domingo, 3 de noviembre de 2019





Decir que la casualidad me llevó a este libro es falso. Casi todos los libros nos llegan por casualidad. O todos. Aun los que pedimos que nos regalen. Aun los que nos recomiendan con fervor. Es casual que decidan hacernos caso en el regalo, y muchas cosas tienen que suceder para que uno compre efectivamente el libro que le venden como una obra maestra. Ni que hablar para que ese libro sea leído. Los libros en las mesas de saldo están dentro de esa lógica. Todos los libros entran en esa lógica. Por eso es difícil encontrar una respuesta. Por eso existe el lugar común: el libro me encontró. Roberto Herrscher escribió Los viajes del Penélope, donde cuenta su experiencia personal a bordo de un velero, el más antiguo, que participó de la guerra de Malvinas. Hace más de un año que trabajo en un ensayo sobre el mar y tengo un capítulo inconcluso dedicado a otro barco, el Bahía Buen Suceso, que aparece muchas veces mencionado en este libro. La casualidad, entonces, vendría a enmendar las falencias de un torpe investigador (quizás torpe no sea la palabra justa, podría ser perezoso, la pereza se hermana más con la inexperiencia). Estas historias de Malvinas siempre parecen atravesadas por la maldad. Un pueblo que vitorea al Ejército, que se suma a una gesta que denomina Patriota y que llama héroes y cuenta una historia de jóvenes que van a sufrir hambre y frío sin saber por qué. El sin saber por qué parece ser el destino final que busca siempre Argentina. Opinar tanto de tantas cosas nos lleva a un silencio que se hace inaguantable. Mejor opinar antes que pensar. La historia de Roberto Herrscher es en parte la historia de un conscripto de 19 años no puede escapar al destino de las islas por su condición bilingüe: es de los pocos que puede hablar inglés. Mientras leía el libro –la historia de un barco, que es la historia de la Patagonia y la Argentina– pensaba en el silencio de las islas, en el silencio de la narración. ¿Hasta qué punto los autores silencian u omiten? ¿Hasta qué punto el verosímil de la historia es más importante que la inverosímil concatenación de hechos reales? Los otros personajes, los otros tripulantes del Penélope, tienen un pasado breve. ¿Ninguno tuvo que ver con la represión, con los desaparecidos? Quizás no, probablemente no, pero es una pregunta que me resulta inevitable al acercarme a los relatos de la época. Se lee contra los prejuicios, se lee contra el azar. En un momento de la narración Herrscher da voz a un isleño, y ese parece ser su primer contacto con la década y represión de los 70. Herrscher le pregunta qué prefiere, si ser argentino o inglés. El isleño –su apellido es (era) Cockwell– no duda. Prefiere ser británico. La respuesta es obvia, pero lo que inquieta es la explicación. El isleño le habla de las torturas, de los desaparecidos y ensayo un reproche a futuro: si entre ustedes, que son conciudadanos, que dicen amar la misma patria, se tratan así ¿qué nos harán a nosotros?




