lunes, 28 de noviembre de 2011

Otro/a:


–Mirá, no sé cómo decírtelo.
–Como puedas. Como te salga.
–Mirá, yo sé que estuve mal, yo…
–Pará, disculpame un segundo que atiendo esta llamada… Hola… Sí, acá… Sí, recién… En un café… Sí… En esto estamos… No sé… ¿Te llamo después?... En serio… No sé… En cuanto pueda… Perdoname, tenía que atender. ¿Qué me estabas diciendo?
–¿Cón quién hablaste?
–No importa.
–Si es tan poco importante podés decirme.
–No empecés.
–No empiezo. Termino. Parece que termino.
–¿Ves? Ese es el problema.
–¿El problema?
–Y claro, te enojás por todo.
–El problema no soy yo. Sos vos. Que no podés estar un segundo sin contar nuestras cosas y consultándole a todo el mundo lo que tenés que hacer o dejar de hacer.
–¿Por qué no te vas un poco a la mierda?
–¿Sabés qué? Tenés razón. Me voy.
–Andá entonces. No me dejes plata para el café. Andate. Sí. Sí, sí. Andate a la mierda. Rajá. Sí, rajá. ¿Qué me mirás así? Chau y andate a la mierda… ¿Hola?... No me lo vas a poder creer… Sí, se fue… Sí, vos me lo dijiste… Pero hasta que pasó no lo podía creer… Sí, vos me avisaste… Venite… Sí, dale… Venite y te cuento todo con detalles… Dale, te espero…

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