miércoles, 15 de mayo de 2019





Le conté que estaba leyendo a Pascal Quignard con ánimo de encontrar un hilo conductor en su obra enorme. Le hablé de Butes (el argonauta que salta cuando escucha a las sirenas), de Rachord (el rey de los frisones que antes de convertirse al cristianismo pregunta a dónde fueron a parar todos sus antepasados muertos) y de Julio César (el que quizás no necesite presentación) paralizado frente al Rubicón y, según Suetonio, consciente en su inmovilidad de que todo habría de cambiar al atravesar ese río. Bernabé Tolosa, a quién considero mi amigo y a la vez mi mayor rival en la búsqueda permanente de libros usados y lecturas nuevas, me recordó una escena del Evangelio según Jesucristo: José Saramago toma el pasaje bíblico de Jesús en la barca y lo pone frente a Dios en un diálogo lleno de retórica y mentiras. El Diablo llega nadando –me contó Bernabé Tolosa– y no me acuerdo si se sube a la barca o no, creo que se queda con los brazos apoyados mientras Jesús le exige a Dios saber qué pasará después de su muerte. El énfasis de su explicación me hizo maldecir las horas por delante hasta llegar a casa para poder buscar el capítulo del libro. En la espera del día, creí encontrar en esa exigencia del Jesús de Saramago un reclamo similar al del rey Rachord que describe Quignard. El rey quiere saber si sus antepasados, los que no conocieron esta religión nueva que viene a ser el cristianismo, están en el infierno. La respuesta es sí. Jesús quiere saber qué pasará después de su muerte. La respuesta es que vendrán más muertes, y todas sin sentido. A la noche, por fin, leí el capítulo. Y esto es lo que quiero contar: lo encontré tedioso, aburrido, muy distinto a la idea desde la oralidad, desde la pasión con que me fue narrado por la mañana. Pienso que muchas veces en la idea está la gracia de una historia, la maravilla, y no en la ejecución. Muchas veces lo que pensamos no se adapta a la escritura, o aquello que recordamos es mejor que lo que vamos a leer, sobre todo si se trata de relecturas de otros tiempos. Cuando los libros eran otros, cuando nosotros éramos otros lectores. No mejores, pero sí no tan inocentes. Pienso que las primeras lecturas se parecen a la infancia: hay un contacto tan simple con las historias que todo lo que tocamos se vuelve oro. Para los primeros libros seremos el rey Midas extasiado por convertirlo todo en oro, para los últimos estaremos hartos, muertos de hambre, encandilados de tanto oro, esperando un libro que sea honesto, real. Le avisé a Bernabé Tolosa que no cometa el error de releer el capítulo, que se quede con la imagen que su mente evocó, con la idea que modificó y convirtió en el recuerdo de algo que no fue. No sé si me hizo caso. No sé si lo hará. Me comentó que la historia le podía servir para actualizar su página El Escribiente y quizás sea mejor que lo hago, quizás no haya que resistirse a la tentación de volver a leer algo que consideramos hermoso. El desengaño es un ejercicio solitario, como la lectura. Lo que se comparte, la idea, no siempre se puede hallar en el texto que nos recomienda. Lo que está, incluso en los libros que leímos, es algo que cambia, como el río, como Rachord, al entender que el pasado es lo único que no nos pertenece.




domingo, 5 de mayo de 2019




La humanidad y los fármacos. Primera parte.



Byung-Chul Han escribe que la sociedad del cansancio se convierte paulatina e inevitablemente en una sociedad del dopaje. Cita a profesionales que afirman que “Un cirujano que opere con ayuda farmacológica cometerá menos errores y salvará más vidas. El uso inteligente (aquí el traductor debió preferir el término médico “racional”) de drogas no supone problemas. Solo hay que establecer cierta equidad de modo que esté a disposición de todos”. El problema está en la justa distribución de los fármacos, no en los efectos adversos. Más adelante el autor concluye: “Si el dopaje estuviera permitido en el deporte, este se convertiría en una competencia farmacéutica”. Dopaje (del inglés to dope: drogar) es una palabra que se ajusta exclusivamente al ámbito deportivo. No se utiliza para el resto de la sociedad, para el resto se reserva el término Mejoramiento cognitivo (del inglés Neuroenhacement) el que se podría traducir como “entrenamiento farmacológico y por otras técnicas para mejorar la capacidad del pensamiento”. A través de cierto fármaco y cierta dosis correcta seremos mejores. Ya existen novelas y películas al respecto. Ya la vida real invade los ámbitos universitarios y de posgrado donde se destaca, por ejemplo, el consumo del fármaco llamado Modafilino.