sábado, 13 de julio de 2019






Al terminar de leer la colección –despareja– de cuentos, ideas y relatos que se publicó con el título de Los casos del comisario Croce, el lector encuentra una nota del autor. Piglia aclara que compuso el libro usando un hardware que le permitía escribir con la mirada. Esa nota se puede emparentar con una declaración de Sabato hecha en los finales de la década del 80. Alguien le preguntó por su escritura y Sabato dijo que ya no escribía tanto como quería por culpa de sus problemas en la vista. Enseguida, Sabato aclaró que le habían traído una computadora especial que podía escribir mediante la voz y que esperaba con eso concretar una novela que tenía pensada. Piglia –en la nota– cuenta sus cambios de hábitos: la escritura a mano, el uso de una Olivetti 22, una computadora Macintosh y finalmente el uso del hardware Tobii. Al final del breve párrafo Piglia deja una inquietud para sus lectores: “Siempre me interesó saber si los instrumentos técnicos dejaban su marca en la literatura. ¿Qué cambia y cómo? Dejo abierta la cuestión”. La pregunta que Piglia nos deja para la lectura de los cuentos de su comisario es, en realidad, una pregunta que se aplicará siempre a la obra de Borges. Los cambios en la escritura del Borges lector y del Borges no vidente los trató más de una vez el mismo Borges. Y por supuesto lo estudiaron sus discípulos y parricidas. “Demócrito de Abdera se arrancó los ojos para pensar; el tiempo ha sido mi Demócrito” escribe Borges en Elogio de la sombra. Borges es uno y otro, pero ¿quién es? Se convierte, sin quererlo, o con toda su fuerza, en un personaje. Sábato tiene que esforzarse más para convertirse en un personaje: por eso declara que ante la presencia de un ciego siente “como si estuviera ante un abismo en medio de la oscuridad”, por eso se llena de contradicciones y apela, finalmente, a ser recordado por ser el hombre de las renuncias: renuncia al laboratorio Curie (renuncia a la ciencia) quema sus obras por imperfectas (renuncia a escribir). En El escritor y sus fantasmas Sabato afirma que ante la presencia de un ciego siente algo en la misma piel que no puede precisar ni explicar. Su respuesta emula las descripciones imprecisas que usaba Lovecraft para desdibujar el horror y magnificarlo en una representación imposible. Si alguien adjetiva una cosa solo como “monstruosa” ya no necesita explicar nada más, pero tampoco explica nada. Con el paso de los años, Sabato logrará alcanzar la ceguera de Borges pero no la intemporalidad de su obra. Piglia no tuve ceguera. Su cuerpo se paralizó por culpa de una enfermedad que afecta al sistema nervioso central. ELA son las siglas de la Esclerosis Lateral Amiotrófica, enfermedad neurodegenerativa de las neuronas motoras. Paralizante, en una palabra. La ELA los músculos, incluido el diafragma, es cuestión de tiempo. Tiempo que Piglia ya no disponía, pero que antes había usufructuado. El tiempo lo será toda para cualquier escritor. Para el mejor, para el farsante. Por cuestión de tiempo hay, quizás, una trampa en la pregunta que deja Piglia en su libro póstumo de relatos policiales. El lector no puede saber cuándo el autor escribió los relatos. Lo intuye, lo imagina, escribiendo desesperado por la quietud que avanza en la cama de un hospital, en una silla mullida, en las horas de la noche que tiene que robarle al sueño para concretar todo lo que quiere escribir antes de la parálisis final. Pero quizás no fue así. Quizás algunos relatos estuvieron años guardados en un cajón, en un archivo de computadora, en una copia mecanografiada en la Olivetti. Quizás la pregunta es una trampa –una hermosa trampa– que lleve a un incauto lector a contestar la pregunta por sí o por no, cuando lo que importa es que la pregunta siga existiendo.



sábado, 8 de junio de 2019





Siempre vuelvo a Amelie Nothomb. La novela se llama Frappe-toi le couer. Golpéate el corazón. Me la recomendaron porque habla de una médica, del camino por el cuál una persona hija de padres comunes termina estudiando medicina. La novela es hermosa, casi no uso otra palabra cuando quiero decir que un texto me gusta. La belleza es lo que más valoro en la literatura. La originalidad ya no existe, no hay que perder tiempo buscándola. Y si existe, existe en estado bruto, casi analfabeto. Toda formación, toda lectura, nos instruye y a la vez nos normatiza. La originalidad la buscamos leyendo cuando precisamente la empezamos a perder con el primer cuento del que disfrutamos la lectura. Volvamos –poco– a la novela de Nothomb. Si bien podría ser la historia de “Cómo me hice médica” poco tiene de medicina. Sí tiene mucho de psicología y posiblemente de conductivismo, mucho de reflexión y soledad. Por momentos tiene continuidad con Metafísica de los tubos, por momentos es como si el misógino Houellebecq se hubiera puesto optimista, por momentos logra la intimidad que me gusta encontrar en las novelas de Nothomb. Creo –con la misma fe que ella proclama para sus personajes– que no es posible salir de sus novelas sin llevarse algo, un pensamiento, una reflexión, una cierta incomodidad, un sensación de que el mundo no cambió de manera significativa pero que, sin embargo, el laurel perdió una rama que no debería haber perdido. Me explico: el mundo al que volvemos después de la lectura es y no es el mismo, es como en esos dibujos duplicados donde el entretenimiento obliga a encontrar las siete diferencias: algo es distinto al cerrar el libro, solo que no es fácil encontrar la diferencia. No es necesario aclararlo, pero lo hago una vez más: mi lectura es lúdica, no soy crítico y siempre me vuelvo autoreferencial, cuando Nothomb escribe creo que escribe para mí: soy su único lector en el mundo, todos los años ella publica para mí. Y para nadie más. Creo en lo que ella dice: Todos los niños rezan sin que sepan forzosamente a quién se dirigen. Poseen un vago instinto no ya de lo sagrado, pero sí de lo trascendente. Creo en sus sentencias universales: El infierno está empedrado de buenas intenciones; de igual manera, las intenciones más mezquinas pueden ser el origen de sinceras alegrías. Creo que cuando habla, habla para mí, un lector común y a la vez su único lector: Tenía ese rasgo de la gente ordinaria que consiste en proclamar auténticas barbaridades “Ya me conocen, trato de ser justa” o “Antepongo el amor por mis hijos ante todo lo demás” creyendo realmente que lo que dice es cierto.




miércoles, 22 de mayo de 2019



Las nieves de antaño. L occupation américaine.

