sábado, 31 de diciembre de 2011

Los vendedores (un cuento publicado en el suplemento literario de telam)

¿Qué apodo les pondría Tito a esos dos? No sé, y no le puedo preguntar porque ahora Tito no les presta atención. Tito mira, distraído, las villas del otro lado de la ventana. Tito ve pasar los techos de chapas como ve pasar su propia vida. Pero si en vez de mirar tanta miseria, mirara a esos dos, ¿qué apodo les pondría? Porque a Tito le encanta poner apodos. Vive haciéndolo. Incluso creo que lee, a veces, las revistas “del corazón”, como las llama él, para reírse con los sobrenombres que se ponen los famosos. “¿Ves qué somos todos iguales?” me dice, riendo, porque es feliz. Pero cuando no es feliz, y no hojea revistas me dice otras cosas, iguales, pero distintas. “En bolas, a la hora de coger, no hay ricos ni pobres” dice y después de eso casi siempre me coge, aunque yo no tenga ganas. Él es así, medio bestia, pero es bueno. Aunque también sea bastante mujeriego, es bueno. Yo lo quiero. Lo quiero de un modo que él no entiende. Porque sé que no lo entiende. No es culpa de él ser mujeriego, digo, es culpa de esas putas que se le vienen encima. Que le tocan el culo o la pija cuando me descuido. ¿Quién de todas esas no quisiera estar en mi lugar y ser la mujer de Tito?


Creo que Tito al más alto le pondría “Torta Frita”, pero no estoy segura. Quizás yo le pondría “Torta Frita” porque me hace acordar a un amigo de Tito, que solo viene de visita los días de lluvia, según dice Tito, como el mate dulce y la torta frita. Al otro le pondría “Tono” por la voz de pito que tiene, casi insoportable. ¿Cómo puede ser vendedor con esa voz? Por eso deben andar en yunta, para no morirse de hambre, uno por feo, el otro por puto.

Entraron al vagón cuando salimos de Temperley. El Torta Frita intentó vender unos cuadernos para colorear, y El Tono una linterna que además es baliza, todo por dos pesos. Hace unos años le hubiese comprado el cuaderno para Diego, pero ahora Diego no necesita esas cosas. Cuando no anda con nosotros se mete en cosas que mejor ni saber. Y cuando le pregunto a Tito en seguida me arrepiento, es mejor no preguntarle. “¿Para qué querés que esté tu hijo en casa, si cuando está solo nos afana plata o te putea?” me contesta Tito, más o menos así.

Cierro los ojos. Hace un calor de mierda en este tren. Los abro, ahí están los dos. Los vendedores.

Les puedo leer los labios. El Torta Frita y El Tono no se dan cuenta, pero los estoy escuchando. Nadie sabe que puedo hacerlo. Es mi gran secreto. Ni siquiera Tito lo sabe. Lo aprendí de mis padres, aunque no me lo enseñaron, al menos no concientemente, sino que de tanto estar con ellos en la calle, aprendí a leer lo que decían, un poco de sus labios, un poco de sus manos. Sé mucho de gestos.

Por leerles los labios, entendí que El Torta Frita tiene otro apodo, uno que le queda mejor: Panza. Claro. Que boluda. Tanto me concentré en lo fiero de la jeta, que no me di cuenta de lo flaco que es, y si me hubiese dado cuenta de su flacura me hubiese dado cuenta de lo absurda que le queda la panza que tiene debajo de la camisa celeste. Escarbadientes embarazado, le pondría, pero es demasiado largo para ser apodo según las reglas de Tito. El otro, El Tono, se llama Rube. No tiene apodo, simplemente le mutilaron el nombre.

Tito se mueve. Lo miro.
—¿Estás cansada? —me pregunta.
Le digo que no. El me sonríe y apoya la cabeza sobre mi hombro, para dormir un rato.