La medicina está cambiando. Cambian los pacientes, las nuevas generaciones están instruidas, tienen la información a mano (aunque mayor información no quiere decir necesariamente “verdad”) y tienen nuevos hábitos: cambia la alimentación, la relación con el cuerpo, la experiencia individual frente a la vacunación en rebaño. Pero no solo cambia la sociedad de pacientes, también cambian los médicos. Su forma de pensar, su compromiso, su cansancio ya no coincide con el de sus mayores: los médicos que hoy forman médicos serán obsoletos en un futuro muy cercano. Así la medicina que antes se limitaba a curar las enfermedades y las heridas y a restituir la salud ahora se enfrenta a una nueva concepción: mejorar lo que se pueda mejorar en una persona sana. Ya lo hizo el sildenafil, en el caso de la erección masculina, ya lo hace el estanazol y los batidos, quemadores de grasa, las proteínas y creatina en el cuerpo que se expone en fotos para redes sociales; ya lo hacen las vitaminas con su efecto placebo en “la vitalidad” y no sentir el cansancio que exige nuestra “sociedad del rendimiento”; ya lo hacen los ansiolíticos para evitar el duelo, la tristeza, el aburrimiento y el insomnio que invita a pensar; y ahora a esa lista de beneficios para personas sanas se agregan los nootrópicos (como el modafilino) que mejoran la concentración y el razonamiento, que permiten mantener la lucidez frente a maratónicos exámenes multiplechoice y una resistencia invaluable frente a tan largas horas de guardia.  Los espejos son la metadona del fisicoculturismo escribe Chuck Palahniuk después de enumerar lo que sus amigos se inyectaban para mantener el físico: dianabol, arginina, ortina, inosina, DHEA, serenoa, selenio, cromo. En su escritura hay una admiración por el físico que en un momento parece imperecedero, hasta que un día un médico le prescribe Anadrol para mejorar su propio cuerpo y el escritor se sintió mejor, increíblemente mejor para el mecanicismo. Su percepción del cuerpo cambia y entonces escribe: “Tienes orgasmos en el deltoides, en los cuádriceps, pequeños orgasmos parecidos a calambres calurosos y torrenciales. Te olvidas de tu pene. En cierta forma es una paz, una escapatoria del sexo.” Al poco tiempo deja todo porque los efectos adversos aparecen, porque entiende la perversidad de quienes ya tomaban la medicación haciendo referencia a los efectos buenos y obviando mencionar las complicaciones a mediano y largo plazo. El hombre se engaña para estar bien en un momento: para dormir, para rendir sexualmente, para evitar una tristeza que no debería evitar. Y ahora, también, para rendir más allá de lo que su pensamiento puede rendir.

El origen de la palabra fármaco, o farmacología, es egipcio: ph-ar-maki “el que protege”, ya los antiguos sabían que ese mismo remedio, aunque natural, aunque proveniente de plantas podía ser un veneno: mal administrado, o en dosis altas, podía matar. Andrzej Szczeklik escribe: “Durante milenios el hombre buscó la piedra filosofal, la quinta esencia, el elixir de la vida. Fue buscada en todos lados, hasta en China, antes de Cristo. Se suponía que limpiaría el cuerpo, alargaría la vida y devolvería la salud a los ancianos. Todos los pueblos indoeuropeos soñaban con una planta (un fármaco) milagroso: el secreto de una vida conjurado en una piedra” conjurado en una píldora, podríamos traducir a nuestro antojo.



domingo, 31 de marzo de 2019

¿Cómo organizar un libro de cuentos?


