viernes, 20 de noviembre de 2015

Breve divagación sobre la amistad




No recuerdo la edad exacta, ni siquiera puedo diferenciar si era el último año del primario o los primeros del secundario. ¿Importa? No. La diferenciación es arbitraria. La establece un límite educativo donde se pasa de ser dueño del patio al debilucho entre los que ya se desarrollaron corporalmente: no tanto en lo sexual, porque el colegio era religioso y si la masturbación era pecado, ni que hablar del sexo fuera del matrimonio. También había un cambio en la lectura, más paulatino, menos importante para el mundo pero fundamental para uno. Y hubo una valoración distinta de la palabra amistad. Algo más difuso en el primario, el término se convirtió en imprescindible, marca registrado, pertenencia y refugio. Éramos seis amigos. Seis varones. Hablábamos de las pavadas que había que hablar a esa edad. Perdíamos el tiempo como se debe perder, o casi. Y en medio de ese despertar uno de esos seis amigos, Nahuel, me hizo una pregunta que aún hoy, después de tanto tiempo, sigue siendo tan importante como si existe Dios o hay vida después de esta. La pregunta de Nahuel, en medio de los festejos, en medio del ufanarnos diarios de pertenecer a un grupo de amigos que duraría toda la vida, fue un viaje hacia el futuro. Y no el futuro feliz con las máquinas al servicio de hombre, sino un futuro distópico y apocalíptico de esos que hoy se ven cuando levantás una baldosa o mirás la vidriera de cualquier librería.
¿Dónde están los amigos de nuestros viejos?
Esa fue la pregunta de Nahuel. Nuestros padres eran tipos que trabajaban todo el día, que se relacionaban (mi padre zapatero, el de Nahuel guardavidas) con personas, con clientes, con compañeros de trabajo; que incluso podían organizar un asado o juntarse a comer en casas de otras familias. Pero no conocíamos ningún amigo de la infancia, de la adolescencia. ¿Dónde estaban? Cómo era posible que se hubieran perdido si seguro habían sido como nosotros y nosotros seríamos amigos para siempre. Los seis seríamos amigos para siempre. Estábamos solos, creo, cuando Nahuel me hizo esa pregunta. Y la pregunta ahora es que cambió. ¿Cambiamos nosotros o el significado de la palabra amistad? Después vino la Universidad con nuevos amigos. Y el trabajo, y la literatura, y los hijos. Y siempre nuevas personas por conocer, aunque claro, la palabra amigo, tan fácil de usar en las redes sociales, se vuelve cada vez más lejana. Los amigos cada vez son menos, o más espaciados. Se pierden, como se perderá este posteo de Facebook en la infinidad del tiempo y las emociones. Estas líneas son escuetas, y no quiero que sean tristes. Son injustas, incluso, para todos los amigos que vinieron y se fueron, y los que vienen, todavía, y los que vendrán.

De los seis, Mariano murió demasiado joven. Su cara es difusa y ya no me lo cruzo dos o tres veces por semana. Con los otros nos seguimos viendo, esporádicamente, una vez al mes, o más espaciado. Nos juntamos cuando Nahuel viaja desde Rosario a visitar a sus padres. La amistad no es la misma que antes, pero nos reúne. Y no nos engañamos. Eso es lo bueno.


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