viernes, 30 de marzo de 2012


Tristeza


Fue el peor recital de su vida. En el momento cúlmine de un tema que quería mucho y el público siempre esperaba escuchar, erró un acorde. Fue un error grosero y arruinó todo el punteo. Para colmo, nadie, pero nadie entre el público lo notó.



miércoles, 21 de marzo de 2012


Televisión:


Aparato emisor de imágenes audiovisuales donde se muestra una secuencia de 10 segundos en la cual se pondera las virtudes en cuanto a velocidad y libertad del último auto inventado, seguida de otra secuencia donde el Estado recomienda no consumir bebidas alcohólicas antes de conducir, seguida de otra secuencia donde se recomienda la ingesta de esas mismas bebidas para obtener aceptación social y éxito entre los miembros del sexo opuesto, seguida de otra secuencia donde se informa las multas por exceder la velocidad máxima permitida, seguida de otra secuencia donde se informa el desarrollo del primer auto que permite captar internet en la ruta para entretener a los niños, seguida de otra secuencia donde se informa que la exposición máxima a internet deteriora la conciencia de los niños, y así en continuidad eterna hacia la contradicción no casual.

domingo, 18 de marzo de 2012

Tero:


Mujer de patas muy flacas y voz aguda que parece seducir a un hombre cuando en realidad intenta conquistar a otro.



Tijeras:

Elemento de 2 hojas cortantes unidas por el centro mediante un tornillo que cuando está cerrado tiene forma de letra T y al abrirse de X. Se utiliza para cortar el pelo, las uñas, los pelos de la nariz, tela, papel, cinta adhesiva, hilo de embalar y extremos de envases plásticos. Hay quién las utiliza como arma homicida, para tal fin se pueden clavar en el cuello, en el abdomen, en el tórax o abrir una vena en sentido longitudinal, para permitir un desangre efectivo.



miércoles, 14 de marzo de 2012

Segunda parte del discurso para la presentación de la Antología Poca Cosa.

Sepan disculpar los errores, son palabras escritas para gritarse, no para leerse. Empezamos hablando de los microrelatos de un amigo de la casa: Juan Carrá


Después del arranque superficial de mis historias, se viene Juan Carrá con los tapones de punta y con “La muerte de Carla” nos lleva al dramatismo y el horror, metidos, apresados, en los pensamientos de un asesino, y como si esto fuera poco, cuando angustiados pasamos al siguiente microrelato nos encontramos con “Sobredosis” donde el escritor hace gala de un conocimiento (espero que prestado) sobre la materia. Algo aturdidos por el viaje, pasamos a la siguiente historia y nos sentimos aliviados. Renovados. “Un beso en la mejilla” empieza así: “El mar golpea con fuerza contra la escollera. La marea enmudece el ambiente. Santiago mira el horizonte sin mirar. Piensa. Recuerda” bueno, al fin un poco de alivio, piensa el lector, pero no, porque dos oraciones después dice: “A sus pies las rocas comienzan a teñirse de rojo. Marcela sangra en el último aliento. Está irreconocible. La bala le borró sus mejores facciones” y tras este comienzo que otra vez nos lleva al borde de la silla, el autor diseccionará (nunca mejor aplicado el termino para las palabras que usa este escritor enamorado del género policial) la historia hasta saber el por qué de este crimen pasional. O no.

Guille de horror y su microrelato “Un instante” hacen honor a todo el libro. Desde la simpleza y lo cotidiano nos cuenta un mundo. Algo que es admirable en este tipo de narraciones. "11:48", otro de sus relatos también traduce al papel la lucha cotidiana con pensamientos que nos volverían locos, o al menos asesinos, si les hiciéramos caso.

Andrés Spennato en “Usos y destinos” nos revela las consecuencias, insospechadas, de restarle importancia a un botón flojo. Creo que me clavé varias agujas en los dedos después de leer esto, para no sufrir tales consecuencias. En “Viaje” dice, tomen nota por favor: “Aquel viajero tiene la mente ocupada. Lo sé porque las mentes se parecen entre sí, como las terminales”

Héctor Ranea nos lleva a “Lo que queda del plató” la historia de un plató donde se filma una versión clase B de la legendaria “El exorcista” con un olor en el ambiente cada vez más nauseabundo (y que piensan puede ser de algún animal muerto cercano) y que lleva al director a usar las máscaras que sobraron, inútiles, de la famosa epidemia de gripe A que tuvimos ¿tuvimos? hace unos pocos años. “Mariposas que nunca volaron” cuenta la colección que el Dr. Beninteso deja a la posteridad, con un ejemplar muy especial.