Dejo un nuevo intento de organizar el primer libro de cuentos. ¿Cuántas veces ya? Me lamento de no haber numerado cada uno, pero esa cuantificación de un mundo caótico no visibilizaría la dimensión real del problema. ¿Problema? La ciudad se derrumba y yo cantando. ¿Se puede todavía citar a Silvio? ¿O ya es anacrónico y le encontraron alguna dimensión de esas que las buenas costumbres de hoy crucifican? Vuelvo al libro de cuentos. Podría poner un número arbitrario, veinte, pero alguien podría pensar que fueron esos intentos en la misma cantidad de días. Veinte días es una cifra irrisoria. Podría, entonces, pasarlo a una unidad de tiempo. ¿Cuántos años ya? Es difícil recordar en qué momento escribí por primera vez una cantidad de cuentos que creí suficientes para unir en un libro. Esa es el primer inconveniente. La cantidad, no la calidad. Quizás los primeros diez, doce cuentos me dieron la certeza de estar frente a algo más, es decir: un libro. Pero fue evidente que no había nada más que un número, no la calidad (calidad a la que uno aspira, lo que opinarán los demás es indescifrable ¿por suerte?) y entonces los cuentos se empiezan a sumar. A los primeros diez se les agregan otra decena y otros más. Algunos entran en una antología, otros se esparcen por la web. Y así un día el problema es que son demasiados, que los mejores ya salieron publicados y que los inéditos quizás merezcan siempre vivir en esa categoría. Y después el gran problema: la repetición. Algunos cuentos (no lo ves durante mucho tiempo: es la carta robada, es la genialidad de Poe: todo está ahí, incluso el lector que somos y que inventamos) algunos cuentos, decía, se repiten en estructura, otros en personajes y rituales, otros en escenas, otros en deseos. Las obsesiones se hacen presentes, se mezclan, se pierden en sus burdas máscaras de carnaval. Las obsesiones siempre han estado ahí: el astronauta en órbita lunar tiene las mismas reacciones que la docente en el aula, el viejo jubilado contesta con la misma expresión que un capitán chino herido de muerte por un desconocido soldado ruso. Los tiempos se anulan, se unifican: nosotros somos el cuento que un día nos cansamos de contar. Entonces, ¿cómo se arma un libro de cuentos? ¿Hay una fórmula? ¿Todos iguales o todos distintos? ¿Los mejores primero y último y el medio el relleno? ¿Los mejores primero y segundo? ¿En orden creciente? ¿Un excelente cuento final puede salvar un libro mediocre? Hay un lugar que parece común: así como se afirma que en una novela hay que abrir con un párrafo contundente, en un libro de cuentos el primero debe compartir esa característica. El resto es una incógnita que no pude resolver. Si lo pienso ahora, escribiendo este texto, apurado, la pregunta se parece (¿se parece?) al siguiente interrogante: cuándo se debe dejar de corregir. Y si es así, tiene solución porque en determinado momento se sabe que hay que abandonar el texto: la corrección mínima es eterna, pero la mayor, la estructural, un día se termina. Si se sigue, la historia se arruina, se pierde para siempre. Quizás no encontré el lugar: un taller literario donde se corrija más allá de un texto y se trabaje en el libro. Con un editor trabajamos hace un año, tal vez más, sobre los cuentos e hicimos una selección. En ese momento el libro funcionó, para los dos. Hoy, un año después, no funciona y claramente no funciona. Un libro de cuentos es una mezcla de cartas que deben tener un orden (lo tienen que tener) pero es esquivo: se las puede acomodar de tal manera que garanticen una buena mano para el escritor, ¿pero no es eso hacer trampa? Un amigo, también escritor, me dice que cuando llega la temporada de concurso, acumula cuentos dispares solo para juntar las páginas necesarias para entrar en el concurso. Lo considera casi como una antología. Eso es interesante. Una antología falsa. A cada cuento asignarle un personaje que escribe, y a ese personaje crearle una biografía, una vida, una foto, una familia (o su ausencia) una justificación en sus experiencias para entender por qué cuenta lo que cuenta. Imagino el esfuerzo para conseguir una editorial y después para falsificar las firmas. Imagino el trabajo de crearles una vida a esos escritores falsos en las redes sociales, con fotos robadas de otras vidas, nombres de novelas y cuentas que no escribieron y todo para lograr que esos personajes inexistentes cedan sus derechos de autor. Pero quizás no sea necesario el esfuerzo. Todo libro de cuentos es una antología de uno mismo. Los cuentos fueron escritos por alguien que uno ya no es. Y en eso quizás esta la dificultad de elección. Si somos nuestras lecturas y las lecturas nos hacen escribir lo que escribimos, es lógico que los cuentos sean distintos. Y que no nos gusten. ¿Cuántos libros malos hay que leer para poder disfrutar un libro bueno? ¿Cuántos cuentos malos hay que escribir para lograr uno que valga la pena? ¿Cuántas veces hay que acomodar los cuentos para que tengan un sentido? Por una vez, parece que la selección, el cumulo y el orden de los cuentos, no depende del autor. Depende de cada lector. Y para cada lector debería existir un orden distinto, una vasta combinación, pero no infinita, porque finalmente es el lector quien encontrará el índice correcto: los cuentos que recuerde y el orden en que los recuerde serán el libro final, el que debimos publicar.

