viernes, 31 de julio de 2015

Mar del Plata



Ezequiel Dellutri reprueba que mi Mar del Plata esté llena de neuróticos, tullidos y violentos. Dice que nunca me lo va a perdonar. ¿Pero qué otra Mar del Plata se podría mostrar? ¿Cuál es real? ¿La turística y feliz colapsada con hotelería completa y mala cocina por mucha demanda o la no turística, apurada, recluida en infinidad de edificios y cuartos vacíos con mala cocina por poca demanda? Ni siquiera vale la pena hablar de las rivalidades: si un equipo de fútbol arrasó la reserva ecológica para hacer su predio de entrenamiento, un grupo de hinchas de su eterno rival hace poco desfilaron por todos los televisores del país mientras entraban muy tranquilos a saquear el mini mercado de una estación de servicio. Esto somos. Cientos de edificios que se quedaron en sus estructuras de la década de la 80 y ahora se vacían para instalar el gas “como Dios manda”. ¿Cuál es la otra Mar del Plata? Podría ser la ciudad en la que el periodista Bernabé Tolosa encuentra librerías extrañas: la fotocopiadora de Jara y Libertad llena de libros subrayados y a mitad de precio, o la librería dentro del café en Independencia y Balcarce donde los libros en los estantes se ocultan detrás de redes de pescadores y para que te digan el precio tenés que esperar tres días hasta que te llega un mensaje al teléfono celular con el valor a ojo. Pero nada de eso es Mar del Plata. Hace unos pocos días murió el padre de uno de mis mejores amigos, sin palabras, tratando de evitar lugares ya transitados en el consuelo, mi amigo me dijo que iba a hacer con su padre, ese no era el problema, el problema era qué hacer con las cenizas. Dónde tirarlas. Lo usual es tirarlas en el mar, pero mi amigo fue claro: no tenía ningún recuerdo de su padre en el mar. Ni en la playa. No importa qué solución encontró, importa que eso también es vivir en la ciudad feliz de Mar del Plata