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martes, 17 de noviembre de 2015

Presenectud




Es un año largo. Es la sensación más rara del mundo: bajar los brazos vale la pena. Esto que hacemos (pluralizar para sumar adeptos) sirve para justificar nuestra inutilidad. No le servimos a nada, somos fusibles para engordar mercaderes desconocidos que comercian con nuestras neuronas: antes fueron curas, ahora ni siquiera los vemos. Nos dan las palabras (insistimos con el plural y el anonimato, trillado: deberían prohibirlo, o modificar el corrector automático del Word para que se suprima automáticamente) nos dan las redes sociales y vivimos pendientes: un me gusta, un comentario: mendigar está al alcance del meñique de un amigo desconocido a punto de apretar el enter. Mendigar es darle monedas al que te limpia el vidrio del auto en el semáforo, dejanos vivir nuestra vida costumbrista, llegar a casa. Estamos a punto de bajar los brazos. Y lo peor sería que nos mantengan artificialmente vivos, que nos conecten y nos hagan buscar un nombre que no aparece más que un blog encriptado. Es miércoles, debería estar lloviendo. La veda electoral parece no llegar nunca y todos están tan agotados de sí mismos que se derriten. Debería haber un pequeño yo en cada gota de sangre, eso creían en tiempos de Galeno: musculosos hombrecitos y apacibles mujercitas vivían en cada célula. Así debería ser, ir por la vida con un alfiler y darse un pinchazo a cada rato para dejar que una gota de sangre caiga y los habitantes de nuestros glóbulos rojos saquen plata del cajero automático o voten el domingo. El que tiene más sangre en las venas, viviría mejor. Tengo hambre (no abuso del plural porque delataría la voz extra que dicta) el calor es insoportablemente pegajoso y no tengo otro plan más que la venganza. Prendo la televisión. El primer diálogo que leo subtitulado con el volumen en cero es el final perfecto: Hace muchas horas que manejo y no quiero llegar a Porto Alegre oliendo mal.


domingo, 8 de noviembre de 2015



Con liviandad, amparados en la pose grotesca de juez y parte sin concesiones, irremediable, irreversible, injustamente, me acusan de ansioso.

De todas las aseveraciones apuntaladas en el dedo índice, la única que molesta es la que se encuentra más cerca de la verdad, de la percepción que se tiene de sí mismo y sus derivaciones. Por tanto, nada mejor que correr en busca de este diccionario moderno sin páginas donde del otro lado hay gente bien predispuesta a satisfacer nuestras necesidades de búsquedas y conexión de palabras:


Ansiedad:

1. Estado mental que se caracteriza por una gran inquietud, una intensa excitación y una extrema inseguridad.

2. Angustia que acompaña a algunas enfermedades, en especial a ciertas neurosis.

La primera definición me desconcierta. Ese no soy yo. Ni mi inquietud es grande (mediana puede ser, pequeña seguro que sí), ni mi excitación intensa (la intensidad es una entidad cualitativa, al no poder cuantificarla y no aclarar una escala numérica nadie puede contradecir mi aseveración de intensidad débil), y por supuesto mi inseguridad no extrema ninguna medida impulsiva.

Pero infinitamente peor es la segunda definición. “…a algunas” “…a ciertas” esa incertidumbre es tan innecesaria como enervante. Además la falta de definición se torna doble: neurosis es una nomenclatura en desuso, ambigua, llena de múltiples enfermedades tan distintas como la urgencia por clasificar.

Neurosis:

1. Nombre genérico de un grupo de enfermedades que se caracterizan por la presencia de trastornos nerviosos y alteraciones emocionales sin que, aparentemente, haya ninguna lesión física en el sistema nervioso.

Y otra vez la duda, la mala intención: aparentemente.

¿A qué viene todo esto? El mes que viene sale nueva novela “En tres noches la eternidad”, se llama. El mismo título que este blog. Tiene su origen, entonces, hace varios años y un lento trabajo de corrección y sobre todo supresión de escenas y explicaciones. La ansiedad por saber cómo le irá, también. Algunos días pienso que deberé cambiarle el nombre al blog, que la novela sea una entidad única. Desde la editorial me mandaron la tapa, es perfecta para la historia. Me dicen que no sea ansioso, que no la muestre todavía. Claro que no lo haré, me entretengo con pensamientos laterales: la presentación, el horario, si tengo que cambiar el nombre del blog, y debo reconocer que siento una gran inquietud, una intensa excitación y una extrema inseguridad.

