domingo, 30 de marzo de 2014

Que nos devuelvan el verano



Un taxista murió. Fue a la madrugada. De noche. Tarde. Murió donde es de esperar que sucedan los crímenes. En la periferia. Donde las leyes no se aplican, o se parecen demasiado a las leyes de las películas de indios y vaqueros con que los yanquis trataron de educar el mundo hace 60 años. Pero los yanquis aprendieron y se reciclaron en Stallones y Terminators que a su vez se volvieron a reciclar en héroes cibernéticos salidos de la Matrix y sus sinónimos. Los que no aprendimos somos nosotros. La periferia sigue siendo el escenario fuera de la ley que tanto preocupa a la clase media. No hay remake de Hollywood ni adaptación de Campanella que pueda hacernos avanzar. Por eso mataron al taxista como a un perro, a un caballo, o a un ser humano, se puede decir en los tiempos que corren. Yo salí de trabajar esa misma madrugada. No había taxis en la parada donde siempre tomo. Crucé la avenida, para alejarme del mar, y del otro lado encontré uno. Ni el taxista ni yo sabíamos que había muerto un trabajador como él. Ni él ni yo teníamos un poco más de miedo. Porque miedo nos enseñaron a tener todos los días. Me habló de lo floja que fue la temporada. De la noche que se termina. De un boliche que en realidad es tres y tiene un mismo dueño. La Vinoteca Perrier, es uno. Los otros no me importan. El taxista me dice que tiene un auto similar al del dueño de la Vinoteca Perrier. O una camioneta. No entendí. Que la usa para viajar a Buenos Aires, e incluso duerme en la camioneta. Pero para dormir sale de La Capital. Le pregunté dónde duerme. Y me contestó que en Brandsen. Porque en Capital no se puede dormir ni en las estaciones de servicio. Todo esto me contó el taxista mientras sus compañeros empezaban el paro que paralizaría el resto del día. Cuando me bajé en casa y pagué el importe que varía en uno o dos pesos según la velocidad y la sincronización de los semáforos, ya estaba decidido que el resto del día no habría colectivos, taxis ni remises. Se cortaron las principales intersecciones de la ciudad. Las avenidas vieron barricadas de gomas, humo y autos. Alguien me dijo que si nos hubiésemos organizado así durante la huelga de la policía, no hubiese habido ni un local saqueado. Incomprobable, le contesté, pensando qué hubiese pasado en la famosa periferia. Todo ese día hubo paro. Parálisis. El tiempo no ayudó. El tiempo corrió sus agujas y se llevó un poco más de verano. En la costa, por primera vez, sacaron las lonas verdes o amarillas de las carpas y se guardaron la mayoría de las sillas blancas para el próximo verano. Los cantores populares decidieron buscar dónde encerrar sus gargantas para pasar el invierno y los pungas se resignaron a los colectivos y a los clásicos Quilmes-Peñarol para encontrar aglomeraciones donde hacer su trabajo. Cuando salí de casa, a la tarde ya había colectivos, pero sabía que no habría taxis. Así trabajé, sabiendo que a la madrugada no tendría medio de transporte. Esperar el colectivo podría llevarme los treinta minutos o más que me toma el camino a casa. Por eso, cuando salí de trabajar, no me extrañó ver la parada de taxis vacía. Las calles sí me resultaron ajenas. Ni un auto. Ni un colectivo. Crucé la calle y empecé a tener miedo. Miedo de los que esperaban en la parada. De los que hacían cola en el último kiosco abierto. De los que salían del Bingo, expulsados por la suerte que se había negado a bendecirlos esa noche. Miedo de todos y, como era de esperarse antes la generalización, el miedo fue creciendo. El miedo de las calles vacías, de la soledad de una avenida (avenida Colon) sin autos ni policías me hizo recordar el tiempo en que podía caminar por las calles de Mar del Plata, con amigos, y sentirlas como mías. Las calles ya no son mías, porque, como el verano, mi tiempo puede que esté pasado. Pero la pregunta que me hice en ese viaje fue de dónde venía el miedo. ¿A qué le tenía tanto pánico? El miedo esencial a la oscuridad estaba descartado. Tampoco el miedo a los depredadores gigantes. Pero, la verdad, sentía algo más que el miedo al robo, algo más relacionado con los depredadores, aunque no sean gigantes, algo tan propio y enraizado como el miedo a morir. Por un teléfono. Por dos mangos en el bolsillo. Por una mochila con dos libros. Por la droga, por la impotencia, por lo que fuera. ¿De dónde viene ese temor? ¿Es racional? Cuando uno es niño tiene miedo que los padres se mueran. Cuando uno es padre es mejor ni mencionar el temor que se siente. Entonces, este temor, el de caminar de noche por las calles desiertas de mi ciudad, ¿es un miedo impuesto? Y Si lo es, ¿Impuesto por quién? ¿Por un gobierno? ¿Por una oposición? ¿Por un noticiero? ¿Por una irrealidad? Todo el tiempo nos atacan, sobre todo desde la televisión, y nos obligan a repasar una propiedad asociativa del colegio: crimen es igual a muerte. Parece que en este país no hubiera otra forma de delito que el robo seguido de muerte. Pero no es así. La mayoría de los que roba, no mata. Por suerte. Por azar. Esos no son noticia. A no ser que hagan un túnel de 1000 kilómetros que entre a la tesorería del banco central. La noticia, hoy, va seguida de muerte o no es noticia. Eso sentimos todos los días. Que las calles no son nuestras, que la seguridad tampoco, y como no les alcanza, también nos hacen creer que tampoco somos dueños de nuestra muerte. Porque al caminar, de madrugada, por esas calles que hace unos años eran mías, sentí que ya no me pertenecen. El miedo me las arrebató, el miedo a monstruos que pueden ser reales, sí, pero que más que nada son imaginarios e impuestos por las noticias y la sociedad que las absorbe. Como la arena absorbe los palos que hoy terminaron de esas carpas mal concesionadas que se alquilan en las playas. Algunas carpas quedan, y merecen ser comparadas con los robos y la muerte. Están allí, como clara señal de que algo malo existe. Por eso hay que reconocer que de nada sirven las generalidades ante el doloroso presente de la individualidad. Si la experiencia es propia, es inútil el análisis frío y estadístico de la realidad. Al taxista muerto no le importa que de cada 100 asaltos a taxistas, sólo uno muera. Ese porcentaje, cuando toca en carne propia, es tan grande como el universo de la probabilidad para el jugador que lleva apostada diez veces seguida a rojo y sigue saliendo negro. La próxima será. El capitalismo encuentra una aliado necesario en la estadística; el cinismo, también. De nada sirve seguir saliendo a la calle de pantalón corto y ojotas cuando el verano ya se fue. De nada no, sirve para enfermarse y que los médicos lucren de nuestras enfermedades como los mecánicos lucran de los taxis que se arruinan de tanto usarlos en las calles rotas de esta ciudad, sobre todo cuando el pasajero indica el fin del viaje en alguna dirección lejana en la periferia de la ciudad.

