palabra horrible. Parece que nombrara a un señor grande y afectuoso que va a darle un abrazo a quién lo necesite junto con un paquete de pañuelos descartables y una barra de chocolate con la marca del difunto zar heredero de la fábrica de chocolate; pero no es eso. El contenedor es un hermano menor de las grandes moles que trasladan los barcos de puerto en puerto y que en la ciudad sirve para acumular los cambios de estilo. Las cicatrices del paisaje de hormigón van a parar a los contenedores. Tendría que escribir containers, pero ¿no genera rechazo emplear palabras que leerlas deben pronunciarse de otra manera? Orsai se llamaba la mítica revista, y estaba muy bien. Tendría que escribir conteiners, pero no. Porque no hay que detenerse en la palabra, hay que hablar del sentido social del recipiente. El cambio que inicia su presencia es material sociológico, quimérico y, por supuesto, económico. En primera instancia se llena de los desechos de la obra de sus contratistas: cañerías, muebles, etcétera. (El etcétera funciona como pereza enumerativa, son tantas las cosas que se desechan que perdería el sentido hablar de armarios, hornos, termotanques, maderas y todo lo demás) En segunda instancia, la hipótesis: el desecho de unos es oportunidad de otros. No es un máxima nueva ni original, pero se repite y la repetición la legitima. Los vecinos buscan. Los cartoneros buscan. Las personas sin ninguna necesidad de acumular despojos se ven tentadas y buscan. Si este fuera el cielo, no quedarían estrellas. Pero no es así: no funciona así. El ciclo se completa, de lo contrario el recipiente se vaciaría en pocas horas: los obreros ni siquiera deberían tirar ahí los escombros: se formaría un cordón humano que entraría hasta la casa y se llevaría todo lo que considerara útil, incluso cosas que los dueños no desechan: la obra se convertiría en un saqueo. La demolición de lo privado. Pero como está tácitamente establecido, ese no es el ciclo. El recipiente nunca se vacía. Esos mismos vecinos que buscan, también esperan para tirar ellos sus sobras. Los desechos del barrio van a ocupar espacio que no deberían ocupar y lo que debe ser para una sola casa termina siendo el lugar donde todos los desperdicios confluyen. Como una cloaca, pero a plena vista y donde todos pueden buscar lo que no necesitan. El nivel de desperdicio sube y baja. Algunos dejan otros llevan. Y todo pasa por ese espacio que se creó en el barrio, más eficaz y atrayente que una sociedad de fomento. ¿A qué apunta todo esto? A la plataforma por la que se van a publicitar estas palabras. Y lo que se intenta hacer: publicitar. Sin hablar de ventas ni de noticias porque, es sabido, los medios tradicionales mienten. Operan. Favorecen y perjudican sin rubor ni remordimiento. Queda claro con la manifestación de esta semana: El canal que pasaba los cacerolazos hace un año no los pasa hoy y habla de un atentado lejano, el que no los pasaba hace un año hoy los pasa con pantalla dividida para mostrar distintas partes de la capital. La información en los medios tradicionales es probable, parcial, tendenciosa, se equilibra para el lado del poder. Facebook ocupa, entonces, el lugar donde se busca la verdad y, prematuramente, se vuelve el contenedor, container, conteiner, de los que quieren saber qué pasa. Pero la realidad de Facebook es la realidad del contenedor y tampoco es cierta. Peor aún, ni siquiera es propia: alguien puso ahí ese contendor/plataforma para que los dueños de casa la llenen. En Facebook se hace lo mismo que hacen los vecinos de una casa en reparación, y ya se sabe: nadie miente tanto como el propietario y sus colindantes. Cada vecino busca en la basura lo que le sirve, lo que le es útil y le permite magnificar su postura. No importa si es cierto o no, lo único que importa es que alguien entienda quién tiene razón. Facebook es el recipiente de verdades y mentiras, de bajezas y pedidos, es el recipiente que ve el desfile, ve el toma y trae, el lleva y devuelve de los desperdicios ajenos y propios. Y para peor, el recipiente etiqueta, comparte y hace todo lo que quiere con la basura: la recicla y la regenera. Cada día es más difícil saber qué es cierto y qué no. Los vecinos apagan la televisión y no abren el diario porque ya no creen, aprendieron a desconfiar de los titulares, a leer entre líneas. ¿Qué hacen, entonces? ¿Leen a los amigos virtuales de Facebook? Sí, claro. ¿Y qué buscan? Alguien que piense como ellos. Alguien que tenga la misma vergüenza en su casa y la saque para exponerla. Los vecinos hacen uso de la mugrosa palabra y la reciclan en sobras, con la esperanza de convencer a otros vecinos. Pero los vecinos de los vecinos, aunque dóciles, son vanidosos, espían detrás de las ventanas, se felicitan en el reflejo de cualquier pantalla de computadora o teléfono celular cuando tiran la basura en un contenedor ajeno pero se enojan si ven nos ven caminar hacia sus cómodas casas llenas de verdades con bolsas de basuras ajenas.Principio del formulario