Daniel de Leo en "Álamos", donde dos fuerzas destructoras, opuestas y sin razones previas se cruzan y cercenan, unas a otras. O, más fácil, uno quiere talar un árbol y el otro impedirlo. Mismas fuerzas destructoras, opuestas, pero esta vez con razón, que se desatan en "Riña", en pugna por sobrevivir. Es decir, dos mendigos pelean por un pedazo de pan.

Martín Gardella Es el defensor de pobres y marginales de la antología. Revindica a 1) la fruta perdida (esa que en nuestros días Adán y Eva toman convertida en sidra), 2) a los fantasmas (¿ustedes sabían que los espectros adoran los deportes? Gardella sí, y tiene la gentileza de enterarnos) 3) a los vecinos que ocultan secretos 4) a las recetas de antaño para alejar la mala suerte y, por sobre todas las cosas 5) a los hombres que confunden, de vez en cuando, a qué pasa deben volver después del trabajo


Hernán Domínguez Nimo en “El fin de mundo” le pregunta a un lector cómplice: “Qué harías tu último día” y enseguida da paso a su propia enumeración, que es un retorno a la infancia, de la peor manera posible porque es el último día y ya no habrá tiempo para purgar penas.


Fernando Figueras cuenta en “Los arpistas” una hermosa historia de vidas paralelas, de espejos, que se rompen por amor. En “Regalo de Morfeo” la vida paralela es entre el sueño y la realidad, que no se rompen, sino se unen en un resultado aterrador. “Diagnóstico” empieza con un diagnóstico médico desopilante, desconcertante, y sobre todo, perturbador: “Es una quebradura contagiosa”, dice el traumatólogo del microrelato, tajante en su ficción.

Ramiro Sanchiz escribe “Embalse”, “Vacaciones para un hombre casado”, y “Lo visible y lo invisible” tres microrelatos que comparten la asociación de los viajes con lo sobrenatural, en ellos hay una hermosa asociación hacia el también uruguayo Mario Levrero, y un gusto refinado por convertir en extraordinarios los lugares comunes de nuestra existencia. Lo mismo sucede con “Final del fuego” donde el viaje se hace en el agua, donde deja la playa del mundo viejo y al regresar, el nuevo mundo será tan desconocido como efímero.

Y Elaine Vilar Madruga, en una constelación de hombres, esta mujer supo escribir, a mi entender, la mejor de estas microficciones: “Abrir las puertas imposibles” se llama. Es el primero de los suyos, y al leer, después, el último de los suyos entendí que esta mujer logró escribir, a mi entender, la mejor de estas microficciones, se llama “La columna rota” y no me contradigo: doblo la apuesta por ella.



Primera parte:


Discurso (nunca pronuciado, jamás corregido) sobre mis relatos en la antología Poca Cosa:

 Lagartijas brasileras es un cuento que nació muy largo, porque es una historia real. No la viví personalmente, pero me la contaron unos amigos que la trajeron de un viaje y juran que es cierta. Me gustó la historia, incluso antes de que la contaran, por tanto no habían terminado su relato y ya me había decidido: tenía que escribir esa historia sobre lagartijas brasileras. Es más, creo que los saqué a la fuerza inmediatamente de casa y la escribí de un tirón, esa misma noche. Por eso, si esos queridos amigos estuvieron presentes la noche de la presentación, quiero agradecerles, y si no estuvieron (no los vi, pero se pueden haber escabullido) los entiendo perfectamente y no me ofendo para nada, aunque ellos se lo pierden.