Esta novela es la historia de dos jóvenes desamparados que se necesitan el uno al otro desde chicos. La historia de él y ella se cuenta, pero no es solo una historia que se cuenta, es una historia que se enumera, se enumera desde los afectos de los padres, de mayor a menor se dice qué es lo que los padres quieren. El padre de él amaba, primero, a su mujer, segundo a su profesión de veterinario, tercero a su hijo. La madre de ella amaba primero a su libertad, después a todo lo que sirviera para defender esa libertad y por último a su hija, por eso la abandona. Patrick y Marie-José son huérfanos desde chicos, desamparados por y para toda la vida.

En la ciudad que transcurre la novela (Meung-sur-Loire) hay un ciclo de inundación anual. Como el Nilo, el Loira se apresuraba hacia Nantes antes de llegar al mar. Y en ese ciclo de inundación repetida, Quignard elige recordar la escena bíblica del diluvio: "aquella mortaja de las formas, aquel anhelo de la extensión, aquel anegamiento de las cosas familiares regresaba, año tras año: la destrucción acarrea una belleza impredecible".

La historia se enumera por un principio alrededor de la ocupación norteamericana. Los alemanes ya estuvieron, pero poco tiempo, en cambio los norteamericanos, con su cultura, su música, sus militares, su gueto propio, se mantienen pegados a la Francia, adheridos, en una simbiosis absurda. 

Son los principios de la década del 50, la libertad tras el nazismo se está transformando en otra forma de dominación: la ocupación no es territorial, la ocupación se hace de otra manera, quizás eso nos quiso decir el traductor que tituló la novela como “Las nieves de antaño” cuando su título original es más sencillo “La ocupación americana”.

La novela es una historia de amor y desamor. El destiempo de los grandes dramas, de los grandes sueños. El destiempo de creer en la igualdad y descreer de las religiones tradicionales, de repudiar a los gobiernos y de soñar que un occidental puede entender plenamente el budismo. “El nirvana es el sueño que sabe que nadie lo está soñando”. Quignard lo resume y resuelve todo: "La meta de los esfuerzos que hacemos no es llegar a ser felices, envejecer a cubierto, morir sin dolor. La meta de los esfuerzos que hacemos es llegar vivos a la noche".

Cuando muere ella, Quignard escribe: “Recordó su voz desaparecida. Se estremeció de dicha cuando la volvió a oír hablar dentro de él, repetir sus sueños dentro de él, dar órdenes dentro de él. Ella era su conciencia. Ella era la energía de sus aspiraciones, la fogosidad y la susceptibilidad de sus sentimientos. Ella era quien lo construía y lo dirigía, quien, dentro de él, seguía eligiéndole la ropa, quien desechaba las camisas de manga corta. Tenía los dientes pequeños. Tenía un sexo estrecho y suave. Ella lo agarraba del brazo. Los labios de ella quemaban. Aun le llegaba el olor. Hacía calor. Era verano, pero no era ya el mismo verano. No volvería a haber verano. No volvería a haber estaciones porque ya no las compartirían, porque ya no las descubrirían juntos, porque ya no se asustarían de las avispas en la fruta recalentada, porque ya no se desbordarían las crecidas, ya no se anegarían los campos, ya no se perdería la vista, porque ya no protestarían, sentados juntos en el banco, del agua que los privaba de sus mediocres abrazos cuando crecía y los cubría. Tenía unos huesos tan delgados, tan frágiles. Tenía la piel blanca y aterciopelada, extraordinariamente lisa. Se le desprendía de la piel un olor que para él emanaba. Tenía los pechos pequeños y duros. Había en ella una costumbre de estar sola tan tranquilizadora, tan afincada”.

