domingo, 16 de febrero de 2014

10 sesiones de kinesiología


El cerebro atrofiado, la cabeza quemada, el marulo frito, los sesos revueltos, la sustancia gris descolorida, las neuronas al carbón, la sinapsis con menos luz que un barrio porteño, esa sensación me deja las primeras páginas del Tratado de Ateología del francés Michel Onfray. Pasada la etapa de ateo militante, alcanzada la paz, estas páginas reviven esa vena llena de amor y necesidad de vivir libres. Para ser claros: hay gente que cree que las cervicales son la culpa de todo: de mareos, dolores de cabeza, zumbidos en los oídos, dolores de espalda, brazos adormecidos, ojos que laten, cosquillas en el pecho, cuellos gruesos, jorobas de camello: la cervicalgia es la explicación falsa que los médicos dan a un conjunto de síntomas que oscilan desde la locura hasta el simple cansancio laboral; la cervicalgia es el Dios que todo lo explica, la gente, al igual que los creyentes no pueden aceptar la realidad, no pueden aceptar que los hijos pesan y no pueden alzarlos, que estar 10 horas frente a una computadora no es sano como tampoco es sano hacer 10000 repeticiones de sentadillas, la gente no puede aceptar que está nerviosa, que tiene problemas de pareja, entonces acepta que la causa de los síntomas es la columna cervical, aquello que sostiene la cabeza, y en eso se parece a lo que propone Onfray, a que los humanos no podemos aceptar que nos morimos y listo, que esta es la única vida que hay, sino que hipotecamos todo lo que nos gustaría ser en pos de otra vida, o de un cuello nuevo tras diez mágicas sesiones de kinesiología.

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