domingo, 13 de noviembre de 2016



Un cuento yeta


Me invitaron a un ciclo de lecturas en Capital, a 400 km de distancia, un viernes laboral. Me sentí honrado, contento pero lógico hubiese sido decir “Muchas gracias” y no aceptar. Otra opción fue organizar para pasar un fin de semana con la familia en la Ciudad Luz. Lo ilógico fue decidir ir y venir en el día. Pero algunas historias empiezan en un punto sin sentido y las cosas se acomodan, se amoldan al cuento que debe ser contado sin que el autor ni sus protagonistas lo sepan.

Las reinas del evento del Conejo/Creepy me hicieron llegar un cuestionario y la primera pregunta fue a qué palabra le tengo miedo. Una décima de segundo, o menos, fue necesario para la respuesta: demencia. Y mientras elaboraba la idea me vino a la mente un cuento viejo, inédito, que casi nadie leyó y que mantuve oculto porque sé que es un quiebre, una patada a mi profesión. La mordida más cruel a la mano que me da de comer.

Se llama algo así como "La señora Adams" o "El doctor Coca Cola va a dar altas" y es un cuento en contra de la medicina, de los médicos, los pacientes, las empresas farmacéuticas y casi toda la humanidad. Pero, lo supe de inmediato, ese era el cuento que tenía que leer. Lo rescaté del archivo olvidado, lo leí muchas veces, ninguna en voz alta, y en cada lectura hubo correcciones y cambios. Cercenado, expandido, censurado, autenticado, la historia pasó por varias etapas, como una pared recién hecha hasta ser pintada.

Pero había algo que también sabía, muy dentro de mí, y que no quería reconocer: el cuento era un cuento yeta. De esos que dan miedo por el solo hecho de los eventos que desencadenan. 

Sí, los ateos no dogmáticos también se contradicen y a veces temen a fuerzas superiores, cósmicas, a eventos desencadenados por las alas de una mariposa del otro lado del mundo. Ese es el porqué, verdadero, de haber ocultado tanto tiempo ese cuento como un tesoro. Mi tesoro. Mi maldición que podría dominar mientras no fuera pública.

El castigo por leerlo no tardó en manifestarse: un amigo mío, un neurólogo, uno de los tres mosqueteros que renunciamos casi al mismo tiempo al Casino por no bancarnos a un Jefe médico perverso y mitómano, un socio en emprendimientos parecidos a construir la escalera al cielo de los Simpsons, ese amigo mío se pegó un palo en moto y quedó (por ahora) con un deterioro de la conciencia, una burla que espero el destino corrija. En los siguientes tres días acumulé más problemas laborales que en todo el año, problemas de toda índole, de esos que desvelan, que a mitad de la noche te despiertan con la amarga sensación "debería haber hecho esto" y que no hay forma de remediar.

Y en algún momento del desvelo entendí que todo era culpa del cuento. El cuento maldito. Y también entendí porqué había aceptado leer en el ciclo de lecturas: tenía que exorcizarlo. Aún antes de saber qué cuento elegiría ya estaba marcado, ese era el cuento, ese su destino.

El día de la lectura salí temprano en el auto, antes iba a una reunión laboral para dar las pinceladas finales a una linda novela a cuatro manos. Quería disfrutar el viaje, no tener ninguna multa y vencer la maldición, pero, en medio de la autovía 2, cerca de Castelli, el auto falló, se rompió la caja de cambios y terminé a un costado de la ruta, esperando la grúa, derrotado, con la convicción de volver a casa.

La grúa demoró dos horas en llegar y en algún momento de esa espera, al rayo del sol del mediodía, entendí que no podía volver, tenía que llegar a Capital y leer el cuento. Era la única manera de terminar la maldición, que mi amigo se cure, que los pacientes se salven, que la novela a cuatro manos termine en paz, que el cuento rompa su maleficio.

Desde el lugar donde esperé la grúa vi la estación de colectivos de Castelli. Y todo se resolvió. La grúa llegó a tiempo, el auto viajó a Mar del Plata y yo pude tomar el colectivo y llegué a Capital a tiempo. El resto es un complemento para una historia que ya terminó: al final de la noche leí un cuento sencillo, al que durante años le tuve un miedo irracional pero que, como todas las historias, terminó siendo unas cuantas palabras ordenadas por una lógica que no escapan al pensamiento elemental de su hacedor.



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