domingo, 17 de marzo de 2019

El libro


Borges dice: “Un libro tiene que ir más allá de la intención de su autor. La intención del autor es una pobre cosa humana, falible, pero en el libro tiene que haber más”. La cita es de Borges oral, de su conferencia sobre el objeto libro, que empieza con la acaso caduca comparación de las herramientas como extensiones del cuerpo humano. Suzy Lee abre su libro ilustrado Trilogía del límite contando que después de la publicación de otro de sus trabajos llamado, La ola, recibió el siguiente correo electrónico enviado por una librería en representación de otras: “Estamos un poco confundidos por las ilustraciones a doble página, parece como si faltaran parte  de la niña y de las gaviotas. ¿Es así?” La ilustración muestra en la página par a una niña que extiende el brazo hacia la página impar, pero en la impar no vemos ni los dedos ni vemos la mano. Le preguntan a la autora si es un fallo de imprenta. Y ella también se lo pregunta. A partir de esa duda, decide saber qué su sucedería si en lugar de ignorar el pliegue de la encuadernación decidiera aprovecharlo. Los libros son un todo que nos influye, en su cubierta, su textura, sus espacios. Como Borges, Whitman habla del libro, de todos los libros, también: “Camerado, this is no book / who touches this touches a man / (Is it night? are we here together alone? /It is I you hold and who holds you /I spring from the pages into your arms decease calls me forth”. Se puede pensar que los libros encierran el significado de las cosas. Aún de las cosas que sus autores desconocen. Su desaparición material no significa la pérdida de este significado. Una biblioteca vacía, si aún conserva un recuerdo de los libros que la habitaron (por ejemplo, una línea imperfecta que marca los espacios donde el polvo se acumuló entre los márgenes de los ejemplares heterogéneos) devuelve la memoria de esos libros y con suerte sus palabras; es decir, devuelve un significado que se consideraba perdido. Pero, ¿qué son esas palabras recuperadas o la proximidad a esas palabras? Borges se pregunta qué son las palabras acostadas en un libro. “¿Qué son esos símbolos muertos? ¿Qué es un libro si no lo abrimos?”. De inmediato se contesta: “Nada absolutamente”. Se puede afirmar, entonces, que los libros son el silencio. No la muerte, pero sí el silencio. Y son el silencio porque marcan el fracaso: los libros se callan porque nos hacen creer que encierran el significado de las cosas, pero eso no es cierto. El libro es la casa de un dios muerto, aún para los creyentes. César Aira marca que entre el museo y el libro hay una relación de mutua metáfora. “El libro puede ser museo imaginario tal como el museo puede ser el libro que cuenta, en sus testimonios tangibles, la historia de un pueblo o de una época o de un artista”. Para Borges, el libro es el río de Heráclito. Cada vez que leemos un libro, el libro ha cambiado. Las palabras son otras. Los libros están cargados de pasado. “Si leemos un libro antiguo es como si leyéramos todo el tiempo que ha transcurrido desde el día en que fue escrito y nosotros”




