domingo, 9 de junio de 2013




"En sueños he llorado"
Cuentos de Alberto Laiseca

En todos los cuentos, o en casi todos, las tetas son imprescindibles. Son descomunales. gordas, pendulares, fornidas, a punto de alcanzar (y dar) la perfección. En un cuento hay tetas tan grandes que bastan dos pares para fundir a todas las fábricas de corpiños de Buenos Aires. Y hay más. Mucho más. Tanto más que el verdugo de María Antonieta se quiere quedar con una de ellas, conservarla, amarla. La teta es su objeto de deseo, su pulsión irrefrenable que lo lleva al borde del escarmiento, o la muerte misma. 
Pero aunque las tetas son imprescidibles, no siempre regalan abundancia y algunas veces los senos son puro pezón, a causa de los cuerpos esmirriados y del ascetismo religioso, y otras veces las tetas son tetitas, pero no dejan de ser magníficas. Al final no importa cómo sean mientras se escondan detrás de una remerita finita y se muevan ahí dentro nada más que para hacerte sufrir.
De los culos no hay tanta información (los culos son las tetas de abajo, me explicó un Muerde Muertos que Laiseca escribió en otro libro) son prominentes pero chatos y de las erecciones se puede decir que cuando no son urgentes son descomunales: a nadie se le para a media asta, todos están al palo y no se pueden contener. 
El mundo en estos cuentos de Laiseca es un mundo sin privaciones aparentes, lleno de restricciones de otra índole que a veces es difícil descubrir. Incluso hay un intento de explicar el origen de la constipación femenina: una mujer tiene encerrado el recuerdo que siendo muy chiquita se tocaba con un primo que estaba de visita y fue descubierta por su madre la cuál, además de interrumpirla en lo mejor, la cagó a chancletazos, y a partir de ese día la niña fue para siempre anal retentiva.

Esta generalidad sobre los cuentos de “En sueños he llorado” trata de decir que en el país de lectores recatados, donde el pudor nos pone muy cerca del pecado, un verdadero masoquista, un diablo del sexo y la humillación puede decir de nosotros, los extranjeros:
“alguien, dentro del invierno, nos odia
Y posa sobre nosotros su mirada blanca
A través de los cristales”

A continuación extracto de 3 cuentos: El cuarto tapiado, La isla de los cuatro juguetes y  La ejecución de María Antonieta.

El cuarto tapiado empieza con el arte de cremar ataúdes que explotan y muertos que levantan sus brazos de esqueleto al cielo y patalean y parecen vivos. En el cuento hay descubrimientos arquelógicos, ritos paganos, hipótesis científicas, jardineros que son héroes de películas yankis, pero lo importante, lo único importante es seguir la evolución de un cuerpo femenino, lo importante es leer como el cuerpo de la cocinera negra y haitiana cambia a lo largo del día: por las mañanas aún tiene prendidos los botones de su vestido. El protagonista la mira y piensa que está muy buena y ella sonríe, como si le leyera los pensamientos, después se pone a contraluz de una lámpara para que el amo pueda ver su cuerpo a través del vestido. Cruzado el mediodía el calor ya es agobiante la haitiana se desprende tres botones y pronto el cuarto seguirá ese camino. El protagonista piensa “ahora o nunca” ella entorna los ojos y entonces ocurre algo curiosísimo. El extiende la mano con intención de meterla a través del vestido y agarrar la teta izquierda, pero por alguna razón sus dedos suben hasta tocarle la mejilla. Empieza a acariciársela muy delicadamente, como si su rostro fuera una teta.
–¿Qué hace, señor? –preguntó ella por rutina, sin dar la sensación de estar sorprendida ni molesta–. ¿Qué me hace? –y torció su boca hasta besar la mano que la acariciaba.

En la ejecución de María Antonieta, el cuento del verdugo que esperaba conseguir una teta de su víctima, el autor da esta sentencia que alcanza para dejar el libro, salir de casa y preguntarse para qué carajo uno escribe si nunca alcanzará una frase como esta:  "...basta apenas una desviación virtual del correcto camino de esa pasión (del amor) para que uno se vuelva loco."

En La isla de los cuatro juguetes, una madre está obsesionada con la virginidad de sus cuatro hijas, cuando la mayor (Graciela) perdió la virginidad, la vieja sufrió un ataque de locura y la azotó con un cinturón, con la parte de la hebilla y sin fijarse dónde caían los golpes. La tercera (Julia) escapó con el novio, la segunda (Mirtha) se hizo coger por el culo para que su madre no la reconociera, hasta que se cansó y se fue dejándole esta carta:
“Querida mamá:
El cariño entrañable que siento por vos me mueve a escribirte esta carta. Quiero que sepas que, hasta esta noche, he cumplido fielmente con tus mandatos respecto de la virginidad. No me olvidé de lo que le hiciste a Graciela. Has sido hija de puta, represora y cruel, pero a mí no me importa e igual te quiero. ¡Sos mi mamita!
Con Eduardo al principio nos desahogábamos masturbándonos mutuamente, o yo lo chupaba y él a mí. Pero por fin y siempre pensando en vos, nos decidimos a hacerlo directamente por el culo. Hace meses que lo venimos haciendo. Esta noche mi novio se decidió a reventarme por delante de una buena vez por toda. Fue muy lindo, te lo reconozco, y a partir de ahora cada vez va a ser mejor. Pero ¿querés que te confiese una cosa? Se ha exagerado mucho con respecto al placer que una muchacha siente por el lado grande. El asunto es por el lado chico. Te explico: cuando tu novio te rompe el culo (y te lo escribo subrayado para que las palabras te entren más) una siente algo así como un trance. Es algo que sube y bajo. El orgasmo, cuando llega, pone la piel de gallina y sacude hasta los huesos.
Bien. Tal los sucesos. Tengo el falso dolor de decirte que tu hija mirtha te ha salido muy degenerada y puta. ¿Por qué será, entonces, que no me siento culpable para nada y sí muy libre, feliz y pura?
Te abraza y te besa tu hijita que te quiere tanto.
Andate a la puta que te parió.




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