domingo, 29 de abril de 2012



W:


Doble V. Que letra el pedo, dijo el futuro fundamentalista nacionalista tercermundista Walter Estalisnao Seródio, cuando le pidieron en séptimo u octavo grado (ese punto de cambio entre el colegio primario y el secundario, entre la pelota y las polleras, justo cuando reina la constante duplicidad de las hormonas) que eligiera entre hacer una composición sobre el tierno animal la vaca o sobre la letra de dos V en cuestión. A diferencia de todos sus compañeros, Waltercito, que aún no era fundamentalista, ni nacionalista, pero sin dudas ya era tercermundista, decidió escribir sobre la letra que daba inicio a su nombre. Todos le decían Waltercito ya que no existía ser humano que pudiera pronunciar su segundo nombre de corrido, y en su apellido, si no lo sabía, lo intuía, había algo que desentonaba. Pasar lista y decir “Seródio” era realmente incómodo para todas las maestras, aunque ninguna podía explicar por qué. Así, el día de la premiación, ganó uno alumno que copió al pie de la letra un cuento de Fontanarrosa y no fue descubierto, y sacaron sendas menciones dos alumnas que escribieron desde el punto de vista de la vaca. Nuestro pequeño gran héroe desaprobó el ejercicio y se sintió humillado. Así se lo hizo saber a su, padre, Washington Seródio, el cual, furioso, primero le pegó por engreído y después fue a hablar con la maestra para solucionar el problema.
La maestra escuchó a Washington, serena, mientras él le decía que la definición de palabras como “Wall street: nido de ratas que hace más meszquino el mundo” o “Walkman: aparato de música que los hombres se ponen en las orejas para escuchar mientras caminan y no compartir con los demás” eran definiciones más que correctas.
–Sí –le dio la razón la maestra y cuando Washington pensó que había ganado la discusión, la maestra agregó– pero esas son palabras de hombres grandes, de personas mucho más grandes que Walter –la maestra sonrió, como hacía con sus alumnos, antes de dar la estocada final–, palabras de su padre, quizás.
–Mire usted –dijo con respeto Washington–, le agradezco la apreciación, pero le aseguro que ni por casualidad ni por mucho que me esmere, se me pueden ocurrir esas palabras, y si se me ocurren, mucho menos ponerlas en ese orden.
–¿Entonces...?
–Sí, señora –agregó el padre–. Ahí se equivoca. Yo no sé cómo sucedió, pero tiene usted razón y es terrible hasta para mí reconocerlo: mi hijo, el Walter, el Waltercito creció y se me hizo cien porciento zurdo.


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