martes, 26 de febrero de 2019





En alguna parte leí que no podemos dejar de engendrar un contenido previsible si leemos lo mismo que todos leen. La ausencia del recuerdo, la imposibilidad de la evocación funcionan en este caso como una realidad y no un recurso literario. Desearía recordar dónde, en qué libro, en qué página leí esa afirmación tan incómoda. La colección Lectores, de editorial Ampersand, contiene libros que apuntan en esa dirección: ser leídos por todos, en simultáneo, con urgencia, con placer. Son libros sobre libros, sobre la lectura. Tienen el efecto que parecía solo destinado a las series televisivas de moda, salen más de uno a la vez y aun así ya esperamos la próxima entrega con ansiedad. Casi imagino una maratón de lectura. Entre los títulos que ya leí –no los leí todos, ni los que sí siguieron un orden lineal– quizás Los libros y la calle, de Edgardo Cozarinsky, sea el que menos marqué. No por la calidad del libro, me apuro en aclarar, porque tiene puntos altísimos: que valga por ejemplo el párrafo donde Cozarinsky recuerda que en los libros de su infancia estaba ausente la sexualidad. No, el motivo de la ausencia de marcas se debe más a la experiencia que se cuenta: cada libro y cada librería es una anécdota y un instante de reflexión, cada página es un parte de la vida perdida y de la obra del autor. Cozarinsky recuerda lo que yo no pude recordar al inicio de este párrafo. Es un libro de un autor para sí mismo y sin embargo, este libro ajeno me lleva a la reflexión más importante con la que me enfrenta la colección hasta ahora. Cozarinsky recorre la Buenos Aires de su pasado –también Londres– y al nombre de cada librería que visita le agrega, con el mismo grado de importancia, el nombre de su dueño. Cada librería representaba una persona, una vida, cada librería era una marca, un estilo, una forma. ¿Qué es entonces El gran pez? En la librería que abrimos hace poco más de dos años trabajamos cinco personas. Cuatro socios y una socia. Cinco estilos, formas, gustos y preferencias totalmente diferentes. Los lectores que se formen hoy, que compren ahí, ¿a quién de nosotros recordarán? ¿A todos? ¿A ninguno? ¿Será simplemente el recuerdo de la librería? Un gran pez que da por nombre a un local pequeño, abarrotado de libros, adaptado al clima de la ciudad: caluroso en verano, frío en invierno, sosteniéndose en medio no solo de políticas que no favorecen a los libros sino también de gustos que tienen más que ver con las pantallas de la era digital. Y también, a riesgo de la elegía, a riesgo de no sonreír pensando "que lo mejor está por venir", acaso la pregunta más importante es cuál será El gran pez que nosotros mismos recordaremos.