domingo, 26 de junio de 2016



De los múltiples ensayos ingeniosos que pueden surgir del tema composición: “Comprar un libro usado” vamos a detenernos por un segundo en aquellos libros que tienen dedicatoria. Si evitamos hablar del espanto de los renglones subrayados por otros o las notas marginales en letra ajena, salvémonos también de repetir la anécdota de Borges y el hallazgo de un libro que él había dedicado y regalado exhibido en un anaquel de canje. Seamos precavidos principalmente porque no sabemos si es cierta y con el boom de sus frases apócrifas y solemnes en el subterráneo, lo mejor es resguardar la poca solemnidad que le queda. En este caso la anécdota es breve. Ni siquiera califica como tal. No vamos a entrar en el debate si hay que arrancar la página con la dedicatoria, borrarla o dejarla tal y cómo llegó a nosotros. Vamos a contar una historia: En el Mercado de Pulgas de Plaza Rocha, en Mar del Plata, encontré un libro de crónicas. Tapa negra, editorial española, sangre joven y un precio irrisorio a comparación de su gemelo sin uso en el mercado. Al revisar su interior certifiqué su calidad, salvo por un detalle: la impronta de un extraño que estampó una dedicatoria. Pero, al leerla por primera vez, esa letra manuscrita pasó a ser parte inseparable del libro. Para no dar más vueltas la transcribo a continuación:

Querido Juan: Acá te mando un recuerdo de Federico, él hubiera querido que lo tengas. 

