domingo, 30 de octubre de 2011

Nosotros: Ella dobla la ropa que hace un rato tiré contra la pared. Ella mira las camisas, están, estaban, planchadas. No me dice nada. No hay nada que decir. Deja una camisa sobre la cama. Sé que va a plancharlas todas de nuevo. Sé que no se va a quejar. Agarro la camisa, abro la ventana y la tiro a la calle. Desde el cuarto piso tarda un rato en caer. Ella se para a mi lado a mirar. Tiene mucho cuidado en tocarme apenas lo necesario para que su presencia me perturbe. Cuando la camisa cae sobre el asfalto, se separa. Sé que va hacia la puerta, sé que llama el ascensor y baja. La veo. Espera paciente que pase un auto y levanta la camisa de la calle. No me mira. Sé que vuelve al edificio, sé que está doblando la camisa en el ascensor y que la va a dejar en el lavarropas para lavarla. Sé, también, que yo debería saltar desde el balcón. Pero tengo miedo de quedar vivo, de que ella baje y me levante con mucho cuidado, me suba y con delicadeza me deje en la cama, para primero curarme las heridas y después darme de comer.

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