miércoles, 9 de enero de 2019

Frases cortas, diálogos filosos




En las peluquerías agradezco la brevedad y el silencio; la primera instancia a veces se da, la segunda es una ausencia constante. En Colón suelo ir, en viajes relámpagos y esporádicos, alternativamente a dos peluqueros. Uno es rápido y memorioso: sabe de dónde soy, recuerda qué auto tengo y la edad de mi hijo. El otro es rápido, también, pero desmemoriado; o no le interesa recordarme. Cada vez –el desmemoriado– inicia un diálogo breve que decae a medida que nota mi poca cordialidad. Como dije, suelo ir a uno u otro. Están en la misma calle, los separan tres cuadras. Si el primero está solo, entro. Si hay gente, sigo al otro y generalmente quedó ahí. O también lo postergo para el día siguiente. El desmemoriado fue al último que visité. Cuando, como todas las veces, me preguntó de dónde era y le contesté “De Mar del Plata”, primero marcó con las cejas esa duda clara, ese no entender cómo alguien que tiene todo el mar a su disposición lo cambia por un río. Pero no dijo nada de eso, en cambio sentenció: “Ah, Mar del Plata, donde tienen el intendente nazi”. Es Enero del 2019, vale aclarar. No hablamos mucho más, le conté alguna aventura de la ciudad y su desdicha –el paro municipal, las paritarias y su ausencia, las multas en la ciudad, los semáforos en las rotondas– y él cambió el tema por la altura del río. De su río. Cuatro metros, me dijo. “Si sigue creciendo se termina la temporada. Porque acá también, como en toda la bendita economía del país, dependemos de Brasil. Si llueve en Brasil, nos ahogamos”. Para el otro peluquero, para el que me recuerda sin esfuerzo, debo esforzarme más para obtener sentencias y frases llenas de sentido y perfección. Frases cortas, diálogos filosos: la premisa, la regla de oro de la literatura contemporánea. La última conversación que recuerdo la logré citando –sin mencionar a su autor– una idea de Pessoa: que el oficinista no sabe qué hacer si lo dejan salir una hora antes de lo habitual de su lugar de trabajo. Pessoa habla algo así como de la inseguridad que nos genera el mundo no conocido, y concluye que esa inseguridad termina por ahogar al oficinista que incluso puede volver a encerrarse en la oficina, a dejar pasar el tiempo que debería ser libre. El peluquero memorioso se tomó un minuto, o dos: y aunque no dijo “Esas son cosas de porteño” porque asume que por ser de Mar del Plata soy porteño, lo pensó. Sé que lo pensó. En cambio dijo lo segundo que debió venir a su mente: que esa frase, con todo respeto, le parecía una pavada: “Yo sé perfectamente lo que haría, bajo las persianas, me voy a almacén, me compro una cerveza bien fría y me voy para el río, o mejor, para donde quiera que estén los míos”.