Tío Jorge



domingo, 29 de mayo de 2016


Cómo vender un libro

Busque lo que se busque con la escritura, fama, excelencia, una forma de vida, una purga, una vía de escape, prosperidad, erudición, pertenencia, para lograr cualquiera de estos objetivos hay que aceptar la premisa que dará sustento a la idea:  la venta. No importa la concepción comercial o altruista del autor, los libros, una vez vencido el proceso de edición, hay que venderlos.
Sí, los libros también se pueden regalar. Un autor puede financiar de su bolsillo la edición y regalar todos los ejemplares, pero daría la sensación que saltea un paso necesario en la lectura: el deseo. Un libro regalado no siempre es un libro que se desea leer. Muchas veces no lo es ni siquiera uno comprado con todas las reglas del capitalismo. Por eso, para obtener lo que todo escritor busca, primera debe vender. Y para vender necesita la publicidad.
Siguiendo a John Berger podemos decir que la imagen publicitaria es una cosa del momento: mensajes que duran un instante y que estimulan la imaginación por a) el recuerdo o b) la expectativa.
La publicidad nos bombardea, está tan presente en nuestras vidas como el nitrógeno en el aire: ahí está, no lo necesitamos, no lo usamos, pero la naturaleza nos hace creer que no podríamos vivir sin ese componente.
La publicidad es competencia que parece noble: está destinada a mejorar nuestra vida. Pero, aunque fuera cierto, ¿en qué  le puede mejorar la vida un libro a una persona? En nada. A no ser que mienta desde la publicidad y que esa mentira sea tan hermosa que sea preferible creerla. ¿Será ese uno de los principios básicos de los libros de autoayuda? Pero, ¿cómo hacer que una mentira parezca hermosa? Un recurso es la identificación. Funciona a la inversa en los libros donde se enumeran las patologías. Una enfermedad cualquiera cuenta con una definición, una epidemiología y un conjunto de síntomas que permiten el diagnóstico. Si la definición es vaga, lo son aún más los primeros síntomas: “decaimiento, ansiedad, pérdida de apetito, malestar abdominal”, cualquier lector se identifica de inmediato con uno o todos esos síntomas y es la semilla que crea la posibilidad de padecer esa enfermedad que está leyendo. Los buscadores de internet aumentan esa posibilidad de enfermedad universal, la publicidad aumenta nuestra necesidad de cosas que no necesitamos. Entre esas cosas, los libros.
Y aunque cuando compramos un libro parezca que en realidad optamos entre varias opciones, no la hay. La única opción verdadera somos nosotros: el lector se va a modificar con el libro, no el objeto. Entonces, podríamos inferir que lo primero que debemos ofrecer es que el libro a leer nos va a mejorar. Y lo segundo, es que esa transformación sea real, y no una mentira. Pero esto es prácticamente imposible, ¿cuántos libros pueden entrar en ese catálogo? Se pueden contar diez, o veinte. Y no más. Y esa cantidad es un número despreciable si pensamos en la industria del libro. Entonces, sin salirnos de este camino, podemos decir que la transformación debe existir y debe ser real, pero que el libro no nos dará el cambio desde su contenido, sino desde su fama. Es decir, haber comprado (y leído) el libro objeto, nos hará envidiables. “La fascinación radica en ser envidiado. Y la publicidad es el proceso de fabricar fascinación”, escribe John Berger. ¿Cuántos libros que deberíamos haber consumido, o tener en la biblioteca? ¿Cuántas veces sentimos envidia cuando un amigo, colega, enemigo, dice que leyó tal libro que ni siquiera sacamos de su envoltorio?
Otro problema que nos enfrentamos es que la publicidad vende cosas “necesarias”. Nos parece lógico cuidarnos la piel, comprar un auto para desplazarnos o ropa que nos abrigue: el sol nos quemará, necesitamos viajar y no sentir frío. Necesitamos comer, está muy bien que nos vendan comida. Necesitamos ser aceptados, para eso existen las bebidas y las vacaciones en la playa. Necesitamos reafirmar nuestra solvencia económica, ahí están las tarjetas de crédito, y los bancos. La publicidad nace de una necesidad básica. Leer un libro no lo es. Ese es otro problema a resolver. Cómo le hacemos creer a un lector que necesita leer este libro. Cómo se convierte en una necesidad equiparable a cambiar el auto o comprar una cafetera extranjera. Convenciendo al lector de lo que llegará a ser si compra y lee este libro.
“La publicidad es la cultura de la sociedad de consumo”, dice Berger. El libro debe entonces ocupar su lugar en esa sociedad. La publicidad se aprovecha de lo que el espectador sabe, lo que aprendió en la escuela, lo que le enseñaron los medios de comunicación sobre la realidad en la que vive. La publicidad es el brazo ejecutor del capitalismo, parece que acaricia a quien la ve, que hace sombras chinas para provocar la risa, pero en la realidad nos oprime desde la nostalgia y la imposibilidad de un futuro por fuera de la publicidad: si no compro esa comida para gato, mi gato no será feliz, ni lindo, ni podrá reproducirse en el techo.
Roland Barthes habla de una publicidad que se funda en el prestigio, en la evidencia de un resultado. Si se estimula la vanidad y la apariencia social mediante la comparación de dos objetos, aquí podríamos decir que el libro a vender es mejor que otro. O que otros. Esto se puede potenciar con la faja que refiere a los libros ganadores de concursos literarios, esa faja nos da la sensación de triunfo sobre un número inmenso de hojas, un número incalculable de horas de trabajo y sobre todo, sobre otros humanos: esta es la historia que prevaleció, al fuerte, la dominante: hágase el favor y cómprela. Distinta es la faja que hace referencia a la cantidad de ejemplares vendidos y las reediciones: vigésima edición, millones de ejemplares vendidos; nos da la posibilidad de pertenencia, y la pertenencia a una mayoría, como se considera en la democracia, no da lugar a los equívocos.
Otra opción que se plantea es que quizás sea beneficioso reducir el nombre del libro o del autor que se pretende vender. Esa reducción, sumada a unas pocas palabras, dará sensación de epopeya, aún cuando el libro no pertenezca a una saga (esa promesa de compañía extensa, de familiaridad que tan bien se desarrolla en las series que consumimos como publicidad de las historias que debemos consumir en estos tiempos) hablar con familiaridad del libro o su autor puede acercar a los futuros compradores.
En resumen, por lo expuesto hasta ahora queda en claro que en esta nota no se tiene la menor idea de cómo vender un libro. Intento, sí, promocionar esta nota a partir de la lectura azarosa de dos libros, Mitologías, de Barthes y Modos de ver, de Berger. Y falló. Al menos, y para resarcirse, les voy a dejar esta cita:


“La publicidad es la vida del capitalismo –en la medida que sin publicidad el capitalismo no podría sobrevivir– y es al mismo tiempo su sueño. El capitalismo sobrevive obligando a la mayoría –a los que explota– a definir sus propios intereses con la mayor mezquindad posible, mediante la imposición de lo que es deseable y lo que no”


domingo, 7 de febrero de 2016




Muchos escritores sueñan con un ideal: dejar de trabajar en los laburos que los mantienen y dedicarse a escribir, si es posible en una casa en el campo, con perro, calor, mosquitos y un arroyo cerca: ¿sobre qué escribirían entonces? Sobre perros, calor, y mosquitos. Para que escapar de eso tendrían que ser unos genios porque la soledad engendra soledad, y nada más. Cada viaje esporádico a la Capital me renueva esta sensación: si no tengo nada que escribir salgo a la calle, bajo al subte, con los ojos bien abiertos y la oreja pegada al suelo, y la historia vendrá. Pero Capital también tiene una trampa: demasiada estimulación, tanta luz te ciega, tantas historias te pueden inhibir. Mar del Plata es más esporádica, te regala historias en cuentagotas, pero te las da: Hoy salí a recorrer librerías (particularmente en una de usados donde reservé un libro demasiado caro que decidí no comprar) y al entrar, pensando con cuál excusa no decepcionar a la librera, me detuve como siempre a mirar las novedades. Y la historia llegó: Había un hombre enorme, grande, bonachón, que hablaba histriónicamente con la librera. Ella angustiada al punto de no disimularlo en favor de la discreción comercial, le cebaba mate. No presté atención a la charla, a pesar del tono elevado que me incluía como una tormenta en el descampado, hasta que al buen hombre le sonó el teléfono celular. Se alejó apenas de la librera, mate en mano, y para mi asombro puso en altavoz a su interlocutora del otro lado: una mujer desesperada amontonaba palabra tras palabra, insulto sobre insulto, acerca de un hombre llamado Jorge. El bonachón escuchó (nosotros también), paciente, un largo minuto hasta que la interrumpió: Tenés que decir la oración para destrabar, ¿la tenés? Tres veces. Si no la tenés te la paso por mensaje. Tres veces, sí, una vez a la mañana y otra a la tarde. Sí, tres veces a la mañana y tres veces a la tarde. Y ahora te dejo porque me vine a la librería, sí, ella también está mal, sí, no sabés, entraron y le pidieron un vaso de agua, y en un segundo le robaron el i-phone. Terrible, sí. Así que me vine de urgencia para ayudarla, pero no te preocupes, vos, mientras tanto, repetí la oración para destrabar, como te dije.