miércoles, 21 de octubre de 2015


Un largo río

Pía Bouzas

Dos hombres escalan una montaña difícil. El tercer hombre los observa desde el campamento, intenta escribir un diario, quiere que el tiempo pase rápido. Él tenía otro plan, sacar fotos. Pero la cámara se arruinó, no sabe escalar y se quedó solo en el campamento. Para no enloquecer mira a los otros dos. Registra sus ascensos, sus noches colgados de la piedra. El registro lo ata a su propia experiencia, anula el tiempo pero le trae la fortaleza del recuerdo: es todos los pedazos de historia que fue para llegar a este solitario que mira la montaña y los dos hombres que cuelgan como manecitas del reloj. Sólo que el tiempo que marcan es arbitrario e irreal. Cuando finalmente se reúna con ellos, los dos le dirán: Te veíamos desde la montaña, parecía que estabas loco.

El resumen del último cuento de “Un largo río” de Pía Bouzas es una mirada –de las tantas posibles– al conjunto del libro. El lector piensa que la historia lo coloca en el rol de observador, pero muchas veces el lector entiende que los personajes lo miran a él. Como en la historia del colectivo y la incomodidad de “30 grados y sigue subiendo”, en “El bebé del Geraldine” o “Por primera vez en mucho tiempo nos sentimos a salvo”.
En medio del campo visual, entre los escaladores y el solitario que cuida el campamento, también podemos colocar al lenguaje. La oralidad que tanto se cuida en cada cuento, desde la selección de palabras y la omisión. Desde no hablar de ciertas cosas o decirlas desde miradas laterales, como en “Un globo, una nave espacial y un robot tirafuego”.

Párrafo aparte merece el cuento “Los juegos de Max” que sería, sin duda, el mejor logrado de los relatos elegidos si dejáramos de lado “Un largo río” el cuento que da título a todo el libro y que coincide en un tópico que Pía Bouzas maneja a la perfección: La muerte. Porque la autora no tiene miedo de manejar en sus relatos todas las posibilidades del dolor y sus consecuencias, todos los retratos de los deudos: elije jugar con nuestro temor más humano, ya sea cómo hijos, padre o hermanos todos sabemos cuál es el resultado final de nuestro cuerpo y deseos, al menos en este mundo.

Link para leer el cuento "Un largo río" 


domingo, 11 de octubre de 2015




Aconsejan corregir. Dicen que la corrección es una parte clave de la escritura. Que es un arte difícil de dominar: el exceso quita el alma, la falta demuestra pereza. Leopoldo Puente afirma que el Blog elimina toda posibilidad de corrección y también acorta la distancia: es visceral y cercano, es inmediato y casi no debería tener edición. Ahora parece en desuso y Leopoldo Puente debería suponer que es por dos vías de comunicación casi instantáneas: Twitter y Facebook, la ausencia de reflexión, la liberación del impulso hacen de la proliferación una abundancia que aleja de la lectura. Grandes escritores aconsejan corregir hasta el agotamiento, también hay otros que dicen no hacerlo jamás: no tocar el texto bruto y deforme, modificar el origen es robarle el sentido original. Es cierto que en un momento la corrección se termina, que la conexión con las palabras es tal que se las deja de leer, están, equívocas, ilustres, confundidas y ya no se leen. Se pasan de largo como una ensoñación en colectivo nos hace bajarnos dos cuadras después. ¿A qué viene todo esto? En la corrección apareció una frase que no estará en la versión final pero que merece algo más que el olvido, una frase hueca, vacía, imperfecta, pero que genera la imposibilidad de pensamiento, atora la imagen, obligo a repensarla desde la corrección pero siempre estuvo ahí, sosteniéndose en su diferencia y ahora debemos amputarla, quitarle uno de los dos “no” para que tenga sentido. La frase es ingenua, ni siquiera debería motivar esta disertación sin sentido ni corrección. Dice: “No parece no sorprenderse”. Por favor, tachar el “no” que corresponda.



sábado, 26 de septiembre de 2015

Apuntes a dos lecturas de "Sol artificial" de J.P.Zooey



Yo soy J.P. Zooey, y una vez recibí una carta.

Así comienza “Sol artificial”.

