domingo, 3 de junio de 2012


Zombis

Mi trabajo es ingrato. ¿Pero qué trabajo no lo es? En cambio, mi trabajo es primordial para la vida, y eso no es algo que todos puedan decir. Algunos lo hacen, sí, pero la mayoría miente. Soy un instructor de residentes. Y vivo en la ciudad más austral del mundo, que por suerte está separada del continente, es decir, está separada de toda la devastación humana. Cada persona que quiere ingresar en la ciudad, luego de rigurosos controles de salud, pasa por mis manos. El instructivo que les doy es arduo. Dos días pasan en mi compañía, sin beber, sin comer. Algunos mueren, pero es necesario que lo hagan: los débiles o infectados no pueden entrar a la ciudad. Su ingreso sería nuestra destrucción. Otros no soportan la tensión. Enloquecen, deliran, se enoja, lloran. Todos ellos son deportados y vuelven al continente putrefacto, a sobrevivir entre la carroña. A los pocos que pasan los instruyo sobre cómo conseguir casa, cómo comportarse con los nativos, y, sobre todo, cómo sobrevivir. No es una tarea sencilla la mía. Si los que pasan hacen destrozos o infectan la ciudad hay un solo responsable. Y ese soy yo. Antes Ushuaia era famosa por no pagar impuestos, por la nafta barata, por los sueldos cuantiosos. Ahora lo es por el simple hecho de ser la ciudad que más alejada está de las ciudades plagadas de zombis que están consumiendo al mundo. Cuánto podremos sobrevivir, no se sabe. Para eso no tengo ninguna instrucción que dar.

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