viernes, 29 de enero de 2016


Diario Argentino – Witold Gombrowicz

El triunfo Polaco

Camino en la calle, salgo de trabajar cansado. Tengo casi 40 años (¿la mitad de la vida?) Apurado, pensando en cualquier cosa. Adelante va una pareja: deben tener unos años más que yo, no muchos, pero lo suficiente para parecer irremediablemente viejos pero sobre todo por intentar mantenerse indecorosamente jóvenes: él usa pantalón corto (de jugador de fútbol) y musculosa (de jugador de básquet) está inflado, por musculatura o anabólicos, las piernas son de correr los últimos 10 K, 0 20 los brazos de proteínas, creatina, estano; su mujer es igual pero con otros ayudantes, el mismo producto que cantaba Radiohead en Fake Plastic Tree, cirugía: combo 3: nariz pequeña y dos tetas medianas ajenas a la gravedad, no sé cuánta guita tiene en el pelo: se ven caras las calzas grises y las zapatillas al tono. Van de la mano al gimnasio, doblan delante de mí y yo pienso en Gombrowicz: en su triunfo. Un fervoroso defensor de la juventud, a ultranza, aún cuando la juventud no lo entendiera, él la defendía, la anhelaba. La juventud era todo, el resto la nada en la que se pierde la fuerza, el coraje, la sexualidad. La juventud nos exime de equivocarnos, cantaba un viejo grupo español en el que a veces me aburro de tanto citarlo. Este es el triunfo de Gombrowicz, la lucha inútil, desesperada por no envejecer, por entender que el impulso y la libertad de la juventud es algo único, que no en entiende cuando se lo tiene.

Gombrowicz llegó a este país en un barco, en agosto de 1939 con una novela publicada, Ferdydurke, y la guerra lo dejó acá, en un país al que no pensaba conocer, y del que se hizo dolorosamente ciudadano y se retiró en marzo de 1963, 24 años más tarde. De esa vida en nuestro país nos deja un diario, su diario argentino, extracto de un diario mucho más grande, y por tanto siniestro: El diario es cualquier cosa menos un diario: apostillas, apuntes, comentarios, notas marginales, anécdotas, todo eso menos una descripción diaria de una adolescente y sus amoríos, porque si hay algo que se oculta en el diario es el amor: ¿para quién escribo? Se pregunta el Witold. Escribo este diario sin ganas. Si lo hago para mí, ¿para qué lo imprimo? Si lo es para el lector, ¿para qué finjo conversar conmigo mismo?

Dice Cesár Aira en un artículo del 2001 que publicó en el diario El País: 

En Argentina, Gombrowicz escribió lo mejor de su obra, cosa que tampoco es sorprendente pues pasó en el país toda su madurez, entre los 35 y los 59 años: Pornografía, Transatlántico, Cosmos, el teatro, el Diario; este último en realidad no es un diario, sino artículos en formato de diario: cuando Kultura, la revista de los emigrados polacos en París, le ofreció una sección fija, Gombrowicz estuvo vacilando un tiempo sobre la forma a emplear, artículos unitarios, cartas, crónicas... Se decidió por el diario, que le daba la libertad para escribir sobre lo que quisiera, y cambiar de tema donde quisiera, con el simple expediente de poner punto aparte y encabezar el nuevo párrafo con la palabra 'miércoles' o 'sábado'.

El falso diario recorre algunas ciudades. Necochea, Tandil (la aburrida Tandil) Santiago del Estero y en casi todas repite una operación: primera pregunta por eminentes escritores locales y lo acercan a algún hombre mayor (como él) consagrado o no, pero respetado por la buena sociedad del lugar; inmediatamente Gombrowicz trata de huir de esa gente (aunque en ocasiones se esfuerza por agradar) y terminar conociendo lo que le interesa: los escritores jóvenes, arrogantes, capaces de faltarle el respeto a él y a la palabra. El diario también recorre la música (ante un concierto en el teatro colon en el que recuerda que antes de ir a ver la función su alma fue traspasada de un extremo al otro por una melodía mal tarareada en la calle y que ahora, en el colón, su alma rechaza la música servida en bandeja de dorada con albondiguitas: “No siempre la comida se come con más placer en los restaurantes de primera categoría” afirma.

