domingo, 20 de noviembre de 2011

Onírico:


Un hombre de 87 años revivió un momento preciso de su vida. Tenía de nuevo 5 años y estaba en la casa de sus padres. Se subió a una escalera y desde el último escalón logró alcanzar la rama más baja de una enorme casuarina. Se despertó feliz. Había sido un buen sueño. Y fue el primero de muchos. A partir de ese instante y en noches sucesivas revivió casi todos los momentos de su adolescencia. Después, o al mismo tiempo, recuperó y volvió a perder a sus primeros amores. Incluso recordó una noche, solo, a los 18 años, cuando iba al regimiento donde hacía la conscripción y se le reventó una goma y se quedó solo, toda la noche, sin repuesto, en una ruta perdida. Esa noche vio un ovni. El ovni se detuvo sobre su cabeza y se fue. Pero esa noche lo vio. Y se había olvidado. A la mujer que lo cuida, su hija de 59 años, la situación la preocupó. Y más aún cuando el hombre mayor se empecinó en dormir un poco más. Primero se acostó a la hora de la siesta, cosa que nunca había hecho en su vida. Después, a media mañana, intentó dormitar en el sillón del comedor. Y a estas trivialidades le siguieron hechos concretos más preocupantes: el hombre mayor se automedicó con pastillas para dormir y se colocó una sonda para que las ganas de ir al baño no lo despertaran de noche. Como los otros hijos no le dieron una respuesta, y hasta apoyaron la rara conducta del padre, la hija que lo cuidaba sacó un turno con su médico clínico y obligó al padre a asistir el día de la consulta. Tras un breve interrogatorio un tanto incierto y un incompleto examen físico a desgano, el médico clínico le indicó que debía cambiar las pastillas que tomaba para la arritmia. El hombre mayor preguntó por qué tenía que cambiar las pastillas. El médico clínico le dijo que esas pastillas eran la causa de tener tantos sueños.

–¿Y quién quiere dejar de soñar, doctor?

–Su hija dijo que...

–Mi hija sacó este turno, y yo la acompaño por respeto. Respeto para con ella y para con usted, doctor.

–Papá, no podés seguir así.

–¿Usted dejaría de sentirse joven, doctor? –el hombre mayor no escuchó a su hija. Le siguió hablando al médico clínico–. ¿Usted dejaría que le quiten lo único que lo hace sentir bien?

–No, yo no quiero que usted...

–Los sueños son la única manera que encuentro de repetir el pasado. A veces sirven para remediar cosas. Y a veces sólo para disfrutarlas un poco más. Los sueños son reales y me hacen feliz. Y esta otra realidad, que también lo es, es sólo angustiante. Yo prefiero la felicidad y no la angustia, doctor. No sé qué prefiere usted. Pero yo prefiero cerrar los ojos y tener 15 años. Prefiero acompañar a mi viejo a las carreras del TC en la ruta. Prefiero llegar de la oficina y encontrar a mi mujer en casa. Prefiero apurarme, esquivar el tráfico, pasar semáforos en rojo y nunca llegar tarde a buscar a mis hijos que me esperan en puerta del colegio. Esas son las cosas que hoy prefiero hacer, doctor.

El médico clínico miró a la hija y pidió disculpas.

–No se disculpe –dijo el hombre mayor–. Y haga lo que tenga que hacer, doctor.

El médico clínico no rompió la receta que había hecho y se la dio a la hija. Le dijo que si quería podía seguir tomando la misma medicación o podía cambiarla por esa otra. Después les pidió que se fueran del consultorio.

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