domingo, 26 de junio de 2016



De los múltiples ensayos ingeniosos que pueden surgir del tema composición: “Comprar un libro usado” vamos a detenernos por un segundo en aquellos libros que tienen dedicatoria. Si evitamos hablar del espanto de los renglones subrayados por otros o las notas marginales en letra ajena, salvémonos también de repetir la anécdota de Borges y el hallazgo de un libro que él había dedicado y regalado exhibido en un anaquel de canje. Seamos precavidos principalmente porque no sabemos si es cierta y con el boom de sus frases apócrifas y solemnes en el subterráneo, lo mejor es resguardar la poca solemnidad que le queda. En este caso la anécdota es breve. Ni siquiera califica como tal. No vamos a entrar en el debate si hay que arrancar la página con la dedicatoria, borrarla o dejarla tal y cómo llegó a nosotros. Vamos a contar una historia: En el Mercado de Pulgas de Plaza Rocha, en Mar del Plata, encontré un libro de crónicas. Tapa negra, editorial española, sangre joven y un precio irrisorio a comparación de su gemelo sin uso en el mercado. Al revisar su interior certifiqué su calidad, salvo por un detalle: la impronta de un extraño que estampó una dedicatoria. Pero, al leerla por primera vez, esa letra manuscrita pasó a ser parte inseparable del libro. Para no dar más vueltas la transcribo a continuación:

Querido Juan: Acá te mando un recuerdo de Federico, él hubiera querido que lo tengas. 

Tío Jorge



2 comentarios:

  1. En el mismo lugar compré un libro de Alfonsina Storni. Lo compré por la dedicatoria: NOS FUIMOS A LO DE LA MARTA BESOS

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