El diario también recorre la literatura argentina (Brevemente narra una cena (con desprecio o distancia, como quieran) en casa de Ocampo con Borges, Bioy y todo el mundo dando vueltas alrededor del dinero y las ansías de escribir como en Europa)
Pero Bioy se la devuelve. En el otro famoso diario Borges, escrito por Bioy Casares escribe:

Domingo, 22 de julio. Borges: “En una reunión el conde pederasta y escritorzuelo Witold Gombrowicz declara: Yo voy a decir un poema. Si en cinco minutos nadie propone otro tendrán que reconocer que soy el más gran poeta de Buenos Aires”. Recita:
Chip Chip llamo a la chiva
(Scherzo, no desprovisto de ironía, porque chip chip se usa para llamar a las gallinas)
mientras copiaba yo al viejo rico
(parte descriptiva. No significa -aclara Borges- “remedaba yo al viejo rico” sino “copiaba a máquina lo que el viejo rico dictaba”).
Oh rey de Inglaterra ¡viva!
(Castañeteos. Exaltación patriótica)
El nombre de tu esposo es Federico.
Córdova Iturburu trató de leer algo, pero no encontró las papeletas. Gombrowicz se declaró rey de los poetas.  

El diario sigue, se enreda. Habla de Polonia, de Hitler, los amigos, de Proust, y llega a Mar del Plata, Playa Grande, Punta Mogotes: todos lugares a los que hace referencia  y no nos deja bien parados: los describe ventosos y con un mar de estruendo. Del mar (no necesariamente Mar del Plata) Hay una escena memorable: cangrejos dados vueltas, patas para arriba, vientres asándose al sol.


Y hay una intento de definir Argentina: algo insulso, una masa débil que si llega a endurecerse puede llegar a molestar a Europa. Pasaron muchos años, la conclusión es la misma.


domingo, 13 de diciembre de 2015



Presentación En tres noches la eternidad

Dos días después, vamos a hablar de la presentación. La sensación es agridulce. Hay gente que disfruta de ese sabor. Lo que sin duda disfruté fue el compromiso y la dedicación de Alejandro Gómez y su grupo teatral Alto Impacto. Los monólogos estuvieron a cargo de Víctor Cutrono, Marina Pérez y Norberto García; para ellos todo mi agradecimiento, por la dedicación, el esfuerzo, las ganas y el desinterés. Y vuelvo a mencionar la energía y el compromiso de Alejandro Gómez. Su generosidad ha sido, como siempre, invaluable. Se enfrentaron a monólogos extensos y rebuscados y supieron contener y mejorar la historia. El segundo agradecimiento es para Bernabé Tolosa, agobiado por el trabajo, los exámenes y el fin de año, tuvo el tiempo para leer la novela, analizarme y ayudarme en su difusión; además armó una presentación ideal: casi no tuve que hablar ni justificar la novela. Para eso conté con Bernabé y las palabras a través de los actores y sus interpretaciones. El tercer agradecimiento es para los amigos que pudieron asistir, no voy a nombrarlos uno por uno pero sí agradecerles infinitamente por estar; y a los que no pudieron asistir, querían y se quedaron con las ganas. Y también mi agradecimiento para Librería Puro cuento y el editor Ezequiel Bajder que se gastó 800 km de su vida para decir presente.

Alejandro Gómez, Marina Pérez, Victor Cutrono, Bernabé Tolosa, Sebastián Chilano y Norberto García


El sabor agridulce me da ganas de revancha, de hacer otra presentación quitando todas las excusas: clima, lugar, horario, que el vino estaba moderadamente tibio, que a las presentaciones de libros hagas lo que hagas no va nadie, que no estamos para hablar de libros y ficción en este tiempo aciago en cuanto a política, etc. Por ahora no pasa de las ganas, habrá que convencer a los actores, tener la voluntad de empezar otra vez con la difusión, y levantar un poco el desánimo que da las pocas respuestas ante las grandes preguntas egocéntricas: ¿Para qué son las presentaciones de libros? ¿Para vender? ¿Para que los presentadores de ocasión, generalmente otros escritores, homenajeen al presentado como si fuera un genio incunable? ¿Para que los lectores descubran o se encuentren con el escritor? ¿Para quién son, los amigos, parientes, lectores, el escritor? Sin importar las respuestas, el único mandamiento es claro: hay que seguir haciéndolas; no importa si van 10, 20, 1000 o ninguna persona. Hay que seguir, sacar la foto (con plano cerrado si hay poco público) y sonreír para la circulación en redes sociales. Fuimos felices, y la felicidad está relacionada con el libro que se ofrece: esa oferta no está al alcance todos los días. Ni la interpretación de los actores que tanto esfuerzo y dedicación pusieron para jugar con la novela y el teatro.