El Panza nos mira. “Como le chuparía las tetas” dicen sus labios. El Rube hace una mueca. “No entiendo como pueden viajar tantas putitas solas en el tren” dicen El Rube. “Esa no está sola, está con el macho” El Rube se encoje de hombros. “Un día las van a violar a todas” dice El Rube. “Sí, un día vamos a empezar con una y nadie nos va a parar” dice El Panza. “¿Sabés por qué no empezamos?, por los vaqueros” “¿Por los pantalones?” “Sí, no viste que las muy putas se calzan unos vaqueros ajustados hasta el orto. ¿Cómo mierda se los sacás para coger rapidito si están prensadas?” El Rube se ríe. El Panza le pone una mano en el hombro. “¿Y a esa?” “A esa qué” “¿No viste como nos mira?” “¿Será yuta?” pregunta El Panza. “¿Con la pinta que tiene el macho?, ni en pedo” “¿Y entonces?” “Nos debe estar marcando” “¿Para afanar?” “¿Para qué otra cosa si no?” “Para chuparnos la pija” Los dos se ríen.

Tito mueve la cabeza. Lo acaricio. El vagón pega un bandazo. Las argollas colgadas de los pasamanos en el techo se zarandean de un costado a otro. Cuando los vuelvo a mirar, El Panza y El Rube ya no me violan con la mirada. Hay un tercero junto a ellos. Al tercero ya no me dan ganas de ponerle apodo, eso es para Tito, a mí me gusta escucharlos, poner apodos muy seguido me aburre.

“La bandita de los Arce está en el tren” dice el tercero. “Te dije, la concha de su madre” se queja El Rube, bajando la vista hacia su bolsa llena de linternas. El Panza, en cambio, me mira, con odio. “Vos sos un boludo. Hablaste de violar a la vieja, y ahora te la van a dar” “¿Por qué me la van a dar, la concha de tu madre, si fuiste vos el que empezó a hablar?” El tercero se aleja de ellos y pasa frente a mí, sin mirarme. Le va a avisar del peligro a los otros vendedores ambulantes en el tren, supongo. “Yo me largo” dice El Panza. “Pará, no te tirés en movimiento que te vas a matar, esperá la estación” le pide El Rube agarrándolo del brazo.
Los dos se van hacia el vagón siguiente. Y así los veo alejarse, ya sin vender. El tren dobla en una curva y los veo pasar a otro vagón. Tito ahora tiene los ojos abiertos, mirando la continuidad interminable de techos de chapa. Siento que a nuestras espaldas entra un grupo de chicos. Escucho sus voces, sus pedidos de monedas, sus saludos, sus puteadas. Rápidamente se acercan a nosotros. Cinco pasan de largo y el último se para frente a mí.
—Buscá dos vendedores —le dice Tito—. La están juntando fácil y hace rato que no dan nada. Andan en yunta. Uno vende cuadernitos para pintar, y el otro, además de la voz de trolo, vende linternas.
Diego asiente. Lo agarro el brazo.
—Al de los cuadernitos dásela bien dada— le digo.
—Sí, mamá —dice Diego y hace un esfuerzo por soltarse. Como una contorsión.
—Andá, pajerito —le digo—. ¿Qué pasa? ¿Te da vergüenza que tu madre te toque?
Diego se junta con los otros. Uno dice algo y Diego lo empuja. Después, a los saltos, corren hacia el siguiente vagón.
—El de la panza se parecía al Torta Frita, ¿no? —me dice Tito.
—Se parecía, sí.
Tito apoya su cabeza sobre mi hombro y mira, otra vez, como por la ventanilla sucia desfila el paisaje de chapas y basura que vemos todos los días.

miércoles, 28 de diciembre de 2011

Publicidad



Escenario: El tipo, sonrisa perfecta, guardapolvo blanco inmaculado. Lugar de trabajo aséptico. Compañeras de trabajo impecables: rubias y morochas bronceadas con el pelo suelto sin arrugas.

