lunes, 7 de mayo de 2012


X:

Ayer murió un hombre al que quisieron mucho sin que nadie llegara a conocer. Un hombre X. Fue una muerte lejana, que quedará en primera persona; y fue, además, una muerte piadosa: la vida le permitió el suicidio. El cansancio fue su compañera más fiel. El cansancio lo detuvo y lo encerró. Y el cansancio se fue, al fin, en un instante: en el último. La voz, la tormenta, las enumeraciones vanas (como ésta), el día, el fuego; todo se fue.

Antes hubo un tiempo en que podía caer. No se lo permitió, pero estaba cansado. En esos días conoció el gusto y la derrota. Conoció el brazo y lo dejó hacer, como dejó que sus dedos apretaran el gatillo: y no muy fuerte, sólo lo necesario, sin que el nudillo se pusiera blanco por la fuerza, se puso blanco después, cuando ya no tuve sangre.

Tras su muerte se les debe pedir perdón a las madres, pero sin ser sinceros. Se les debe atar la cinta negra alrededor de los brazos a los niños más pequeños, pero dejándolas sueltas, para que se vuelen hacia el cielo, como si cualquier viento. Se debe limpiar las ropas más sucias, pero sin eclipsar el sol. Se debe rezar en voz exagerada para que no perturbe el hueco vacío de la ilusión de los que creen. Se debe ensayar que los suicidas son justos, que el escape es pegar la vuelta, que si es un tiro, o son pastillas, o dejarse caer, poco importa para un hombre cualquiera.

 

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