lunes, 26 de diciembre de 2011

Posteridad



No hay fórmulas para alcanzar la fama en la literatura. O hay una sola, pero todos tratan de evitarla. Hace poco leí que un poeta organizó una red de asaltantes de librerías para vivir de la reventa. No funcionó. Por mi parte, después de dos publicaciones con escasa transcendencia, tuve que aceptar la única forma de triunfar: el reconocimiento post-morten. Y para tal suerte tuve que valerme de mi padre, un octogenario analfabeto próximo a su muerte por una dolencia con apellido célebre: enfermedad de Paget. Está comprobado, la mayoría de los autores, como los pintores, triunfan sólo después de muertos. La mención del actual Bolaño en una constelación de ilustres, es más que suficiente. Por tanto, elegí la mejor de mis novelas y la hice circular como la obra de un anciano renegado que mantuvo oculto su talento por pudor y por principios. Lo cierto es que mi padre en su puta vida leyó un libro, y la palabra poesía la menciona irremediablemente con la homosexualidad. Ese es mi padre. Ese es el mito que una editorial famosa compró y creó. La novela fue un éxito de ventas. Y al ser escrita por un anciano también fue bien recibida por la crítica especializada. La adaptación al cine mi padre no la pudo ver a causa de su ceguera progresiva. Y su última novela me la dictó porque ya no tiene fuerzas para escribir. Cuando muera, le confesé al editor, tengo más de 20 obras, contando novelas, cuentos y poesías. La editorial se siente encantada, por mi parte estoy logrando lo que siempre quise, y mi padre se está muriendo no sin antes regalarme un último favor.

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