Acción: El tipo mira la cámara y dice: “Llevo 15 años estudiando la sensibilidad de los dientes”

Y ahí nomás habría que matarlo. El Estado debería matar a un tipo que dice que estudió, que perdió 15 años de su vida para librar al mundo de la molestia en los dientes cuando alguien raspa el fondo de la olla con un tenedor. Mi mujer me dice que en todo caso mate al guionista, que el pobre tipo es un actor. Que mate a los publicistas. Al director de cámara. Y yo sin embargo le creo al tipo, le creo que lleva 15 años investigando esa pelotudez. El Estado debería librarse de esa clase de parásitos subsidiados. La publicidad termina. Ahora me tratan de vender un celular, y me siento más tranquilo. Y también triste. Mi celular no tiene bluetooh. No tiene GPS. Y debería tener todas esas cosas.

lunes, 26 de diciembre de 2011

Posteridad



No hay fórmulas para alcanzar la fama en la literatura. O hay una sola, pero todos tratan de evitarla. Hace poco leí que un poeta organizó una red de asaltantes de librerías para vivir de la reventa. No funcionó. Por mi parte, después de dos publicaciones con escasa transcendencia, tuve que aceptar la única forma de triunfar: el reconocimiento post-morten. Y para tal suerte tuve que valerme de mi padre, un octogenario analfabeto próximo a su muerte por una dolencia con apellido célebre: enfermedad de Paget. Está comprobado, la mayoría de los autores, como los pintores, triunfan sólo después de muertos. La mención del actual Bolaño en una constelación de ilustres, es más que suficiente. Por tanto, elegí la mejor de mis novelas y la hice circular como la obra de un anciano renegado que mantuvo oculto su talento por pudor y por principios. Lo cierto es que mi padre en su puta vida leyó un libro, y la palabra poesía la menciona irremediablemente con la homosexualidad. Ese es mi padre. Ese es el mito que una editorial famosa compró y creó. La novela fue un éxito de ventas. Y al ser escrita por un anciano también fue bien recibida por la crítica especializada. La adaptación al cine mi padre no la pudo ver a causa de su ceguera progresiva. Y su última novela me la dictó porque ya no tiene fuerzas para escribir. Cuando muera, le confesé al editor, tengo más de 20 obras, contando novelas, cuentos y poesías. La editorial se siente encantada, por mi parte estoy logrando lo que siempre quise, y mi padre se está muriendo no sin antes regalarme un último favor.

jueves, 22 de diciembre de 2011

Propina: Rara condición por el cual en locales de comida, estacionamientos públicos, cines, salas de juego, estaciones de ómnibus de larga distancia y muchos lugares, las personas que prestan un servicio cambian su humor afable por la ira o la agresividad cuando se les niega una recompensa muchas veces no merecida.

viernes, 16 de diciembre de 2011

Policia



Dícese de aquel individuo que en la consulta médica saca un revolver y lo deja en la silla de acompañante, debajo de un buzo o pulóver, en el mejor de los casos, diciendo que está de servicio y por eso no puede deshacerse del arma.


También vocablo (con variaciones regionales) que se usa para desprestigiar a la hincha del club de fútbol adversario, acusándola de amistad con dicha autoridad.

martes, 13 de diciembre de 2011

Plagio


Jonás, muy enojado, buscó a Jesús, ya resucitado, y lo increpó. Sos un copión, le dijo. Jesús no le contestó. Estaba relajado. Como en el vestuario al final de una obra de teatro, ya lo habían bañado, lo habían perfumado, le habían dado la vacuna antitetánica (por los clavos), y él solito se había calzado un pijama estampado con ramas de olivos para, de una buena vez, acostarse a dormir. La indiferencia de Jesús irritó aún más a Jonás. Pero Jonás sabía que la culpa no era del chancho, como se decía por la época en las calles de Judea, sino de quién le da de comer. Así que Jonás buscó a Dios. Cuando lo encontró se quejó ante el con voz amarga. Mi historia ha sido plagiada, le dijo, has vuelto a usar mi argumento: me hiciste pasar tres días en el vientre de la ballena y ahora repetiste la fórmula con Jesús: lo dejaste tres días en el sepulcro y después lo sacaste, creo que no es justo. En su sabiduría infinita, Dios lo miró y le pidió que le nombrara un solo escritor de los pasados y de los por venir que no cayeran en la tentación de repetir una buena idea. Jonás, derrotado, se fue silbando bajito, masticando bronca, admirando la inteligencia de Dios o insultándolo, cada evangelista dio una versión distinta del camino de regreso.

sábado, 10 de diciembre de 2011

Hace un tiempo, no mucho, tenía una estúpida fantasía que en realidad no quería que se realizara pero si se daba, se daba.

