sábado, 5 de octubre de 2013


Miraba la biblioteca pensando en todo y en nada. Todo podría ser cómo hacer que el primogénito de cinco meses se interese en la lectura. Nada podría ser que pensaba en cómo morirán los libros. Sí, el principio y el fin. Una muerte digna sería una inundación, el mar librándolos del encierro de las tapas y el encuadernado. Una muerte cruel sería encerrarlos en un sótano o un garage para que se vuelvan topos ciegos tropezando en la caverna del filósofo. Pero después, otra vez preocupado en descifrar como trasmitir el amor por algo obsoleto y perecedero a un bebé, entendí que pensaba la muerte equivocada. La muerte del objeto no es tan importante. Lo terrible es la otra muerte, la muerte temporal. ¿Hasta cuándo seguiré acumulando libros? ¿Un año más? ¿Dos? ¿A partir del 2017 o 2018 no podré agregar más libros por espacio, por costo o porque sólo estarán disponibles en formato digital? La muerte de la biblioteca será cuando vea sus libros y los títulos tengan muchos años de publicados y ninguno del año en el que viva.

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