J.P. Zooey no entiende. En tiempos de extroversión obligada, de exposición y belleza, el escritor no puede elegir un pseudónimo. No triunfará. No será venerado no perdurará ni siquiera en las librerías de saldos. Una de las profesiones que más narcisismo requiere no se puede construir desde las palabras. ¿O sí? ¿Es necesario que haya un cuerpo detrás del escritor, una cara, una sonrisa, un gesto, una campera, una moto, una novia, un hijo pequeño de pelo lacio y unos cuantos amigos/colegas que sostengan el paso y la adulación? Eso parece. Parece que solo no se puede, solo estás perdido. Las redes sociales dictan los modales: buena persona, antes que nada (aunque las historias sean de putas, tullidos o violadores, aunque el porno se sonroje y la iglesia excomulgue, necesitamos que el escritor/a sea buena persona, TIENE QUE TENER algo que rescatar: su cariño por una abuela, la ausencia de tatuajes justificada desde la donación de sangre, un charango ecológico o un animal en la biblioteca de tres patas). También se necesitan lindas fotos en las solapas y más lindas fotos espontáneas y prolijamente encarpetadas para las entrevistas. Se recomienda puntualidad para asistir a programas de radio e impuntualidad para las presentaciones: si no pudieran ostentar el tiempo perdido tendrían que dedicarse a otra cosa. Leer, por ejemplo. La tendencia cibernética adoctrina: Coherencia en mantener la pose. A saber: el provocador no puede ser bueno, el hedonista no debe sufrir, el bardero no puede dejar de hacerse notar, el responsable no debe dejar de saludar a todos sus amigos en facebook el día de sus cumpleaños.


Estuviste muerto como un pez, friéndose en el riel de un tren que nunca llegaba.

Eso dice J.P. Zooey en otro parte de “Sol Artificial”. El autor redobla la apuesta. El croupier tiró negro, acertó, y deja toda la ganancia en el mismo color. También la historia que cuenta sol artificial es un pseudónimo. Es una historia disfrazada. Es una historia que es una novela, si se acepta el hilo conductor de todos los capítulos, o es un libro de cuentos que en algunos se notan los puntos de interés común (internet, el amor, el capitalismo, internet otra vez) y que por momento se separan y cada cuento es un cuerpo independiente, un portal, una nueva pestaña que el programa de la computadora para seguir haciendo una cosa sin perder la otra. Pero también puede no ser un libro de cuentos, ni una novela. Puede ser un libro de crónicas. Puede ser una selección de entrevistas que se intercalan con noticias que le dan forma y brillo a las preguntas y respuestas que hacen avanzar la historia.

Hasta donde sabemos el universo es una inmensa máquina sin vida. Las cosas andaban bien cuando el hombre era uno consigo mismo. Después vino Freud y lo partió en dos. Pero llegó Internet. El inconsciente se metamorfoseó en información. El hombre volverá a ser uno consigo mismo, cuanto vuelto información deje de ser hombre.

Se puede intentar un primer resumen: Un hombre le escribirá a su futuro, para recordarse quién era. Otro contará cómo fue descubierto el primer campo de concentración informático (fotografías del usuario capturadas y trasladadas desde el disco rígido hasta una zona clandestina de la memoria RAM) La inteligencia artificial comenzará su revolución imparable cuando, por decisión autónoma, cambie una sola letra de Hamlet. Hay una presencia inquietante en varias escenas: la información como líquido, un océano que honra el recuerdo del mejor Lem en su “Solaris”. También hay tiempo para teorizar sobre el domingo, el centro porteño y el origen de ciertas palabras, como bisoñé.

Al capitalismo afectivo le corresponde un tipo de tecnología de administración de los contactos. El Messenger, el correo electrónico y el teléfono celular, son medios de captura y de administración de afectos. El contacto es un afecto capturado y ubicado. Estas tecnologías apresan, localizan y ordenan energías afectivas que de otro modo se experimentarían como ausentes o ilimitadas. Para el capitalista afectivo no puede existir un afecto que no figure en la lista de contactos. Todo su capital afectivo está representado en nicks, direcciones, imágenes y cifras. Si no está representado como contacto, no es afecto.

En los últimos cuentos/capítulos/entrevistas hay una relación con la televisión. Pero no con la actual y, como todo relato que coquetea con la tecnología, corre el riesgo de recorrer el tránsito inevitable hacia la obsolescencia o quedar desfasado en las muelas de la evolución, como las computadoras de las películas de ciencia ficción de no hace mucho tiempo (ver 2010, la continuación de Odisea del espacio con la reivindicación de HAL 9000) ¿Cuál es el riesgo de J.P. Zooey? Hablar de la lluvia del televisor. Pero sabe salvar ese riesgo. Por eso hoy que los canales de televisión trasmiten las 24 horas, o repiten o dejan azules las pantallas cuando no hay nada que ver, uno tiene la sensación, después de leer “Sol artificial” que, para los creyentes, es necesario volver a ver esa lluvia de electrones que poco a poco desaparece.

