miércoles, 10 de julio de 2013



Las pestañas de mi hijo son únicas. Dejando de lado el ego de cualquier padre, en verdad son únicas. Son arañas. Arañas que nacieron con él. Arañas que lo protegen de cosas que yo no lo puedo proteger, porque son mágicas y yo no tengo la magia suficiente para ser como ellas. De qué lo protegen muchas veces no lo sé. A veces del mundo, de las enfermedades; y a veces de mí mismo. De mi injusticia como padre. Sé que por las noches deben salir a caminar, pero como no molestan y siempre vuelven, dejo que caminen por toda la casa. Con el primer quejido de mi hijo ellas vuelven, obedientes, a su lugar.
Pero las arañas no son perfectas. Desearía que lo fueran, pero nada en la infancia puede ser perfecto. El primer problema es que, como buenas arañas que son, crecieron muy rápido y por eso sus pestañas son muy largas. Se estiran y mueven, algunas para arriba, otras para abajo, desesperadas por tocar la piel de mi hijo o los dedos de su madre cuando lo acarician. En su afán de cariño y de tacto, las pestañas crecen y se estiran para no estar solas en su arduo trabajo diario.
El segundo problema es el más importante. Por eso es el segundo. El primero siempre llama la atención y es gracioso. El segundo ya no es tan gracioso y es tan profundo como preocupante. El segundo problema es, para decirlo de una vez por todas, que en algún momento dejarán de ser arañas. Mi hijo crecerá lo suficiente como para que las arañas se vuelvan de un tamaño normal y se conviertan en simples pestañas. Entonces ya no serán mágicas ni podrán protegerlo. Entonces ya no saldrán a pasear de sus ojos ni se desesperarán por nuestras caricias. Ese día estaremos un poco más solos, y unidos, en el mundo de los adultos que han olvidado su magia.

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