sábado, 1 de diciembre de 2012



Las reglas de Burroughs:


El mundo se deshace. Y se reinventa. Las sectas llegan a las ciudades. Al diario. A la televisión. A las redes informáticas. Y la sociedad se horroriza. No le gusta que le muestren lo que esconde. 

A la sociedad nunca hay que darle información sin ningún motivo, nunca hay que darle más de lo que quiere saber, y siempre hay que demostrar que lo tiene todo a su favor. Lo contrario es el miedo. Lo contrario es obligarla a pensar.

La sociedad (masa de gente que individualmente razona pero en conjunto obedece) es egoísta. Como egoísta es el escritor que acaba de publicar su última/nueva/primera novela. Lo único que le importa es su ego. En qué librerías se vende. En que vidrieras se luce. En que suplemento cultural lo alaban. Nada más. No le importa si sus colegas sufren en España, en el Conurbano Bonaerense o en el Gran Rosario. 

El escritor se aprendió de memoria las reglas de Burroughs, nunca regala nada, nunca da un centavo de más, y cuando llegue el momento, va a guardar todo lo que sus manos puedan agarrar, y que los demás se caguen.


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