En fin, como decía, escribí la historia en una noche y la verdad es que esa primera versión quedó demasiado extensa para mi gusto. Así que podé y recorté el cuento hasta dejarlo casi vacío y lo dejé reposar 6 meses o más hasta releerlo. Por supuesto que cuando lo volví a leer, todavía me pareció largo, ante lo cual, la pregunta no fue cómo solucionarlo, sino ¿cuántas palabras inútiles tenía esa primera versión?

Sin una respuesta, sí puedo decirles que Lagartijas brasileras es una historia verídica, que hice propia al escribirla en primera persona, pero a la cual no le pude dar la resolución que le dieron los personajes que la vivieron: lamentablemente se fueron de casa antes de contarme el final y como quise ser fiel al relato original (no es que no se me ocurriera nada) lo dejé como ustedes podrán leerlo.

En cambio el segundo microrelatoEl sótano de la clínica no es una historia real, pero me encantaría que lo fuera. Me encantaría que algún sanatorio de la ciudad tuviera un sótano donde hubiera algo más que historias clínicas archivadas y humedad. Tendría que haber una especie de museo de la medicina, que sería algo así como un museo de terror con:

1 - Camillas ginecológicas antiguas
2 - Fórceps colgando del techo
3 - Aparatos de radiografía antiguos
4 - Paredes adornadas con fotos en blanco y negro de quirófanos y equipos quirúrgicos de la época de oro de la Rambla, con bigotitos y ropa de hule para entrar al quirófano como si entrarán al mar
5 - Estantes con las jeringas de vidrio y frascos de Erlenmeyer llenos de agua coloreada, para hacerlo más drástico
6 - Piernas ortopédicas que sobraron
7 - Una sección de sillas de ruedas destrozadas, de férulas y aparatos para colgar brazos
8 - Un cuarto de radiografias veladas, con deformidades óseas de todo tipo, (y bien puestas, no al revés, como he visto en serias series televisivas)
9 - Pero claro, nada de esto hay en las clínicas que cada vez tratan de vender más “asepsia y confort”, igual que los dentífricos. Pero no pierdo la esperanza, porque después de leer el cuento, el Dr. Celser, director de una clínica de la ciudad, se entusiasmó con la idea y me juró que intentará crear una especie de inventario fantástico.

Y justamente, Inventario, es el título del tercer cuento, un cuento que no es inédito, o sí, porque, nobleza obliga, vio la luz en la columna del diario La Capital de los domingos, en una especie de diccionario y que fue uno de los que, aparentemente, más gustó. Por eso se metió entre estos inéditos. No diré mucho más, salvo que es una historia que une la ciencia ficción con la literatura negra: para que les quede claro: es la historia de un hombre y una mujer que, aparente y sorpresivamente, parecen quererse.

Ese mismo hombre, años después, cuando la literatura lo puso en su lugar y le hizo ver a la mujer que “jugar al inventario” es cosa de adolescentes en celo y por tanto lo abandonó, le sacó la casa, el auto, el perro y la alegría, es el mismo personaje del microrelato Hombre en una maceta personaje que, ya desplumado, vive en un pequeño departamento cuyo único lujo es tener un balcón, pequeño también, con un planta, la flor federal, que terminará succionándolo hacia un pequeño mundo. Si cierran los ojos, quizás piensen en el mundo de Lisa Simpson atacado por Bart, o en alguna película como “querida encogí a los niños” o esa memorable de Denis Quaid donde se hacían chiquitos y se metían en el cuerpo para curar a una mujer, y si les pasa esto sólo les puedo decir que ustedes ven demasiadas películas de ciencia ficción, el cual es, además, el título del último de mis microrelatos en esta antología.

Demasiadas películas de ciencia ficción es un cuento sobre el hastío: un cuento sobre la velocidad con que pretendemos que nos sucedan las cosas, la inmediatez de que todo gire a nuestro alrededor nos puede llevar a lugares peligrosos. Nos quejamos de que los chicos se aburren enseguida. Nosotros también nos aburrimos, y rápido.

Hagamos entonces un ejercicio para demostrarlo: imaginemos entonces dos grupos cerrados, el grupo del cuento son hombres y mujeres que viajan por el espacio exterior en busca de descubrir cosas insólitas, y el otro grupo sería hombres y mujeres que esperan escuchar a unos escritores decir máximas para la posteridad y frases ingeniosas.

