domingo, 7 de febrero de 2016




Muchos escritores sueñan con un ideal: dejar de trabajar en los laburos que los mantienen y dedicarse a escribir, si es posible en una casa en el campo, con perro, calor, mosquitos y un arroyo cerca: ¿sobre qué escribirían entonces? Sobre perros, calor, y mosquitos. Para que escapar de eso tendrían que ser unos genios porque la soledad engendra soledad, y nada más. Cada viaje esporádico a la Capital me renueva esta sensación: si no tengo nada que escribir salgo a la calle, bajo al subte, con los ojos bien abiertos y la oreja pegada al suelo, y la historia vendrá. Pero Capital también tiene una trampa: demasiada estimulación, tanta luz te ciega, tantas historias te pueden inhibir. Mar del Plata es más esporádica, te regala historias en cuentagotas, pero te las da: Hoy salí a recorrer librerías (particularmente en una de usados donde reservé un libro demasiado caro que decidí no comprar) y al entrar, pensando con cuál excusa no decepcionar a la librera, me detuve como siempre a mirar las novedades. Y la historia llegó: Había un hombre enorme, grande, bonachón, que hablaba histriónicamente con la librera. Ella angustiada al punto de no disimularlo en favor de la discreción comercial, le cebaba mate. No presté atención a la charla, a pesar del tono elevado que me incluía como una tormenta en el descampado, hasta que al buen hombre le sonó el teléfono celular. Se alejó apenas de la librera, mate en mano, y para mi asombro puso en altavoz a su interlocutora del otro lado: una mujer desesperada amontonaba palabra tras palabra, insulto sobre insulto, acerca de un hombre llamado Jorge. El bonachón escuchó (nosotros también), paciente, un largo minuto hasta que la interrumpió: Tenés que decir la oración para destrabar, ¿la tenés? Tres veces. Si no la tenés te la paso por mensaje. Tres veces, sí, una vez a la mañana y otra a la tarde. Sí, tres veces a la mañana y tres veces a la tarde. Y ahora te dejo porque me vine a la librería, sí, ella también está mal, sí, no sabés, entraron y le pidieron un vaso de agua, y en un segundo le robaron el i-phone. Terrible, sí. Así que me vine de urgencia para ayudarla, pero no te preocupes, vos, mientras tanto, repetí la oración para destrabar, como te dije.