La línea final es hermosa, es Quignard, es el amor que se ha perdido, que perdura en el amante que sobrevive solo para dar testimonio de quién ha muerto: “En Ara lo conocí. Allí fue donde me contó esta historia. Por Ara pasa el Ganges. Es la lágrima de Dios”.



miércoles, 15 de mayo de 2019





Le conté que estaba leyendo a Pascal Quignard con ánimo de encontrar un hilo conductor en su obra enorme. Le hablé de Butes (el argonauta que salta cuando escucha a las sirenas), de Rachord (el rey de los frisones que antes de convertirse al cristianismo pregunta a dónde fueron a parar todos sus antepasados muertos) y de Julio César (el que quizás no necesite presentación) paralizado frente al Rubicón y, según Suetonio, consciente en su inmovilidad de que todo habría de cambiar al atravesar ese río. Bernabé Tolosa, a quién considero mi amigo y a la vez mi mayor rival en la búsqueda permanente de libros usados y lecturas nuevas, me recordó una escena del Evangelio según Jesucristo: José Saramago toma el pasaje bíblico de Jesús en la barca y lo pone frente a Dios en un diálogo lleno de retórica y mentiras. El Diablo llega nadando –me contó Bernabé Tolosa– y no me acuerdo si se sube a la barca o no, creo que se queda con los brazos apoyados mientras Jesús le exige a Dios saber qué pasará después de su muerte. El énfasis de su explicación me hizo maldecir las horas por delante hasta llegar a casa para poder buscar el capítulo del libro. En la espera del día, creí encontrar en esa exigencia del Jesús de Saramago un reclamo similar al del rey Rachord que describe Quignard. El rey quiere saber si sus antepasados, los que no conocieron esta religión nueva que viene a ser el cristianismo, están en el infierno. La respuesta es sí. Jesús quiere saber qué pasará después de su muerte. La respuesta es que vendrán más muertes, y todas sin sentido. A la noche, por fin, leí el capítulo. Y esto es lo que quiero contar: lo encontré tedioso, aburrido, muy distinto a la idea desde la oralidad, desde la pasión con que me fue narrado por la mañana. Pienso que muchas veces en la idea está la gracia de una historia, la maravilla, y no en la ejecución. Muchas veces lo que pensamos no se adapta a la escritura, o aquello que recordamos es mejor que lo que vamos a leer, sobre todo si se trata de relecturas de otros tiempos. Cuando los libros eran otros, cuando nosotros éramos otros lectores. No mejores, pero sí no tan inocentes. Pienso que las primeras lecturas se parecen a la infancia: hay un contacto tan simple con las historias que todo lo que tocamos se vuelve oro. Para los primeros libros seremos el rey Midas extasiado por convertirlo todo en oro, para los últimos estaremos hartos, muertos de hambre, encandilados de tanto oro, esperando un libro que sea honesto, real. Le avisé a Bernabé Tolosa que no cometa el error de releer el capítulo, que se quede con la imagen que su mente evocó, con la idea que modificó y convirtió en el recuerdo de algo que no fue. No sé si me hizo caso. No sé si lo hará. Me comentó que la historia le podía servir para actualizar su página El Escribiente y quizás sea mejor que lo hago, quizás no haya que resistirse a la tentación de volver a leer algo que consideramos hermoso. El desengaño es un ejercicio solitario, como la lectura. Lo que se comparte, la idea, no siempre se puede hallar en el texto que nos recomienda. Lo que está, incluso en los libros que leímos, es algo que cambia, como el río, como Rachord, al entender que el pasado es lo único que no nos pertenece.




domingo, 5 de mayo de 2019




La humanidad y los fármacos. Primera parte.



Byung-Chul Han escribe que la sociedad del cansancio se convierte paulatina e inevitablemente en una sociedad del dopaje. Cita a profesionales que afirman que “Un cirujano que opere con ayuda farmacológica cometerá menos errores y salvará más vidas. El uso inteligente (aquí el traductor debió preferir el término médico “racional”) de drogas no supone problemas. Solo hay que establecer cierta equidad de modo que esté a disposición de todos”. El problema está en la justa distribución de los fármacos, no en los efectos adversos. Más adelante el autor concluye: “Si el dopaje estuviera permitido en el deporte, este se convertiría en una competencia farmacéutica”. Dopaje (del inglés to dope: drogar) es una palabra que se ajusta exclusivamente al ámbito deportivo. No se utiliza para el resto de la sociedad, para el resto se reserva el término Mejoramiento cognitivo (del inglés Neuroenhacement) el que se podría traducir como “entrenamiento farmacológico y por otras técnicas para mejorar la capacidad del pensamiento”. A través de cierto fármaco y cierta dosis correcta seremos mejores. Ya existen novelas y películas al respecto. Ya la vida real invade los ámbitos universitarios y de posgrado donde se destaca, por ejemplo, el consumo del fármaco llamado Modafilino.

