sábado, 14 de septiembre de 2013

Harina, huevo y aceite



Normalmente no hago esto. Un amigo al que le llegan muchas novelas a sus manos y que debe tener mucho cuidado para no lastimar egos me dijo que él, con sutileza, no hace comentarios sobre las novelas que no le gustan. No debió decirlo. No hizo ningún comentario sobre mi última novela.

Pero a lo que voy es a otra cosa. Al impulso de cambiar, sin saber por qué, el libro que me acaban de regalar. Me pasó hace poco. Debí cambiar la novela ni bien me la regalaron para mi cumpleaños. Pero la buena intención de mi amigo, que buscó ese libro como quién busca la mujer de su vida en una fiesta de disfraces, me hizo darle una oportunidad.

La faja de promoción me dio la primera advertencia pero en vez  ir a la librería y cambiarlo leí el primer capítulo. La faja sugiere que el autor es una mezcla de Larsson, Roth y Nabokov. La faja es la luz apagada en la cancha de basquet enfrente de casa que la inutiliza cuando cae el sol. Seguí adelante con la lectura. No fui prejuicioso, que un suizo escriba en francés sobre un crimen en EEUU tampoco iba a detenerme. El tercer aviso también estaba a la vista cada vez que cerraba el libro un poco más desencantado con la lectura: el inocente dibujo de un pueblo en la tapa del libro con una estación de servicio (gasolinera) que dice "Esso" no podía ser casual ni arte contemporáneo en el best seller ladrillo de casi 700 páginas. Por eso me pregunto qué me llevó a leerlo. Sea lo que sea, ya harto, encontré una perla en la página 188. Un diálogo imperdible e injustificable entre un escritor y un policía:

"¿Sabe que Apple ha revolucionado el mercado y que ahora se puede guardar música de forma casi ilimitada sobre un disco duro portátil llamado iPod?"

La publicidad (PNT la apodan) la hemos visto de manera abrumadora en series y películas: hay escenas de varios segundos donde la cámara se posa sobre la marca de los autos, la comida rápida, las gaseosas y los celulares. Pero de forma tan evidente y alegre no lo había percibido en una novela. Que un personaje tome tal o cuál cerveza no es molestia, ahora que se detengan a describir un artículo de reciente lanzamiento es admirable. Dos conclusiones: o debo releer en busca de esta invasión comercial o nunca más leer un libro donde aseguren que el autor es una mezcla de tres ingredientes como si fuera un plato de tallarines.


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