sábado, 28 de septiembre de 2013

la verdad sobre las moscas



Después de un año sin ver moscas, un hombre corre por la costa. Tiene calzas amarillas y se nota que no tiene calzoncillo porque el pito y los huevitos (sí, en diminutivo porque se achicaron por el esfuerzo físico, por el frío, por la contractura del cremaster que trata de arrastrarlos al canal inguinal y devolverlos a la panza para corregir el error de la naturaleza que los hizo bajar y ocupar las bolsas escrotales del otro sexo) están sueltos y rebotan. Lleva una camisa rosa desprendida salvo el último botón sobre el ombligo. El pelo del pecho es abundante, canoso y ensortijado, igual que las patillas y se ríe. Se cruza con adolescentes que caminan en distintos bandos y uno le hace un baile que el hombre imita, y sigue bailando cuando el adolescente ya pasó. Lleva más de un año sin ver moscas. Las echó de su casa. Las invitó a salir y nunca volver. Más adelante, otro día, otra ciudad hay un hombre que pasea a su perro. Tiene el pelo corto, el hombre. Un pantalón azul y una campera a tono. Su perro está parado junto a un árbol. Separa las piernas y arquea el lomo. El hombre con una mano tensa la correa y con la otra acerca sus dedos al culo del animal. Tiene una bolsa en esa mano como si fuera un guante. Espera paciente que el perro haga lo suyo en su mano, no sobre el piso. No quiere que la mierda toque las baldosas. Y no para evitar el enojo de los vecinos, es para evitar que vengan las moscas. Las moscas van a la mierda sólo cuando toca el suelo, cuando está en el aire no; no se animan o no la perciben. Las moscas que los hombres espantan viven en el aire, y en el lugar donde viven no hay suciedad ni malas palabras.



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