La medicina está cambiando. Cambian los pacientes, las nuevas generaciones están instruidas, tienen la información a mano (aunque mayor información no quiere decir necesariamente “verdad”) y tienen nuevos hábitos: cambia la alimentación, la relación con el cuerpo, la experiencia individual frente a la vacunación en rebaño. Pero no solo cambia la sociedad de pacientes, también cambian los médicos. Su forma de pensar, su compromiso, su cansancio ya no coincide con el de sus mayores: los médicos que hoy forman médicos serán obsoletos en un futuro muy cercano. Así la medicina que antes se limitaba a curar las enfermedades y las heridas y a restituir la salud ahora se enfrenta a una nueva concepción: mejorar lo que se pueda mejorar en una persona sana. Ya lo hizo el sildenafil, en el caso de la erección masculina, ya lo hace el estanazol y los batidos, quemadores de grasa, las proteínas y creatina en el cuerpo que se expone en fotos para redes sociales; ya lo hacen las vitaminas con su efecto placebo en “la vitalidad” y no sentir el cansancio que exige nuestra “sociedad del rendimiento”; ya lo hacen los ansiolíticos para evitar el duelo, la tristeza, el aburrimiento y el insomnio que invita a pensar; y ahora a esa lista de beneficios para personas sanas se agregan los nootrópicos (como el modafilino) que mejoran la concentración y el razonamiento, que permiten mantener la lucidez frente a maratónicos exámenes multiplechoice y una resistencia invaluable frente a tan largas horas de guardia.  Los espejos son la metadona del fisicoculturismo escribe Chuck Palahniuk después de enumerar lo que sus amigos se inyectaban para mantener el físico: dianabol, arginina, ortina, inosina, DHEA, serenoa, selenio, cromo. En su escritura hay una admiración por el físico que en un momento parece imperecedero, hasta que un día un médico le prescribe Anadrol para mejorar su propio cuerpo y el escritor se sintió mejor, increíblemente mejor para el mecanicismo. Su percepción del cuerpo cambia y entonces escribe: “Tienes orgasmos en el deltoides, en los cuádriceps, pequeños orgasmos parecidos a calambres calurosos y torrenciales. Te olvidas de tu pene. En cierta forma es una paz, una escapatoria del sexo.” Al poco tiempo deja todo porque los efectos adversos aparecen, porque entiende la perversidad de quienes ya tomaban la medicación haciendo referencia a los efectos buenos y obviando mencionar las complicaciones a mediano y largo plazo. El hombre se engaña para estar bien en un momento: para dormir, para rendir sexualmente, para evitar una tristeza que no debería evitar. Y ahora, también, para rendir más allá de lo que su pensamiento puede rendir.

El origen de la palabra fármaco, o farmacología, es egipcio: ph-ar-maki “el que protege”, ya los antiguos sabían que ese mismo remedio, aunque natural, aunque proveniente de plantas podía ser un veneno: mal administrado, o en dosis altas, podía matar. Andrzej Szczeklik escribe: “Durante milenios el hombre buscó la piedra filosofal, la quinta esencia, el elixir de la vida. Fue buscada en todos lados, hasta en China, antes de Cristo. Se suponía que limpiaría el cuerpo, alargaría la vida y devolvería la salud a los ancianos. Todos los pueblos indoeuropeos soñaban con una planta (un fármaco) milagroso: el secreto de una vida conjurado en una piedra” conjurado en una píldora, podríamos traducir a nuestro antojo.



domingo, 31 de marzo de 2019

¿Cómo organizar un libro de cuentos?