Me quitaron el gen de la cordura. Me lo debitó Bionet cuando dormía. Desde el año 2017 los seres humanos fuimos creados mediante programas de recombinación genética. Programas operados a través de computadoras personales o consolas de juegos. Bionet es una red que crea todas las cosas que existen. Genera y administra nuestras composiciones genéticas y todas las cosas que podemos aprehender mediante los sentidos. No distorsiona ninguna realidad porque Bionet es la realidad.




sábado, 12 de septiembre de 2015



No le puedo seguir el paso a César Aira. Una razón es que leer lo que publica en tiempo real ahoga casi toda posibilidad de leer a otros autores (ni hablar si se intenta rastrear las cosas que ya publicó y pasaron de largo por nuestras bibliotecas) Otra razón es que por momentos satura: es el deseo de comer merengues con dulce de leche, al cuarto (o quinto) destrozado en el paladar sigo pensando que son ricos pero que debería parar de comer por un tiempo. El universo Aira, aunque en apariencia infinito, se repite. Lo ilógico sería la perpetua originalidad. Pero me gusta volver a leerlo. Lo disfruto. Me felicito y me empalago. "El Santo" es el último libro de Aira que llegó a la mesa de luz.

El santo es un viejo que pide permiso para ir a morir a su ciudad natal. Es la historia de un viejo que escapa, de su verdugo, de la imposibilidad de ser libre.

Por momentos Aira es una reflexión, una teoría, la escritura:

"El gusto o el capricho esconden un vacío. Casi todo en la vida se hace porque sí, sin una causa con la que se lo pueda justificar ante un extraño. En realidad no es que faltan causas, sino que sobran, esas pequeñas causas entrecruzadas, motivos inmotivados, dentro del entramado de los hechos. La causa pesada e imperiosa viene a posteriori, cuando, como dije, se da la necesidad de explicarse ante un extraño"

Dos párrafos después Aira es ¿Aira?

"Los sultanes de Garabaña lanzaron el programa Poligamia Para Todos y que ante tal medida la oposición critica y pronostica caos y catástrofes que no suceden"... El programa fue considerado irracional, absurdo, demagógico, irrealizable... pero funcionó, y los que se equivocaron en pronosticar su fracaso no se disculparon".

Aira no escribe novelas. Disfraza sus ensayos con personajes y escenas. A veces se cansa y termina la historia sin importarle la historia, ya dijo todo lo que tenía que decir. A veces la historia le gana al ensayo y la historia se agiganta. Es difícil seguirle el paso: apenas termino de leer El Santo, escribo estas palabras sin ninguna corrección y veo que ya sacó una nueva novela "La invención del tren fantasma"


viernes, 31 de julio de 2015

Mar del Plata



Ezequiel Dellutri reprueba que mi Mar del Plata esté llena de neuróticos, tullidos y violentos. Dice que nunca me lo va a perdonar. ¿Pero qué otra Mar del Plata se podría mostrar? ¿Cuál es real? ¿La turística y feliz colapsada con hotelería completa y mala cocina por mucha demanda o la no turística, apurada, recluida en infinidad de edificios y cuartos vacíos con mala cocina por poca demanda? Ni siquiera vale la pena hablar de las rivalidades: si un equipo de fútbol arrasó la reserva ecológica para hacer su predio de entrenamiento, un grupo de hinchas de su eterno rival hace poco desfilaron por todos los televisores del país mientras entraban muy tranquilos a saquear el mini mercado de una estación de servicio. Esto somos. Cientos de edificios que se quedaron en sus estructuras de la década de la 80 y ahora se vacían para instalar el gas “como Dios manda”. ¿Cuál es la otra Mar del Plata? Podría ser la ciudad en la que el periodista Bernabé Tolosa encuentra librerías extrañas: la fotocopiadora de Jara y Libertad llena de libros subrayados y a mitad de precio, o la librería dentro del café en Independencia y Balcarce donde los libros en los estantes se ocultan detrás de redes de pescadores y para que te digan el precio tenés que esperar tres días hasta que te llega un mensaje al teléfono celular con el valor a ojo. Pero nada de eso es Mar del Plata. Hace unos pocos días murió el padre de uno de mis mejores amigos, sin palabras, tratando de evitar lugares ya transitados en el consuelo, mi amigo me dijo que iba a hacer con su padre, ese no era el problema, el problema era qué hacer con las cenizas. Dónde tirarlas. Lo usual es tirarlas en el mar, pero mi amigo fue claro: no tenía ningún recuerdo de su padre en el mar. Ni en la playa. No importa qué solución encontró, importa que eso también es vivir en la ciudad feliz de Mar del Plata