miércoles, 9 de enero de 2019

Frases cortas, diálogos filosos




En las peluquerías agradezco la brevedad y el silencio; la primera instancia a veces se da, la segunda es una ausencia constante. En Colón suelo ir, en viajes relámpagos y esporádicos, alternativamente a dos peluqueros. Uno es rápido y memorioso: sabe de dónde soy, recuerda qué auto tengo y la edad de mi hijo. El otro es rápido, también, pero desmemoriado; o no le interesa recordarme. Cada vez –el desmemoriado– inicia un diálogo breve que decae a medida que nota mi poca cordialidad. Como dije, suelo ir a uno u otro. Están en la misma calle, los separan tres cuadras. Si el primero está solo, entro. Si hay gente, sigo al otro y generalmente quedó ahí. O también lo postergo para el día siguiente. El desmemoriado fue al último que visité. Cuando, como todas las veces, me preguntó de dónde era y le contesté “De Mar del Plata”, primero marcó con las cejas esa duda clara, ese no entender cómo alguien que tiene todo el mar a su disposición lo cambia por un río. Pero no dijo nada de eso, en cambio sentenció: “Ah, Mar del Plata, donde tienen el intendente nazi”. Es Enero del 2019, vale aclarar. No hablamos mucho más, le conté alguna aventura de la ciudad y su desdicha –el paro municipal, las paritarias y su ausencia, las multas en la ciudad, los semáforos en las rotondas– y él cambió el tema por la altura del río. De su río. Cuatro metros, me dijo. “Si sigue creciendo se termina la temporada. Porque acá también, como en toda la bendita economía del país, dependemos de Brasil. Si llueve en Brasil, nos ahogamos”. Para el otro peluquero, para el que me recuerda sin esfuerzo, debo esforzarme más para obtener sentencias y frases llenas de sentido y perfección. Frases cortas, diálogos filosos: la premisa, la regla de oro de la literatura contemporánea. La última conversación que recuerdo la logré citando –sin mencionar a su autor– una idea de Pessoa: que el oficinista no sabe qué hacer si lo dejan salir una hora antes de lo habitual de su lugar de trabajo. Pessoa habla algo así como de la inseguridad que nos genera el mundo no conocido, y concluye que esa inseguridad termina por ahogar al oficinista que incluso puede volver a encerrarse en la oficina, a dejar pasar el tiempo que debería ser libre. El peluquero memorioso se tomó un minuto, o dos: y aunque no dijo “Esas son cosas de porteño” porque asume que por ser de Mar del Plata soy porteño, lo pensó. Sé que lo pensó. En cambio dijo lo segundo que debió venir a su mente: que esa frase, con todo respeto, le parecía una pavada: “Yo sé perfectamente lo que haría, bajo las persianas, me voy a almacén, me compro una cerveza bien fría y me voy para el río, o mejor, para donde quiera que estén los míos”.




viernes, 23 de noviembre de 2018




Los clásicos



Por cuestiones de mudanza los libros están guardados en cajas. Las bibliotecas están desarmadas y las cajas las apilamos desparramadas por toda la casa. No hay orden en el interior, lo que primó fue que encajaran los libros según su tamaño. Cuando llegué el momento –que nunca llega– se acomodarán. Quizás en un primer momento los ordenaremos por colores, desafiando la lógica de acomodarlos por autor y por países que solemos usar, y definitivamente ignorando el sistema de las librerías que agrupa los libros por sus contenidos: narrativa, poesía, ciencia, filosofía y algún que otro estante donde incluir los ejemplares imposibles de clasificar.
Ayer moví una pequeña e inocente caja que en un rincón de la habitación tapaba una llave de luz. El miedo fue consecutivo al esfuerzo, y no por el peso. El miedo vino con el tacto. Noté algo raro en el cartón, algo tan previsible como indeseable: la caja estaba húmeda. Muy húmeda. Casi mojada. De inmediato, y presa del pánico como el personaje de un autor clásico, miré la pared detrás de la caja: ahí estaba la respuesta. Después me arrodillé y toqué el piso y confirmé el diagnóstico: la humedad había invadido ese rincón y por contigüidad la caja. Aún de rodillas, levanté la tapa y saqué los libros con las manos temblorosas del personaje de autor clásico. El olor me invadió, inconfundible. Vacié la caja. Los libros que estaban más abajo, en contacto con el piso, fueron los que llevaron la peor parte. Tres libros de José Camilo Cela hacían de soporte y uno de ellos, Gavilla de fábulas sin amor con ilustraciones de Picasso, fue el que se llevó la peor parte. Me senté y sentí una desolación absurda. La angustia no tenía justificación. Son, apenas, libros. Son objetos coleccionables, el dinero que los acumula también los hace reemplazables. Ni el más incunable de ellos lo será por siempre: existen las reediciones, las modas, las casas de usados, los canjes, las bibliotecas que muertos sus dueños pasan a otras manos. Y aun así, y aún ante el razonamiento y la certeza, sentí angustia. Una explicación –la única que me queda después de una noche de insomnio repasando la escena– es entender que los libros también morirán. Que no estarán por siempre, que todo el tiempo que les dedicamos se perderá. Siempre pensé que una de las pocas cosas que dejaría al morir sería mi biblioteca, que estaría para siempre, no importa en qué lugar, en que familia, en qué lugar encerrado y oscuro, siempre estaría. Y ahora, entender que no será así, entender que la humedad o el tiempo destruirá cada uno de mis libros, hace desoladoramente inútil la existencia, el efecto contrario al que experimentamos cuando leemos una historia que simplemente nos gusta.