miércoles, 23 de enero de 2013



Paradox:


Tengo miedo de ser un producto. Tendencioso y predecible. Agridulce. Un imbécil que grita “yo no soy nadie” cuando cree serlo todo. No quiero aparentar ser una cosa, ni quiero ser esa cosa.

Tengo miedo de los lugares comunes. De las frases que creo geniales y sólo son repeticiones.

Tengo miedo de las historias que sólo son remakes de la ignorancia. No puedo ni pensar que estoy en contra sólo para estar en la otra vereda. En la vereda de los inteligentes; de los iluminados que piensan distinto.

Tengo miedo de ser cruel para ser amable. De criar a un hijo con tiranía para que salga bueno, o de criarlo con libertad para que no sea malo. Tengo miedo, insisto, a las frases comunes.

Tengo miedo de repetir como un loro “si Dios es omnipotente que cree una piedra que no pueda mover”. Tengo miedo de hacer click en el mismo video de youtube porque una masa de anónimos hace lo mismo.

A veces me despierto sintiendo que soy ateo porque no está de moda creer en Dios.

Y a veces tengo miedo de despertar y que mañana, o en un mes, o en diez años, empiece a creer en Dios sólo porque todos están en su contra.

Paradox link a: inception - penrose steps

sábado, 19 de enero de 2013



Eternidad:

Dice wikipedia que la eternidad puede ser también el no-tiempo. Y que NO se necesita ser creyente para establecer la certeza de la palabra eternidad. Al menos no creer en Dios. Sí creer en las matemáticas, porque wikipedia dice que la realidad de los números y su existencia sin necesidad del tiempo son el reflejo exacto de la existencia de la eternidad.

Así wikipedia parece separar a los humanos en dos: los que creen en Dios y los que creen en las matemáticas.

Para saber cuál de las dos ramas elegir podemos llevar todo a una cuestión de poder. Quién ejerce mayor influencia, quién tiene más poder. Hoy en la Ñ un escritor periodista británico y su traductor citan al sociólogo Steven Lukes para marcar que él señaló las tres formas del poder:

1) La capacidad de impedir que las personas hagan lo que quieren hacer.
2) La capacidad de impulsarlas a hacer lo que no quieren hacer.
3) La capacidad de conformar la manera en que piensan.

Primera reflexión: "conformar" es una palabra ambigua para traducir la tercera regla.

Segunda reflexión: si aplicáramos estas tres reglas (las Lukes, no las de Burroughs) a las matemáticas y a la Religión ¿cuál de las dos ejerce una opresión más asfixiante y nefasta? ¿Cuál de las dos no impiden o nos conforman? ¿Realmente se puede distinguir una de otra? ¿Realmente se puede ser creyente y renegar de las matemáticas o renegar de Dios y aceptar los números como dogma? ¿No estamos dando vueltas como el perro persiguiendo una cola que pensamos ajena y siempre ha sido nuestra?


lunes, 14 de enero de 2013


Felpa:

Quisiera meterme en un disfraz de oso, de esos marrones oscuros que en la panza tienen un círculo más claro y exagerado y que la espalda terminan en un culo enorme con un rabo improbable en el medio, además quiero que las patas sean acolchadas y me dé sueño cuando apoyo los pies sobre la felpa mullida y calentita. 

Con el disfraz atendería a la gente detrás de un mostrador municipal. Cualquier y todos los trámites les resolvería. Y mientras esperan les haría chistes y demoraría en contestarle las preguntas a los que me traten mal porque así son los osos, los osos que andan en las cañerías, los osos que actúan en películas como peluches reales, los osos que abrazan a los niños para que se suban a los camiones disfrazados de trenes o barcos que dan vuelta por la ciudad. 

Y después de trabajar llegaría a casa, me tiraría en una reposera (tumbona), leería una historia de conejos que se tiran en las reposeras al costado de las piscinas y me preguntaría cuándo empezó a cambiar tanto el mundo que ya no me queda nada por leer de aquellos autores que devoraba en otros tiempos. 

Y me preguntaría por qué.

O porque ya no escriben, o porque están muertos, o porque sus herederos atacaron con manuscritos que muchas veces dan vergüenza ajena, o porque simple y cruelmente, los libros también pasan de moda y desaparecen, como la colección de zapatos de felpa para oso que tan bien se vendió en la temperada otoño-invierno del 2026.

miércoles, 9 de enero de 2013

Otra de zombis




¿Te acordás que ese verano no se podía respirar? ¿Te acordás o no? Un calor como nunca antes. La humedad, dijeron. Y los mosquitos fueron culpa de la humedad. Y los mosquitos fueron culpables de... Pero antes habían llegado esos bichos que algunos llaman alguaciles y otros helicópteros. ¿A vos cómo te gustaba llamarlos? O mejor dicho, ¿cómo pensás que se llamaban? Yo les digo alguaciles, y cuando era chico me tragaba la “l” "aguaciles". ¿Te acordás? Vos no podías decir pulpo. Decías “culpo”. Y no había forma de que aprendieras. Y yo decía "pupo", para no ser menos. Para mí era capricho. Para llamar la atención. Como los alguaciles, que daban vueltas por toda la ciudad sin hacer nada, para llamar la atención. Pero después vinieron los mosquitos y ahí sí que se armó. Al principio todos pensamos que la culpa había sido de ellos. Que ellos habían traído la peste. El armagedón zombi, como lo llamaron en los diarios. Pero vos sabés lo que yo sé. Que no fue así. Y aunque los zombis andan por todos lados y todavía algunos rezan para que esto sea sólo un capítulo malo y largo de la serie walking dead, vos sabés cómo empezó todo porque estuviste ahí. Y yo estuve ahí. Los dos lo vimos al tío Omar bajarse la milanesa con un cuarto de vino tinto y seguir tomando el resto de la botella hasta que llegó la sandía de postre. La sacaron de la heladera en la conservadora y la pusieron sobre la mesa de plástico en el pasillo del balneario. Todos pensamos que el tío no se iba a animar. Vos también lo pensaste, no digas que no. Por eso abriste la boca como hacen los dibujitos animados cuando dejan caer la carretilla hasta el piso, pero vos no decís carretilla sino maxilar inferior y no se cayó hasta el piso porque eso es imposible. Como también eran imposibles los zombis, no te olvides de eso. La cosa es que el tío se comió la sandía mezclada con el tinto caliente. Y no pasó nada. Hasta que alguien lo cargó. Creo que fuiste vos. O yo. No importa. La cosa es que alguien le dijo que no se iba a animar a meterse en el mar, y el tío, cabezón como vos y como yo, salió corriendo para el agua helada del Atlántico... Ya de verlo venir, caminando como si la arena fuera un campo con madrigueras de mulitas uno se daba cuenta de que algo no andaba bien. Ni cuando se prendió al cuello de la tía, ni cuando le mordió la pata al carpero amagamos a hacer algo, pero cuando la tía se tiró encima de una vecina y el carpero atacó a los nenes de los Carrizo entonces sí que nos dimos cuenta que tantas horas mirando películas de zombis no habían sido en vano y salimos corriendo hasta esta cloaca donde estamos encerrados hoy, conocedores vos y yo, de que la plaga no empezó con los mosquitos, sino con el viejo mito de mezclar ciertos elementos en la naturaleza que no deben ser mezclados y después meterse al mar, como si nada. Lástima que nadie nos creería si contamos nuestra historia, como hace unos días nadie creía en los muertos vivos.