domingo, 20 de octubre de 2013

cucarachas inmortales



Ahora que soy vieja, que soy una rama que no aguanta el peso y vuelve al piso, que las canciones que escuchaba no se escuchan en mi radio, que caigo en el sentimentalismo que antes odiaba, que hago enumeraciones desmemoriadas, que todas las brujas son intuitivas, que el día dura lo que duran las noticias repetidas de la televisión, que me acuerdo de mi abuela enojada porque me comía las uñas y ahora, que soy la más vieja de la familia, no tengo dientes para masticar lo que sobra de mis dedos. Ahora quiero prohibir las lágrimas, las despedidas, quiero salir al patio y pisar esos bichos pequeños y duros que son las cucarachas engordadas por la humedad y la basura que acumulo hasta que alguien viene a visitarme, y quiero pisarlas, sentirme Dios, porque el día que muera, pequeña y encorvada, con la piel tan reseca que será mi cáscara, ese día quiero sentir, para volver a creer, que alguien pone su pie descalzo sobre mí -como hago ahora con estos bichos- y aplasta mi cuerpo sin sentir asco, ni amor, ni nada, sólo la necesidad de cumplir con su trabajo odioso e imprescindible.

domingo, 13 de octubre de 2013

Crónica de ascensor



Me paré frente a la puerta del ascensor en la planta baja. Un flaco alto, con una gorra de un equipo de básket norteamericano, un aro redondo y enorme en el lóbulo de cada oreja y un lápiz en la mano se paró junto a mí. Parecía un repartidor de delivery. Era un mensajero. El ascensor subía desde el subsuelo. La puerta del ascensor se abrió y bajó una mujer mayor. Otra mujer, también mayor, se quedó adentro. Dejé entrar al flaco altísimo y después subí. El flaco buscó su piso en el tablero y apretó el número 5. Al ver que no había otro número marcado le preguntó a la mujer a dónde iba.
-Y a vos qué te importa.
La miré. Apreté el número 7. El último piso. Subimos en silencio. La mujer, tratando de disimular, se acercó al tablero y miró, guiñando los ojos, como hacen los miopes, los locos y los jugadores de truco.
El ascensor se detuvo en el quinto piso. El flaco altísimo avanzó hacia la puerta.
-Es el quinto piso, señora -le dijo.
-Ya sé, no soy ciega.
El flaco altísimo se bajó y yo seguí hasta el último piso con la vieja loca. Ahora, loca, ya, y más liberada, se dedicó a mirar el tablero con los números sin apretar ninguno. Llegamos al séptimo piso.
-¿A qué piso va? -le pregunté cuando el ascensor se detuvo.
-¿Se puede saber por qué mierda se interesan tanto en saber a dónde voy? ¿Por qué mierda no se meten en sus cosas?
Siguió puteando cuando me bajé. Siguió puteando cuando se cerró la puerta. Hice el trámite que tenía que hacer y a la hora de bajar, elegí la escalera.


jueves, 10 de octubre de 2013



En un mes llega a las librerías. 

Tan lejos que es mentira. Novela


¿En qué momento dar un salto al vacío?






                                           Editorial Letra Svdaca

sábado, 5 de octubre de 2013


Miraba la biblioteca pensando en todo y en nada. Todo podría ser cómo hacer que el primogénito de cinco meses se interese en la lectura. Nada podría ser que pensaba en cómo morirán los libros. Sí, el principio y el fin. Una muerte digna sería una inundación, el mar librándolos del encierro de las tapas y el encuadernado. Una muerte cruel sería encerrarlos en un sótano o un garage para que se vuelvan topos ciegos tropezando en la caverna del filósofo. Pero después, otra vez preocupado en descifrar como trasmitir el amor por algo obsoleto y perecedero a un bebé, entendí que pensaba la muerte equivocada. La muerte del objeto no es tan importante. Lo terrible es la otra muerte, la muerte temporal. ¿Hasta cuándo seguiré acumulando libros? ¿Un año más? ¿Dos? ¿A partir del 2017 o 2018 no podré agregar más libros por espacio, por costo o porque sólo estarán disponibles en formato digital? La muerte de la biblioteca será cuando vea sus libros y los títulos tengan muchos años de publicados y ninguno del año en el que viva.

miércoles, 2 de octubre de 2013




"Cuando era muy joven, pensaba que un gran escritor escribía lo que quería y cómo queria; después, con el paso de los años, entendía que un buen escritor escribía lo que debía. Y siguieron pasando los años, lo que llaman trayectoria, y ahora pienso que un escritor escribe lo que puede".

Abelardo Castillo