Leyendo el microrelato vamos a saber cómo reacciona el grupo en una forma inesperada ante la decepción de los lugares comunes, y los que asistieron a la presentación saben cómo reaccionaron ante nuestro diálogo escueto.





domingo, 11 de marzo de 2012


Tetas

¿Cuál es el destino de una de las tantas cosas que enloquece a los hombres? Arriesgo dos destinos que leí hace poco. En su cuento Exteriores/Interiores del libro “Mil clavados” Natalí Tentori escribe:

“Las tetas de una abuela son una cosa majestuosa. Algo así como las colinas en las que reposa el castillo de Su Majestad. Mucho más que la piedra inaugural y que el castillo. Mucho más que las tetas de una madre. Y las tetas de mi abuela (el pilar del deseo lactante anudado a un cartelito de “aquí no es”) son las tetas del mundo. Nadie podría pensar que mi padre sólo tiene tres hermanos. Ellas parecen que hubieran amamantado a todos los huerfanitos después de Auschwitz”.

Antonio Tabucchi en “Pequeños equívocos sin importancia” pone en su protagonista una disyuntiva cuando el protagonista recuerda el sufrimiento ante un amor que nunca confesó. "Puede que no sea lo más oportuno ir a ver una mujer de la que se ha estado enamorado el día en que se disponen a cortarle las tetas” analiza el protagonista y recuerda que la esperó en el pasillo delante de los quirófanos: “Me habría gustado decirte: Magdalena, siempre he estado enamorado de ti, quién sabe por qué no he conseguido decírtelo antes. Pero no se puede decir algo semejante a una mujer que está entrando en un quirófano para una operación como esa” El protagonista recuerda que bajó al bar del hospital, se tomó diez aperitivos, se emborrachó (o casi) y se mareó, en ese estado salió del bar y se cruzó a un banco frente al hospital: “tuve que hacer esfuerzos por no presentarme ante el cirujano y decirle que no arrojara al crematorio aquellas tetas, que me las diera a mí porque quería conservarlas, y aunque dentro estuvieran enfermos no me importaba, porque siempre llevamos una enfermedad u otra dentro de nosotros.”

Tatuaje I

No te va a doler, me dice el hombre. Grito cuando la aguja toca la piel, pero el hombre sigue. La aguja traspasa la piel, se mete entre los músculos, llega a la sangre, va al corazón, al cerebro, a los ojos. Veo el infierno. Todos los muertos quieren hablarme. Todos ruegan que los libere. Entonces veo un diablo que debe ser El Diablo. Me veo en sus ojos. Me ataca. Me quema la piel. Pero no me mata. Lentamente me curo y me convierto en el hombre que un día sale de la oficina, deja el maletín sobre la mesa, ojea el libro de tatuajes y se sienta para dejarse marcar, para recordar quién fue y así saber quién es. Viste que no duele, me dice el hombre, Si hasta te quedaste dormido. Me da el espejo para que mire el nigromante tatuado en mi espalda. Es horrible. Es, también, quién realmente soy.

domingo, 4 de marzo de 2012


Superstición



El médico me llama a la puerta del quirófano. Aún tiene el barbijo alrededor de su cuello.
–¿Sabés lo que hizo tu viejo? –No me deja hablar–. Antes de entrar, adelante de todos mis otros pacientes, me preguntó:
–¿A qué hora me vas a operar? –lo puedo ver a mi viejo, con su pelo revuelto, cansado de tener puesta la sonda para mear, cansado en la antesala de su cuarta operación. Y lo puedo oír cuando el médico le responde que le faltan cinco horas–. ¿Tanto? Hacé una cosa, si se te muere alguno, me operás antes.
–Todos lo escucharon –se queja el médico–. ¿Vos lo podés creer? De colega a colega te pregunto –no me deja contestar–. Y cuando operaba al primer paciente, le toqué la renal y casi se me muere... Por suerte se salvó.
Imagino que mi viejo, cuando escuche la anécdota, ya sin sonda, ya aliviado, va a decir:
–Un médico no puede ser supersticioso.
–Te pido disculpas –le digo al médico.
–No hace falta.
Sí hace falta, porque mi viejo nunca lo va a hacer.