jueves, 6 de marzo de 2014

Policial negro y argentino



¿De qué hablan cuando hablan de policial argentino? No lo sé, no soy entendido en la materia, toco de oído, como la guitarra y quisiera el violín, por eso, por instinto, y por haber leído tres novelas seguidas de Guillermo Orsi, me gustaría que hablaran de Orsi cuando hablan de policial negro argentino. 

Hace un tiempo reseñé Tripulantes de un viejo bolero (perezosos hagan click y busquen en el "libros ajenos" más arriba) Terminada la lectura de "Sueños de perro", demasiado cercana por estar en parte ambientada en Mar del Plata, con los tangos que se canta Gloria la Pecosa para después vender su amor por dos mangos, entré al mundo de "Ciudad Santa", una novela policial con personajes creíbles y bien delineados y una gran historia detrás. Hay una abogada que transa con la mafia, la gran feria de la salada, las mujeres y la policía decadente; una Miss Bolivia que escapó de su pasado sin escapar, dando un salto hacia adelante, viviendo de su belleza y los hombres, dejando un rastro de cadáveres decapitados como el camino de Hansel y Gretel; un proxeneta-diler apodado el Pacogoya, paraguayo, que podría ser cualquier cosa que la vida le pusiera adelante, desde actor hasta el mítico Che Guevara, pero en un diminutivo cheguevarita; Dos policías, Carroza, y el Oso, que participan en su propio destino con la libertad que da el titiritero a sus criaturas cuando las guarda en un cajón. Estos personajes, todos juntos, sí, dan vida a la Ciudad Santa, y nos ahogan hasta el final. Terminada la lectura arranqué con “Buscadores de Oro”, genial novela de menor a mayor (diría "in crescendo" pero lo remarqué antes, toco de oido), en fin, creciendo, como lo merece el género, de menor porque de un pequeño acto se refleja todo el mundo, a mayor porque la resolución está más allá de lo que podamos anticipar. El protagonista tiene una simple tarea ir a un pueblo a buscar el cadáver de un amigo, el Cabezón, que en vida fue el tipo que usó todo, menos su cabeza, porque meterse con la amante del dueño de ese pueblo chico no es de pensantes, y lo mismo se puede decir del amigo que se empecina en rescatar un cadáver que ya ni la muerte misma puede salvar. En el medio aparece un prostíbulo/güisquería de pueblo, dos payasos, el enano Chichón y su compañero normo/talla Palazo, el patrón del pueblo, su súbdito y sus matones, un Silo lleno de gente extraña, y un personaje de cincuenta y dos años que habla en primera persona como el actor/aleph: representa todos los personajes en un mismo momento de su vida.

A Guillermo Orsi lo vi una sola vez, o dos, pero el mismo día. Lo escuché en su charla durante el primer Festival Azabache, habló de la muerte de sus gallinas y sus perros en Córdoba y eso me animó a acercarle una novela mía. Irreverente, no había leído nada de Orsi y ya pretendía que él me leyera. Al menos me dio algo de vergüenza y habló más mi mujer que yo. Irreverente, me sentí en deuda. Estas palabras son una forma de saldar esa deuda, aún mayor después de haber leído y disfrutado estas cuatro novelas.

sábado, 1 de marzo de 2014


La bestia


La madre primeriza dio a luz una bestia de cabeza de lobo y cola de serpiente. El párroco ordenó que se le cortara la cabeza con una espada cuyo filo hubiese estado en Tierra Santa. El mismo párroco bendijo el metal con agua bendita. Dicen que tres veces trataron de cortarle la cabeza a la bestia y tres veces la espada se doblegó ante la dureza del cuello de la bestia. Dicen que la madre confesó ser amante del Diablo. Dicen que el párroco se ahorcó esa noche y el caballero que prestó su espada se ahogó en su propio vómito alcohólico una semana después. Dicen que regresaron la criatura con su madre y que los marginaron del mundo, para que vivieran por su cuenta. Dicen que con el tiempo sus deformidades mejoraron: su cola de serpiente se secó y su cara de lobo se hizo tan humana como atractiva. No necesito que nadie me diga nada más. Sé con qué esmero mi madre me enseñó lo poco que ella sabía. Y sé lo difícil que fue para ella dejarme volver al mundo. De mi padre aprendí más cosas, en secreto, sin que mi madre lo supiera, porque todo el mundo, también ella lo odia.