lunes, 10 de octubre de 2016



Hannah Arendt

Y un día a vos que das un taller literario, que te leen tus amigos y te recomiendan conocidos y oportunistas, a vos que pasas horas encorvada sobre la computadora y días resistiendo a la tentación de perder el tiempo navegando en internet para corregir un párrafo que no tiene solución, a nosotros los Iluminados de la Contemporaneidad Impronunciable que buscamos un lugar en el mundo y promocionamos libros imprescindibles todas las semanas, un día suena el teléfono y nuestra pareja nos dice que es un llamado desde Milán y agarramos el tubo del fijo para escuchar, del otro lado, una voz desconocida, chapucera, en un castellano apenas pronunciable, que nos dice que es Milan Kundera y que estemos atentos porque nos pusieron en la lista del Nobel. ¿Qué harías? ¿Creer o no creer? De eso trata “Un nobel de provincias” anteúltimo cuento de Negar todo, el libro póstumo de Fontanarrosa. Y algo similar sucede por estos días con el escritor argentino César Aira. Ya el año pasado se lo mencionó en la lista. Lo mismo este año. Y lo que menos importa es saber si es cierto o una mentira hermosa. Optemos, por una vez, en creer. Abandonemos desconfianzas y suspicacias. Un argentino es candidato al premio Nobel. Podríamos poner “Parece ser que un argentino probablemente estaría entre los potenciales candidatos a un premio que podría corresponderse con el Nobel” pero eso lo dejamos para los zócalos de la televisión y los diarios. Podríamos discutir la legitimidad de un premio que le otorgó el liderazgo de La Paz a un presidente yanqui. Podríamos debatir la calidad de Aira, con opiniones válidas a  favor y en contra, con chicanas y elogios desmedidos; con lo que quieras. Pero lo que llama la atención es tu respuesta ante el hecho, Pebete, Mujer Argentina, y la respuesta que dimos los Iluminados. Hay muchas encuestas caseras en las distintas redes sociales argentinas y las que apuntan a preguntar a quién habría que darle el Nobel, no dejan de ser sorpresivas. Mencionamos europeos de nombres impronunciables que parecen copiados de listas de Pripyat, o un Murakami edulcorado en traducción de traducciones como grafitis que recuerden a Fukushima, o yanquis jubilados (sí, hasta los escritores se jubilan), o sudafricanos comprometidos con causa sociales, etcétera, etcétera. No está mal, nada nunca lo está, pero es llamativo en un país que hace del patriotismo su bandera, que se emociona porque jugadores de rugby lloran mientras suena el himno, que se conmueve con la torre de Tandil y su lucha contra las lesiones, que discute horas y horas en la improductividad defendiendo a una selección de fútbol cuyos abanderados fueron condenados por evasión fiscal y a nadie parece importarle, ese país, que privilegió lo nacional sobre el colonialismo, que se emocionó cuando nombraron presidente de la corporación más vieja del mundo (con todo lo que eso significa) como uno de los suyos y le cambiaron el nombre por Francisco, ese mismo conjunto de ciudadanos, en materia de literatura hace agua, se hunde, se globaliza: una parte de la cultura lejos de apretar filas detrás de uno de los nuestros se ramifica y defiende su postura en pos de la universalidad de las letras. Como si el deporte no fuera universal. Así, la sociedad se divide en dos: para un lado la masa que se unifica en los mundiales y la otra, pequeña como pseudópodos que divide y aplaudirá con entusiasmo al foráneo que gane el reconocimiento de la academia sueca, sea quien fuere y sin el menor deseo de leerlo nunca jamás. Esto no quiere decir que todos deberíamos gritar la obtención del Nobel como un gol, ir a esperarlo a Ezeiza o cumplir promesas de peregrinación a Luján si gana. Quizás, tal vez, lo que haya que replantearse no sea eso.