Dejo un nuevo intento de organizar el primer libro de cuentos. ¿Cuántas veces ya? Me lamento de no haber numerado cada uno, pero esa cuantificación de un mundo caótico no visibilizaría la dimensión real del problema. ¿Problema? La ciudad se derrumba y yo cantando. ¿Se puede todavía citar a Silvio? ¿O ya es anacrónico y le encontraron alguna dimensión de esas que las buenas costumbres de hoy crucifican? Vuelvo al libro de cuentos. Podría poner un número arbitrario, veinte, pero alguien podría pensar que fueron esos intentos en la misma cantidad de días. Veinte días es una cifra irrisoria. Podría, entonces, pasarlo a una unidad de tiempo. ¿Cuántos años ya? Es difícil recordar en qué momento escribí por primera vez una cantidad de cuentos que creí suficientes para unir en un libro. Esa es el primer inconveniente. La cantidad, no la calidad. Quizás los primeros diez, doce cuentos me dieron la certeza de estar frente a algo más, es decir: un libro. Pero fue evidente que no había nada más que un número, no la calidad (calidad a la que uno aspira, lo que opinarán los demás es indescifrable ¿por suerte?) y entonces los cuentos se empiezan a sumar. A los primeros diez se les agregan otra decena y otros más. Algunos entran en una antología, otros se esparcen por la web. Y así un día el problema es que son demasiados, que los mejores ya salieron publicados y que los inéditos quizás merezcan siempre vivir en esa categoría. Y después el gran problema: la repetición. Algunos cuentos (no lo ves durante mucho tiempo: es la carta robada, es la genialidad de Poe: todo está ahí, incluso el lector que somos y que inventamos) algunos cuentos, decía, se repiten en estructura, otros en personajes y rituales, otros en escenas, otros en deseos. Las obsesiones se hacen presentes, se mezclan, se pierden en sus burdas máscaras de carnaval. Las obsesiones siempre han estado ahí: el astronauta en órbita lunar tiene las mismas reacciones que la docente en el aula, el viejo jubilado contesta con la misma expresión que un capitán chino herido de muerte por un desconocido soldado ruso. Los tiempos se anulan, se unifican: nosotros somos el cuento que un día nos cansamos de contar. Entonces, ¿cómo se arma un libro de cuentos? ¿Hay una fórmula? ¿Todos iguales o todos distintos? ¿Los mejores primero y último y el medio el relleno? ¿Los mejores primero y segundo? ¿En orden creciente? ¿Un excelente cuento final puede salvar un libro mediocre? Hay un lugar que parece común: así como se afirma que en una novela hay que abrir con un párrafo contundente, en un libro de cuentos el primero debe compartir esa característica. El resto es una incógnita que no pude resolver. Si lo pienso ahora, escribiendo este texto, apurado, la pregunta se parece (¿se parece?) al siguiente interrogante: cuándo se debe dejar de corregir. Y si es así, tiene solución porque en determinado momento se sabe que hay que abandonar el texto: la corrección mínima es eterna, pero la mayor, la estructural, un día se termina. Si se sigue, la historia se arruina, se pierde para siempre. Quizás no encontré el lugar: un taller literario donde se corrija más allá de un texto y se trabaje en el libro. Con un editor trabajamos hace un año, tal vez más, sobre los cuentos e hicimos una selección. En ese momento el libro funcionó, para los dos. Hoy, un año después, no funciona y claramente no funciona. Un libro de cuentos es una mezcla de cartas que deben tener un orden (lo tienen que tener) pero es esquivo: se las puede acomodar de tal manera que garanticen una buena mano para el escritor, ¿pero no es eso hacer trampa? Un amigo, también escritor, me dice que cuando llega la temporada de concurso, acumula cuentos dispares solo para juntar las páginas necesarias para entrar en el concurso. Lo considera casi como una antología. Eso es interesante. Una antología falsa. A cada cuento asignarle un personaje que escribe, y a ese personaje crearle una biografía, una vida, una foto, una familia (o su ausencia) una justificación en sus experiencias para entender por qué cuenta lo que cuenta. Imagino el esfuerzo para conseguir una editorial y después para falsificar las firmas. Imagino el trabajo de crearles una vida a esos escritores falsos en las redes sociales, con fotos robadas de otras vidas, nombres de novelas y cuentas que no escribieron y todo para lograr que esos personajes inexistentes cedan sus derechos de autor. Pero quizás no sea necesario el esfuerzo. Todo libro de cuentos es una antología de uno mismo. Los cuentos fueron escritos por alguien que uno ya no es. Y en eso quizás esta la dificultad de elección. Si somos nuestras lecturas y las lecturas nos hacen escribir lo que escribimos, es lógico que los cuentos sean distintos. Y que no nos gusten. ¿Cuántos libros malos hay que leer para poder disfrutar un libro bueno? ¿Cuántos cuentos malos hay que escribir para lograr uno que valga la pena? ¿Cuántas veces hay que acomodar los cuentos para que tengan un sentido? Por una vez, parece que la selección, el cumulo y el orden de los cuentos, no depende del autor. Depende de cada lector. Y para cada lector debería existir un orden distinto, una vasta combinación, pero no infinita, porque finalmente es el lector quien encontrará el índice correcto: los cuentos que recuerde y el orden en que los recuerde serán el libro final, el que debimos publicar.