Esto es: subir a un avión, sentir turbulencia, buscar con la vista a otros pasajeros y ver a John, a Jack, a Pecas y entonces reclinar el asiento y esperar ser uno de los que sobreviviera a la caída del 815 de Oceanic Airlines para pasar unos días de descanso (no tanto) en una isla tropical con osos polares y un ruidoso humo negro.

Pero con el sabor agridulce del final de la serie, el paso del tiempo y la lectura de la novela “Barajas” cambié mi fantasía por otra quizás más tangible: conocer a Carolina Blanco, a Carol Blanc, a Caroline Weiss o como quiera que se llame. Voy a probar mi suerte la próxima vez que viaje a Madrid y estoy seguro que la voy a ver.

Creo que la voy a reconocer enseguida. Algo me va a decir que es ella sin mirar ninguna identificación ni nada. Yo no sé si será la forma de su culo, el tono en el que me hable cuando le pida que pase la película “Perdidos en Tokio” o porque se agarré una teta al ver a una monja, no sé cómo, pero la voy a reconocer. Por eso estoy pensando qué le voy a decir. Hasta ahora se me ocurrieron un par de cosas.

Espero que no se ofenda si le pregunto si el capitán del avión es su ex marido Martín y si, como creo, no se ofende, seguro le haré algún guiño para darle a entender que la conozco. Algo como “¿Cómo están los gallos para la riña en la cabina?” o “Janela Preta, ¿es o se hace?” Yo sé que Carolina me va a entender. Lo único que me da miedo es que no esté ella, que esté Nelly Olson o alguna otra como ella.

De esta mujer habla la novela “Barajas” de Alejandra Zina, de una azafata que cuenta su historia en un viaje rutinario desde Buenos Aires a Madrid. De esta mujer se desprenden cosas que nos hablan de las mujeres, de la relación con los padres, del heroísmo, de un trabajo con mil rumbos. Claro que también la novela habla del amor y no por nada hay cuatro capítulos que intentan una clasificación de género. A saber:



“Hay hombres que se arrodillan a tus pies”


“Hay hombres que te quieren sin besar”


“Hay hombres que te dejan y ya está”


“Hay hombres que te quedan en la piel”

martes, 6 de diciembre de 2011


Paz


Vocablo para referirse a una ilusión inexistente y que la humanidad, a lo largo de su historia, ha intentado reproducir de diferentes modos. Se intentó alcanzar esta idea por medio de las religiones, de la ciencia y de las supersticiones, y por todos esos medios se falló. Una de las formas actuales más parecidas a lo que el imaginario colectivo llama paz se consigue mediante la anestesia total pero, por cuestiones legales (juicios) y monetarias (la obra social no pagaría la cirugía) los anestesistas deben regresar al paciente de tal estado.

domingo, 4 de diciembre de 2011


Pesebre


Casi un año tardó mi madre en encontrar el control remoto del televisor. El control remoto desapareció un 6 de Enero. Se culpó a mi primo Joaquín. Se lo culpó a ciegas, porque él casi siempre tenía la culpa de todas las cosas que pasaban fuera de lugar. Si desaparecía un gato, si faltaba un paquete de galletitas, si alguien escondía los cordones de los zapatos, si alguien dejaba moscas muertas en las telarañas del baño, siempre había sido idea y obra de mi primo Joaquín. Por eso a él apuntaron los dedos acusadores y nadie se conmovió ante sus lágrimas de inocencia. Fue desterrado de nuestra casa en silencio. Y sólo para mi cumpleaños se lo invitó a volver. Ese fue el indulto. Pero no el perdón. El perdón le llegó casi un año después, cuando mi madre, un 8 de diciembre, encontró entre los pastos del pesebre y entre las estatuas envueltas en papel, el control remoto que ella había guardado junto con el árbol de Navidad.