viernes, 23 de noviembre de 2018




Los clásicos



Por cuestiones de mudanza los libros están guardados en cajas. Las bibliotecas están desarmadas y las cajas las apilamos desparramadas por toda la casa. No hay orden en el interior, lo que primó fue que encajaran los libros según su tamaño. Cuando llegué el momento –que nunca llega– se acomodarán. Quizás en un primer momento los ordenaremos por colores, desafiando la lógica de acomodarlos por autor y por países que solemos usar, y definitivamente ignorando el sistema de las librerías que agrupa los libros por sus contenidos: narrativa, poesía, ciencia, filosofía y algún que otro estante donde incluir los ejemplares imposibles de clasificar.
Ayer moví una pequeña e inocente caja que en un rincón de la habitación tapaba una llave de luz. El miedo fue consecutivo al esfuerzo, y no por el peso. El miedo vino con el tacto. Noté algo raro en el cartón, algo tan previsible como indeseable: la caja estaba húmeda. Muy húmeda. Casi mojada. De inmediato, y presa del pánico como el personaje de un autor clásico, miré la pared detrás de la caja: ahí estaba la respuesta. Después me arrodillé y toqué el piso y confirmé el diagnóstico: la humedad había invadido ese rincón y por contigüidad la caja. Aún de rodillas, levanté la tapa y saqué los libros con las manos temblorosas del personaje de autor clásico. El olor me invadió, inconfundible. Vacié la caja. Los libros que estaban más abajo, en contacto con el piso, fueron los que llevaron la peor parte. Tres libros de José Camilo Cela hacían de soporte y uno de ellos, Gavilla de fábulas sin amor con ilustraciones de Picasso, fue el que se llevó la peor parte. Me senté y sentí una desolación absurda. La angustia no tenía justificación. Son, apenas, libros. Son objetos coleccionables, el dinero que los acumula también los hace reemplazables. Ni el más incunable de ellos lo será por siempre: existen las reediciones, las modas, las casas de usados, los canjes, las bibliotecas que muertos sus dueños pasan a otras manos. Y aun así, y aún ante el razonamiento y la certeza, sentí angustia. Una explicación –la única que me queda después de una noche de insomnio repasando la escena– es entender que los libros también morirán. Que no estarán por siempre, que todo el tiempo que les dedicamos se perderá. Siempre pensé que una de las pocas cosas que dejaría al morir sería mi biblioteca, que estaría para siempre, no importa en qué lugar, en que familia, en qué lugar encerrado y oscuro, siempre estaría. Y ahora, entender que no será así, entender que la humedad o el tiempo destruirá cada uno de mis libros, hace desoladoramente inútil la existencia, el efecto contrario al que experimentamos cuando leemos una historia que simplemente nos gusta.