miércoles, 14 de marzo de 2012


Primera parte:


Discurso (nunca pronuciado, jamás corregido) sobre mis relatos en la antología Poca Cosa:

 Lagartijas brasileras es un cuento que nació muy largo, porque es una historia real. No la viví personalmente, pero me la contaron unos amigos que la trajeron de un viaje y juran que es cierta. Me gustó la historia, incluso antes de que la contaran, por tanto no habían terminado su relato y ya me había decidido: tenía que escribir esa historia sobre lagartijas brasileras. Es más, creo que los saqué a la fuerza inmediatamente de casa y la escribí de un tirón, esa misma noche. Por eso, si esos queridos amigos estuvieron presentes la noche de la presentación, quiero agradecerles, y si no estuvieron (no los vi, pero se pueden haber escabullido) los entiendo perfectamente y no me ofendo para nada, aunque ellos se lo pierden.

En fin, como decía, escribí la historia en una noche y la verdad es que esa primera versión quedó demasiado extensa para mi gusto. Así que podé y recorté el cuento hasta dejarlo casi vacío y lo dejé reposar 6 meses o más hasta releerlo. Por supuesto que cuando lo volví a leer, todavía me pareció largo, ante lo cual, la pregunta no fue cómo solucionarlo, sino ¿cuántas palabras inútiles tenía esa primera versión?

Sin una respuesta, sí puedo decirles que Lagartijas brasileras es una historia verídica, que hice propia al escribirla en primera persona, pero a la cual no le pude dar la resolución que le dieron los personajes que la vivieron: lamentablemente se fueron de casa antes de contarme el final y como quise ser fiel al relato original (no es que no se me ocurriera nada) lo dejé como ustedes podrán leerlo.

En cambio el segundo microrelatoEl sótano de la clínica no es una historia real, pero me encantaría que lo fuera. Me encantaría que algún sanatorio de la ciudad tuviera un sótano donde hubiera algo más que historias clínicas archivadas y humedad. Tendría que haber una especie de museo de la medicina, que sería algo así como un museo de terror con:

1 - Camillas ginecológicas antiguas
2 - Fórceps colgando del techo
3 - Aparatos de radiografía antiguos
4 - Paredes adornadas con fotos en blanco y negro de quirófanos y equipos quirúrgicos de la época de oro de la Rambla, con bigotitos y ropa de hule para entrar al quirófano como si entrarán al mar
5 - Estantes con las jeringas de vidrio y frascos de Erlenmeyer llenos de agua coloreada, para hacerlo más drástico
6 - Piernas ortopédicas que sobraron
7 - Una sección de sillas de ruedas destrozadas, de férulas y aparatos para colgar brazos
8 - Un cuarto de radiografias veladas, con deformidades óseas de todo tipo, (y bien puestas, no al revés, como he visto en serias series televisivas)
9 - Pero claro, nada de esto hay en las clínicas que cada vez tratan de vender más “asepsia y confort”, igual que los dentífricos. Pero no pierdo la esperanza, porque después de leer el cuento, el Dr. Celser, director de una clínica de la ciudad, se entusiasmó con la idea y me juró que intentará crear una especie de inventario fantástico.

Y justamente, Inventario, es el título del tercer cuento, un cuento que no es inédito, o sí, porque, nobleza obliga, vio la luz en la columna del diario La Capital de los domingos, en una especie de diccionario y que fue uno de los que, aparentemente, más gustó. Por eso se metió entre estos inéditos. No diré mucho más, salvo que es una historia que une la ciencia ficción con la literatura negra: para que les quede claro: es la historia de un hombre y una mujer que, aparente y sorpresivamente, parecen quererse.

Ese mismo hombre, años después, cuando la literatura lo puso en su lugar y le hizo ver a la mujer que “jugar al inventario” es cosa de adolescentes en celo y por tanto lo abandonó, le sacó la casa, el auto, el perro y la alegría, es el mismo personaje del microrelato Hombre en una maceta personaje que, ya desplumado, vive en un pequeño departamento cuyo único lujo es tener un balcón, pequeño también, con un planta, la flor federal, que terminará succionándolo hacia un pequeño mundo. Si cierran los ojos, quizás piensen en el mundo de Lisa Simpson atacado por Bart, o en alguna película como “querida encogí a los niños” o esa memorable de Denis Quaid donde se hacían chiquitos y se metían en el cuerpo para curar a una mujer, y si les pasa esto sólo les puedo decir que ustedes ven demasiadas películas de ciencia ficción, el cual es, además, el título del último de mis microrelatos en esta antología.

Demasiadas películas de ciencia ficción es un cuento sobre el hastío: un cuento sobre la velocidad con que pretendemos que nos sucedan las cosas, la inmediatez de que todo gire a nuestro alrededor nos puede llevar a lugares peligrosos. Nos quejamos de que los chicos se aburren enseguida. Nosotros también nos aburrimos, y rápido.

Hagamos entonces un ejercicio para demostrarlo: imaginemos entonces dos grupos cerrados, el grupo del cuento son hombres y mujeres que viajan por el espacio exterior en busca de descubrir cosas insólitas, y el otro grupo sería hombres y mujeres que esperan escuchar a unos escritores decir máximas para la posteridad y frases ingeniosas.

Leyendo el microrelato vamos a saber cómo reacciona el grupo en una forma inesperada ante la decepción de los lugares comunes, y los que asistieron a la presentación saben cómo reaccionaron ante nuestro diálogo escueto.





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