lunes, 18 de noviembre de 2013

Don del agua, de Tatiana Goransky



Don del agua es una novela hermosa. Húmeda por donde se la lea. Tiene palabras que conjuran el aburrimiento: rabdomante y zahorí (sobre toda esta última que me remontan a mis Héroes del Silencio cuando Bunbury cantaba “el zahorí buscando agua”) y aunque Don del agua podría ser la historia de un barco, de una familia o del mar, es la historia de dos hermanos, de uno que tenía buena suerte y del otro que necesitaba ser supersticioso. Para definirlos absolutamente: uno es fanático de Jacques Costeau y otro de la película El abismo.


La novela se divide en capítulos anárquicos, que, aunque siguen el orden de un diario (por un momento) no se numeran por día u hora como en las tradicionales bitácoras. Hay notas a pie que suman y enriquecen a la lectura sin quitarle ritmo y que actúan como disparador para un camino lateral de la imaginación obligándonos a parar un poco, a tomar aire, como si el lector saliera del agua, para saber qué carajo está pasando. Hay más. Mucho más. Hay apuntes inconclusos de una periodista que arma una historia familiar digna de los Buendía pero sin tanto siglo que recorrer. Hay historias de infancias crueles, de madre africanas que pierden a sus hijas, de entrenadores que pierden sus manos, de hombres a la mar que se calman entre sí o recurriendo al cuerpo de una mujer encerrada en un camarote.

Otro intento de resumir la historia sería así:

Un extranjero, Swami Nettan, funda una comunidad y requiere del albino Saulito para encontrar agua. El albino Saúl es un zahorí, tiene el don de encontrar el agua bajo tierra, de saber dónde está sin oírla ni velar. A esta comunidad el extranjero la llamará el Reparo Candoroso. Los hijos de Saulito serán Juan, El Capitán, el mayor, de quien su madre engordará 42 kilos durante el embarazo y quien tardará 42 días en salir, que terminará de marino en Mar del Plata ahorrando cada centavo ganado en la pesca para comprar su barco, el N, aunque no cada centavo, porque mucho invierte en los cabarets del puerto: en Acadama, Las palmeras, Farolito rojo, aunque con el paso de los años le pierde el gusto al amor comprado; de este leeremos su cuaderno privado número 8, donde narra su extraño viaje marítimo a bordo de su barco, el N, donde sueña dos cosas: encontrar un tesoro y que Groenlandia se expande y es el mundo. El otro hermano será Abel, Buzo, el menor, concebido en las aguas termales de Cacheuta, a diferencia del primer embarazo, hizo adelgazar a la madre entre 4 y 4 kilos y medio. Abel no frecuenta cabarets. Abel conoció a su mujer durante la fiesta del mejillón en Mar del plata, (sí, corrí a goglear si la fiesta del mejillón existe, y y… les dejo la inquietud) ciudad a la que es exiliado en sus aventuras entre marinero y buzo donde es sometido a un riguroso entrenamiento de sumersión en “aguas turbias” o “de poca visibilidad” como esta atrevida escritora califica a las transparentes aguas de nuestra ciudad de Mares de plata. Abel heredará entre otras cosas el barco de su hermano, y cosa inconcebible para los hombres de mar, le cambiará el nombre por Reparo Candoroso para hacer, también, un viaje.

Completan la travesía: Oat, un príncipe africano, que vive en Benguela (otra vez tuvo que recurrir a google para saber que es una de las 18 provincias de angola) acompaña a El Capitán en su viaje y se entrena después con su hermano Buzo y navega con este en el ex N, ahora Reparo Candoroso. Y la periodista Luisa Blumes a quien la editora de una revista le encarga que escriba sobre la tragedia del barco Reparo Candoroso y entiende que para contar una buena historia tiene que trazar un mapa biográfico de los Expósitos. Y el extraño mapa biográfico de los Expósitos es esta novela llamara “El don del agua” de Tatiana Goransky.


Nota al pie: para una muestra de la escritura Tatiana Goransky leer la "leyenda del número 42" que aparece en la página 82 de esta novela.

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