miércoles, 14 de marzo de 2012

Segunda parte del discurso para la presentación de la Antología Poca Cosa.

Sepan disculpar los errores, son palabras escritas para gritarse, no para leerse. Empezamos hablando de los microrelatos de un amigo de la casa: Juan Carrá


Después del arranque superficial de mis historias, se viene Juan Carrá con los tapones de punta y con “La muerte de Carla” nos lleva al dramatismo y el horror, metidos, apresados, en los pensamientos de un asesino, y como si esto fuera poco, cuando angustiados pasamos al siguiente microrelato nos encontramos con “Sobredosis” donde el escritor hace gala de un conocimiento (espero que prestado) sobre la materia. Algo aturdidos por el viaje, pasamos a la siguiente historia y nos sentimos aliviados. Renovados. “Un beso en la mejilla” empieza así: “El mar golpea con fuerza contra la escollera. La marea enmudece el ambiente. Santiago mira el horizonte sin mirar. Piensa. Recuerda” bueno, al fin un poco de alivio, piensa el lector, pero no, porque dos oraciones después dice: “A sus pies las rocas comienzan a teñirse de rojo. Marcela sangra en el último aliento. Está irreconocible. La bala le borró sus mejores facciones” y tras este comienzo que otra vez nos lleva al borde de la silla, el autor diseccionará (nunca mejor aplicado el termino para las palabras que usa este escritor enamorado del género policial) la historia hasta saber el por qué de este crimen pasional. O no.

Guille de horror y su microrelato “Un instante” hacen honor a todo el libro. Desde la simpleza y lo cotidiano nos cuenta un mundo. Algo que es admirable en este tipo de narraciones. "11:48", otro de sus relatos también traduce al papel la lucha cotidiana con pensamientos que nos volverían locos, o al menos asesinos, si les hiciéramos caso.

Andrés Spennato en “Usos y destinos” nos revela las consecuencias, insospechadas, de restarle importancia a un botón flojo. Creo que me clavé varias agujas en los dedos después de leer esto, para no sufrir tales consecuencias. En “Viaje” dice, tomen nota por favor: “Aquel viajero tiene la mente ocupada. Lo sé porque las mentes se parecen entre sí, como las terminales”

Héctor Ranea nos lleva a “Lo que queda del plató” la historia de un plató donde se filma una versión clase B de la legendaria “El exorcista” con un olor en el ambiente cada vez más nauseabundo (y que piensan puede ser de algún animal muerto cercano) y que lleva al director a usar las máscaras que sobraron, inútiles, de la famosa epidemia de gripe A que tuvimos ¿tuvimos? hace unos pocos años. “Mariposas que nunca volaron” cuenta la colección que el Dr. Beninteso deja a la posteridad, con un ejemplar muy especial.

Daniel de Leo en "Álamos", donde dos fuerzas destructoras, opuestas y sin razones previas se cruzan y cercenan, unas a otras. O, más fácil, uno quiere talar un árbol y el otro impedirlo. Mismas fuerzas destructoras, opuestas, pero esta vez con razón, que se desatan en "Riña", en pugna por sobrevivir. Es decir, dos mendigos pelean por un pedazo de pan.

Martín Gardella Es el defensor de pobres y marginales de la antología. Revindica a 1) la fruta perdida (esa que en nuestros días Adán y Eva toman convertida en sidra), 2) a los fantasmas (¿ustedes sabían que los espectros adoran los deportes? Gardella sí, y tiene la gentileza de enterarnos) 3) a los vecinos que ocultan secretos 4) a las recetas de antaño para alejar la mala suerte y, por sobre todas las cosas 5) a los hombres que confunden, de vez en cuando, a qué pasa deben volver después del trabajo


Hernán Domínguez Nimo en “El fin de mundo” le pregunta a un lector cómplice: “Qué harías tu último día” y enseguida da paso a su propia enumeración, que es un retorno a la infancia, de la peor manera posible porque es el último día y ya no habrá tiempo para purgar penas.


Fernando Figueras cuenta en “Los arpistas” una hermosa historia de vidas paralelas, de espejos, que se rompen por amor. En “Regalo de Morfeo” la vida paralela es entre el sueño y la realidad, que no se rompen, sino se unen en un resultado aterrador. “Diagnóstico” empieza con un diagnóstico médico desopilante, desconcertante, y sobre todo, perturbador: “Es una quebradura contagiosa”, dice el traumatólogo del microrelato, tajante en su ficción.

Ramiro Sanchiz escribe “Embalse”, “Vacaciones para un hombre casado”, y “Lo visible y lo invisible” tres microrelatos que comparten la asociación de los viajes con lo sobrenatural, en ellos hay una hermosa asociación hacia el también uruguayo Mario Levrero, y un gusto refinado por convertir en extraordinarios los lugares comunes de nuestra existencia. Lo mismo sucede con “Final del fuego” donde el viaje se hace en el agua, donde deja la playa del mundo viejo y al regresar, el nuevo mundo será tan desconocido como efímero.

Y Elaine Vilar Madruga, en una constelación de hombres, esta mujer supo escribir, a mi entender, la mejor de estas microficciones: “Abrir las puertas imposibles” se llama. Es el primero de los suyos, y al leer, después, el último de los suyos entendí que esta mujer logró escribir, a mi entender, la mejor de estas microficciones, se llama “La columna rota” y no me contradigo: doblo la apuesta por ella.


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